jueves, 30 de junio de 2022

Dos perdedores

Mis padres fueron unos perdedores, infelices, tristes y desgraciados, sencillamente porque nunca tuvieron ninguna oportunidad de ganar ni sabían que estaban jugando. 

Él era de una aldea muy pobre de Ciudad Real. Pobre de vivir en una habitación, de pasar hambre y de cuidar de sus hermanos pequeños cuando tenía 7 años. Y tenía muchos hermanos pequeños. Ni fue al colegio, ni sabía leer; se sacó el carné de conducir haciendo el examen oral. 

En algún momento, él y mis tíos emigraron a Valencia. Tuvo varios trabajos durante su vida, principalmente como pintor. Como era ambidiestro, podía ir muy deprisa. Conoció a mi madre, imagino que se enamoraron, y se casaron.

Era un hombre muy bruto, que jamás había recibido cariño ni educación, y que había crecido rodeado de violencia y miseria. Por esa razón, valoraba las cosas más que las personas (había juguetes con los que mis hermanas no podían jugar) y tenía muy mal carácter. Solo hacia el final de su vida, cuando se apuntó a la escuela de adultos y aprendió a leer y escribir, se tornó más amable... la ignorancia duele. 

Quería tener un niño, pero no pudo ser. Le gustaban los pájaros y las plantas hasta el punto de llenar las dos terrazas con ellos y que mis hermanas, de nuevo, no pudiesen jugar en ellas. Adoraba a una de mis hermanas y tenía manía a la otra. 

En cuanto a mí, tengo pocos recuerdos de él. Dos. Uno malo y uno bueno. Cuando tenía cuatro años, cayó enfermo de leucemia y murió un par de meses después. Sin embargo, aunque ha estado muerto durante casi toda mi vida, su presencia (como la de todos los muertos, especialmente los que se fueron antes de lo esperado) está en todas partes, como el aire denso en una habitación sin ventilar. A veces logramos ventilar, los fantasmas salen y estamos bien. Otras nos cuesta respirar. 

Mi madre nació en una familia modesta y desde bebé demostró muy poca iniciativa vital: no empezó a andar hasta el año y pico. Y no porque no supiera, sino porque no le daba gana. Solo echó a correr cuando no vio a mi abuela en una ocasión y salió a buscarla. Y con esta anécdota queda muy bien reflejado el carácter de mi madre: solo se mueve cuando tiene miedo. A menudo, en la dirección equivocada.

La sacaron del colegio a los doce años para enseñarle a coser y se pasó cuarenta años cosiendo pantalones. En negro, como muchas pantaloneras de la época. Pocas veces ha elegido lo que ha querido, ora porque no se lo permitieron, ora porque era más fácil agachar la cabeza. Pero de joven hizo lo que querían mis abuelos. De adulta, lo que quería mi padre. Y cuando él murió, tristemente, lo que queríamos nosotras. 

Definida por el miedo y la culpa, le cuesta la alegría y no sabe estar tranquila. Jamás ha cultivado aficiones ni intereses, si bien sí se ha dejado llevar de viaje por nosotras. Le gusta el mar y le encanta el color amarillo: eso es todo. Aunque lo del color es importante. Hace un año la enganché a los libros de colorear y le regalamos una caja de pinturas: ya ha agotado dos lápices enteros del amarillo de cadmio. 

A día de hoy, diría que vive por el perro, probablemente la única criatura de este mundo que la ha querido y respetado como se merece. Me di cuenta de esto hace poco, y de pronto entendí por qué hay personas que quieren más a sus mascotas que a su familia: simplemente, a veces se lo merecen y punto. 

Tristes, infelices, desgraciados y perdedores, pero en cierto modo siento que en otra época podrían haber tenido una oportunidad. Si hubiesen sido queridos de pequeños, si hubieran sufrido menos, si se hubiesen querido más a sí mismos antes de conocerse, si se hubiesen desarrollado como individuos... Cuando los pienso, o me enfado o me entristezco. Pero esta historia no es única: los matrimonios así se cuentan por decenas en esta ciudad, y probablemente en todo el país. Sobre todo los de aquella época. 

Lo que ambos querían para mis hermanas y para mí era que estudiásemos, nos ganásemos la vida y fuéramos felices. Estudiar, estudié. Ahora mismo no me gano mucho la vida. Y la felicidad es un instante, pero la busco y encuentro casi todos los días. Sin entrar al debate de si en la vida se gana o se pierde, sí puedo decir que en cierto modo soy una ganadora. Y qué curioso que las matemáticas funcionen aquí también: que de dos negativos salga un positivo.

miércoles, 29 de junio de 2022

Atención y afecto

La película que más me impactó en 2017 fue Lady Bird y me dolió mucho que no se llevase ningún Oscar el año siguiente. Cuenta una historia sencilla, el último año de instituto de una chica que odia vivir en Sacramento. Y pasan muchas cosas.

Mi escena favorita es cuando la monja del instituto habla con Lady Bird, la protagonista, sobre una redacción que ha escrito describiendo su ciudad. La monja le dice que describe Sacramento con mucho cariño y afecto, con amor. Lady Bird dice que simplemente presta atención, a lo que la monja le responde: "¿No crees que quizá son lo mismo? ¿Atención y afecto?" Me dio mucho que pensar. 

La palabra atención viene del verbo latino attendere, que literalmente significa "tender el espíritu hacia algo". Afecto, a su vez, viene de afficere, "influir en el ánimo". ¿Es descabellado afirmar que atender, o tender el espíritu hacia algo, influye en nuestro ánimo hacia ese algo? Para mí tiene todo el sentido del mundo. 

El tema de esta semana es el cumpleaños de Talía. Es un tema que me provoca sentimientos encontrados. Podría divagar durante horas sobre lo fascinante que me parece el placer que experimento quejándome de los preparativos. Quiero ser alegre y amable, pero por alguna razón perversa hallo la alegría en protestar, en ser quejica y mártir. Pero dejaremos las interpretaciones freudianas para otra ocasión. 

Que el tema de la semana sea el cumpleaños de Talía es afirmar que Talía es el centro de esta semana alrededor de la cual todo orbita. El sitio, los regalos, la tarta. Luego llegan las cosas menos obvias. Las sorpresas, los detalles. Pequeñas cosas que sé que le gustarán. Cosas que se me han ocurrido de forma instintiva, sin pensarlas demasiado. Pero a veces me recreo visualizando en mi cabeza cómo será la fiesta, lo que haremos, cómo lo haremos, cómo se sentirá en determinados momentos. Y me hace feliz pensar en que todo esto valdrá la pena si ella está contenta. Cumplir años puede ser un drama, que me lo digan a mí. Es hasta cierto punto comprensible querer darle mucho bombo para amortiguar el golpe. 

Y es una agradable sorpresa corroborar que el amor es más que una emoción: es una elección y una acción, y ambas se deben realizar a diario (o casi) para mantener viva una relación del tipo que sea. 

Con esto no quiero decir que sea posible forzar a dos personas a amarse, aunque estoy bastante convencida de que el párrafo anterior es la base del éxito de muchos matrimonios concertados. Estoy segura de que el amor, o al menos esa primera conexión, surge de una chispa misteriosa que prende la llama. Pero también estoy segura de que elegir prestar atención a alguien es el combustible que la mantiene viva. 

También me gusta mucho de Lady Bird, y de su protagonista, la manera en la que me siento después de verla. O después de pensar en estas cosas. Exactamente igual que se siente Christine al final: un poco nostálgica de su yo adolescente e inmadura, pero orgullosa de haber comprendido una parte más del universo y de su vida, y humilde ante la perspectiva de todo lo que le queda por aprender. 

Aunque también puede ser que esté leyendo mucho entre líneas.

martes, 28 de junio de 2022

Mi paraíso privado

Hoy debería escribir sobre un lugar que me gustaría visitar. Tarea harto complicada, porque hay muchos y porque tengo poco tiempo. Pero también puedo escribir sobre lugares que, sin ser exóticos, son mi refugio. Lugares que visito con relativa frecuencia o que tengo cerca.

Cualquier librería me da paz. Cualquiera. Hay una especializada en viajes en Valencia, y aunque casi nunca compro nada ahí, ver tantos libros sobre lugares maravillosos, mapas y animales me entusiasma. Aparte de porque adoro los libros, creo que en las librerías me siento pequeñita ante tanto conocimiento. Y sentir que tú y tus problemas sois pequeños ayuda a poner las cosas en perspectiva y a hallar la calma.

No voy tanto como me gustaría, pero tengo ganas de ir a la playa. A pasear, no a bañarme. A mojar los pies. Mi quinta cita con él fue en la playa y la verdad es que aquel día tuvo un par de momentos de comedia romántica. El viento se llevó mi sombrero y al girarme para recogerlo, se me cayó un zapato al agua. Yo perseguí el sombrero y él se metió en el agua para coger mi zapato. Nos reímos mucho. También le di una conchita, en una obvia declaración de intenciones. Pero esa es otra historia.

Los jardines del Turia son otro paraíso mío, aunque en realidad me vale cualquier parque con césped y árboles. Con mi manta para leer y unos cascos, no necesito mucho más. 

Pero a veces ni siquiera me hace falta irme de casa. Con unas velas, una mascarilla cosmética y algo de música, a veces me monto mi propio Hawai/Bombay en la habitación. Y con el día que llevo, lo cierto es que lo voy necesitando.

Buenas noches.

lunes, 27 de junio de 2022

Pequeña y peligrosa

Llevo días durmiendo poco y mal, razón por la cual hoy me encuentro cansada y sin una pizca de imaginación. Vuelvo a tirar de desafío. Hoy tocaría "cosas que me hacen feliz", pero creo mi entrada de ayer fue una fusión de ambas. Así que paso directamente al tercer desafío: un recuerdo.

Estas semanas estoy bastante atareada organizando el cumpleaños de mi hermana. Probablemente por eso, la primera historia que me ha venido a la cabeza es la de aquella vez en la que casi consigue que me metan en la cárcel.

De pequeña yo era toda una rebelde. Fumaba (mi padre me dio una calada a un caliqueño, tosí, no quise volver a saber nada), bebía (por accidente me tomé un cubata de ginebra con naranja en el chalé de una amiga de mi madre) y me drogaba (me empaché a aspirinas infantiles)*. No es de extrañar, pues, que el siguiente paso fuese cometer un delito.

Todo empezó un maravilloso día de verano. Mis padres, mis hermanas y yo fuimos a pasar el día a casa de otra amiga de mi madre. Yo era pequeña, tenía menos de cinco años, y llevaba un precioso sombrero de paja de color fucsia. Este dato es importante.

No recuerdo muy bien a qué se dedicarían mis hermanas aquel día, pero yo me lo pasé pipa jugando con Ratlletes, el gato de la casa. No teníamos mascotas en casa y me encantaban los gatos, qué puedo decir. Tan bien me lo pasé, que no quería irme a casa para no separarme de él.

En ese momento, mi hermana Talía** me susurró: "¿Y por qué no te llevas el gato escondido en el sombrero?"

Era pequeña, pero sabía reconocer una idea brillante cuando la veía. ¡Por supuesto! 

Ni corta ni perezosa, cogí al gatito e intenté meterlo en el sombrero. Todavía no entiendo por qué se resistía tanto, de verdad... En fin, al final aparecieron mis padres y la amiga de mi madre, y me pillaron in fraganti sujetando al pobre gato para que se estuviese quieto. 

Al final me obligaron a soltarlo y el pobre gato salió escopetado. Mi hermana se rió tanto que le dolió la tripa.

Poco después, nos contó mi madre que Ratlletes se había ido de casa y no había vuelto. Yo creo que se fue para buscarme. Pero claro, vivíamos lejos...

La moraleja de esta historia es que todos tenemos un pasado y hay que aceptarlo. Me costó lo mío, pero me he reconciliado con esa época oscura de mi vida. O también podría ser que hacerle caso a mi hermana casi nunca es una buena idea. Os dejo elegir. Hasta mañana.

*Sí, mis padres fueron bastante negligentes, pero no precisamente por estas anécdotas. Bueno, por el tabaco sí. Por lo demás, yo era muy sigilosa cuando quería.

**No es su nombre, es que es doctora en Teatro Contemporáneo. Debería llamarla "la Teatrera" o "la Drama", pero sospecho que se lo tomaría mal.

Personalidad

Desde el momento en que decidí escribir a diario aquí, supe que tendría que enfrentar principalmente dos desafíos. El primero es escribir todos los días; por ahora lo estoy cumpliendo, aunque sea a contrarreloj. El segundo, pensar en algo sobre lo que escribir.

Por suerte, en Internet hay respuesta sobre casi todo: encontré una lista de ideas para escribir durante 30 días... varias listas, de hecho. Empezamos hoy con el primer desafío: describe tu personalidad. 

Así que me he ido a la RAE a buscar la definición de personalidad. Si nos quedamos con la primera acecpión, "diferencia individual que constituye a cada persona y la distingue de otra", la verdad es que no sabría muy bien por dónde empezar.

¿Cómo se responde a esto? ¿Con una lista de adjetivos? Me niego. Los sustantivos y los verbos son más sexis. A ver qué sale de aquí.

Me gusta observar a la gente e imaginarme su vida. Y desearles cosas buenas. Me encanta abrazar y que me abracen, y reírme. Me pasaría horas hablando de prácticamente cualquier cosa, y adoro filosofar y debatir por el mero placer de hacerme preguntas y pensar. Cotillear está en mi naturaleza y a veces me cuesta encontrar el límite, pero es algo en lo que intento mejorar. En mi defensa, solo puedo decir que cotilleo siempre desde la bondad y el cariño, casi nunca chismorreo. Uno de mis deseos más profundos es volar. Aunque creo que correr, patinar o montar en bici son experiencias similares. Cualquier cosa que me eleve del suelo.

No me gusta la palabra "perfecto" ni sus derivadas, y desde hace un tiempo detesto los superlativos. La mejor hamburguesa, el mejor libro, la mejor dentista... ¿Cómo decidimos que una hamburguesa o una persona es mejor que otra? ¿Y qué hacemos con la gente a la que no le gustan las hamburguesas? Todo el mundo debería estar de acuerdo y eso es imposible. Por eso, desde hace años intento centrarme en lo bueno. Una buena tarta. Un buen olor. Una buena persona. Un buen día. Lo perfecto es enemigo de lo bueno (alguien lo diría antes, pero yo se lo leí a Natalia De Santiago). 

Me cuesta ser todo lo dura y cínica que debería ser para triunfar. Si algún día logro la grandeza, no será mintiendo. Sí puedo ser muy dura con los demás y conmigo misma, pero cada vez menos. Sería más fácil vivir en el mundo si todos fuésemos más amables. Es mi batalla diaria.

Y como quiero ganarla, voy a terminar aquí antes de sucumbir a la tentación de echarme mierda encima. Nos vemos mañana.


(Esta entrada se publicó originalmente el domingo, 26 de junio de 2022 a las 23:56, pero por motivos técnicos he tenido que volver a subirla)

sábado, 25 de junio de 2022

En contra del mandato imperativo

Yo empecé a estudiar Traducción e Interpretación de Inglés en la Universidad de Granada en 2008. 

En el primer cuatrimestre del primer año, tenemos varias asignaturas obligatorias: Lengua Española, Lingüística Aplicada... y Civilización Española.

Por razones que no vienen al caso, a mí me tocó matricularme en el turno de tarde en casi todas las asignaturas. Y el horario de Civilización Española era una mierda, hablando pronto y mal: martes de ocho a diez de la noche y viernes de cuatro a seis (la última clase de la semana). Por suerte, la asignatura resultó ser más interesante de lo que esperaba.

Nuestro profesor era un hombre encantador, intelectual y conversador al que le hubiese gustado impartir sus clases en un café madrileño. Gran parte de las clases se dedicaba a divagar y a exponer ideas. Y aunque a veces resultaba un poco cargante y barroco, era una maravilla escucharle. O al menos yo lo recuerdo con cariño. 

Además, era un tío muy majo. Oficialmente no teníamos delegado, pero mi amigo el Intrépido se convirtió pronto en el representante oficial del turno de tarde. Y como tal, cada vez que había un puente que no nos habían dado, era él el que negociaba con los profesores si se podía anular la clase: "Venga, A, que todo el mundo se va a ir de puente, solo van a venir los Erasmus." "Vale, está bien. Pero el martes os quiero a todos aquí a las ocho, ¿eh?" Y estábamos. Vaya que si estábamos.

Nada de lo que aprendí en esa asignatura me ha servido jamás para trabajar. Ni como traductora, ni como profesora, ni como dependienta de libros. Y aun así, admito que me encantó la asignatura y en cierto modo la considero de las más útiles. Porque nuestro profesor nos invitaba a pensar.

Su método de evaluación, además del examen final, consistía en escribir una serie de disertaciones y participar en los coloquios informales durante las clases. Lo segundo era un poco difícil, porque mi profesor sentía debilidad por los Erasmus, y un belga en concreto se pasaba las clases hablando casi en exclusiva con él. Pero me encantaba escribir las disertaciones. Básicamente nos proponía un tema relacionado con lo visto en clase o una pregunta para que investigásemos y diésemos nuestra opinión. 

Probablemente la más curiosa y la que más recordamos todos fue la de "Por qué Franco estaba en contra de la masonería". Después de entregarlas, nuestro profesor nos trajo a un masón a clase, que además fue el fundador de nuestra facultad. La disertación sobre La deshumanización del arte de Ortega y Gasset también trajo cola por la pregunta que nos hizo nuestro profesor y que todavía persigue a más de un compañero de promoción, estoy segura: "¿Te sientes posmoderno?" A día de hoy, confieso que todavía no sé cómo responder.

Pero la que me pareció más interesante y con la que más aprendí fue con la disertación sobre el mandato imperativo. Por si alguien no lo sabe, y simplificando muchísimo, si los diputados del congreso tuviesen mandato imperativo, tendrían que votar obligatoriamente lo que les dijese su partido en las consultas. En España no hay mandato imperativo, y en esta disertación mi profesor nos pidió que expusiésemos nuestra opinión. 

Yo estoy en contra del mandato imperativo. Ojalá tuviese una copia de aquella disertación, pero imagino que mis argumentos serían los mismos que hoy: no se votan unas ideas, se votan a unas personas con ideas. Personas con inteligencia y conciencia. Personas que pueden tomar decisiones de forma inteligente sin que les dicten el discurso. La ausencia del mandato imperativo permitiría, en mi ingenua opinión, que los mejores de cada campo pudiesen elegir libremente acorde con su conciencia y tomar decisiones con fundamento. En resumen, para mí la ausencia del mandato imperativo es una de las bases de la democracia. 

Ya, ya, yo también me estoy riendo con lo inocente que era en aquella época. Que yo sepa, en pocas ocasiones se utiliza este privilegio; lo más habitual es que los diputados voten lo que les dice el partido y punto. Sin embargo, mantengo mi opinión. En una sociedad más formada y concienciada, la ausencia de mandato imperativo nos permitiría ver un mayor espectro de la gama de grises y contribuiría a una representación más auténtica y mejor. 

Hasta entonces, como última reflexión, me gustaría añadir que es importante ser cuidadosos con lo que votamos. Y votar, siempre. Y vivir políticamente, que no es ir haciendo propaganda de ningún partido, sino representar nuestros ideales y la sociedad que queremos construir en todo lo que hacemos en nuestra vida diaria. Es extraño, pero poder vivir así es un privilegio.

viernes, 24 de junio de 2022

Me gusta Belén Segarra

Belén Segarra es una artista valenciana muy especial.

La descubrí por accidente, una mañana que iba paseando por Valencia. De casualidad encontré una tienda de objetos curiosos, Sebastian Melmoth, cerca de mi tienda preferida de té. Ahora han cambiado de ubicación, pero no importa. 

Entré la tienda y, curioseando, encontré la baraja de tarot más bonita del mundo. Era de Belén Segarra.

También estaba un poco por encima de mi presupuesto para esa mañana. 

Pero tenía los exámenes de la EOI encima y me prometí que, si aprobaba el B2 de Francés y de Alemán, me la compraría. 

Unas semanas después, volví y me la compré.

En el tarot, como en el horóscopo, la numerología y la quiromancia, no creo, pero me gusta jugar a creer. No deja de ser una forma divertida de construir historias. Y si prestas atención, puedes aprender mucho de ti. Desde que me la compré, me he tirado las cartas por mi cumpleaños y por año nuevo. Por supuesto, también he echado cartas a los demás, con más éxito que conmigo misma. Y aunque no recuerdo ni la mitad de mis predicciones, siempre es divertido. 

Lo que más me llamó la atención de la baraja es el contraste entre lo luminoso, alegre y naïf de los colores, y lo turbio y oscuro de las figuras cuando se les presta atención. La foto de abajo no es un buen ejemplo porque mis preferidas son las más bonitas y puras, pero se puede apreciar su estilo: 


Me entusiasmé tanto por la baraja que me puse a averiguar más sobre Belén. Visité su web y empecé a seguirla por Instagram. Y me enamoré de su estilo. 

Es una tontería, pero para mí fue desbloquear un nuevo nivel de personalidad. Intentaré explicarlo. Durante mucho tiempo fui bastante seria, formal, clásica y reservada. Sigo siéndolo, pero menos. 

En algún momento, empecé a soltarme la melena, a pasármelo bien, a divertirme, a curiosear, a reírme y a descubrir cosas nuevas. Fue como ver por primera vez los colores después de llevar mucho tiempo viviendo en blanco y negro. Con Belén Segarra lo que descubrí fue la belleza de lo perverso, algo que apeló a un lado de mí que no sabía que tenía, distinto a todo lo que creía saber de mí. 

Un lado salvaje, animal, instintivo, visceral y precioso. Una yegua corriendo por la playa, un halcón volando en picado, una leona atravesando la selva.

Un lado que me encanta. 

Gracias a Belén Segarra me gusto un poco más. Y aunque sea para descubrir cosas nuevas, espero que le echéis un ojo a su web.

jueves, 23 de junio de 2022

Yo tuve catorce años

Por alguna razón, hoy me he acordado de que yo también tuve catorce años. De eso hace dieciocho.

Y dieciocho son los años que llevo escribiendo y abandonando blogs. De hecho, puede que empezase incluso antes. Si me paro a pensar en mi primer blog, casi recuerdo la interfaz de bitácoras.com. Era una cría, solo me leían adultos, y viéndolo con la perspectiva que dan los años, me entran ganas de volver a aquella época, darme un abrazo muy fuerte a mí misma e invitarme a seguir leyendo y a escribir para mí, porque aquello no era muy normal. 

No fue en ese blog en el que me llevé un susto, sino en otro, que no nombraré, que sigo teniendo guardado en el perfil en modo borrador. Duró tres meses, pero bastaron para condensar toda la angustia que sentía en los últimos meses de tercero de ESO, cuando estaba a punto de cambiar de instituto y de vida. Aunque lo segundo todavía no lo sabía. 

Fueron meses intensos de muchas páginas, varias entradas y dos fantasmas. El primero me dio un susto de muerte y cerré el blog. El segundo me transformó y marcó durante más de una década, tanto para bien como para mal. Pero prefiero quedarme con lo que fue para bien, porque es lo que me ha traído hasta aquí.

He leído algunas entradas de aquella época. Qué cría. Qué sentimientos. Qué seguridad. Qué inseguridad. Qué hostia más bien dada tenía, por favor. Y al mismo tiempo, se me parte el alma cuando me leo. No sabes lo triste y sola que te has sentido hasta que lees las cartas que te escribiste hace casi veinte años, con todo ese dolor cristalizado esperando ser visto.

He husmeado un poco más, buscando alguna frase salvable de aquella época para publicar por aquí, pero he desistido después de ver que hace dieciocho años le tenía mucha tirria a Uma Thurman. Uma: si me leíste en 2005 y por alguna razón todavía me sigues, que sepas que lo siento muchísimo. No sabía lo que decía. Eres una pedazo de actriz y lo mejor de Pulp Fiction después de Samuel L. Jackson.

En cuanto a mi yo adolescente, ojalá pudiese teletransportarme a aquella época, llevarme a mí misma a la terraza en una noche clara sin luna a ver las estrellas (algo que ambas seguimos teniendo en común), y decirme: "Cariño, casi nada de lo que te pasa es culpa tuya. Y de lo que sí, ya me encargaré yo. Eres preciosa, inteligente, tienes un pelazo y deberías probar los canónigos con hummus te quiero".

Aunque si contenemos todas las versiones de nosotros mismos, como copias de seguridad infinitas en forma de matrioshka, quizá mi yo de catorce años me mande, como era su costumbre, "besitos".

Voy a cenar. Ensalada de canónigos y hummus, primera vez desde la operación. Que el estómago me acompañe.

miércoles, 22 de junio de 2022

Sigo convaleciente

Pero al menos hoy he visto pelis con mi sobrino, que ya está de vacaciones. 

Como buena tía de los noventa, era mi obligación introducirle a “La princesa prometida”. Y aunque se le ha hecho un poco larga, la ha disfrutado. Me ha roto un poco el corazón que su personaje favorito no sea Íñigo Montoya, como yo. Él prefiere a Vizzini, ¡inconcebible!

Sin embargo, al contrario que el niño de la peli, él no ha cambiado de opinión: no le gustan las escenas de besos y he tenido que aguantarme la risa cada vez que se escondía detrás del cojín. 

Luego se ha puesto hablarme de un videojuego que se ha descargado para que mi novio y yo juguemos con él. “Yo seré el erudito, L el héroe y tú el mago”. Hay que quererlo. 

Por la tarde he paseado un poco y he tomado un café con el Estupendo. El Estupendo es el mejor amigo de L y un personaje maravilloso que hará acto de aparición por aquí, estoy segura. Hacía más de un mes que no nos veíamos y ha aprovechado mi convalecencia para acercarse a verme. Hemos hablado de lo humano y lo divino y nos hemos abrazado, que es lo que se nos da mejor. Y he confirmado que, bueno… sigo algo malita.

Yo quería ser Wonder Woman y estar tan estupenda como el Estupendo y caminar mis diez mil pasos diarios, como venía siendo costumbre. No ha habido manera. He llegado a la cafetería y da gracias. Entiendo que es normal, que no tengo que hacer burradas y tal… pero me mata, me mata estar así. Ya queda menos.

Hoy no he vomitado, por lo que lo considero un gran día. Y mañana veré a la cuarta esposa y quizá a los gatetes. Y a lo mejor hasta escribo algo en condiciones.

martes, 21 de junio de 2022

Hecha polvo

 Debería haber escrito antes.

Estoy viva. Muy dolorida, pero viva. Anoche dormí en el hospital y hoy he pasado el día durmiendo, pero ahora me encuentro fatal. 

Más info mañana. Buenas noches.

lunes, 20 de junio de 2022

Tengo sed

Obligar a una persona a estar ocho horas sin beber en junio es una tortura. Por ahora lo estoy sobrellevando bien y ya me queda poco. 

Estas semanas me está costando bastante dormir y no es por el calor. Tampoco por lo de hoy. Simplemente me cuesta estar en paz. 

La única manera que tengo de dormirme es arrullada por voces. A menudo la de él, que me lee cuentos por teléfono. Cuando está haciendo cosas, simplemente le pido que me narre lo que está haciendo y que cuelgue cuando deje de responder.

Otras me pongo una serie de fondo. Antes me ponía Friends, pero hasta que acabemos de verla, queda descartada. Así que ahora alterno entre Sexo en Nueva York y Las chicas Gilmore. Lo curioso es que con ambas tengo una relación de amor-odio irreconciliable.

Me gusta la Nueva York de la serie, la moda y algunas de las tramas. Y me gusta la tranquilidad que transmite Rory durante sus años en Chilton. Pero no hay quien aguante a las protagonistas de las respectivas series. Podría escribir una entrada ensañándome con Carrie, Charlotte, Rory y Lorelai, pero no estaría aportando nada nuevo a la discusión: todo lo que se podía decir sobre ellas ya se ha dicho, en inglés y seguramente en español también.

Aun así, vuelvo a ellas para que me acunen. Y quizá tenga sentido. Son humanas, un desastre, como yo. No podría ver antes de dormir Gambito de dama, una serie tan maravillosa y perfecta que me obliga a prestarle atención y a enamorarme de cada detalle. Pero Sexo en Nueva York y Las chicas Gilmore nos conquistaron a muchas a pesar de todo por ser auténticas y tener carácter. Insufrible a veces, pero siempre ellas. 

Nos vemos mañana.

domingo, 19 de junio de 2022

Sentido

Todavía es domingo, así que tengo tiempo. 

Mientras volvía para casa después de dejarle en la estación de metro, me he puesto a pensar en por qué estoy haciendo esto. Por qué me empeño en hacer esto todos los días. ¿Qué sentido tiene?

La verdad es que no estoy del todo segura. 

Echaba de menos escribir. Pero no todos los días tengo algo interesante que contar y definitivamente no todos los días me apetece. Podría dejarlo estar, no escribir los fines de semana o simplemente comprometerme a dos o tres entradas por semana.

Aun así, sigo pensando que esto es lo mejor que puedo hacer. 

No busco la genialidad, aunque sí me gustaría ver mejoras en mi estilo y en mi contenido con el tiempo. Sí, la práctica diaria para adquirir un nuevo hábito y progresar es una de mis motivaciones principales. Pero siento que no es todo lo que hay.

Quizá es mi nuevo clavo ardiendo. Algo familiar de mí que me gustaba, que significa mucho para mí y que no quiero perder. O tal vez solo busque ordenar mis pensamientos una vez al día y me guste tener público, aunque sea pequeñito. 

Quizá siento que tengo algo que decir, aunque no sepa el qué. 

Quería dejar lista esta noche la entrada para mañana, ya que me operan, pero sería hacer trampas. Escribiré mañana, aunque sean dos líneas antes de ir al hospital o por la noche. 

En otra línea de cosas, tengo que encontrar la manera de responder a los comentarios desde mi cuenta, porque por alguna razón, Blogger no me está dejando. 

Buenas noches, mundo. 

sábado, 18 de junio de 2022

Blum

No me gustan los podcasts. Me fastidian. Consumen mucho tiempo y las voces en español no me suelen gustar (porque soy así de especialita y tiquismiquis). Pero sobre todo por el tiempo, y especialmente para consumir ficción: leo muchísimo más rápido de lo que escucho.

Hasta ahora no me había supuesto ningún problema; bastaba con ignorarlos. 

Entonces Carmen Pacheco empezó a escribir ficciones sonoras para podcast.

No he tenido la oportunidad de escuchar el primero, Santuario, porque solo está disponible en Audible y por ahora no me planteo crearme una cuenta para eso. Pero con el segundo, Blum, disponible en Apple podcasts y en Spotify, no tenía más excusa que mis prejuicios. 

Al final, me decidí a escucharlo para criticarlo con propiedad. Sin spoilers, Blum cuenta la historia de una pintora suiza del siglo XX, Ursula Blum, a través de la investigación sobre su vida que realiza una periodista. Esta investigación la lleva a recorrer toda (pero toda) Suiza en busca de la verdad sobre Ursula Blum, lo que inevitablemente se convierte también en un viaje de conocimiento de sí misma.

Maldita Carmen... Me ha encantado. 

En entrevistas y publicaciones, Carmen Pacheco comenta que cuando empezó en el proyecto de Blum, lo hizo pensando en alguien a quien no le gustasen o no estuviese acostumbrado a consumir ficción de esta manera. Vamos, que lo hizo para mí. Y se nota.

Eso se percibe, en primer lugar, en lo bien aprovechado que está el formato podcast. Se añaden fragmentos musicales de interés, audios de WhatsApp y muchos otros efectos de sonido que contribuyen a que el oyente se meta de lleno en la historia.

En segundo lugar, Carmen está en todas partes. Hildegarde de Bingen. Matemáticas. Misterios. Mi opinión en este aspecto es subjetiva porque soy fan suya desde hace muchos años, pero estoy segura de que incluso a alguien que jamás haya leído nada suyo le puede gustar.

En tercer lugar, la historia es satisfactoria. Podría haber terminado mejor, ser más redonda, pero entonces no resultaría tan verosímil. No me habría puesto a buscar cuadros de una pintora que no existe o piezas musicales de compositores que sí son reales. Es una buena historia, está bien escrita, bien contada y bastante bien interpretada. Cualquiera que escuche el primer capítulo quedará enganchado a la historia de Ursula Blum y no podrá dejar de escucharlo hasta que la conozca entera.

Lo único que no me entusiasma del podcast son las voces. La mayoría son estupendas, pero no me gusta la voz de la protagonista ni la de su novio.  Tampoco me acaba de gustar cómo pronuncian el inglés, pero... De nuevo, me confieso insufriblemente tiquismiquis con esto, así que no me hagáis caso. 

Porque pese a todo, me ha encantado. Lo recomiendo a todo el mundo (pronto lo obligaré a él a escucharlo, y quizá a mi primera esposa, que sí escucha podcasts y audiolibros) y me parece una propuesta original y muy creativa. Pero sobre todo, muy de Carmen. Y eso para mí ya es garantía de éxito. 

Porfa, si alguien lo ha escuchado, comentadme qué opináis, que necesito comentarla con alguien. Gracias <3.

viernes, 17 de junio de 2022

No lo dejes para mañana

Hoy va a ser una entrada más corta. Bastante más corta, porque me estoy derritiendo con el calor. Como todo el mundo, vaya.

Simplificando mil, este es mi consejo para hoy: si tenéis un plazo para realizar un trámite burocrático, hacedlo cuanto antes. O acabaréis como yo, pensando que el plazo acababa el 18 y descubriendo que acababa el 15.

En fin. A buscar alternativas. Mañana más. 

Bebed mucha agua y manteneos a la sombra. Un abrazo.


jueves, 16 de junio de 2022

Los días que guardaría para después

El día de hoy ha sido un desperdicio. Sin entrar demasiado en detalles, no he dormido bien y me he despertado bastante triste. 

Tengo muchas cosas en la cabeza ahora mismo, pero probablemente la que más me atormenta sea la operación del lunes y todo lo que la rodea. Pero para explicarme, tengo que dar un poco más de información.

Tengo una hernia umbilical, que en pocas palabras, significa que tengo una especie de agujero en el músculo del abdomen. La operación para solucionarlo, por lo que he averiguado, consiste en poner una pequeña malla por dentro y coserla. Y ya estaría. 

Es una operación sencilla, rápida y no suele presentar complicaciones. Además, he tenido la suerte de no estar en lista de espera mucho tiempo: menos de un año. Si no pasa nada, ese mismo día podré irme a casa. 

¿Por qué estoy tan agobiada y mal por este tema, entonces? Por varias razones.

La primera es la falta de empatía y calidez del sistema sanitario. Y aunque, tal y como están las cosas, debería considerarme privilegiada por tener acceso a una sanidad gratuita y de calidad, me niego a considerarlo un lujo. No lo es. Eso es lo mínimo que merecemos, y debemos esforzarnos por conseguir una sanidad mejor. Lo cual incluye exigir medidas que permitan a los profesionales ser más empáticos y ofrecer una atención más personalizada. Por concretar un poco, lo que me enfada de mi caso concreto es que el anestesista, más preocupado por evitar una demanda que por mí, no se atreviese a explicarme la operación. Soy consciente de que un cirujano y un anestesista son profesionales distintos, pero tras años de experiencia es más que probable que sepa cómo va a ser mi operación y que pudiera darme alguna respuesta, aunque solo fuese para tranquilizarme. También me enfada no haber tenido la posibilidad de hablar con un cirujano desde agosto del año pasado y que la que me vio entonces fuese fría, antipática y no mostrase nada de humanidad ni de compasión. Para quien ha estudiado Medicina durante años, resulta sencillo entender que mi operación es una tontería y nada de lo que preocuparse. Yo hubiera necesitado una conversación abierta sobre esta cirugía y que me lo explicasen todo bien. 

La segunda razón está relacionada con la primera: nadie sabe si me voy a quedar en el hospital una noche o no. Depende de si hay complicaciones, dicen. Muy bien, ¿y cuáles son esas complicaciones? Me da igual que no dependa de mí: me gustaría saberlo. Espero de corazón no tener que quedarme. Cruzo los dedos.

La tercera es que llevo tiempo comiendo mejor para estar mejor, pero desde que sé lo de la operación siento una presión brutal por ser "perfecta". Por comer solo cosas sanas, por no meter la pata, por tener mucho cuidado. Sé que estoy haciendo lo que puedo con la situación que tengo, pero siempre siento que podría hacer más y me angustio. Y es una sensación horrorosa, y me pongo nerviosa, y entonces me apetecen cosas que no son sanas y acabo peleando conmigo misma todo el día. Es agotador. En serio.

Pero la cuarta y última, que objetivamente es la más estúpida, es la que más a menudo me viene a la cabeza: tengo pánico a que me pongan la vía en la mano. Me dan pánico las agujas, cada vez que me sacan sangre me mareo y tengo que esforzarme mucho por estar tranquila y relajada. Pero a los análisis estoy más o menos acostumbrada. Sin embargo, el pinchazo para la vía duele mucho, y no siempre me pillan la vena a la primera. ¡Y no puedes llevar gafas hasta el momento en el que te duermen! ¿Tanto le costaría a alguien quitártelas en el último momento y ponértelas luego?

Drama, drama, drama... Quizá podría resumir todo esto en que, pese a la evidencia que me demuestra que todo va a salir bien, tengo un poco de miedo. 

Sé que no puedo hacer mucho hasta que esto pase más que aguantarlo como pueda y divertirme cuando surja la ocasión. Y que básicamente mi problema hoy es que he estado demasiado ociosa. Pero, ¿no sería genial poder guardarse estos días para después? ¿Saltar al lunes directamente y vivir estos días más tarde, ya tranquila y capaz de disfrutarlos? A veces la realidad resulta decepcionante. 

La calle está más transitable a estas horas, así que me voy a dar un paseo y a comprar plátanos. Café ya compré ayer. Descafeinado, por supuesto. 

Nos vemos mañana.

miércoles, 15 de junio de 2022

Olores y sonidos de verano

No creo que nadie crea que seguimos en primavera a estas alturas. Es junio y estamos en verano. 

Leí en alguna parte (probablemente en Ola, la newsletter de verano de Carmen Pacheco) que el verano es un estado mental y estoy de acuerdo. Concretamente, es el estado mental de las vacaciones. Mis circunstancias actuales, que tan inconvenientes son por muchos motivos, al menos tienen esa ventaja: llevo semanas de veraneo imaginario.

Aunque la primera imagen que se me viene a la cabeza cuando pienso en el verano es la de una playa, el sol y la paz de las horas muertas, no es ahí donde me sitúo todo el tiempo. Porque el verano, de tranquilo que es, da mucho espacio para reflexionar. Y, ay, mi cabeza no para. La siento resistirse mientras la obligo a concentrarse en construir frases ordenadas con sentido, casi parece gritarme que no hay tiempo para esto, que tenemos un futuro infinito por el que preocuparnos, un universo por conquistar, miles de vidas por vivir. 

Y para colmo no queda café. 

Mi idea era empezar a escribir esta entrada al más puro estilo de una diva ociosa y relajada. con mi tacita de café y algo de música de fondo. Pero al ir a preparármelo, me he encontrado con la caja vacía de cápsulas. A punto he estado de ponerme dramática y apocalíptica, pero la Diva seguía dentro de mí y un café más o menos no va a importunarla (demasiado). 

Así pues, en vez de preparar café, me he ido al balcón. Y ahí me he encontrado al Verano, cara a cara, en el olor de los árboles y el canto de los vencejos. 

Yo huelo las estaciones. Las siento en el aire, a menudo meses antes de que lleguen oficialmente. Un buen día voy paseando por la calle y digo: "Huele a Navidad". Y mi interlocutor se queda perplejo, en parte por lo que acabo de decir y en parte porque no he estado escuchando lo último que he dicho. Pero es así, cada momento tiene un olor y soy afortunada por percibirlos con tanta precisión.

Recuerdo hace meses, cuando empecé a oler la primavera, que él me preguntó a qué olía exactamente. Si era un ambientador del Mercadona o algo así. Hay que quererlo, pensé. Quiere crearme un arsenal de pociones y remedios para la felicidad. Saber lo que me pone contenta y buscarlo para que pueda ser feliz siempre que quiera. Pero no es tan sencillo, no es un olor sintético. "Será algún tipo de polen, algo en el aire. Pero no es ningún olor que se venda en un frasco". 

Por supuesto, esa misma tarde encontré el árbol que huele a primavera. Y por supuesto, se me olvidó hacerle foto e identificarlo. No pasa nada. La primavera que viene volverán a florecer.

También he encontrado el árbol que huele a verano. Creo que son mimosas, pero no estoy segura. Un día de estos les sacaré una foto. A falta de una descripción mejor, para mí huelen a días de piscina. También los pinos huelen (maravillosamente bien) a verano. 

En cuanto a los sonidos, admito que hasta ahora no les prestaba atención. Si hubiese tenido que asociar un sonido al verano, probablemente habría dicho que los grillos y las olas del mar. Pero él, entre las muchas cosas que ha traído a mi vida, me habla de pájaros y dinosaurios, y en especial, de unos pajaritos pequeños y vivarachos que no tocan el suelo más que unos días al año: los vencejos. 

De nuevo, Carmen Pacheco escribió sobre ellos en su newsletter (Flecha esta vez) y habló de su canto. Y yo, que siempre los había ignorado, empecé a verlos y escucharlos en todas partes. Los estoy escuchando ahora, en la terraza, volando y cantando incansables. 

Y mientras los observo, me pregunto cómo es posible asociar el verano a la tranquilidad y el descanso cuando el pájaro más omnipresente de esta estación es uno que no para quieto. Quizá sea necesario ese contraste, ese equilibrio. Quizá sirva para recordarme que hay tiempo para todo. Para revolotear por todas partes cual vencejo y tumbarse a la sombra de los árboles. 

Y yo necesito mucho de ambas cosas.

martes, 14 de junio de 2022

Quiero tener una vida aburrida

Querido Internet:

Decíamos ayer...

Hola. 

Han pasado más de tres años. dos ciudades y una pandemia desde la última vez que escribí aquí. Han pasado muchas otras cosas, que resumiré brevemente.

Encontré trabajo en Granada y estuve ahí un año y pico, con la mejor jefa y el mejor compañero del mundo, hasta que la pandemia me obligó a volver a Valencia. Operación de emergencia. Todo en orden. ERTE, espera. 

Él. 

La sublime(mente dolorosa) decisión de quedarme en Valencia. Búsqueda de empleo. No encajar. Cambiar. No encajar. Y me vuelven a operar la semana que viene, y todo irá bien.

En todo este tiempo también he podido viajar. Suiza, Marruecos, Francia, Italia, Madrid, Zaragoza, Toledo, Barcelona, otra vez Madrid y pronto Berlín. Desde Italia, siempre he viajado acompañada de una personita muy especial que acabará haciendo su aparición por aquí. 

¿Y ahora, qué?

No lo sé. ¿Quién lo sabe? Pero quiero volver a escribir aquí. Con reglas.

1. Escribiré todos los días, aunque sea un párrafo. Seguramente por las mañanas, así que pronostico muchas reflexiones cafeteras.

2. No escribiré de trabajo. Por muchas razones que se pueden resumir en dos: soy más que un trabajo y quiero poder enseñar este blog en el futuro sin tener nada que temer.

3. No habrá nombres propios, pero estarán en todas partes. Me gustan mucho las personas de mi vida, así que acabarán adoptando otros nombres, por los que solo las conozco yo. 

Y ya está. 

Bueno, no.

Por ahora solo publicaré los posts en Twitter. Si soy lo bastante disciplinada, puede que los publique en Instagram también. En otro formato, he escrito en Instagram estos años. Si os interesa, podéis seguirme ahí: cristinas.baixauli.

También tuve otro blog que no cuajó, con solo siete artículos. Salvo el último, en general estoy contenta con lo que escribí. Aquí os lo dejo: https://letrasnauseasyestrellas.blogspot.com

Después de pensarlo mucho, he llegado a la conclusión de que quiero una vida aburrida. Aburrida desde fuera, porque por dentro estará llena de magia, color, amor y maravillas. Quiero un oficio, una casa, niños, libros, viajes, buena comida y sus manos siempre en las mías. Quiero pasarme los días aprendiendo y amando. Pero mientras la vida decida ser interesante, quiero volcarme aquí. Para que siga quedando espacio libre en el vaso. Para poder continuar. 

Retomaremos las obras de Babilonia mañana.