Y mañana nos mudamos.
Tengo que escribir de Londres. De Granada. De muchas cosas. Pero lo haré cuando estemos instalados y con Internet en vez de agobiada por no encontrar la colcha.
No, en serio: ¿dónde se ha metido la dichosa colcha?
Y mañana nos mudamos.
Tengo que escribir de Londres. De Granada. De muchas cosas. Pero lo haré cuando estemos instalados y con Internet en vez de agobiada por no encontrar la colcha.
No, en serio: ¿dónde se ha metido la dichosa colcha?
En unas horas me voy a Londres.
Tranquilidad: vuelvo por la noche.
A veces hay que hacer locuras sin sentido, qué puedo decir.
Estas dos semanas han sido intensas y llenas de novedades. Por abreviar: nos mudamos a Granada esta semana. Él y yo. Ya iré dando más detalles, palabra.
La cuestión es que estos días están llenos de cosas que hacer. Médicos, compras, maletas, peluquería, de todo. Y despedidas.
El sábado nos despedimos de Primor y Abracitos con comida china. Hoy, de Jung y Loki con comida italiana. Después de sacarnos el máster en comida india, ahora vamos a por los italianos. Una vez los hayamos probado todos, escribiré al respecto. Pero por ahora, basta decir que hemos cenado muy bien.
Menudo día me espera mañana... Tengo muchas ganas y a la vez me da una pereza inmensa. Pero ya vaguearé este finde. En mi casa. Con mi pareja. Por fin.
Mañana más. Aunque me reservo el derecho de no escribir si se me acumula la faena.
Hoy he visto la primera parte de John Wick por primera vez. Y me ha encantado.
No tiene un gran argumento, ni un gran guion. Keanu lo hace muy bien... pero es que tampoco había mucho material para hacerlo mal. Pero le gusta a mi parte reptiliana, igual que a todo el mundo.
Me gusta porque es una historia de venganza.
Sin moralina. Sin lecciones. Sin sofisticación, ni planificación. Y aunque una parte más elevada y noble de mi persona esté en contra de lo que él hace y considere que hay formas mucho mejores y más productivas de enfrentar las cosas, hoy quiero sangre y dolor, y que no sea el mío.
Ojalá pudiera ser John Wick por un día sin consecuencias. Ojalá pudiera soñar que lo soy esta noche. Soñar que llego a casa de mis enemigos, que los sorprendo y los tengo a mi merced
Podría deleitarme mucho describiendo la tortura que se me pasa por la cabeza, pero el sentido común todavía me llega para comprender que no es una buena idea compartir ese tipo de ideas. Pero les haría daño. Mucho.
Rooibos para no desesperarme más. Peli o libro para no pensar.
Hay niños con cáncer cerebral inoperable. Hay millones de personas que no saben leer. Hay millones de mujeres que se prostituyen porque no tienen otro remedio.
Dentro de lo malo, tengo suerte.
PS: Me despido por lo menos hasta el 28 de noviembre. Con este mal humor no se puede escribir nada.
-La carta de desactivación va al montón de descartes.
-Y la del exploding kitten, al de Platón.
Como no voy a amarlo.
Osisi murió hace meses. Le puse tierra nueva, la mimé más, intenté enderezarla... No hubo manera. Y como no le preste atención, Roslina acabará igual.
En su momento, me prometí que no me compraría más plantas hasta que me mudase con él... pero he picado. No tengo remedio.
Esta tarde me he ido con Jung a comprar su regalo de cumpleaños. Le dije que le regalaría una zamioculca, mi planta favorita. Y de una conversación loquísima que tuvimos entonces, se decidió que su plantita nueva se llamaría Iloveny, en honor de todas las niñas con ese nombre cuyos padres obviamente no adoran Nueva York.
Es la primera vez que voy a Verdecora, y la verdad es que mola mucho. Monsteras enormes, cactus aterradores, begonias alienígenas, plantas cuyas hojas parecen pintadas con acuarela... Ahí hay de todo. Con espacio y dinero suficiente, nos las habríamos llevado todas.
En uno de los pasillos, me llamaron la atención los bambús de la suerte. Cuando vivía en Varsovia, tenía uno en mi piso, herencia de los antiguos inquilinos. Mira que es fácil de cuidar, pero o le puse demasiada agua o no lo supe podar, que el pobre se me murió. Ni yo le di suerte, ni él a mí, ya que al poco me rompí el brazo en España.
Llevo días pensando en muchas cosas. Y ahora se me ocurre que la fe no existe sin acciones. No se puede probar la confianza sin correr riesgos. Se me murió un bambú, y una sanseviera, pero no tiene por qué volver a pasar. Perdí un trabajo, pero no tiene por qué volver a pasar. Elijo confiar en mí. Hay días en los que me sale bien, y días que se me salen por los pies sin que consiga aprovecharlos. Eso es la vida. Y por todo lo bonito que tiene, y por todo lo buena que soy, ambas nos merecemos un voto de confianza, un salto de fe.
Me he comprado un bambú y un jarrón para que viva en él. Lo he colocado junto a Roslina, a ver si hacen buenas migas y se dan aliento mutuamente. Por supuesto, el bambú necesitaba un nombre y decidí encomendarle la misión a Jung. Quería un nombre oriental y relacionado con la suerte. No tardó ni diez segundos en responder: Maneki-neko. Esos gatos dorados y rojos espantosos que siempre están moviendo la patita y que en teoría atraen la buena suerte.
Al principio no me convencía, pero qué demonios, su planta se llama Iloveny. Es lo más normal del mundo que mi planta también tenga el nombre de algo cutre. Y quién sabe, quizá el nombre le siente bien. Yo con que siga viva, me conformo.
El viernes pasado decidí desayunar una tostada después de acudir a una cita en Valencia. En el centro, no tengo referencias de buenos sitios para desayunar. Me refiero a sitios sencillos, del pueblo, donde desayuna la gente de a pie como tú y como yo. Sitios de tartas suculentas y trampas de turistas conozco muchos, pero no era eso lo que buscaba el viernes.
Al final, por no pensarlo más, me metí en una pastelería-cafetería que lleva unos cien años en funcionamiento. Un local en una calle muy céntrica, a un minuto de la estación de tren... debí verlo venir.
Las camareras no podían tener más desgana encima. Casi parecían hacerme un favor por atenderme. Nada, me toman nota, se va... Y al rato (demasiado largo para la clientela que había), me trae la tostada.
El pan, gomoso. El tomate, triturado (!!!) y gélido. El jamón... raquítico, salado y pálido. Daban ganas de enviar al jamón a comerse un jamón para que espabilase y pusiese mejor cara. Pido que me calienten un poco la tostada, a ver si remonta la cosa... Ni flowers. Esa tostada está más hundida que el Titanic.
Le doy dos bocados y decido que no puedo más. Vale la pena no comérsela. Pago la carísima tostada y me voy.
Al cabo de un rato largo, después de hacer algunos recados, me entra hambre. Normal, dado que no había desayunado. Estaba al teléfono con MacGyver, que también tenía hambre. Así que hicimos algo que hacemos mucho: sentarnos a tomar algo y hacer videollamada. Ella desde Lausanne, yo desde Valencia. En esta ocasión, entro en una cafetería de una cadena de Valencia, un Coffee Corner. Me gustan estas cafeterías porque el café está rico, el ambiente es agradable sin estridencias y son carne de funcionario: estos locales están llenos de oficinistas en la hora del almuerzo, de gente normal.
¿Por qué no me fui a un Coffee Corner de buenas a primeras en vez de ir al primer local? Porque me pillaban un poquito a desmano y tenía hambre. Punto.
Entro ahí y el sitio está lleno. Pero eso no impide a la encantadora chica tras la barra saludarme, preguntarme qué quiero y, ante mi indecisión, hacerme un par de sugerencias. Decido jugármela y pedir exactamente lo mismo que en el otro sitio: media tostada de jamón y tomate y un café con leche.
Me siento en la terracita interior, tranquila y agradable. MacGyver y yo estamos en la gloria mientras espero el segundo desayuno. Por fin llega y -¡maravilla!- es justo lo que quería. Pan crujiente. Tomate rallado. Jamón gordito y rico. Qué delicia. Qué exquisitez. Y qué majas fueron las tres camareras antes, durante y después de mi consumición.
Obviamente les di las gracias por hacer su trabajo con tanto cariño y les di propina. No cuesta mucho ser amable y quizá alegrarle un poquito el día a la gente que trabaja cara al público. A mí me lo alegraron con creces.
En fin, que estoy de vuelta. Sin grandes temas... tampoco es que lo esperase. Era esto o hablar del misterio de la boca de mi novio, que normalmente sabe a albaricoque y hoy sabía a chocolate con leche, sin comer él ninguna de esas cosas nunca. Y la verdad, de las tostadas llevaba un par de días queriendo escribir.
Ah, hoy he hecho Pilates por primera vez en mucho tiempo. Mañana me voy de excursión. Voy a morir :D.
Hoy hemos estado en Xàtiva y nos lo hemos pasado muy bien. Y eso que no hemos visto lo más bonito de la ciudad... Quizá la próxima vez.
En fin, al lío. La semana que viene va a ser muy intensa y, antes que pasarlo mal por las noches para llegar a tiempo escribiendo, prefiero ser realista y darme una semana sin publicar.
Volveré en Halloween. Sed buenos.
Esta mañana he sacado a pasear al perro de Talía. El pobre ya es muy mayor y está muy enfermo... Nunca me ha gustado sacarlo a pasear porque tira mucho, pero la verdad es que me da mucha pena.
Esta vez no ha tirado y yo he podido pensar en mis cosas, y mirar las urracas y el metro pasar. De repente, sobre uno de los arbustos me he encontrado un naipe: el caballo de bastos.
Me encantan los juegos de adivinación desde siempre. Recuerdo que, cuando Talía era adolescente, ella y sus amigas jugaban con la baraja a leerse el futuro. Primero, se sacaba la sota de copas: representaba a la chica. Luego, se barajaba el resto de las cartas y se elegían... ¿diez, quince, veinte? No me acuerdo. Y se empezaban a sacar y a leer.
Si te salían copas, habría amor en tu vida. Si oros, dinero. Si bastos, peleas. Y si espadas, celos. Pero lo interesante era cuando salían las figuras: los caballos eran pretendientes; las sotas, chicas que se iban a interponer entre los pretendientes y tú (a nadie se le ocurrió que pudiesen ser tus colegas) y los reyes, obstáculos en general.
Si te salía el caballo de copas, la alegría era máxima: ibas a acabar con el chico que te gustaba.
La lectura del tarot no es más que una versión más sofisticada de este jueguito. Y sin creérmelo mucho ni ser ninguna experta, confieso que me interesa, que me gusta, y que cuando tengo alguna duda, consulto mis arcanos mayores de Belén Segarra.
Es la primera vez que me encuentro con una carta, así porque sí, y he decidido que significa algo. Al volver a casa, me puse a buscar. Si bien no todas las páginas que he consultado dicen lo mismo, sí que hay elementos comunes.
El caballo de bastos es una carta activa, relacionada con el fuego. Anuncia viajes y cambios repentinos: mudanzas o cambios de trabajo, por ejemplo. Además, se relaciona con el éxito en lo material y resolución de problemas. Si sale del derecho, claro está. Si sale del revés, en posición invertida, la cosa cambia: anuncia obstáculos, falta de acción y frustración.
Creo recordar que la vi del derecho, y casi prefiero no cuestionarlo mucho. Pero es un alivio saber que al menos el universo me envía buenos augurios.
Hay momentos en los que miro hacia afuera. El cielo, la ciudad, la gente, la comida. La familia. Las necesidades de la familia. El club de lectura. Todo lo que empieza donde acaba mi piel.
Hay momentos en los que miro hacia adentro. Mi vida, pasada, presente y futura. Mis errores. Mi dirección, o la falta de ella. Mis objetivos. Lo que necesito. Lo que anhelo. Lo que añoro. Lo que me dice mi cuerpo. Todo lo que empieza con mis latidos.
Llevo más de una semana mirando mucho hacia afuera. Era necesario. Primero, durante las vacaciones. Luego, durante la visita de MacGyver. Se ha ido esta tarde y nos lo hemos pasado muy bien, pero molaría tenerla más cerca...
No es bueno mirar mucho ni hacia adentro ni hacia afuera. Es fácil perderse. Perder el equilibrio, la sensación de fluidez, perderse la vida. Por eso, el día de hoy ha sido revuelto: después de un empacho de días de mirar hacia afuera, toca mirar hacia adentro un poco.
Para acostumbrar la vista al cambio de luz, conviene ir despacio. Un café con el Estupendo sobre cosas importantes, un paseo, una cena rica para calmar a las fieras internas... Y ahora llega mi parte favorita: los mimos. Pienso ponerme cremas y darme caricias hasta quitarme toda la tensión de encima y dormir bien.
Porque mañana empieza un día maravilloso.
En una peli que me gusta mucho, El exótico hotel Marigold, la protagonista y narradora de la historia describe su experiencia en la India como una ola que se abalanza sobre ti: si te resistes, se te lleva. Pero si saltas y te dejas llevar, llegas a salvo al otro lado.
Me parece una buena metáfora para muchas cosas, pero hoy me ha venido a la cabeza después de comer.
Con motivo de la visita de MacGyver, Talía, mi cuñado y mi sobrino han venido a comer paella. Vino, comparación entre el chocolate polaco y el suizo, cafés... Y luego se han puesto a discutir.
Me alegra decir que no ha sido por nada serio y que esta vez la sobremesa podría haber sido una simpática escena de sitcom. Básicamente, el Maestro Paellero (mi padrastro, en adelante MP para abreviar) está indignado porque ahora es más difícil aparcar cerca de la cancha de baloncesto los días de partido y porque los ricachones de los VIP tienen aparcamiento siempre. MacGyver se ha puesto a replicar, Talía se ha metido de por medio... Y yo me tomaba mi café.
MacGyver y Talía son estupendas. A fin de cuentas, son hermanas mías. Pero es habitual que estén en desacuerdo y no siempre lo gestionan bien. Digamos que los debates y las discusiones más o menos acaloradas por temas de lo más variado son más la norma que la excepción en nuestras comidas familiares.
Y como siempre que hay tres personas, a la tercera le toca desempatar. A veces entro en el tema y coincido con una. Otras, con la otra. A menudo con ninguna y lo prioritario es cambiar de tema. Y otras, como hoy, simplemente me tomo mi café. He disfrutado mucho de observar el falso drama, escuchar argumentos de un lado y de otro, y de estar al margen. Ha sido divertido.
Ha sido, de hecho, la mejor decisión que podía tomar esta vez. No habría sacado nada de la discusión y no me interesaba lo más mínimo. Mi opinión era mucho más salomónica y simple que la que ellos tenían, pero ponerme a discutir no me apetecía. Para amargo ya tengo al café, no necesito más. ¿Por qué luchar contra las olas? Déjalas fluir. Y fluye con ellas mientras puedas.
Mientras puedas. Y cuando puedas. Cuando no, súbete al barco y rema.
¿Cómo se vive una vida? ¿Dónde o cuándo se aprende a vivirla? ¿Para qué? Y si las cosas han ido mal, ¿hay siempre remedio mientras hay vida? Una vida rota, quemada y maltratada una y otra vez, ¿se puede enderezar a los setenta años? ¿Darle alegría?
¿Y a los cuarenta y tres? ¿A los cuarenta? ¿A los treinta y dos? ¿A los veintinueve? ¿A los ocho?
Si bien no elegimos las circunstancias, sí elegimos cómo vivir en nuestras circunstancias dentro de lo posible. Incluso cuando no se elige se elige.
¿Y si las circunstancias golpean una vez tras otra? ¿Cada año, como el monzón? ¿Cada dos, o cada cuatro? ¿Hasta dónde habría que volver atrás? ¿Sigue habiendo remedio?
¿Y cómo se arregla una vida? ¿Con frases de Mr. Wonderful y "mucho esfuerzo"? ¿Con dinero? ¿Con suerte? ¿Con las tres cosas? ¿Y qué se hace si no son las circunstancias, sino la persona? ¿O si son las circunstancias y la persona? ¿O si una es causa de la otra y así en un círculo vicioso?
Puede que nos parezcamos al nacer. Si somos lo bastante afortunados de encajar en lo que se considera normal para nuestra especie, tendremos dos ojos, dos orejas, una boca, cuatro extremidades, veinte dedos, veintiocho dientes (¿creo?), un sistema nervioso muy potente y un corazón que será el único perpetuum mobile de nuestra vida. Pero ahí acaban las semejanzas.
Hay quien supera las adversidades, juega bien sus cartas y logra una vida extraordinaria y feliz. Hay quien tuvo suerte desde el principio y la supo aprovechar, y también tuvo una vida extraordinaria. Están sus némesis, desdichados que se echan a perder y afortunados que hacen lo mismo. Y en la tiranía de lo extraordinario quedamos los mediocres en el medio sin saber qué hacer.
Ahora mismo aspiro a ser una mediocre feliz. Mediocre para el sistema, una piececita más del engranaje, necesaria pero reemplazable. Pero feliz por la grandeza que hay en mi vida. Soy tan afortunada por tener el lujo de expresarme, de leer, de viajar, de pensar, de amar a quien quiera, de ser libre. Y lo conseguiré.
Pero qué hago con quien no tiene esa suerte. Qué hago... Nada. No me corresponde a mí.
Hasta mañana.
A las 9 cae el primer café del día, con un poco de leche de soja, para desayunar con las tostadas. Pero siempre me preparo uno antes de dar clase: ya van dos.
La mañana se hace larga pese a las ocho horas de sueño reparador. Por alguna razón no consigo espabilarme. Así que me tomo otro antes de comer. El tercero.
No suelo dormir siesta, pero hoy hago una excepción, no puedo con mi vida. Me despierto a las 14:45 y allá vamos: el cuarto y último del día.
Porque ya me parece excesivo tomarme una quinta taza para merendar cuando salgo con él. Pero sigo necesitando cafeína: esta vez cae una Coca-Cola zero.
¿Serán las agujetas de bailarme un vídeo de Kyra Pro ayer? ¿Será la regla? Ambas, probablemente. Eso sí, tengo muy claro que hoy voy a caer redonda en la cama. Buenas noches.
Desde que empezó el curso, llevo a mi sobrino al cole tres veces a la semana. Me toca despertarlo, darle el desayuno y asegurarme de que sale bien vestido y peinado por la puerta. Y con la cara limpia. Lo cual, teniendo en cuenta su habilidad para tomarse el Colacao hasta por los codos, no es fácil.
Para hacerle más amenas las mañanas, me invento jueguecitos y personajes. Así, mientras le sirvo el desayuno hablo con acento italiano y le pregunto si quiere que le eche al Colacao zumo o caldo de pollo.
Hoy, por variar un poco, he hecho de robot. “Dar cuatro pasos hasta el fregadero. Parpadear para parecer humana”… El peque se ha reído mucho.
Pero mi personaje favorito es el sastre francés. Pongo el peor acento francés que se me ocurre y lo exagero al máximo mientras le doy indicaciones de cómo vestirse. El primer día le insistí en que debía ponerse los calcetines en el lugar adecuado y no en la cabeza o en las manos. A veces todavía lo intenta para picarme.
Y así, entre bromas, cosquillas y personajes pintorescos, me lo llevo al cole. Durante el camino me hace muchas preguntas, a veces me cuenta sus cosas. Y cuando nos paramos en un semáforo, me abraza.
Ya tiene ocho años; le va a durar la dulzura y el encanto dos días. Pero qué dos días más divertidos.
Siempre he podido oler los días y las estaciones de una forma distinta al resto del mundo. Y el día de hoy ha olido a Alemania.
No a un día ni a un momento cualquiera, sino a un domingo de otoño en Saarbrücken, donde estuve viviendo entre 2013 y 2015. Fue en aquellos años en los que descubrí la dulzura alemana de los domingos: el desayuno.
Ellos lo llamaban desayuno, pero el resto del mundo lo llama brunch. Cada domingo, el buen alemán se despierta un poco más tarde que de costumbre, aunque no demasiado. Baja a su horno más cercano y compra bollos, panecillos, pasteles y todo lo que se le antoje. En casa, siempre hay alguien preparando té y café, cociendo huevos y sacando de la nevera la mantequilla, las mermeladas, los embutidos y el resto de untables. Y la fruta y el zumo. Que los alemanes son gente sana.
No es raro que acudan amigos o algo de familia. La gente se sienta, se sirve café o té, o las dos cosas, y empieza a comer y a hablar durante horas, igual alguien pone la radio de fondo, y allá sobre las dos o tres de la tarde todo el mundo se va, se recoge todo y se empieza a planificar la semana antes de ponerse a ver Tatort.
También se puede hacer esto fuera de casa. En muchos restaurantes hay ofertas para desayunar los domingos como un rey hasta que no te quepa nada más en el cuerpo. Pero yo prefiero la versión casera, con más encanto y menos pretensiones. Recuerdo dos en concreto.
La primera fue en casa de Sonne. "Sonne" significa sol en alemán, y voy a llamar así a esta amiga mía por dos razones: porque sus pequitas y su pelo recuerdan al verano, y porque cuando la conocí en Granada ella siempre me esperaba "en el sol". Antes de mudarme a mi piso, pasé un par de semanas en su casa con ella y su novio, y probé algunos de los mejores desayunos de mi vida. Un dato desconocido en España, que sí conocen los alemanes y los suizos, es lo mucho que mejora la Nutella si la untas sobre mantequilla. Me mostré escéptica, pero es un hecho: el pan con mantequilla y Nutella por encima está de muerte. No recomiendo su consumo más de una vez al año, pero sí probarlo al menos una vez en la vida.
La segunda fue en mi piso, con Edith y Agnes (las hijas de Gru; yo era Margot), durante mi primer fin de semana ahí. Estaba tan nerviosa y tímida, apenas las conocía y no sabía cómo nos íbamos a llevar, cuando llamaron a mi puerta para que saliera a desayunar con ellas en la cocina. Edith trajo pan de plátano de la tienda bio que teníamos debajo del edificio. "Está muy rico y es muy sano". Sano no lo sé, pero estaba riquísimo. Pusieron la radio, me obligaron a probar todo lo que había y me hicieron sentir como en casa. Para que luego digan que los alemanes son fríos... Cómo las echo de menos. A ellas tres y a los desayunos.
Hoy me he levantado tarde. Apenas hemos desayunado porque habíamos quedado para comer. Y nos hemos entretenido más de la cuenta en la cama. Pero he estado muy contenta todo el día, porque mentalmente estaba en Alemania. In a German state of mind. En ese estado, todo es posible. Quizá mañana sea un día igual de maravilloso.
“Nunca se sabe de qué desgracia mayor te salva la mala suerte.”
“Cada vez que apuntas con un dedo, los otros cuatro apuntan hacia ti.”
“Lo único que sabes de un viejo es que ha sobrevivido a muchas cosas, mucho peores que tú.”
“Hay un muro invisible entre nosotros. Pero es imaginario. Y en el muro hay una ventana. Y las ventanas se abren…”
“No ofende a las ciruelas quien se las come, sino el labrador que las sembró.”
Y mi favorita:
“Si nos enfadamos deprisa, nos entendemos despacio.”
Estas y muchas otras perlas en “Bullet train”, la peli que hemos visto hoy y por la que no daba un duro.
Me ha encantado.
Que nadie me odie, porque esta entrada no es lo que parece. No exactamente.
Tengo mucho maquillaje y a veces hasta lo uso. Y no me molesta desmaquillarme salvo por un detalle: quitarme la máscara de pestañas.
Es un infierno. No importa lo cuidadosa que sea: o me dejo rímel, o me llevo pestañas. Si no tuviese unas pestañas tan ridículas al natural, no usaría rímel nunca. Pero acepto mi realidad y me armo de paciencia cada vez que me desmaquillo. Lo he probado todo: bifásicos, agua micelar, aceite desmaquillante... Y ese sería exactamente el orden según su eficacia. Pero mezclar el bifásico es un rollo y además es muy graso, así que solo lo uso si llevo rímel resistente al agua. Para lo demás, agua micelar y a correr.
Pero oh, maravilla, he descubierto un truco milagroso por accidente.
Esta noche me he hecho ensalada con cebolla, setas y seitán. Y estaba yo cortando la cebolla tan tranquilamente cuando he empezado a llorar a moco tendido. Qué picor. Qué horror. Casi me arrepiento de todas las veces en las que he dicho que, si una cebolla no pica, es que no es buena: hacía muchísimo tiempo que una cebolla no me hacía llorar así. Nada, a secarse con un poco de papel de cocina y a seguir.
Obviamente, los ojos de panda que se me han quedado han sido para foto. Lástima que no me haya hecho ninguna. Me he limpiado los churretes de rímel con el agua micelar y luego me he pasado el disco por las pestañas... y ha salido limpio.
Milagro. Sin frotar. Sin esperar. Sin tener cuidado de que no se me cayese ninguna pestaña. Tanto producto y tanta historia, y lo único que hace falta para quitarse el rímel en condiciones es cortar cebolla.
Claro, que el dolor y el picor no te lo quita nadie. Igual me interesa seguir usando el agua micelar...
Nakama, además de ser un buen amigo, es andaluz. De Almería, para más señas. Y nadie prepara tostadas con tomate como los andaluces.
Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que pedí una tostada en Granada, en primero de carrera. Primero les sorprendió que no supiera que media tostada es media barrita de pan cortada por la mitad y una tostada entera, las dos partes de la barrita. Después, que no pidiese tostadas con tomate, sino simplemente con jamón. Por último, la estupefacción máxima llegó cuando indiqué expresamente que no quería aceite en la tostada. "¿Quieres la tostada sola?" "No, con jamón". "Ya, pero... ¿seca?"
Qué se le va a hacer, todos cometemos errores en nuestra adolescencia tardía por ignorancia. Por entonces no sabía que uno de los mayores manjares de esta vida es el pan con aceite. Y tardé aún más en apreciar el pan con aceite y tomate.
Debíamos de estar Nakama y yo desayunando un día en la residencia cuando se puso a describirme las tostadas que le preparaba su abuela, las mejores del mundo. El secreto, según él, estaba en mezclar el tomate y el aceite antes de untarlo sobre el pan. Y siempre poner unas gotitas de aceite sobre el pan antes de echar la mezcla.
Habrá echado de menos sus desayunos durante los días que pasó en mi casa, porque aquí somos de hummus y queso. Pero tuvo a bien darme un último truco para distinguir una tostada corriente de una de calidad superior: la forma en que se presenta el tomate.
En muchos sitios de Valencia, donde no tenemos tanta cultura de tostada (aquí somos más del esmorçar a media mañana), se estila el tomate triturado. No está mal, pero coge un color muy feo y parece más una espuma que otra cosa. No resulta tan apetitoso ni tan rico.
Una auténtica tostada con tomate a la andaluza se hace con tomate rallado, sin la piel. Y aunque me mostraba escéptica, Nakama tiene toda la razón. Esta mañana, después de dejar al peque en el cole, he desayunado una tostada maravillosa, con tomate rallado y jamón del bueno. Y me ha sabido a gloria.
Tanto, que he resuelto casi todo lo que tenía pendiente para hoy en menos de dos horas. Inclusive escribir la entrada de hoy, que no es la mejor que he escrito, pero sí una de las que me ha pillado más enérgica y contenta. Mañana más, aunque no haya tomate.
En mi primer año en Granada estuve viviendo en una residencia de estudiantes. Ahí conocí a Carrie, a mucha gente que por ahora no será nombrada… y a Nakama.
Nos conocimos en nuestra primera noche y nos hicimos amigos muy rápido. Por pringados y por intereses comunes. Además, dado que él no tenía ordenador, yo le dejaba usar el mío mientras estaba en clase y a cambio él me lo mantenía libre de virus y lleno de emuladores de videojuegos. Durante un par de partidas al Tetris de Yoshi me gané el apodo de Psicokiller, de hecho. Eran buenos tiempos.
También veíamos series de anime. Death Note (cojo una patata… ¡y me la como!), Soul Eater, Kuroshitsuji… y One Piece. Nunca me enganchó demasiado, pero es su serie favorita. Él decía que yo era su Nakama, su compañera de tripulación. Así nos llamaba a sus mejores amigos. Y con el tiempo, se quedó con el nombre.
Con el tiempo, yo me fui de Granada. Para cuando volví, él estaba a punto de irse a Sevilla. Y en todos estos años nunca había venido a Valencia… hasta ahora.
Se queda hasta el viernes y tengo mucho por enseñarle, por lo que las entradas estos días serán cortas. Pero nos hace falta ponernos al día. A saber cuándo nos volvemos a ver.
Creo que no entendimos bien el cuento de La bella durmiente de pequeños. La pobre se pincha, se duerme del susto, ¿y tiene que llegar un capullo a despertarla? Déjala dormir, hombre.
A lo mejor estuvo en la boda de unos amigos el día anterior. A lo mejor, debido a las circunstancias, ella y su novio tuvieron que dar un agradable paseo de dos horas entre arrozales y cangrejos para llegar a una ciudad con tren. A lo mejor llevaba más de veinticuatro horas sin dormir cuando llegó a su casa, se pinchó el dedo por accidente y cayó redonda en la cama.
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Pero tanto hablar de dormir me hace sospechar que cogeré la cama muy a gusto esta noche.
Los uniformes escolares deberían ser del color más horroroso del mundo. No sé, color vómito o algún tono de verde o de beige. Pero jamás de un color básico y posible.
Como he mencionado en alguna ocasión, yo iba a un cole de monjas. La orden religiosa del mismo tenía varios centros en la Comunidad Valenciana, todos ellos con el mismo uniforme de camisa amarilla y faldas a cuadros.
Todos, excepto el mío. En nuestra ciudad, las monjas decidieron que fuésemos más chic que nadie y nuestro uniforme pasó a ser una falda con estampado de pata de gallo negra y blanca, camisa o polo blanco, y rebeca azul marino con calcetines o leotardos del mismo color.
Cómo he odiado el azul marino toda mi vida. Y los mocasines. Y es una pena, porque es un color muy versátil y fácil de llevar, sobre todo en invierno. Pero no hay manera: cada vez que veo algo azul marino, pienso en el colegio.
Lo mismo me pasa con la ciudad, salvo por un detalle: Torrent está volviéndose más atractiva. No solo me han abierto un Rossmann, sino que hace un par de semanas descubrí una cafetería encantadora que no conocía y dentro de dos semanas me van a abrir otra más. Yo, que siempre me quejaba de que a la ciudad le faltaban cafés con encanto. ¿Me acabará gustando vivir aquí?
Mientras la ciudad siga envenenada con malos recuerdos, no. El colegio. Mi familia. Personas que me han hecho sentir pequeña e inútil... Torrent no es lo bastante grande. Además de sentir que sería perder la partida de la vida: quiero morir en cualquier parte menos aquí.
Sin embargo, la experiencia ya me ha demostrado que todo es posible. Yo, que quería acabar con un alemán, no solo me enamoro de un español sino que además es valenciano. Quizá vuelva a llevar azul marino y con cariño. Quizá llegue a ver Torrent como mi hogar. El tiempo lo dirá.
Tengo una cantidad ingente de maquillaje. Antes de 2020, los pintalabios encabezaban la lista, pero desde que las mascarillas se han convertido en parte habitual de nuestra indumentaria, he comprado muchas paletas de sombras de ojos.
No todo es culpa mía. El año pasado, cuando estaba muy motivada con el cambio de hábitos, me acostumbré a comprarme algo de maquillaje para recompensarme por no comer tarta a diario. Y así con la tontería acabé con dieciséis paletas, cuando no siempre las uso. Luego lo conocí a él y, ante la perspectiva de tener mi futura casa llena de maquillaje y de cosas a las que limpiar el polvo, dejé de comprar maquillaje y volví a comer tarta. Y así estamos. Pero esa es otra historia.
La cuestión es que este sábado tenemos boda y no tenía ni idea de cómo maquillarme. Como Primor es una pedazo de artista, le rogué que viniera a mi casa y me diese ideas. Al cabo de un rato, me había hecho dos looks maravillosos con dos paletas que no suelo usar, así que la tarde ha sido todo un éxito.
Un look era elegante, sofisticado y muy yo. O más bien, la que me gustaría ser a diario. En marrones y rojos con brillitos. Ya, a mí también me costaba visualizarlo hasta que me vi en el espejo.
El otro, en tonos fucsia, magenta y morado, más divertido. Más a juego con el vestido. Y más como me gustaría ser si tuviese energía suficiente para mantener esa actitud. Más diosa. Por supuesto, es el que he elegido. Ahora solo me queda poder recrearlo el sábado. Crucemos los dedos (y las brochas).
Ahora que se ha acabado el desafío de treinta días, he tenido que buscarme otro. Hoy empiezo con uno que me parece muy original: en vez de darme temas o preguntas, me da colores. Y con eso tengo que sacar un texto mínimamente interesante. No puedo prometer que lo sean, pero sí que los escribiré. Hoy ha sido un día magenta. Veremos mañana.
El trigésimo y último día del desafío me pide que hable sobre lo que siento cuando escribo.
Aunque ya había escrito antes, empecé a tomarme mis diarios en serio a los doce años. Fue también entonces cuando gané el premio de relatos de Navidad en el colegio por mi carita a los Reyes Magos y probablemente cuando empecé a ser consciente de que escribía. Recuerdo que, cuando me aburría en clase, cogía folios y me ponía a escribir mis cosas. Creo que no recuerdo nada de aquella época, tampoco es que tuviese mucha calidad. Pero me gustaba.
En los años siguientes, tonteé con la escritura de forma más irregular. Seguía con mis diarios y empecé los blogs. Hacia finales de la secundaria empecé a perfilar más mi estilo alrededor de los relatos cortos, y a día de hoy sigue siendo con lo que más a gusto me siento cuando escribo.
Quizá el único momento de mi vida en el que fui escritora de verdad fue cuando escribí una novela corta en nivel A2-B1 de español (nada de subjuntivos) para una editorial polaca. Tras procrastinar durante meses, la escribí en tres semanas, en febrero. Cada vez que recuerdo ese mes me entran ganas de enviarle un mensaje al Fisio, mi compañero de trabajo y una de las personas más tranquilas y felices que he conocido, que me calmó en el momento adecuado y me ayudó a terminarla.
Y ahora escribo aquí, y muy de vez en cuando en Instagram.
¿Qué siento cuando escribo? Siento que hago lo correcto. Así, en general. Como si fuese algo que debo hacer. Y no me refiero solo a estos tres meses en los que me he obligado a escribir a diario.
Más allá de eso, depende mucho de lo que esté escribiendo. Cuando escribo en mi diario o sobre mi vida, como aquí, siento que descargo tensión y que la velocidad de mis pensamientos disminuye un poco. Me alivia ordenar un poco mis ideas y escribirlas, aunque nunca llegue a vaciarme del todo.
Escribir ficción es otra cosa. Ahí ya depende de si es algo que tenía pensado y planeado o si me sale espontáneo. Con diferencia, disfruto mucho más en el segundo caso. Es casi como volar. Simplemente tengo que mantener el ritmo y escribirlo todo tal cual llega. La última vez que recuerdo haber escrito algo así fue hace unos cinco años. Empecé una historia, sin tener nada más que el título, y la terminé unas semanas después. Cuando acabé, me sentí feliz y realizada. Huelga decir que no la he vuelto a leer, que nadie la ha leído nunca y que pese a ser una ficción, contiene mucho más de mí de lo que nadie debería saber.
No es que escribir con mapa no sea divertido. Hay escenas que molan, frases que da gusto escribir porque llevo tiempo con ellas en la cabeza, y partes a las que hay muchas ganas de llegar. El problema, por supuesto, viene con todo lo demás. Las aburridas pero necesarias transiciones, algunas descripciones y parte de la trama que no apetece nada contar. Me frustran, y tolero muy mal mi propia frustración.
Nadie me ha preguntado por qué escribo, pero no importa, ya lo respondo yo. Yo me paso la vida narrando en mi cabeza casi todo lo que pasa. Cuando voy por la calle y veo buganvillas, o niños. Cuando pienso en mis cosas. Incluso cuando estoy hablando con alguien. Simplemente me sale solo. No siempre me apetece materializarlo, pero sé que cuando lo hago me siento mejor. Y desde que me he comprometido con esto, a días lo detesto y otros me apetece muchísimo, pero nunca me he arrepentido.
Hasta que eso pase, seguiré por aquí.
Es lo único que he necesitado para hacerme la cena. Y aun así, por un momento me he planteado pasar de todo y hacerme un bocadillo o algo así.
En los días en los que no he comido mucha verdura, o ceno ensalada o me hago un smoothie verde. Yo era una de esas personas escépticas que pensaba que sabría a mejunje asqueroso, pero lo cierto es que está bastante bueno. Leche, espinacas, plátano y ya. Y sabe a plátano nada más, por extraño que parezca. Como persona a la que no le entusiasman las verduras crudas, esto me salva la vida.
Me alegro muchísimo de no haber sucumbido a la tentación de no prepararlo, porque es muy sencillo y luego me siento genial. No solo física, sino también emocionalmente, por lo que definitivamente ha valido mucho la pena. Y solo he tardado tres minutos.
Vale, seguramente no, pero debería. El ekmeik es un postre maravilloso a base de masa filo, nata y pistacho que te sube el colesterol de mirarlo. Y está muy bueno. Y es una de las razones principales por las que venimos a nuestro griego.
La cena, exquisita. La compañía, aún mejor. El planetario… mejor el de invierno, para qué engañarnos.
Pero ha sido una noche fantástica. Diría que le dan sentido a todo, pero sería inexacto: son el sentido.
La semana que viene, más.
Cuando vivía en Granada, me compré dos plantas.
Primero compré una sanseviera, también conocida como lengua de suegra. Luego, una zamioculca, mi planta preferida.
Ahora es más normal ponerles nombre (o la gente a mi alrededor está tan loca como yo), pero en 2019 era más raro. A ambas las llamé “planta”, pero en distinto idioma. A la zamioculca la llamé Roślina, “planta” en polaco, ya que mi primera planta fue una zamioculca pequeñita y preciosa en Varsovia. Y a la sanse, Osisi, que según Google es “planta” en igbo, una de las lenguas de Nigeria, donde se puede encontrar esta planta.
Las pobres ya han sufrido una mudanza dura, pero cada vez veo a Osisi peor. Ha perdido muchas hojas y las pocas que le quedan están mustias. Por fin decidí hacer algo al respecto y le puse tierra nueva, para que tuviera algo a lo que agarrarse, y la tengo en observación a ver si remonta. No pasa nada si no, pero me daría pena.
En cuanto a Roślina, salvo un tallo suelto, en general está bien por ahora. Ya no tiene tallos jóvenes, de los que tanta gracia me hacían al verlos crecer desde que eran espárragos hasta que se hacían más altos que los demás y se tornaban oscuros. Pero sigue siendo una planta muy bonita.
Adoro a mis plantitas, pero las he tenido bastante abandonadas. Espero que no sea tarde y que me aguanten una mudanza más, porque hemos pasado por mucho juntas y me gustaría darles un nuevo hogar y unas cuantas compañeras. El tiempo lo dirá.
Me da igual lo que opine la gente: Eat Pray Love (o Come Reza Ama) es un libro buenísimo. No me importa que Elizabeth Gilbert tuviese una suerte inmensa por poder irse un año a viajar por el mundo y a descubrirse a sí misma, ni que yo jamás vaya a tener esa posibilidad. Pese a lo que mucha gente cree, en gran parte condicionados por la película de 2010, está muy bien escrito, es una lectura muy placentera y hasta se puede aprender de ella.
Al principio, cuando Elizabeth está destrozada, rezando en el suelo del cuarto de baño y llorando sin saber qué hacer, escucha la voz de Dios (la parte sabia y compasiva de sí misma) diciendo: "Vuelve a la cama, Liz". Vuelve porque se avecina una tormenta, y vas a tener que luchar, y necesitas descansar todo lo posible.
Bueno, pues sin la parte mística, así estoy yo hoy.
El día ha empezado bien. Pero por la tarde he empezado a pensar en cosas feas, a ponerme tremendista y pesimista y muchos otros -ista que no me gustan, y la he rematado llorando en los brazos de él, que con su paciencia infinita me ha sostenido hasta que se me ha pasado.
Eso no significa que esté bien ni mucho menos, pero de entre todas las opciones que tengo, esta vez elijo la que creo que es la mejor.
No puedo cambiar las cosas que ya he hecho. No tengo control sobre muchas otras cosas. Y no tengo ni idea de qué será de mí, y admito que tengo miedo. De acuerdo. He vuelto a casa, me he hecho una buena cena y ahora mismo tengo una taza de té calentito esperándome para reblandecer mi corazón del todo.
Luego me lavaré los dientes y la cara. Y me pondré todas las cremas. Jugaré una partida y hablaré con él un ratito. Quizá lea. Pero me voy a ir a la cama pronto. En los días malos, lo mejor que se puede hacer es cortarlos por lo sano y dormir. Y reponer fuerzas y descansar mucho.
Mañana saldrá el sol, será un nuevo día y es muy posible que sea mejor que este. Y quiero estar bien despierta para disfrutarlo.
Hay una historia china bastante popular sobre la suerte. Había un señor mayor que tenía un hijo y un día el hijo se rompió la pierna. Todo el mundo en el pueblo le compadecía y le decía: “¡Qué mala suerte!” Pero el señor contestaba: “Mala suerte o buena suerte. Nunca se sabe.” Poco después, llegaron los hombres del emperador a reclutar a todos los jóvenes del pueblo. El único joven que no fue a la guerra fue el hijo del señor mayor, porque no podía caminar.
Vamos, que todo depende del punto de vista.
Esta noche, él y yo íbamos a ver la segunda parte de Top Gun con Jung y su novio, Loki. Pero cuando llegamos al cine, nos enteramos de que habían cambiado la hora de la sesión y por tanto, no hemos podido verla.
En otro momento de mi vida, y sobre todo de haber estado sola, me habría amargado a partir de ese momento. Pero Jung, Loki y él son gente linda y optimista.
En vez de seguir en el centro comercial, nos hemos ido a Valencia. Hemos tenido tiempo de pasear, comprar té en nuestra tiendecita favorita, jugar en la plaza de la Reina (parecerá que no hago otra cosa, pero es que la acaban de reformar y mis amigos son muy niños) y cenar en un restaurante de comida israelí.
Además, este sábado se vienen con nosotros al griego. Y ya veremos Top Gun la semana que viene.
Parecerá poca cosa, pero estoy tan acostumbrada a ver a Jung de pascuas a ramos, que me resulta extraño tener planes para verla tres veces en una semana. Extraño y maravilloso, debo matizar. A Loki lo veo todavía menos y hoy se ha portado bien, por lo que necesitará el par de citas que tenemos pendientes para sacarme de quicio.
Total, que ha sido un día estupendo. Y menuda suerte que el cine haya cambiado la hora de la peli, porque ni habríamos hecho tantas cosas chachis, ni habría tomado knafeh de postre.
Y un buen postre es la mejor manera de acabar el día.
No hay nada como una mañana o tarde paseando por la ciudad con alguien especial para cargar las pilas.
Esta mañana he ido a Valencia con mi sobrino. Lo hago porque me encanta pasar tiempo con él, pero también para rememorar mi infancia. Cuando yo era pequeña, no salíamos mucho en verano, y recuerdo con cariño cuando mis hermanas o mi madre me llevaban a alguna parte. Valencia era ese reino mágico al que íbamos en metro, donde había lugares interesantes y buen granizado. Y ahora que soy tía, intento darle los mismos recuerdos a él. Solo que con más tiendas de cosmética.
La verdad es que el peque es una compañía estupenda. No solo tiene paciencia con todas las cosas que quiero mirar, sino que se toma muy en serio darme su opinión cuando se la pido y cuidar de mí. Le he dicho lo mucho que me cuesta resistirme al chocolate y se ha tomado la molestia de distraerme y arrastrarme cuando hemos pasado por el pasillo de los dulces en Mercadona; casi me muero de amor.
Pero lo que más me gusta de él es lo muchísimo que aprendo, porque es muy observador. Hoy ha descubierto unos juegos que han puesto en la recién reformada plaza de la Reina y hemos pasado un rato estupendo mirándonos en espejos, resolviendo un laberinto y formando un tornado en un tubo de agua.
También hemos aprendido que The Brunch Corner, la cafetería donde hemos desayunado, no usa Apple ni Windows, sino una tablet con Android para recibir los pedidos, y que el software que usan para los tickets es nuevo. Por último, le he explicado por qué las cosas se paran en la cinta de las cajas del supermercado, lo que significa "tax free" y la diferencia entre farmacia y parafarmacia.
Mi sobrino me obliga a estar presente todo el tiempo y ni siquiera me cuesta. Me hace diálisis mental, elimina lo malo de mi sistema y devuelve sangre oxigenada y fresca a mi cuerpo.
Este jueves me lo vuelvo a llevar de marcha. ¡Qué ganas tengo!
Tal y como mencioné hace unos días, me robaron la cartera el día de mi cumpleaños. En principio no tenía demasiado interés en poner la denuncia. Total, para renovar el DNI no me lo exigen. Pero si no quiero pagar por la renovación de la tarjeta SIP, sí que tenía que ponerla. Y no ha sido tan sencillo como esperaba.
La primera vez que fui, estaban esperando al abogado de un detenido.
La segunda, el agente a cargo de las denuncias tenía mucho papeleo pendiente. "Venga por la noche si le viene mejor". Pues a ver... la comisaría está a media hora de casa. Que yo encantada de salir a pasear por la noche, pero eso de ir de madrugada a denunciar que me han sacado la cartera del bolso cuando lo tenía abierto y no miraba me da bastante pereza, ché.
La tercera, por suerte y obedeciendo al dicho, ha sido la vencida.
Mientras esperaba, ha entrado una señora que no hablaba ni papa de español. Era una señora mayor y, por lo que había podido oír, búlgara. El primer agente que nos atendió en la puerta intentó apañarse con ella en inglés, pero nada. Lo único que consiguió fue hacerla pasar. Ahí fue cuando la vi yo.
En este punto debo hacer una confesión: yo, traductora, adoro Google translate. No lo usaría para un trabajo (quizá para consultar una palabra, pero siempre contrastando el resultado con otras fuentes), pero admito que lo uso para buscar cositas en otros idiomas, tanto en los que he estudiado como en los que no. Me parece una herramienta que, bien utilizada, puede ser de mucha ayuda. Y aquí dejo un truco para navegantes: Google translate puede ser bastante de fiar siempre que se use el inglés como la lengua origen. Para obtener los mejores resultados, recomiendo escribir frases simples y cortas.
Me dio una pena inmensa esa mujer. Y pensé que con Google y mis conocimientos de polaco podríamos llegar a alguna parte. Muy optimista por mi parte, porque aunque hay palabras parecidas, lo cierto es que el búlgaro y el polaco no se parecen tanto. Pero ahí me puse a preguntarle cosas. El problema fue que ella entendía las preguntas, pero yo no entendía casi nada de las respuestas. Algo de documentos.
En esto que me llaman para poner mi denuncia, lo hago y le digo a la señora que no se preocupe, que le he dicho al policía que con Google translate se pueden comunicar... Y la señora me hace señas para que entre con ella.
Y entro, claro. Era un cuadro, yo tecleando en el móvil como loca, la señora hablando en búlgaro como si el policía y yo nos hubiésemos ido de Erasmus un año a Sofía, y el policía hablando español a gritos y despacio, porque todos sabemos que para entender un idioma solo hay que escucharlo a todo volumen.
No hay manera. El policía llama a la hija de la señora y se aclara todo. La señora era mayor, muy mayor, y ya había empezado a perder facultades. De hecho, contó la hija, tenían cita con el neurólogo para evaluarla y quizá incapacitarla. Lo que quería la señora era su documento de identidad búlgaro, para irse a Bulgaria, donde un hombre treinta años más joven que ella la estaba esperando. La hija temía que el señor quisiese quitarle el dinero a su madre, y la madre no se enteraba.
En este punto, yo intenté explicarle a la señora con la mayor precisión que Google me permitió que el documento se lo tenían que dar en el consulado de Bulgaria y que el policía no podía hacer nada por ella. El policía intenta que hable con su hija. Ella, que no quiere. Al final hablan y no sé cómo acabaría la cosa, porque yo me tenía que ir ya.
Tecleé una última frase para decirle que lo sentía y que tenía que irme. Y la mujer me acarició la mano, me sonrió y me dijo adiós. Un poco antes también la oí decir algo que debía de ser "gracias" o algo parecido. Y salí de ahí.
Las palabras son mágicas. Son limitadas, claro que sí, pero describen, expresan, nos representan, a menudo son lo único que tenemos pare defendernos. Nos ayudan a existir.
Por suerte y por desgracia, hay más de cinco mil idiomas en el mundo, y si bien estoy segura de que ni sabiéndolos todos sería el ser humano capaz de describir con precisión cada componente de su experiencia en este planeta, existen diferencias y matices entre uno y otro. ¿Qué hacemos si no hay una lengua común? ¿Cómo nos entendemos?
Hay veces en que con buena voluntad y palabras rotas se consigue mucho. Pero en este caso era imposible. Y se me partió el alma. La realidad de esa mujer era la que era, saber búlgaro no habría cambiado mucho las cosas. Pero habría podido explicarme mejor. Habría podido preguntarle dónde vive, si quería que la acompañase, si podía hacer algo por ella. Habría podido ser más humana con ella. Pese a todo, sé que he hecho lo que he podido y que ha significado algo para ella... Pero me mata.
Por esto he estudiado idiomas. Para ser entendida, pero sobre todo para entender. Para tener más piezas del puzzle de la experiencia humana. Para vivir más vidas, tener más emociones, saber más cosas. Para amar más y mejor.
No voy a aprender búlgaro. Pero he dejado mi número por si alguna vez necesitan ayuda con el polaco. Es probable que llamen a sus intérpretes asociados antes, pero nunca se sabe.
Los domingos son raros, sobre todo a partir de la tarde, cuando el lunes amenaza con aparecer con la rutina y el trabajo.
Me parece bien entristecerme por los domingos. O por cualquier cosa, en realidad. Nunca rechazo una oportunidad para exagerar y dramatizar, y por supuesto eso incluye esta frase. Además, estar triste me queda bien. Estar alegre me queda mucho mejor, evidentemente, pero a veces no se puede elegir.
Ah, pero a él le queda fatal estar triste. Me rompe el corazón igual que si estuviese triste mi sobrino. No es justo que las personas preciosas y luminosas se pongan tristes.
Pero no pasa nada. Porque por fin, de meses y meses de darle vueltas, hoy he descubierto la vacuna contra el bajón de los domingos: hacer planes para la semana.
Por ahora, hemos agendado ver dos pelis, ir al planetario y a cenar a nuestro griego. Y de alguna manera acabaremos yendo también a nuestro café preferido a jugar al ajedrez.
Le noté en seguida la calma y las ganas de sonreír otra vez. Y me las contagió a mí. Y ahora estoy tan contenta como si hubiese descubierto la penicilina. No será posible organizar planes todas las semanas, o no tantos, y no siempre dará resultado.
Pero cuando siento que en mi vida solo hay problemas, cada solución marca la diferencia.
Cumplir años es tan traumático a partir de los treinta, que debería ser obligatorio por ley celebrarlo durante toda una semana. O más.
El martes fue la familia. El jueves, Primor y Abracitos. Y hoy, el Estupendo, el Concejal y la Chiquillera, amigos de él.
Me encanta sentirme celebrada y homenajeada. Ya que este año no está resultando como me habría gustado, que al menos la transición entre números sea agradable. Y toda excusa para comer tarta es buena.
Ya solo me queda celebrarlo con Jung (pero eso ya el mes que viene) y quizá celebrarme yo misma un par de veces más. Esta década es tan dura…
Me ha llevado veintinueve días de desafío el darme cuenta de que seguramente el propósito del mismo no era publicar en un blog los textos resultantes. Pero ya es tarde y aquí estamos. Hablemos del futuro... Qué poco me apetece.
¿De cuánto tiempo en el futuro estamos hablando? Porque si se trata de unas horas, mis planes son ponerme guapa para salir a tomar algo con el club de lectura. No hay reunión, es simplemente una quedada social. Y la verdad es que me apetece, son gente maja.
Si hablamos de dos semanas vista, quiero empezar a leer el libro del club (Gypsy boy, a ver qué tal) y deshincharme un poco antes de la boda que tenemos en septiembre. El vestido hay que lucirlo en condiciones, ché.
Más allá de eso... Actualizar el currículum, buscar trabajo y poner en marcha un par de ideas, a ver qué sale de ahí.
Lo que más ilusión me hace de lo que queda de año es mudarme con él. También lo que más miedo me da; he vivido con compañeros y con mi familia, pero esta será una experiencia distinta. A ver si llega ya.
En el gran esquema de las cosas... ¿no lo sé? Quizá ahora que he demostrado que puedo escribir aquí a diario me decida a publicar los post en Instagram. Tal vez inicie algún otro proyecto. Pero los grandes planes ya no dependen de mí sola. Y todavía no sé qué quiero ser de mayor.
Es curioso. Me siento anciana desde los 26, pero al mismo tiempo siento que soy una cría y que no maduraré jamás. Ni lo uno ni lo otro, seguramente.
La habitación se está oscureciendo y no veo por dónde desarrollar más. El futuro no existe. No tenía motivos para creerlo hasta marzo de 2020, cuando la vida que había planeado se deshizo en mil pedazos. ¿Para qué planear? Al final, el azar tiene la última palabra. Siempre se puede jugar con las probabilidades, pero no hay nada seguro.
Ugh, qué intensita estoy. Me voy a por un vino, que apetece.
PD: Acabo de fijarme en que en realidad era "objetivos de futuro". Igual da.
La regla no escrita de Tinder establece que la persona a la que le salta la notificación del match tiene la obligación de iniciar la conversación. Y por eso, el 17 de junio de 2021 le envié un mensaje con un "Hola, ¿qué tal?" Él respondió con un "Hola, buenas" y empezamos a hablar.
Bueno, quien dice hablar... escribir. Todas las noches, alrededor de las nueve, chateábamos y nos contábamos lo que habíamos hecho. Y cada vez descubríamos más cosas en común. Nuestro amor por los libros y los viajes, saber alemán... Dos semanas después nos conocimos en persona.
Habíamos quedado a las cinco y media de la tarde. A las diez y media, cinco horas después, volvía a mi casa. Teníamos varias conversaciones pendientes y ni con todo ese tiempo logramos terminar. No nos callamos ni un segundo. Bueno, lo justo para alucinar cuando descubrimos que ambos teníamos un app instalada en el móvil para identificar plantas. Aquella noche ya quería salir (e incluso casarme) con él. A intensita no me gana nadie, no.
Un mes después empezamos a salir. Y ya llevamos más de un año.
Algo que le digo a todo el mundo desde que estoy emparejada es que el amor no tiene por qué ser dramático ni complicado. Desde que lo conocí, lo único que siento con él es paz. Vale, no es verdad. Pero cuando algo me va mal, suelen ser cosas que no tienen nada que ver con lo nuestro, sino conmigo. Enamorarnos fue fácil y desde que salimos, lo hablamos todo.
Eso es lo segundo que le suelo decir a todo el mundo: nunca hay demasiada comunicación. Hasta le anuncié que le iba a besar antes de hacerlo por primera vez (tampoco hay demasiado consentimiento). Con esto no quiero decir que siempre sea sencillo hablar las cosas. Claro que no. Pero es crucial. Es como cepillarse los dientes o seguir una rutina cosmética: no siempre apetece, pero son hábitos que evitan muchos problemas en el futuro.
Me chifla estar con él. Es pasar tiempo con mi mejor amigo, con el beneficio extra de los besos y los abrazos. ¿Por qué la gente besa tan poco? ¡Es lo mejor que hay! También jugamos, comemos, viajamos y en general experimentamos la vida juntos. Es otra cosa que me entusiasma de salir con él: cada experiencia cuenta doble y es novedosa porque la vivimos los dos.
En el lado más intenso y pesado de la ecuación, sé que cuento con su apoyo incondicional y él con el mío. Es maravilloso y una gran responsabilidad. Entiendo que no es para todo el mundo, pero vale la pena.
Imagino que no será así para todo el mundo, pero ojalá lo fuera. Ojalá todo el mundo tuviese la suerte de tener un amor así. Divertido, estimulante, dulce, inteligente, fuerte y lleno de cariño. Se puede encontrar, lo prometo. Incluso en Tinder.