sábado, 25 de junio de 2022

En contra del mandato imperativo

Yo empecé a estudiar Traducción e Interpretación de Inglés en la Universidad de Granada en 2008. 

En el primer cuatrimestre del primer año, tenemos varias asignaturas obligatorias: Lengua Española, Lingüística Aplicada... y Civilización Española.

Por razones que no vienen al caso, a mí me tocó matricularme en el turno de tarde en casi todas las asignaturas. Y el horario de Civilización Española era una mierda, hablando pronto y mal: martes de ocho a diez de la noche y viernes de cuatro a seis (la última clase de la semana). Por suerte, la asignatura resultó ser más interesante de lo que esperaba.

Nuestro profesor era un hombre encantador, intelectual y conversador al que le hubiese gustado impartir sus clases en un café madrileño. Gran parte de las clases se dedicaba a divagar y a exponer ideas. Y aunque a veces resultaba un poco cargante y barroco, era una maravilla escucharle. O al menos yo lo recuerdo con cariño. 

Además, era un tío muy majo. Oficialmente no teníamos delegado, pero mi amigo el Intrépido se convirtió pronto en el representante oficial del turno de tarde. Y como tal, cada vez que había un puente que no nos habían dado, era él el que negociaba con los profesores si se podía anular la clase: "Venga, A, que todo el mundo se va a ir de puente, solo van a venir los Erasmus." "Vale, está bien. Pero el martes os quiero a todos aquí a las ocho, ¿eh?" Y estábamos. Vaya que si estábamos.

Nada de lo que aprendí en esa asignatura me ha servido jamás para trabajar. Ni como traductora, ni como profesora, ni como dependienta de libros. Y aun así, admito que me encantó la asignatura y en cierto modo la considero de las más útiles. Porque nuestro profesor nos invitaba a pensar.

Su método de evaluación, además del examen final, consistía en escribir una serie de disertaciones y participar en los coloquios informales durante las clases. Lo segundo era un poco difícil, porque mi profesor sentía debilidad por los Erasmus, y un belga en concreto se pasaba las clases hablando casi en exclusiva con él. Pero me encantaba escribir las disertaciones. Básicamente nos proponía un tema relacionado con lo visto en clase o una pregunta para que investigásemos y diésemos nuestra opinión. 

Probablemente la más curiosa y la que más recordamos todos fue la de "Por qué Franco estaba en contra de la masonería". Después de entregarlas, nuestro profesor nos trajo a un masón a clase, que además fue el fundador de nuestra facultad. La disertación sobre La deshumanización del arte de Ortega y Gasset también trajo cola por la pregunta que nos hizo nuestro profesor y que todavía persigue a más de un compañero de promoción, estoy segura: "¿Te sientes posmoderno?" A día de hoy, confieso que todavía no sé cómo responder.

Pero la que me pareció más interesante y con la que más aprendí fue con la disertación sobre el mandato imperativo. Por si alguien no lo sabe, y simplificando muchísimo, si los diputados del congreso tuviesen mandato imperativo, tendrían que votar obligatoriamente lo que les dijese su partido en las consultas. En España no hay mandato imperativo, y en esta disertación mi profesor nos pidió que expusiésemos nuestra opinión. 

Yo estoy en contra del mandato imperativo. Ojalá tuviese una copia de aquella disertación, pero imagino que mis argumentos serían los mismos que hoy: no se votan unas ideas, se votan a unas personas con ideas. Personas con inteligencia y conciencia. Personas que pueden tomar decisiones de forma inteligente sin que les dicten el discurso. La ausencia del mandato imperativo permitiría, en mi ingenua opinión, que los mejores de cada campo pudiesen elegir libremente acorde con su conciencia y tomar decisiones con fundamento. En resumen, para mí la ausencia del mandato imperativo es una de las bases de la democracia. 

Ya, ya, yo también me estoy riendo con lo inocente que era en aquella época. Que yo sepa, en pocas ocasiones se utiliza este privilegio; lo más habitual es que los diputados voten lo que les dice el partido y punto. Sin embargo, mantengo mi opinión. En una sociedad más formada y concienciada, la ausencia de mandato imperativo nos permitiría ver un mayor espectro de la gama de grises y contribuiría a una representación más auténtica y mejor. 

Hasta entonces, como última reflexión, me gustaría añadir que es importante ser cuidadosos con lo que votamos. Y votar, siempre. Y vivir políticamente, que no es ir haciendo propaganda de ningún partido, sino representar nuestros ideales y la sociedad que queremos construir en todo lo que hacemos en nuestra vida diaria. Es extraño, pero poder vivir así es un privilegio.

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