En unas horas me voy a Londres.
Tranquilidad: vuelvo por la noche.
A veces hay que hacer locuras sin sentido, qué puedo decir.
En unas horas me voy a Londres.
Tranquilidad: vuelvo por la noche.
A veces hay que hacer locuras sin sentido, qué puedo decir.
Estas dos semanas han sido intensas y llenas de novedades. Por abreviar: nos mudamos a Granada esta semana. Él y yo. Ya iré dando más detalles, palabra.
La cuestión es que estos días están llenos de cosas que hacer. Médicos, compras, maletas, peluquería, de todo. Y despedidas.
El sábado nos despedimos de Primor y Abracitos con comida china. Hoy, de Jung y Loki con comida italiana. Después de sacarnos el máster en comida india, ahora vamos a por los italianos. Una vez los hayamos probado todos, escribiré al respecto. Pero por ahora, basta decir que hemos cenado muy bien.
Menudo día me espera mañana... Tengo muchas ganas y a la vez me da una pereza inmensa. Pero ya vaguearé este finde. En mi casa. Con mi pareja. Por fin.
Mañana más. Aunque me reservo el derecho de no escribir si se me acumula la faena.
Hoy he visto la primera parte de John Wick por primera vez. Y me ha encantado.
No tiene un gran argumento, ni un gran guion. Keanu lo hace muy bien... pero es que tampoco había mucho material para hacerlo mal. Pero le gusta a mi parte reptiliana, igual que a todo el mundo.
Me gusta porque es una historia de venganza.
Sin moralina. Sin lecciones. Sin sofisticación, ni planificación. Y aunque una parte más elevada y noble de mi persona esté en contra de lo que él hace y considere que hay formas mucho mejores y más productivas de enfrentar las cosas, hoy quiero sangre y dolor, y que no sea el mío.
Ojalá pudiera ser John Wick por un día sin consecuencias. Ojalá pudiera soñar que lo soy esta noche. Soñar que llego a casa de mis enemigos, que los sorprendo y los tengo a mi merced
Podría deleitarme mucho describiendo la tortura que se me pasa por la cabeza, pero el sentido común todavía me llega para comprender que no es una buena idea compartir ese tipo de ideas. Pero les haría daño. Mucho.
Rooibos para no desesperarme más. Peli o libro para no pensar.
Hay niños con cáncer cerebral inoperable. Hay millones de personas que no saben leer. Hay millones de mujeres que se prostituyen porque no tienen otro remedio.
Dentro de lo malo, tengo suerte.
PS: Me despido por lo menos hasta el 28 de noviembre. Con este mal humor no se puede escribir nada.
-La carta de desactivación va al montón de descartes.
-Y la del exploding kitten, al de Platón.
Como no voy a amarlo.
Osisi murió hace meses. Le puse tierra nueva, la mimé más, intenté enderezarla... No hubo manera. Y como no le preste atención, Roslina acabará igual.
En su momento, me prometí que no me compraría más plantas hasta que me mudase con él... pero he picado. No tengo remedio.
Esta tarde me he ido con Jung a comprar su regalo de cumpleaños. Le dije que le regalaría una zamioculca, mi planta favorita. Y de una conversación loquísima que tuvimos entonces, se decidió que su plantita nueva se llamaría Iloveny, en honor de todas las niñas con ese nombre cuyos padres obviamente no adoran Nueva York.
Es la primera vez que voy a Verdecora, y la verdad es que mola mucho. Monsteras enormes, cactus aterradores, begonias alienígenas, plantas cuyas hojas parecen pintadas con acuarela... Ahí hay de todo. Con espacio y dinero suficiente, nos las habríamos llevado todas.
En uno de los pasillos, me llamaron la atención los bambús de la suerte. Cuando vivía en Varsovia, tenía uno en mi piso, herencia de los antiguos inquilinos. Mira que es fácil de cuidar, pero o le puse demasiada agua o no lo supe podar, que el pobre se me murió. Ni yo le di suerte, ni él a mí, ya que al poco me rompí el brazo en España.
Llevo días pensando en muchas cosas. Y ahora se me ocurre que la fe no existe sin acciones. No se puede probar la confianza sin correr riesgos. Se me murió un bambú, y una sanseviera, pero no tiene por qué volver a pasar. Perdí un trabajo, pero no tiene por qué volver a pasar. Elijo confiar en mí. Hay días en los que me sale bien, y días que se me salen por los pies sin que consiga aprovecharlos. Eso es la vida. Y por todo lo bonito que tiene, y por todo lo buena que soy, ambas nos merecemos un voto de confianza, un salto de fe.
Me he comprado un bambú y un jarrón para que viva en él. Lo he colocado junto a Roslina, a ver si hacen buenas migas y se dan aliento mutuamente. Por supuesto, el bambú necesitaba un nombre y decidí encomendarle la misión a Jung. Quería un nombre oriental y relacionado con la suerte. No tardó ni diez segundos en responder: Maneki-neko. Esos gatos dorados y rojos espantosos que siempre están moviendo la patita y que en teoría atraen la buena suerte.
Al principio no me convencía, pero qué demonios, su planta se llama Iloveny. Es lo más normal del mundo que mi planta también tenga el nombre de algo cutre. Y quién sabe, quizá el nombre le siente bien. Yo con que siga viva, me conformo.