Mis padres fueron unos perdedores, infelices, tristes y desgraciados, sencillamente porque nunca tuvieron ninguna oportunidad de ganar ni sabían que estaban jugando.
Él era de una aldea muy pobre de Ciudad Real. Pobre de vivir en una habitación, de pasar hambre y de cuidar de sus hermanos pequeños cuando tenía 7 años. Y tenía muchos hermanos pequeños. Ni fue al colegio, ni sabía leer; se sacó el carné de conducir haciendo el examen oral.
En algún momento, él y mis tíos emigraron a Valencia. Tuvo varios trabajos durante su vida, principalmente como pintor. Como era ambidiestro, podía ir muy deprisa. Conoció a mi madre, imagino que se enamoraron, y se casaron.
Era un hombre muy bruto, que jamás había recibido cariño ni educación, y que había crecido rodeado de violencia y miseria. Por esa razón, valoraba las cosas más que las personas (había juguetes con los que mis hermanas no podían jugar) y tenía muy mal carácter. Solo hacia el final de su vida, cuando se apuntó a la escuela de adultos y aprendió a leer y escribir, se tornó más amable... la ignorancia duele.
Quería tener un niño, pero no pudo ser. Le gustaban los pájaros y las plantas hasta el punto de llenar las dos terrazas con ellos y que mis hermanas, de nuevo, no pudiesen jugar en ellas. Adoraba a una de mis hermanas y tenía manía a la otra.
En cuanto a mí, tengo pocos recuerdos de él. Dos. Uno malo y uno bueno. Cuando tenía cuatro años, cayó enfermo de leucemia y murió un par de meses después. Sin embargo, aunque ha estado muerto durante casi toda mi vida, su presencia (como la de todos los muertos, especialmente los que se fueron antes de lo esperado) está en todas partes, como el aire denso en una habitación sin ventilar. A veces logramos ventilar, los fantasmas salen y estamos bien. Otras nos cuesta respirar.
Mi madre nació en una familia modesta y desde bebé demostró muy poca iniciativa vital: no empezó a andar hasta el año y pico. Y no porque no supiera, sino porque no le daba gana. Solo echó a correr cuando no vio a mi abuela en una ocasión y salió a buscarla. Y con esta anécdota queda muy bien reflejado el carácter de mi madre: solo se mueve cuando tiene miedo. A menudo, en la dirección equivocada.
La sacaron del colegio a los doce años para enseñarle a coser y se pasó cuarenta años cosiendo pantalones. En negro, como muchas pantaloneras de la época. Pocas veces ha elegido lo que ha querido, ora porque no se lo permitieron, ora porque era más fácil agachar la cabeza. Pero de joven hizo lo que querían mis abuelos. De adulta, lo que quería mi padre. Y cuando él murió, tristemente, lo que queríamos nosotras.
Definida por el miedo y la culpa, le cuesta la alegría y no sabe estar tranquila. Jamás ha cultivado aficiones ni intereses, si bien sí se ha dejado llevar de viaje por nosotras. Le gusta el mar y le encanta el color amarillo: eso es todo. Aunque lo del color es importante. Hace un año la enganché a los libros de colorear y le regalamos una caja de pinturas: ya ha agotado dos lápices enteros del amarillo de cadmio.
A día de hoy, diría que vive por el perro, probablemente la única criatura de este mundo que la ha querido y respetado como se merece. Me di cuenta de esto hace poco, y de pronto entendí por qué hay personas que quieren más a sus mascotas que a su familia: simplemente, a veces se lo merecen y punto.
Tristes, infelices, desgraciados y perdedores, pero en cierto modo siento que en otra época podrían haber tenido una oportunidad. Si hubiesen sido queridos de pequeños, si hubieran sufrido menos, si se hubiesen querido más a sí mismos antes de conocerse, si se hubiesen desarrollado como individuos... Cuando los pienso, o me enfado o me entristezco. Pero esta historia no es única: los matrimonios así se cuentan por decenas en esta ciudad, y probablemente en todo el país. Sobre todo los de aquella época.
Lo que ambos querían para mis hermanas y para mí era que estudiásemos, nos ganásemos la vida y fuéramos felices. Estudiar, estudié. Ahora mismo no me gano mucho la vida. Y la felicidad es un instante, pero la busco y encuentro casi todos los días. Sin entrar al debate de si en la vida se gana o se pierde, sí puedo decir que en cierto modo soy una ganadora. Y qué curioso que las matemáticas funcionen aquí también: que de dos negativos salga un positivo.
