miércoles, 31 de agosto de 2022

Mala suerte, buena suerte

Hay una historia china bastante popular sobre la suerte. Había un señor mayor que tenía un hijo y un día el hijo se rompió la pierna. Todo el mundo en el pueblo le compadecía y le decía: “¡Qué mala suerte!” Pero el señor contestaba: “Mala suerte o buena suerte. Nunca se sabe.” Poco después, llegaron los hombres del emperador a reclutar a todos los jóvenes del pueblo. El único joven que no fue a la guerra fue el hijo del señor mayor, porque no podía caminar. 

Vamos, que todo depende del punto de vista. 

Esta noche, él y yo íbamos a ver la segunda parte de Top Gun con Jung y su novio, Loki. Pero cuando llegamos al cine, nos enteramos de que habían cambiado la hora de la sesión y por tanto, no hemos podido verla. 

En otro momento de mi vida, y sobre todo de haber estado sola, me habría amargado a partir de ese momento. Pero Jung, Loki y él son gente linda y optimista. 

En vez de seguir en el centro comercial, nos hemos ido a Valencia. Hemos tenido tiempo de pasear, comprar té en nuestra tiendecita favorita, jugar en la plaza de la Reina (parecerá que no hago otra cosa, pero es que la acaban de reformar y mis amigos son muy niños) y cenar en un restaurante de comida israelí. 

Además, este sábado se vienen con nosotros al griego. Y ya veremos Top Gun la semana que viene. 

Parecerá poca cosa, pero estoy tan acostumbrada a ver a Jung de pascuas a ramos, que me resulta extraño tener planes para verla tres veces en una semana. Extraño y maravilloso, debo matizar. A Loki lo veo todavía menos y hoy se ha portado bien, por lo que necesitará el par de citas que tenemos pendientes para sacarme de quicio. 

Total, que ha sido un día estupendo. Y menuda suerte que el cine haya cambiado la hora de la peli, porque ni habríamos hecho tantas cosas chachis, ni habría tomado knafeh de postre. 

Y un buen postre es la mejor manera de acabar el día. 

martes, 30 de agosto de 2022

Diálisis mental

No hay nada como una mañana o tarde paseando por la ciudad con alguien especial para cargar las pilas. 

Esta mañana he ido a Valencia con mi sobrino. Lo hago porque me encanta pasar tiempo con él, pero también para rememorar mi infancia. Cuando yo era pequeña, no salíamos mucho en verano, y recuerdo con cariño cuando mis hermanas o mi madre me llevaban a alguna parte. Valencia era ese reino mágico al que íbamos en metro, donde había lugares interesantes y buen granizado. Y ahora que soy tía, intento darle los mismos recuerdos a él. Solo que con más tiendas de cosmética.

La verdad es que el peque es una compañía estupenda. No solo tiene paciencia con todas las cosas que quiero mirar, sino que se toma muy en serio darme su opinión cuando se la pido y cuidar de mí. Le he dicho lo mucho que me cuesta resistirme al chocolate y se ha tomado la molestia de distraerme y arrastrarme cuando hemos pasado por el pasillo de los dulces en Mercadona; casi me muero de amor. 

Pero lo que más me gusta de él es lo muchísimo que aprendo, porque es muy observador. Hoy ha descubierto unos juegos que han puesto en la recién reformada plaza de la Reina y hemos pasado un rato estupendo mirándonos en espejos, resolviendo un laberinto y formando un tornado en un tubo de agua. 

También hemos aprendido que The Brunch Corner, la cafetería donde hemos desayunado, no usa Apple ni Windows, sino una tablet con Android para recibir los pedidos, y que el software que usan para los tickets es nuevo. Por último, le he explicado por qué las cosas se paran en la cinta de las cajas del supermercado, lo que significa "tax free" y la diferencia entre farmacia y parafarmacia. 

Mi sobrino me obliga a estar presente todo el tiempo y ni siquiera me cuesta. Me hace diálisis mental, elimina lo malo de mi sistema y devuelve sangre oxigenada y fresca a mi cuerpo. 

Este jueves me lo vuelvo a llevar de marcha. ¡Qué ganas tengo!

lunes, 29 de agosto de 2022

Por qué los idiomas

Tal y como mencioné hace unos días, me robaron la cartera el día de mi cumpleaños. En principio no tenía demasiado interés en poner la denuncia. Total, para renovar el DNI no me lo exigen. Pero si no quiero pagar por la renovación de la tarjeta SIP, sí que tenía que ponerla. Y no ha sido tan sencillo como esperaba.

La primera vez que fui, estaban esperando al abogado de un detenido. 

La segunda, el agente a cargo de las denuncias tenía mucho papeleo pendiente. "Venga por la noche si le viene mejor". Pues a ver... la comisaría está a media hora de casa. Que yo encantada de salir a pasear por la noche, pero eso de ir de madrugada a denunciar que me han sacado la cartera del bolso cuando lo tenía abierto y no miraba me da bastante pereza, ché. 

La tercera, por suerte y obedeciendo al dicho, ha sido la vencida. 

Mientras esperaba, ha entrado una señora que no hablaba ni papa de español. Era una señora mayor y, por lo que había podido oír, búlgara. El primer agente que nos atendió en la puerta intentó apañarse con ella en inglés, pero nada. Lo único que consiguió fue hacerla pasar. Ahí fue cuando la vi yo. 

En este punto debo hacer una confesión: yo, traductora, adoro Google translate. No lo usaría para un trabajo (quizá para consultar una palabra, pero siempre contrastando el resultado con otras fuentes), pero admito que lo uso para buscar cositas en otros idiomas, tanto en los que he estudiado como en los que no. Me parece una herramienta que, bien utilizada, puede ser de mucha ayuda. Y aquí dejo un truco para navegantes: Google translate puede ser bastante de fiar siempre que se use el inglés como la lengua origen.  Para obtener los mejores resultados, recomiendo escribir frases simples y cortas. 

Me dio una pena inmensa esa mujer. Y pensé que con Google y mis conocimientos de polaco podríamos llegar a alguna parte. Muy optimista por mi parte, porque aunque hay palabras parecidas, lo cierto es que el búlgaro y el polaco no se parecen tanto. Pero ahí me puse a preguntarle cosas. El problema fue que ella entendía las preguntas, pero yo no entendía casi nada de las respuestas. Algo de documentos. 

En esto que me llaman para poner mi denuncia, lo hago y le digo a la señora que no se preocupe, que le he dicho al policía que con Google translate se pueden comunicar... Y la señora me hace señas para que entre con ella. 

Y entro, claro. Era un cuadro, yo tecleando en el móvil como loca, la señora hablando en búlgaro como si el policía y yo nos hubiésemos ido de Erasmus un año a Sofía, y el policía hablando español a gritos y despacio, porque todos sabemos que para entender un idioma solo hay que escucharlo a todo volumen. 

No hay manera. El policía llama a la hija de la señora y se aclara todo. La señora era mayor, muy mayor, y ya había empezado a perder facultades. De hecho, contó la hija, tenían cita con el neurólogo para evaluarla y quizá incapacitarla. Lo que quería la señora era su documento de identidad búlgaro, para irse a Bulgaria, donde un hombre treinta años más joven que ella la estaba esperando. La hija temía que el señor quisiese quitarle el dinero a su madre, y la madre no se enteraba. 

En este punto, yo intenté explicarle a la señora con la mayor precisión que Google me permitió que el documento se lo tenían que dar en el consulado de Bulgaria y que el policía no podía hacer nada por ella. El policía intenta que hable con su hija. Ella, que no quiere. Al final hablan y no sé cómo acabaría la cosa, porque yo me tenía que ir ya. 

Tecleé una última frase para decirle que lo sentía y que tenía que irme. Y la mujer me acarició la mano, me sonrió y me dijo adiós. Un poco antes también la oí decir algo que debía de ser "gracias" o algo parecido. Y salí de ahí.

Las palabras son mágicas. Son limitadas, claro que sí, pero describen, expresan, nos representan, a menudo son lo único que tenemos pare defendernos. Nos ayudan a existir. 

Por suerte y por desgracia, hay más de cinco mil idiomas en el mundo, y si bien estoy segura de que ni sabiéndolos todos sería el ser humano capaz de describir con precisión cada componente de su experiencia en este planeta, existen diferencias y matices entre uno y otro. ¿Qué hacemos si no hay una lengua común? ¿Cómo nos entendemos?

Hay veces en que con buena voluntad y palabras rotas se consigue mucho. Pero en este caso era imposible. Y se me partió el alma. La realidad de esa mujer era la que era, saber búlgaro no habría cambiado mucho las cosas. Pero habría podido explicarme mejor. Habría podido preguntarle dónde vive, si quería que la acompañase, si podía hacer algo por ella. Habría podido ser más humana con ella. Pese a todo, sé que he hecho lo que he podido y que ha significado algo para ella... Pero me mata. 

Por esto he estudiado idiomas. Para ser entendida, pero sobre todo para entender. Para tener más piezas del puzzle de la experiencia humana. Para vivir más vidas, tener más emociones, saber más cosas. Para amar más y mejor. 

No voy a aprender búlgaro. Pero he dejado mi número por si alguna vez necesitan ayuda con el polaco. Es probable que llamen a sus intérpretes asociados antes, pero nunca se sabe. 


domingo, 28 de agosto de 2022

Sunday blues

Los domingos son raros, sobre todo a partir de la tarde, cuando el lunes amenaza con aparecer con la rutina y el trabajo. 

Me parece bien entristecerme por los domingos. O por cualquier cosa, en realidad. Nunca rechazo una oportunidad para exagerar y dramatizar, y por supuesto eso incluye esta frase. Además, estar triste me queda bien. Estar alegre me queda mucho mejor, evidentemente, pero a veces no se puede elegir.

Ah, pero a él le queda fatal estar triste. Me rompe el corazón igual que si estuviese triste mi sobrino. No es justo que las personas preciosas y luminosas se pongan tristes. 

Pero no pasa nada. Porque por fin, de meses y meses de darle vueltas, hoy he descubierto la vacuna contra el bajón de los domingos: hacer planes para la semana.

Por ahora, hemos agendado ver dos pelis, ir al planetario y a cenar a nuestro griego. Y de alguna manera acabaremos yendo también a nuestro café preferido a jugar al ajedrez. 

Le noté en seguida la calma y las ganas de sonreír otra vez. Y me las contagió a mí. Y ahora estoy tan contenta como si hubiese descubierto la penicilina. No será posible organizar planes todas las semanas, o no tantos, y no siempre dará resultado. 

Pero cuando siento que en mi vida solo hay problemas, cada solución marca la diferencia.

sábado, 27 de agosto de 2022

Tercera parte

Cumplir años es tan traumático a partir de los treinta, que debería ser obligatorio por ley celebrarlo durante toda una semana. O más. 

El martes fue la familia. El jueves, Primor y Abracitos. Y hoy, el Estupendo, el Concejal y la Chiquillera, amigos de él. 

Me encanta sentirme celebrada y homenajeada. Ya que este año no está resultando como me habría gustado, que al menos la transición entre números sea agradable. Y toda excusa para comer tarta es buena.

Ya solo me queda celebrarlo con Jung (pero eso ya el mes que viene) y quizá celebrarme yo misma un par de veces más. Esta década es tan dura…

viernes, 26 de agosto de 2022

Planes de futuro

Me ha llevado veintinueve días de desafío el darme cuenta de que seguramente el propósito del mismo no era publicar en un blog los textos resultantes. Pero ya es tarde y aquí estamos. Hablemos del futuro... Qué poco me apetece.

¿De cuánto tiempo en el futuro estamos hablando? Porque si se trata de unas horas, mis planes son ponerme guapa para salir a tomar algo con el club de lectura. No hay reunión, es simplemente una quedada social. Y la verdad es que me apetece, son gente maja. 

Si hablamos de dos semanas vista, quiero empezar a leer el libro del club (Gypsy boy, a ver qué tal) y deshincharme un poco antes de la boda que tenemos en septiembre. El vestido hay que lucirlo en condiciones, ché. 

Más allá de eso... Actualizar el currículum, buscar trabajo y poner en marcha un par de ideas, a ver qué sale de ahí. 

Lo que más ilusión me hace de lo que queda de año es mudarme con él. También lo que más miedo me da; he vivido con compañeros y con mi familia, pero esta será una experiencia distinta. A ver si llega ya. 

En el gran esquema de las cosas... ¿no lo sé? Quizá ahora que he demostrado que puedo escribir aquí a diario me decida a publicar los post en Instagram. Tal vez inicie algún otro proyecto. Pero los grandes planes ya no dependen de mí sola. Y todavía no sé qué quiero ser de mayor. 

Es curioso. Me siento anciana desde los 26, pero al mismo tiempo siento que soy una cría y que no maduraré jamás. Ni lo uno ni lo otro, seguramente. 

La habitación se está oscureciendo y no veo por dónde desarrollar más. El futuro no existe. No tenía motivos para creerlo hasta marzo de 2020, cuando la vida que había planeado se deshizo en mil pedazos. ¿Para qué planear? Al final, el azar tiene la última palabra. Siempre se puede jugar con las probabilidades, pero no hay nada seguro.

Ugh, qué intensita estoy. Me voy a por un vino, que apetece. 

PD: Acabo de fijarme en que en realidad era "objetivos de futuro". Igual da. 

jueves, 25 de agosto de 2022

Libros, alemán, plantas y Alaska

La regla no escrita de Tinder establece que la persona a la que le salta la notificación del match tiene la obligación de iniciar la conversación. Y por eso, el 17 de junio de 2021 le envié un mensaje con un "Hola, ¿qué tal?" Él respondió con un "Hola, buenas" y empezamos a hablar.

Bueno, quien dice hablar... escribir. Todas las noches, alrededor de las nueve, chateábamos y nos contábamos lo que habíamos hecho. Y cada vez descubríamos más cosas en común. Nuestro amor por los libros y los viajes, saber alemán... Dos semanas después nos conocimos en persona. 

Habíamos quedado a las cinco y media de la tarde. A las diez y media, cinco horas después, volvía a mi casa. Teníamos varias conversaciones pendientes y ni con todo ese tiempo logramos terminar. No nos callamos ni un segundo. Bueno, lo justo para alucinar cuando descubrimos que ambos teníamos un app instalada en el móvil para identificar plantas. Aquella noche ya quería salir (e incluso casarme) con él. A intensita no me gana nadie, no. 

Un mes después empezamos a salir. Y ya llevamos más de un año. 

Algo que le digo a todo el mundo desde que estoy emparejada es que el amor no tiene por qué ser dramático ni complicado. Desde que lo conocí, lo único que siento con él es paz. Vale, no es verdad. Pero cuando algo me va mal, suelen ser cosas que no tienen nada que ver con lo nuestro, sino conmigo. Enamorarnos fue fácil y desde que salimos, lo hablamos todo. 

Eso es lo segundo que le suelo decir a todo el mundo: nunca hay demasiada comunicación. Hasta le anuncié que le iba a besar antes de hacerlo por primera vez (tampoco hay demasiado consentimiento). Con esto no quiero decir que siempre sea sencillo hablar las cosas. Claro que no. Pero es crucial. Es como cepillarse los dientes o seguir una rutina cosmética: no siempre apetece, pero son hábitos que evitan muchos problemas en el futuro. 

Me chifla estar con él. Es pasar tiempo con mi mejor amigo, con el beneficio extra de los besos y los abrazos. ¿Por qué la gente besa tan poco? ¡Es lo mejor que hay! También jugamos, comemos, viajamos y en general experimentamos la vida juntos. Es otra cosa que me entusiasma de salir con él: cada experiencia cuenta doble y es novedosa porque la vivimos los dos. 

En el lado más intenso y pesado de la ecuación, sé que cuento con su apoyo incondicional y él con el mío. Es maravilloso y una gran responsabilidad. Entiendo que no es para todo el mundo, pero vale la pena.

Imagino que no será así para todo el mundo, pero ojalá lo fuera. Ojalá todo el mundo tuviese la suerte de tener un amor así. Divertido, estimulante, dulce, inteligente, fuerte y lleno de cariño. Se puede encontrar, lo prometo. Incluso en Tinder. 

martes, 23 de agosto de 2022

Dos elevado a cinco

 Esos son los años que cumplo hoy. Y la fatiga no me permite escribir. 

Ha terminado bien, pero ha sido una odisea llena de altibajos. He tenido que cancelar mis tarjetas, no digo más.

Pero los abrazos de mi sobri, la carta de él, los buenos deseos de todo el mundo y el personal del San Tommaso cantándome el cumpleaños feliz a grito pelado lo compensan todo. 

A por otros treinta y dos.

lunes, 22 de agosto de 2022

Me he hecho pupa

Esta tarde he ido a tomar café con Jung. Llevaba semanas sin depilarme e iba con prisa, así que debí apretar más de la cuenta y... me he cortado con la cuchilla debajo de la rodilla derecha, con el consiguiente olor penetrante a sangre en la mampara. Si no fuera porque estoy acostumbrada, daría cosilla. 

Quienes se depilen a cuchilla me entenderán y comprenderán el dilema: ¿tirita o no tirita? Seguramente habría sido mejor dejarla al aire, pero me habría puesto a rascarme como loca, así que he optado por una tirita. Pero no una tirita cualquiera, sino una de las tiritas con dibujos de animalitos que compré en Berlín.

Y mientras caminaba por la calle, con el maquillaje impecable cual diva divina,  me he puesto a pensar en las mal llamadas tiritas para niños y por qué considero que son infinitamente superiores a las tradicionales.

Pese a su aspecto, son igual o más seguras que las otras. A fin de cuentas, todo lo que está diseñado para niños está más que probado y estudiado para que funcione bien y sea delicado con la piel. Mis tiritas en concreto son muy suaves.

Por otra parte, las tiritas de camuflaje rara vez logran su cometido. ¿Quién tiene la piel color tirita? Nadie. Así que sigues con una herida fingiendo que vas discreto, pero se ve a la legua que llevas un pegote de color horroroso. Muy serio y muy adulto, eso sí. Y no me hagáis hablar de las transparentes, que normalmente no pegan y se caen todo el rato. 

Pero además de ser bonitas, alegres y efectivas, las tiritas con dibujitos son un gran tema de conversación. Te encuentras con alguien, te ve la pupa y te pregunta cómo te lo has hecho. Con una tirita tradicional es evidente que no quieres hablar del tema,  ¿pero con dibus? Tendrás la ocasión perfecta para describir con todo lujo de detalles cómo te caíste al perseguir al atracador de tu panadería. O la historia barroca de tu elección. Y así es como se forjan vínculos entre las personas: con conversaciones interesantes sobre nuestras vidas, preocupándonos los unos por los otros.

Por supuesto, luego te preguntarán por la tirita y aquí verás cómo funcionan como un gran detector de cretinos: si a tu interlocutor no le parecen divertidas y adorables y además se pone a criticar las tiritas y tu carácter infantil, ya sabes a quién tachar de tu testamento. Es una persona gris, vacía, sin alma. Huye de ella antes de que intente convencerte de comprarte ropa interior color visón, champán o beige. 

E incluso si nadie te pregunta, te quedará la simpática tirita, con sus osos panda mirando hacia el frente desafiantes. Porque puede que estés herido, pero si en vez de esconderlo llevas tu herida con orgullo y sigues adelante, demostrarás una fuerza y un carácter extraordinarios. Y además, quedan genial. 

domingo, 21 de agosto de 2022

La muerte de mis ídolos

Llevo días posponiendo el tema del desafío de 30 días de hoy: alguien que me inspire. 

De verdad que lo he intentado. Y se me han ocurrido mis respuestas frecuentes. Lisa Eldridge, Carmen Pacheco, Safiya Nygaard, mis esposas, la Traductora, Gretchen Rubin, él... Nada.

Por alguna razón, mis ídolos han caído. Decir que han muerto sería incorrecto, porque además todos están vivos y coleando, pero ya no ocupan ese lugar en mi mente. A lo mejor tengo que explicarlo con un ejemplo. 

Sigo a Carmen Pacheco desde hace unos quince años. Media vida, vamos. Me parece una mujer brillante, una de las mejores escritoras que existe y una persona muy interesante. He pasado por la fase de adoración, de comprar cualquier cosa que recomienda, de recomendarla a todo el mundo, de leer prácticamente todo lo que ha escrito y de escribirle hasta el punto de temer que cualquier día me llegue una orden de alejamiento. 

Pero en algún momento me di cuenta de su humanidad. Vi cosas de ella que no es que no fuesen brillantes, sino que directamente no tenían nada que ver conmigo. Dejé de verme tan representada en ella. Y la verdad, fue un golpe durísimo. Lo pasé fatal durante una temporada, hasta que me di cuenta de que ella no había cambiado, sino yo. Por fin empezaba a tener vida. Por fin empezaba a sentirme bien conmigo misma sin necesidad de compararme con ella. Me había liberado, y desde entonces disfruto muchísimo de todo lo que crea, pero siendo más crítica y auténtica. Carmen me encanta porque es sincera. Y ahora yo también lo soy. 

Lisa Eldridge y Safiya Nygaard son dos mujeres inteligentísimas, creativas y bellísimas. Y riquísimas. Puedo sentirme inspirada por ellas todo lo que quiera, que no voy a tener su vida: simplemente vivimos en distintas realidades. Lisa Eldridge puede gastarse cientos de libras en una crema sin pestañear y Safiya Nygaard ha comprado cientos de velas/pintalabios/loquesea para hacer sus vídeos. Me gusta lo que crean, son artistas y muy buenas en lo suyo, y las apoyo en la medida de lo posible... Pero no, no me sirven de guía. 

De Gretchen Rubin a veces saco ganas de hacer cosas, su libro tiene ese efecto en mí. Riquísima y acomodada también. Ayudar, algo ha ayudado, pero no es una inspiración constante.

Mis esposas son compañeras. La Traductora es mi nueva mentora, pero al ser amigas también no existe la verticalidad que requiere ese otro tipo de relación. 

Y él... él es el motivo. Muy compatible conmigo, parecido a mí en muchas cosas, mejor que yo en muchas otras. Me enternece y ocasionalmente me inspira, pero somos lo bastante diferentes como para no ser la referencia del otro. Somos compañeros, que no es poco.

Quizá MacGyver sea lo más parecido a una fuente de inspiración ahora mismo. Está esforzándose un montón en aprender informática para conseguir un trabajo mejor. Y la admiro mucho por ello. 

Pero mi camino es otro. El problema es que no sé cuál. Y me siento un poco huérfana de referencias ahora mismo. Me falta un faro, una inspiración, alguien a quien admirar y desear emular.

Puede que el problema sea que lo humano ya no me es ajeno. No hay, ni ha habido jamás, nadie cuya vida deseara por completo. Todos tenemos miedo. Todos hemos luchado batallas. Y yo soy yo. No puedo ser otra persona. 

¿Tal vez tengo que inspirarme a mí misma? ¿Trabajar en crecer hacia una versión más sabia y feliz de mí misma? Es posible. Pero suena tan egocéntrico... Además, a veces me pierdo en los detalles. Si me imagino al milímetro, siempre seré una decepción para mí misma. 

Nadie me inspira. Nada me inspira. Hoy. Pero quién sabe qué pasará mañana.

sábado, 20 de agosto de 2022

Limpiar cansa

Y con esto justifico la brevedad de esta entrada. Estoy ordenando la habitación. Ya he desenterrado un par de momias y devuelto los leones al zoo, pero todavía me queda bastante por hacer. Limpiar me suele dar perspectiva, así que tengo ganas de acabar. Antes del día D…

viernes, 19 de agosto de 2022

La tele acabará conmigo

Puede que haya logrado madrugar, pero por desgracia, hoy no ha sido un día tan productivo por culpa de un reality de DKiss: Maestros de la restauración, un programa en el que un hombre de Gran Bretaña se dedica a recorrerse la isla (y a veces parte del extranjero) comprando antigüedades y a veces basura para venderla mucho más cara.

A mi madre le saca de quicio. Le parece fatal que saque tanto beneficio de las ventas y que regatee, o que compre cosas absurdas y casi en ruinas que nadie miraría dos veces. Pero me interesan las antigüedades y perder el tiempo, así que me quedo enganchada hasta que se acaba... y ahí se van las dos horas de ventaja matutina que consigo madrugando. 

En fin. Todo esto para decir que, mientras mi sobrino y mi novio juegan, yo seguiré ocupada con lo que no he acabado esta mañana. No seáis como yo: carpe diem, querido mundo. Aprovechad el tiempo...

jueves, 18 de agosto de 2022

No molestar

Lo que he descubierto hoy es tan obvio como afirmar que beber agua es bueno para mantenerse hidratado. Hoy he probado el modo "no molestar" del móvil porque quería adelantar algunas cosas. Me he puesto una lista de Spotify en el ordenador, he desactivado las notificaciones en el móvil... y ha sido como apagar el mundo.

Ha sido maravilloso. Las dos horas más productivas que he tenido en mucho tiempo. Sabía que se podían desactivar las notificaciones temporalmente en el móvil, pero me resistía a creer que funcionase tan requetebién. 

En realidad, este experimento es la consecuencia lógica de otro que llevo aplicando dos días. Estoy intentando dormir mejor, así que ya había probado lo de activar el modo "no molestar" por las noches. Luego, me puse a tapar las luces del módem y bajar la persiana para tener oscuridad absoluta. Y la verdad es que está funcionando. Poco a poco estoy durmiendo mejor. Anoche tuve una pesadilla horripilante, pero esa es otra historia. Espero no encontrarme jamás con un tsunami. 

La verdad es que siempre había subestimado esta función de los móviles porque tenía la idea absurda de que uno no se distrae si no uno no quiere. Pero el cerebro no funciona así. Estamos preparados desde la cuna para reaccionar ante cualquier cosa que llame nuestra atención. Un león entre los arbustos, la lluvia, las veinte notificaciones de WhatsApp que pueden llegar en un minuto... Así hemos sobrevivido. Pero ya no hay leones y hay que adaptarse. Y está bien que la tecnología de vez en cuando nos eche una mano.

miércoles, 17 de agosto de 2022

Que tengas un buen día

En inglés se dice "Have a nice day". En francés, "Bonne journée". En alemán, dependiendo del momento del día, "Schönen Tag/Abend noch". Y por supuesto, existen sus respectivas variantes para el fin de semana. Pero en general, sí, en el extranjero es bastante común desearle un buen día a la gente al salir de un establecimiento.

Desde luego, hay matices. En enero de 2020, apenas dos meses antes de la catástrofe, fui a París a visitar a Mejkju. Mejkju es polaca (Dobrego dnia!), pero vive en París desde hace años y pasó varios días conmigo enseñándome las maravillas de la capital gala. Y yo, feliz cual perdiz al estar de viaje, viendo y comprando cosas bonitas en todas partes, le deseaba un sentidísimo "Bonne journée!" a todo el mundo cada vez que salíamos de algún sitio. Mejkju no paraba de reírse y pitorrearse de mí por ello: decía que en París eso no se estila. Es posible que sea verdad, pero me dio exactamente igual: os tragáis mi bonne journée por narices. Y más vale que vuestra journée sea bonne de verdad. 

Aun siendo una frase hecha y por tanto a menudo vacía de sentimiento, me encanta la costumbre de desear un buen día a la gente. Incluso dicho por costumbre, no deja de ser una frase amable, un deseo sencillo y bonito para la gente con la que nos encontramos. Confieso que en el extranjero he tenido días de mierda que se han salvado de la catástrofe por un "schönen Tag noch" en el momento apropiado. Y lo que quizá resulte más extraño, también me siento genial cuando uso esas expresiones yo misma. 

Quizá tenga que ver con el hecho de que encaja con el tipo de persona que ambiciono ser. Una persona relajada, encantadora y feliz que solo tiene buenas palabras y deseos para el prójimo. Sin ser la hija de Satanás, la verdad es que disto mucho de ser tan perfecta. Pero resulta sencillísimo y reconfortante ser amable con unas pocas palabras un par de veces al día.

En todos los idiomas menos en español.

Mucha discusión sobre género, que me parece muy necesaria y legítima, pero se habla muy poco del gran vacío cortés que sufre nuestro idioma. La expresión equivalente a "Have a nice day", que en todos los idiomas suena dulce, jovial y musical, en español es un infumable "Que tengas un buen día". Y no me satisface (ni a mí, ni a nadie a juzgar por el ínfimo uso que se le da a esta frase) por varias razones.

Su primer fallo es tener un verbo conjugado que ya nos obliga a elegir entre ser formal o informal. ¿Que tengas o que tenga? Ya hay que tomar una decisión. Y estamos viviendo vidas muy estresantes con cada vez menos recursos, nadie tiene tiempo para tomar decisiones lingüísticas mientras recoge el ticket del Mercadona. 

Su segundo fallo es lo largo que es. En inglés son cuatro sílabas. En francés, si las agudas cuentan doble, son otras cuatro. En alemán, en polaco y en italiano, cinco. ¿Pero en español? Que-ten-ga-sun-buen-dí-a. 7. Siete puñeteras sílabas. ¿Quién tiene tiempo para eso?

Pero el tercero y quizás el más difícil de evitar es la vacuidad semántica. Y a ver, no voy a engañar a nadie: las palabras que se usan en otros idiomas para describir el día no es que tengan un significado muy evocador. No dejan de ser palabras comodín: "nice", "bon", "schön" y "dobry" significan "agradable, bueno y bonito", y además se utilizan muuuuchísimo, hasta el punto de que ya no significan nada. Pero es que "buen día" es tan soso. Tan feo. Tan poco carismático. Es como apellidarse García: no tiene nada de malo, pero nadie se acuerda de ti. Si es largo, te obliga a pensar y encima ni siquiera tiene encanto, ¿para qué molestarse?

Pero a mí me molesta muchísimo no tener una expresión equivalente. Me fastidia. Me hace falta todos los días. A veces pruebo con un "Buen finde" que además de ser breve y tierno, suele ser muy bien acogido. ¿Pero qué hago el resto de la semana? 

No, en serio: ¿qué hago? ¿Alguna sugerencia? ¿Nadie? Bueno, da igual... que paséis una buena noche.

martes, 16 de agosto de 2022

Unidos por el aire

Acondicionado, por supuesto. Echo de menos muchas cosas de Berlín, pero la principal es la temperatura. Calor hacía, pero sin pasarse, y por las noches refrescaba y era muy agradable pasear.

El regreso fue horroroso. Horroroso. Si existe el infierno, sería este verano por toda la eternidad con música de reguetón de fondo. 

Pero esto es lo que hay, así que toca acostumbrarse. Y no es como si todo fuese tan malo. Hoy he redescubierto la alegría de madrugar, es agradable amanecer cuando todavía no hace un sol de justicia. Mi idea era adelantar cosas que tengo pendientes, pero salvo escribir esta entrada, no he hecho nada de provecho. El éxtasis de no estar empapada en sudor, imagino. 

Otra cosa que me ha llamado la atención estos días es lo repentinamente unida que estoy a mi familia. Paso más tiempo con mis padres, aunque sea leyendo en el sofá. Y tiene toda la lógica del mundo: el aire acondicionado está en el salón. 

Y me pregunto si estará pasando lo mismo en otras casas y las consecuencias. ¿Estaremos hablando más? ¿Compartiendo más? ¿Se reducirá tanto la distancia emocional como la física? ¿O simplemente estamos siendo prácticos sin más? Hasta que la ola de calor se relaje, me esperan muchos días compartiendo el aire con mis padres, así que si se produce algún cambio relevante, lo dejaré escrito por aquí. 

Se me olvidaba: cuando madrugo necesito más café. Nos vemos mañana.

lunes, 15 de agosto de 2022

Un lugar para olvidar

Hasta los quince años, fui a un cole de monjas de mi barrio. Un colegio concertado, el típico en el que la donación es optativa, pero si no la haces, te miran mal. Y donde hay claras distinciones entre los ricos de cuna y quienes pagábamos la cuota mínima. 

Mis padres nos llevaron ahí por cercanía y porque el colegio público de nuestra zona no era muy bueno, aunque por circunstancias hice segundo de preescolar en el público y guardo buenos recuerdos. Nos dejaban jugar con un montón de cosas y a mí me dejaban llevarme cuentos a casa el fin de semana. Ahí me aficioné por los libros de Las tres mellizas

De vuelta al concertado, todo fue mal. Los niños se metían conmigo y las profesoras me reñían y castigaban por no estar atenta a la lectura en clase. Lo que no sabían era que yo sí estaba leyendo, pero varias páginas por delante porque me interesaba muchísimo el libro. 

Pero solía sacar buenas notas sin mucho esfuerzo, así que me acababan dejando en paz. No así los alumnos. No paraban. Hasta que en tercero de la ESO, toqué fondo. Podía aceptar que se metiesen conmigo los mayores y hasta mis iguales, pero no los pequeños. Así que me fui al curso siguiente, a veinte kilómetros de mi ciudad, donde no me conocía nadie. También tuve algunos problemas, pero en general estuve más tranquila.

No todo era malo. Pese a todo, había cosas que me gustaban del colegio. Una de las monjas nos gustaba muchísimo a todos, sor Fátima. Era un amor de mujer. Y las fiestas de fin de curso estaban bien. También me gustaban las excursiones, los libros que nos mandaban leer y mi profesora de lengua de 3º de ESO. Casi me quedo en el colegio por ella, porque la adoraba. 

Además, aunque mucha gente pasase del tema, viéndolo con perspectiva sí nos enseñaban buenos valores si los sabíamos apreciar. Y eso valía la pena. Pero me hubiera gustado que el colegio me apoyase más cuando se metían conmigo. Eran los noventa y los dos mil... todavía no se le daba la importancia que se merece a este tema. 

Qué entrada más distante. Pero el tema de hoy no me inspira lo más mínimo. 

domingo, 14 de agosto de 2022

Lo que nos quedó por ver

El sábado de la semana pasada, él y yo nos fuimos de viaje a una ciudad muy especial para ambos: Berlín.

Sin entrar mucho en detalles de cómo empezó nuestra relación, resulta que los dos hablamos alemán, los dos hemos vivido un mes en Berlín y a los dos nos encanta la ciudad. Por eso, desde que empezamos a salir, una de nuestras ilusiones era visitar la ciudad juntos y por fin lo hemos hecho. 

El tema de hoy era escribir sobre la undécima foto de mi teléfono y no es de extrañar que sea una foto del viaje. Una de las últimas: él dándome un beso en la mejilla delante del Reichstag. 

Para quien no haya estado en Berlín ni sepa mucho de la ciudad, el Reichstag es la sede del parlamento alemán. Es un edificio bastante bonito, pero lo que lo hace especial (en mi opinión) es la cúpula de cristal de Norman Foster, que se puede recorrer por una rampa hasta llegar arriba del todo. 

Lo mejor de visitar la cúpula del Reichstag es la audioguía que te dan: tiene un sensor de movimiento que te va explicando cosas mientras avanzas. Y cuando llegas a algún hito visual, te dice adónde tienes que mirar y qué estás viendo. Mola muchísimo. 

Además, visitar el Reichstag es gratis. Solo hay que registrarse online, o hacer cola para registrarse y reservar hueco. Por desgracia, no lo hicimos con tiempo y no pudimos entrar. No es el fin del mundo, ambos habíamos subido ya en nuestros anteriores viajes. Y es bueno dejarse algo para volver. 

No fue lo único que nos quedó pendiente. El martes estuvimos en el Museo de Ciencias Naturales y vimos un montón de dinosaurios y cosas chachis... excepto a Tristan, el tiranosaurio rex, que está hasta finales de mes en Copenhague. Sin ser yo ninguna fan de los dinosaurios, me entró el bajón. ¡Quería verlo, jo!

Pero no, esta vez no voy a recrearme en lo que no pasó. Porque hemos hecho muchísimas cosas esta semana y nos lo hemos pasado genial. Sin tantas fotos como en nuestros otros viajes porque Berlín no es para fotografiarla: es para vivirla. Y pardiez que lo hemos hecho. 

sábado, 6 de agosto de 2022

Cerrado por vacaciones

Qué ganas tengo de irme, por favor...

De lo que no tengo ningunas ganas, nunca, es de hacer la maleta. 

Pero es un mal necesario  que vale la pena. Y a ello me voy a dedicar hasta la hora de ir al aeropuerto.

Como tampoco me gusta hacer que la gente pierda el tiempo (mucho), seré breve: dejo de publicar hasta el  domingo 14 de agosto. 

Además, el siguiente tema del desafío de treinta días requiere fotos. Y pienso sacar un montón. 

Wiiiiiiiiiiiiiii!!!!!!!

viernes, 5 de agosto de 2022

Mejor que la del Mercadona

Mi sobrino se está aficionando a las novelas de Multicosmos, de Pablo C. Reyna. Ya se ha leído los dos primeros y hemos ido hoy a Valencia a comprar el tercero. Por desgracia, está en proceso de reedición, por lo que es casi imposible encontrarlo en tiendas físicas. Pero ya que estábamos en Valencia, nos hemos llevado a mi sobrino a comer.

Al igual que yo a su edad, mi sobrino no sabe comer y le gustan pocas cosas. Por suerte (o casi diría que por milagro), hemos encontrado mesa en San Tommaso. Y hemos triunfado: al peque le ha gustado la lasaña y la ha calificado como "mejor que la del Mercadona", "la mejor que ha probado" y "mejor que los canelones del papi". Yo misma he probado los canelones de mi cuñado y he de decir que el listón está muy alto, pero sí, la lasaña es mejor. 

Una de las cosas que más me gustan de salir con mi sobrino es ser su tía (o tita, como me llama él) en vez de su madre. Mi sobrino y yo ya formamos una pareja bastante singular y divertida, con nuestros memes internos y nuestras mundo en común, pero la adición de mi novio nos ha llevado al siguiente nivel. 

Nos ocupamos del niño como si fuera nuestro, pero lo malcriamos con buena comida, libros y juegos. Pero es que además ellos dos se llevan tan requetebién, que se alían contra mí para hacerme cosquillas y gastarme bromas. Y nos reímos y abrazamos y es precioso. Ojalá podamos darle primitos algún día. 

Por la tarde, he dado rienda suelta a mi Imelda Marcos interna porque necesitaba zapatos para el viaje. Ya he metido las tiritas en la maleta por si las moscas. Pero tengo mono de personaje nuevo. Y eso siempre es bueno. 

Mañana más. 

jueves, 4 de agosto de 2022

Códigos secretos

Existen muchos tipos de códigos secretos, y todos los usamos a diario. Miradas, frases a medias, memes internos, silencios. Los más especiales surgen de manera espontánea entre dos personas, como amapolas en un campo de trigo. 

A menudo digo que el ser humano ya está inventado para hablar de la poca originalidad en la ficción y de la universalidad de las emociones. Las Meditaciones de Marco Aurelio son tan entendibles y aplicables hoy como hace dos mil años. Las comedias de Shakespeare y Lope de Vega son tan divertidas hoy como en su época. Todos amamos y nos enfadamos, y tenemos las mismas necesidades. 

Y todos hemos necesitado guardar secretos desde siempre. 

El tema de los códigos secretos es el típico tema divertido y entretenido cuando surge en alguna parte, pero jamás le he dedicado mucho tiempo. Sin embargo, por introducir las mates de una forma divertida en la vida de dos peques que me importan, se me ha ocurrido un jueguito.

Él y yo nos vamos este sábado. Se me ha ocurrido enviarles una postal desde ahí con un código secreto: el código cifrado César. No lo conocía, pero es muy sencillo y básico: para descifrarlo, solo hay que cambiar las letras por la que esté X posiciones antes o después. Por ejemplo, si el código es X-2, la C se cambiaría por una A. 

Es una tontería, pero espero que mis peques lo descifren y les divierta. Además, como en mis primeros años acumulé un montón de postales, he decidido dejar ya preparados los mensajes y simplemente enviar los sobres desde ahí. Jo, me hace mucha ilusión. 

Y como no es la primera vez que lo hago, puedo recomendarlo: si tenéis cientos de postales guardadas en una caja que ya no tienen sentido porque tenéis fotos del sitio o simplemente las podéis descargar y os da pena tirarlas o reciclarlas, enviádselas a vuestra gente. Puede ser cuando volváis a la ciudad en cuestión (yo le envié a él una postal desde Zaragoza durante nuestra escapada), o puede ser porque sí.

Voy a llevarlo más allá y me voy a salir del tema, pero me da igual: enviad cartas. Postales o no, pero enviad cartas. A alguien que no pueda irse de vacaciones, a alguien con quien haga tiempo que no habláis, a alguien que esté de bajón y lo necesite... Pocas cosas hay más baratas y que hagan tanta ilusión. Menos de un euro, si es dentro del territorio nacional. 

¡Swg vgpicku wp fkc octcxknnquq!


miércoles, 3 de agosto de 2022

Por fin pizza y Suits

Estos días tenemos cosas que organizar para nuestras vacaciones. Entre eso y otros asuntos, llevamos días posponiendo la noche de pizza. El visionado de Suits va bien, ya vamos por la sexta temporada. Pero teníamos muchísimas ganas de cenar pizza.

Por fin lo hemos hecho. 

Tengo ganas del viaje. Y de vacaciones. Y de descansar de verdad. Y de divertirme. Pero me preocupa no llegar a tiempo a publicar en el blog a diario. ¿Debería dejarlo durante esa semana? Se aceptan opiniones. 

martes, 2 de agosto de 2022

Adoro pagar impuestos

Cuando hablo con mis gestoras para pedirles que me resuelvan un trámite o insisto en que me deduzcan el máximo de IRPF, todo el mundo me suele decir que no es necesario, que puedo deducirme menos. A lo que respondo muy tajante: "Hay gente que tiene miedo del dentista. A mí me da miedo que me salga a pagar en la declaración de la renta". 

Esta es una de las pocas cosas que he aprendido de cabeza ajena. En una ocasión, MacGyver tuvo dos empleadores en el mismo año fiscal. Por eso y porque le siguieron deduciendo poquísimo, al año siguiente le tocó pagar casi un sueldo entero a Hacienda en la declaración. Huelga decir que MacGyver no ganaba ninguna barbaridad y que el desembolso no le vino nada bien, lo pasó bastante mal con este tema. Y yo con ella. Fue entonces cuando me conciencié sobre la importancia de darle a Hacienda más de lo que pide, en cuanto lo pida o antes si es posible, para tenerla contenta y satisfecha. 

Y sin embargo, puedo afirmar a la vez que adoro a Hacienda. Me encanta pagar impuestos. 

Claramente nunca he sido autónoma. 

Pero como empleada, lo confieso: me gustan los impuestos. Me gusta que me quiten una parte de mi salario para que tengamos sanidad, educación, parques y servicios, y me encantaría ganar más para poder contribuir todavía más. 

Eso no quiere decir que me guste cómo se invierten estos, nuestros impuestos. Detesto que necesitemos presupuesto de defensa, pero sí, es necesario. No me gusta la actual monarquía, si bien tengo sentimientos encontrados con la idea de una presidencia de la república, que a veces puede ser más cara, o con un cargo dual como el del presidente de Estados Unidos, que gobierna y representa al país al mismo tiempo. Y la lista podría seguir ad infinitum. No, la distribución de los impuestos no es perfecta ni lo será nunca. 

Sin embargo, teniendo en cuenta todo lo que por ahora recibimos pagándolos, me parece una maravilla. En cierto modo es lo que nos hace responsables del país, el hecho de que estemos pagando para hacerlo funcionar. Que nos preocupen los servicios sanitarios o que se instalen más farolas porque todo eso es nuestro. Los colegios, los hospitales, los museos, los bancos del parque, todo eso nos pertenece. Y depende de todos que siga funcionando y que mejore. 

Por supuesto, me resulta muy frustrante todo esto cuando pienso en cómo van las cosas y cómo podría ir si, por una parte, pudiésemos recaudar más impuestos de quien más puede aportar y, por otra, se administrasen mejor los recursos que ya tenemos. Por eso he dejado de ver el telediario. Prefiero concentrarme en lo que puedo solucionar. 

Finalmente, puede que esta sea la razón más estúpida para pagar impuestos, pero a mí me da(ba) una gran sensación de realización personal: mi vida podía ser un desastre absoluto, pero al menos estaba haciendo funcionar un país. 

Todo este rollo porque hoy he resuelto un asunto con Hacienda. Qué le vamos a hacer, se me hace feliz con poco.

lunes, 1 de agosto de 2022

Una persona, una visión

El tema de hoy es hablar de alguna lección que haya aprendido. Me gusta el tema, pero también me chirría, porque si hubiese aprendido las lecciones de verdad, no volvería a cometer los mismos errores una y otra vez. Pero en la tónica de ser amable y misericordiosa conmigo misma, he decidido no tenérmelo en cuenta y a la vez elegir una lección bonita y poco comprometedora.

Hoy, mi sobrino ha comido con nosotros y ha pasado la tarde aquí. De cómo él, de nuevo, se ha convertido en la estrella y en la persona favorita de mi sobrino cuando viene a mi casa, prefiero no hablar mucho. Basta con decir que, cuando él ha vuelto de las prácticas del coche, mi sobrino ha salido disparado para abrir la puerta y ha coreado su nombre y se ha lanzado a sus brazos... Está bien, lo admito, me encanta que los dos hombres de mi vida se lleven tan bien. Además, verlo a él jugando a ser padre me vuelve loca. 

Mientras él estaba en las prácticas, el peque y yo vimos Stardust. Y me alegra decir que le ha gustado, pero aún me alegra más lo mucho que he disfrutado yo viéndola con él. Ya es mayorcito y empieza a hacer preguntas sobre las pelis y a cuestionar el argumento, y me lo he pasado como una enana con sus ocurrencias, porque tiene más razón que un santo. 

Ambos coincidimos en que era muy fácil saltar el muro por cualquier otra parte, pero me ha impresionado al comentar la escena final, cuando Lamia rompe los cristales para lanzarlos hacia Tristan e Yvaine y ellos siguen corriendo hacia delante, donde hay más cristales intactos por romper: "¿Pero por qué no corren hacia atrás?" Me ha dejado flipando. Habré visto esa peli unas quince veces y nunca lo había pensado. Luego me vino otra reflexión a la cabeza y ahora me muero de ganas por contárselo a mi sobrino, porque sé que lo apreciará: si nadie sale ni entra por la brecha del muro, ¿tanto les costaba reconstruirlo en vez de tener a un señor vigilándolo veinticuatro horas durante más de cien años? Vamos, con el sueldo del vigilante tenían para construir la Gran Muralla China alrededor si les apetecía... 

Las nuevas ideas molan cuando vienen de los niños, pero lo cierto es que todos somos así. Todos tenemos un gran observador dentro, que pone su foco en un aspecto distinto e idiosincrásico de la realidad. Yo me fijo en los olores, entre otras cosas. Él es un gran observador del comportamiento de personas y animales. Y mi sobrino, que todavía es joven y tiene todos los sentidos nuevecitos, se entera de todo. 

Fastidia y a la vez reconforta saber que ni en un millón de vidas podremos experimentarlo todo. Incluso si pudiésemos leer todos los libros, visitar todos los lugares, probar toda la comida, escuchar toda la música y los pájaros, estudiarlo todo, saberlo todo... lo único que tendremos es el Conocimiento y la Experiencia según nuestro filtro, nuestra visión, nuestra percepción. Por empáticos que seamos, jamás seremos capaces de percibir el mundo como otra persona. 

Y esa es una de las cosas que nos hace valiosos a todos, que nos dota de individualidad y de identidad. Con esto no quiero decir que todas las ideas sean válidas simplemente porque vengan de una persona única, como lo somos todas. Pero es importante entender esto para aceptarnos, para acercarnos y para tener un punto de partida en común. Cada uno de nosotros tiene una visión que nos sesga y nos define. Cada uno de nosotros considera importante y válida su versión porque es la que mejor conocemos. Y cada uno de nosotros tenemos que hacer un esfuerzo, a veces titánico, por acercarnos a la visión de los otros. 

Se me ha ido un poco el tema, creo, pero no me parece una mala lección. 

Ah, la cena anoche fue perfecta. No vimos a Keanu, pero nuestro camarero ya se sabe lo que solemos pedir, ya habla más con nosotros y ya sabemos su nombre. Y aunque es una tontería, me hizo inmensamente feliz.