viernes, 30 de septiembre de 2022
Buenos camareros, vol. 1
jueves, 29 de septiembre de 2022
Cuatro cafés y una Coca-Cola zero
A las 9 cae el primer café del día, con un poco de leche de soja, para desayunar con las tostadas. Pero siempre me preparo uno antes de dar clase: ya van dos.
La mañana se hace larga pese a las ocho horas de sueño reparador. Por alguna razón no consigo espabilarme. Así que me tomo otro antes de comer. El tercero.
No suelo dormir siesta, pero hoy hago una excepción, no puedo con mi vida. Me despierto a las 14:45 y allá vamos: el cuarto y último del día.
Porque ya me parece excesivo tomarme una quinta taza para merendar cuando salgo con él. Pero sigo necesitando cafeína: esta vez cae una Coca-Cola zero.
¿Serán las agujetas de bailarme un vídeo de Kyra Pro ayer? ¿Será la regla? Ambas, probablemente. Eso sí, tengo muy claro que hoy voy a caer redonda en la cama. Buenas noches.
miércoles, 28 de septiembre de 2022
Lecturas del mes
martes, 27 de septiembre de 2022
Cada noche pienso en mi dentista
lunes, 26 de septiembre de 2022
A escena
Desde que empezó el curso, llevo a mi sobrino al cole tres veces a la semana. Me toca despertarlo, darle el desayuno y asegurarme de que sale bien vestido y peinado por la puerta. Y con la cara limpia. Lo cual, teniendo en cuenta su habilidad para tomarse el Colacao hasta por los codos, no es fácil.
Para hacerle más amenas las mañanas, me invento jueguecitos y personajes. Así, mientras le sirvo el desayuno hablo con acento italiano y le pregunto si quiere que le eche al Colacao zumo o caldo de pollo.
Hoy, por variar un poco, he hecho de robot. “Dar cuatro pasos hasta el fregadero. Parpadear para parecer humana”… El peque se ha reído mucho.
Pero mi personaje favorito es el sastre francés. Pongo el peor acento francés que se me ocurre y lo exagero al máximo mientras le doy indicaciones de cómo vestirse. El primer día le insistí en que debía ponerse los calcetines en el lugar adecuado y no en la cabeza o en las manos. A veces todavía lo intenta para picarme.
Y así, entre bromas, cosquillas y personajes pintorescos, me lo llevo al cole. Durante el camino me hace muchas preguntas, a veces me cuenta sus cosas. Y cuando nos paramos en un semáforo, me abraza.
Ya tiene ocho años; le va a durar la dulzura y el encanto dos días. Pero qué dos días más divertidos.
domingo, 25 de septiembre de 2022
Alemania en otoño huele a petricor
Siempre he podido oler los días y las estaciones de una forma distinta al resto del mundo. Y el día de hoy ha olido a Alemania.
No a un día ni a un momento cualquiera, sino a un domingo de otoño en Saarbrücken, donde estuve viviendo entre 2013 y 2015. Fue en aquellos años en los que descubrí la dulzura alemana de los domingos: el desayuno.
Ellos lo llamaban desayuno, pero el resto del mundo lo llama brunch. Cada domingo, el buen alemán se despierta un poco más tarde que de costumbre, aunque no demasiado. Baja a su horno más cercano y compra bollos, panecillos, pasteles y todo lo que se le antoje. En casa, siempre hay alguien preparando té y café, cociendo huevos y sacando de la nevera la mantequilla, las mermeladas, los embutidos y el resto de untables. Y la fruta y el zumo. Que los alemanes son gente sana.
No es raro que acudan amigos o algo de familia. La gente se sienta, se sirve café o té, o las dos cosas, y empieza a comer y a hablar durante horas, igual alguien pone la radio de fondo, y allá sobre las dos o tres de la tarde todo el mundo se va, se recoge todo y se empieza a planificar la semana antes de ponerse a ver Tatort.
También se puede hacer esto fuera de casa. En muchos restaurantes hay ofertas para desayunar los domingos como un rey hasta que no te quepa nada más en el cuerpo. Pero yo prefiero la versión casera, con más encanto y menos pretensiones. Recuerdo dos en concreto.
La primera fue en casa de Sonne. "Sonne" significa sol en alemán, y voy a llamar así a esta amiga mía por dos razones: porque sus pequitas y su pelo recuerdan al verano, y porque cuando la conocí en Granada ella siempre me esperaba "en el sol". Antes de mudarme a mi piso, pasé un par de semanas en su casa con ella y su novio, y probé algunos de los mejores desayunos de mi vida. Un dato desconocido en España, que sí conocen los alemanes y los suizos, es lo mucho que mejora la Nutella si la untas sobre mantequilla. Me mostré escéptica, pero es un hecho: el pan con mantequilla y Nutella por encima está de muerte. No recomiendo su consumo más de una vez al año, pero sí probarlo al menos una vez en la vida.
La segunda fue en mi piso, con Edith y Agnes (las hijas de Gru; yo era Margot), durante mi primer fin de semana ahí. Estaba tan nerviosa y tímida, apenas las conocía y no sabía cómo nos íbamos a llevar, cuando llamaron a mi puerta para que saliera a desayunar con ellas en la cocina. Edith trajo pan de plátano de la tienda bio que teníamos debajo del edificio. "Está muy rico y es muy sano". Sano no lo sé, pero estaba riquísimo. Pusieron la radio, me obligaron a probar todo lo que había y me hicieron sentir como en casa. Para que luego digan que los alemanes son fríos... Cómo las echo de menos. A ellas tres y a los desayunos.
Hoy me he levantado tarde. Apenas hemos desayunado porque habíamos quedado para comer. Y nos hemos entretenido más de la cuenta en la cama. Pero he estado muy contenta todo el día, porque mentalmente estaba en Alemania. In a German state of mind. En ese estado, todo es posible. Quizá mañana sea un día igual de maravilloso.
sábado, 24 de septiembre de 2022
Buenas personas
viernes, 23 de septiembre de 2022
Peluches de metro ochenta
jueves, 22 de septiembre de 2022
Phoebe y Paige
miércoles, 21 de septiembre de 2022
Lecciones de hoy
“Nunca se sabe de qué desgracia mayor te salva la mala suerte.”
“Cada vez que apuntas con un dedo, los otros cuatro apuntan hacia ti.”
“Lo único que sabes de un viejo es que ha sobrevivido a muchas cosas, mucho peores que tú.”
“Hay un muro invisible entre nosotros. Pero es imaginario. Y en el muro hay una ventana. Y las ventanas se abren…”
“No ofende a las ciruelas quien se las come, sino el labrador que las sembró.”
Y mi favorita:
“Si nos enfadamos deprisa, nos entendemos despacio.”
Estas y muchas otras perlas en “Bullet train”, la peli que hemos visto hoy y por la que no daba un duro.
Me ha encantado.
martes, 20 de septiembre de 2022
Truco de belleza
Que nadie me odie, porque esta entrada no es lo que parece. No exactamente.
Tengo mucho maquillaje y a veces hasta lo uso. Y no me molesta desmaquillarme salvo por un detalle: quitarme la máscara de pestañas.
Es un infierno. No importa lo cuidadosa que sea: o me dejo rímel, o me llevo pestañas. Si no tuviese unas pestañas tan ridículas al natural, no usaría rímel nunca. Pero acepto mi realidad y me armo de paciencia cada vez que me desmaquillo. Lo he probado todo: bifásicos, agua micelar, aceite desmaquillante... Y ese sería exactamente el orden según su eficacia. Pero mezclar el bifásico es un rollo y además es muy graso, así que solo lo uso si llevo rímel resistente al agua. Para lo demás, agua micelar y a correr.
Pero oh, maravilla, he descubierto un truco milagroso por accidente.
Esta noche me he hecho ensalada con cebolla, setas y seitán. Y estaba yo cortando la cebolla tan tranquilamente cuando he empezado a llorar a moco tendido. Qué picor. Qué horror. Casi me arrepiento de todas las veces en las que he dicho que, si una cebolla no pica, es que no es buena: hacía muchísimo tiempo que una cebolla no me hacía llorar así. Nada, a secarse con un poco de papel de cocina y a seguir.
Obviamente, los ojos de panda que se me han quedado han sido para foto. Lástima que no me haya hecho ninguna. Me he limpiado los churretes de rímel con el agua micelar y luego me he pasado el disco por las pestañas... y ha salido limpio.
Milagro. Sin frotar. Sin esperar. Sin tener cuidado de que no se me cayese ninguna pestaña. Tanto producto y tanta historia, y lo único que hace falta para quitarse el rímel en condiciones es cortar cebolla.
Claro, que el dolor y el picor no te lo quita nadie. Igual me interesa seguir usando el agua micelar...
lunes, 19 de septiembre de 2022
La importancia de rallar el tomate
Nakama, además de ser un buen amigo, es andaluz. De Almería, para más señas. Y nadie prepara tostadas con tomate como los andaluces.
Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que pedí una tostada en Granada, en primero de carrera. Primero les sorprendió que no supiera que media tostada es media barrita de pan cortada por la mitad y una tostada entera, las dos partes de la barrita. Después, que no pidiese tostadas con tomate, sino simplemente con jamón. Por último, la estupefacción máxima llegó cuando indiqué expresamente que no quería aceite en la tostada. "¿Quieres la tostada sola?" "No, con jamón". "Ya, pero... ¿seca?"
Qué se le va a hacer, todos cometemos errores en nuestra adolescencia tardía por ignorancia. Por entonces no sabía que uno de los mayores manjares de esta vida es el pan con aceite. Y tardé aún más en apreciar el pan con aceite y tomate.
Debíamos de estar Nakama y yo desayunando un día en la residencia cuando se puso a describirme las tostadas que le preparaba su abuela, las mejores del mundo. El secreto, según él, estaba en mezclar el tomate y el aceite antes de untarlo sobre el pan. Y siempre poner unas gotitas de aceite sobre el pan antes de echar la mezcla.
Habrá echado de menos sus desayunos durante los días que pasó en mi casa, porque aquí somos de hummus y queso. Pero tuvo a bien darme un último truco para distinguir una tostada corriente de una de calidad superior: la forma en que se presenta el tomate.
En muchos sitios de Valencia, donde no tenemos tanta cultura de tostada (aquí somos más del esmorçar a media mañana), se estila el tomate triturado. No está mal, pero coge un color muy feo y parece más una espuma que otra cosa. No resulta tan apetitoso ni tan rico.
Una auténtica tostada con tomate a la andaluza se hace con tomate rallado, sin la piel. Y aunque me mostraba escéptica, Nakama tiene toda la razón. Esta mañana, después de dejar al peque en el cole, he desayunado una tostada maravillosa, con tomate rallado y jamón del bueno. Y me ha sabido a gloria.
Tanto, que he resuelto casi todo lo que tenía pendiente para hoy en menos de dos horas. Inclusive escribir la entrada de hoy, que no es la mejor que he escrito, pero sí una de las que me ha pillado más enérgica y contenta. Mañana más, aunque no haya tomate.
domingo, 18 de septiembre de 2022
La ira sublimada
sábado, 17 de septiembre de 2022
Demasiado verde
viernes, 16 de septiembre de 2022
Castillos de arena
jueves, 15 de septiembre de 2022
Miguelete
miércoles, 14 de septiembre de 2022
Museos
martes, 13 de septiembre de 2022
Nakama está en Valencia
En mi primer año en Granada estuve viviendo en una residencia de estudiantes. Ahí conocí a Carrie, a mucha gente que por ahora no será nombrada… y a Nakama.
Nos conocimos en nuestra primera noche y nos hicimos amigos muy rápido. Por pringados y por intereses comunes. Además, dado que él no tenía ordenador, yo le dejaba usar el mío mientras estaba en clase y a cambio él me lo mantenía libre de virus y lleno de emuladores de videojuegos. Durante un par de partidas al Tetris de Yoshi me gané el apodo de Psicokiller, de hecho. Eran buenos tiempos.
También veíamos series de anime. Death Note (cojo una patata… ¡y me la como!), Soul Eater, Kuroshitsuji… y One Piece. Nunca me enganchó demasiado, pero es su serie favorita. Él decía que yo era su Nakama, su compañera de tripulación. Así nos llamaba a sus mejores amigos. Y con el tiempo, se quedó con el nombre.
Con el tiempo, yo me fui de Granada. Para cuando volví, él estaba a punto de irse a Sevilla. Y en todos estos años nunca había venido a Valencia… hasta ahora.
Se queda hasta el viernes y tengo mucho por enseñarle, por lo que las entradas estos días serán cortas. Pero nos hace falta ponernos al día. A saber cuándo nos volvemos a ver.
lunes, 12 de septiembre de 2022
Ámbar
domingo, 11 de septiembre de 2022
Déjala dormir
Creo que no entendimos bien el cuento de La bella durmiente de pequeños. La pobre se pincha, se duerme del susto, ¿y tiene que llegar un capullo a despertarla? Déjala dormir, hombre.
A lo mejor estuvo en la boda de unos amigos el día anterior. A lo mejor, debido a las circunstancias, ella y su novio tuvieron que dar un agradable paseo de dos horas entre arrozales y cangrejos para llegar a una ciudad con tren. A lo mejor llevaba más de veinticuatro horas sin dormir cuando llegó a su casa, se pinchó el dedo por accidente y cayó redonda en la cama.
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Pero tanto hablar de dormir me hace sospechar que cogeré la cama muy a gusto esta noche.
sábado, 10 de septiembre de 2022
De boda
viernes, 9 de septiembre de 2022
Beige
jueves, 8 de septiembre de 2022
Lilibeth ha muerto
miércoles, 7 de septiembre de 2022
Azul marino
Los uniformes escolares deberían ser del color más horroroso del mundo. No sé, color vómito o algún tono de verde o de beige. Pero jamás de un color básico y posible.
Como he mencionado en alguna ocasión, yo iba a un cole de monjas. La orden religiosa del mismo tenía varios centros en la Comunidad Valenciana, todos ellos con el mismo uniforme de camisa amarilla y faldas a cuadros.
Todos, excepto el mío. En nuestra ciudad, las monjas decidieron que fuésemos más chic que nadie y nuestro uniforme pasó a ser una falda con estampado de pata de gallo negra y blanca, camisa o polo blanco, y rebeca azul marino con calcetines o leotardos del mismo color.
Cómo he odiado el azul marino toda mi vida. Y los mocasines. Y es una pena, porque es un color muy versátil y fácil de llevar, sobre todo en invierno. Pero no hay manera: cada vez que veo algo azul marino, pienso en el colegio.
Lo mismo me pasa con la ciudad, salvo por un detalle: Torrent está volviéndose más atractiva. No solo me han abierto un Rossmann, sino que hace un par de semanas descubrí una cafetería encantadora que no conocía y dentro de dos semanas me van a abrir otra más. Yo, que siempre me quejaba de que a la ciudad le faltaban cafés con encanto. ¿Me acabará gustando vivir aquí?
Mientras la ciudad siga envenenada con malos recuerdos, no. El colegio. Mi familia. Personas que me han hecho sentir pequeña e inútil... Torrent no es lo bastante grande. Además de sentir que sería perder la partida de la vida: quiero morir en cualquier parte menos aquí.
Sin embargo, la experiencia ya me ha demostrado que todo es posible. Yo, que quería acabar con un alemán, no solo me enamoro de un español sino que además es valenciano. Quizá vuelva a llevar azul marino y con cariño. Quizá llegue a ver Torrent como mi hogar. El tiempo lo dirá.
martes, 6 de septiembre de 2022
Magenta
Tengo una cantidad ingente de maquillaje. Antes de 2020, los pintalabios encabezaban la lista, pero desde que las mascarillas se han convertido en parte habitual de nuestra indumentaria, he comprado muchas paletas de sombras de ojos.
No todo es culpa mía. El año pasado, cuando estaba muy motivada con el cambio de hábitos, me acostumbré a comprarme algo de maquillaje para recompensarme por no comer tarta a diario. Y así con la tontería acabé con dieciséis paletas, cuando no siempre las uso. Luego lo conocí a él y, ante la perspectiva de tener mi futura casa llena de maquillaje y de cosas a las que limpiar el polvo, dejé de comprar maquillaje y volví a comer tarta. Y así estamos. Pero esa es otra historia.
La cuestión es que este sábado tenemos boda y no tenía ni idea de cómo maquillarme. Como Primor es una pedazo de artista, le rogué que viniera a mi casa y me diese ideas. Al cabo de un rato, me había hecho dos looks maravillosos con dos paletas que no suelo usar, así que la tarde ha sido todo un éxito.
Un look era elegante, sofisticado y muy yo. O más bien, la que me gustaría ser a diario. En marrones y rojos con brillitos. Ya, a mí también me costaba visualizarlo hasta que me vi en el espejo.
El otro, en tonos fucsia, magenta y morado, más divertido. Más a juego con el vestido. Y más como me gustaría ser si tuviese energía suficiente para mantener esa actitud. Más diosa. Por supuesto, es el que he elegido. Ahora solo me queda poder recrearlo el sábado. Crucemos los dedos (y las brochas).
Ahora que se ha acabado el desafío de treinta días, he tenido que buscarme otro. Hoy empiezo con uno que me parece muy original: en vez de darme temas o preguntas, me da colores. Y con eso tengo que sacar un texto mínimamente interesante. No puedo prometer que lo sean, pero sí que los escribiré. Hoy ha sido un día magenta. Veremos mañana.
lunes, 5 de septiembre de 2022
Cuando escribo
El trigésimo y último día del desafío me pide que hable sobre lo que siento cuando escribo.
Aunque ya había escrito antes, empecé a tomarme mis diarios en serio a los doce años. Fue también entonces cuando gané el premio de relatos de Navidad en el colegio por mi carita a los Reyes Magos y probablemente cuando empecé a ser consciente de que escribía. Recuerdo que, cuando me aburría en clase, cogía folios y me ponía a escribir mis cosas. Creo que no recuerdo nada de aquella época, tampoco es que tuviese mucha calidad. Pero me gustaba.
En los años siguientes, tonteé con la escritura de forma más irregular. Seguía con mis diarios y empecé los blogs. Hacia finales de la secundaria empecé a perfilar más mi estilo alrededor de los relatos cortos, y a día de hoy sigue siendo con lo que más a gusto me siento cuando escribo.
Quizá el único momento de mi vida en el que fui escritora de verdad fue cuando escribí una novela corta en nivel A2-B1 de español (nada de subjuntivos) para una editorial polaca. Tras procrastinar durante meses, la escribí en tres semanas, en febrero. Cada vez que recuerdo ese mes me entran ganas de enviarle un mensaje al Fisio, mi compañero de trabajo y una de las personas más tranquilas y felices que he conocido, que me calmó en el momento adecuado y me ayudó a terminarla.
Y ahora escribo aquí, y muy de vez en cuando en Instagram.
¿Qué siento cuando escribo? Siento que hago lo correcto. Así, en general. Como si fuese algo que debo hacer. Y no me refiero solo a estos tres meses en los que me he obligado a escribir a diario.
Más allá de eso, depende mucho de lo que esté escribiendo. Cuando escribo en mi diario o sobre mi vida, como aquí, siento que descargo tensión y que la velocidad de mis pensamientos disminuye un poco. Me alivia ordenar un poco mis ideas y escribirlas, aunque nunca llegue a vaciarme del todo.
Escribir ficción es otra cosa. Ahí ya depende de si es algo que tenía pensado y planeado o si me sale espontáneo. Con diferencia, disfruto mucho más en el segundo caso. Es casi como volar. Simplemente tengo que mantener el ritmo y escribirlo todo tal cual llega. La última vez que recuerdo haber escrito algo así fue hace unos cinco años. Empecé una historia, sin tener nada más que el título, y la terminé unas semanas después. Cuando acabé, me sentí feliz y realizada. Huelga decir que no la he vuelto a leer, que nadie la ha leído nunca y que pese a ser una ficción, contiene mucho más de mí de lo que nadie debería saber.
No es que escribir con mapa no sea divertido. Hay escenas que molan, frases que da gusto escribir porque llevo tiempo con ellas en la cabeza, y partes a las que hay muchas ganas de llegar. El problema, por supuesto, viene con todo lo demás. Las aburridas pero necesarias transiciones, algunas descripciones y parte de la trama que no apetece nada contar. Me frustran, y tolero muy mal mi propia frustración.
Nadie me ha preguntado por qué escribo, pero no importa, ya lo respondo yo. Yo me paso la vida narrando en mi cabeza casi todo lo que pasa. Cuando voy por la calle y veo buganvillas, o niños. Cuando pienso en mis cosas. Incluso cuando estoy hablando con alguien. Simplemente me sale solo. No siempre me apetece materializarlo, pero sé que cuando lo hago me siento mejor. Y desde que me he comprometido con esto, a días lo detesto y otros me apetece muchísimo, pero nunca me he arrepentido.
Hasta que eso pase, seguiré por aquí.
domingo, 4 de septiembre de 2022
Tres minutos
Es lo único que he necesitado para hacerme la cena. Y aun así, por un momento me he planteado pasar de todo y hacerme un bocadillo o algo así.
En los días en los que no he comido mucha verdura, o ceno ensalada o me hago un smoothie verde. Yo era una de esas personas escépticas que pensaba que sabría a mejunje asqueroso, pero lo cierto es que está bastante bueno. Leche, espinacas, plátano y ya. Y sabe a plátano nada más, por extraño que parezca. Como persona a la que no le entusiasman las verduras crudas, esto me salva la vida.
Me alegro muchísimo de no haber sucumbido a la tentación de no prepararlo, porque es muy sencillo y luego me siento genial. No solo física, sino también emocionalmente, por lo que definitivamente ha valido mucho la pena. Y solo he tardado tres minutos.
sábado, 3 de septiembre de 2022
Ekmeik significa gloria
Vale, seguramente no, pero debería. El ekmeik es un postre maravilloso a base de masa filo, nata y pistacho que te sube el colesterol de mirarlo. Y está muy bueno. Y es una de las razones principales por las que venimos a nuestro griego.
La cena, exquisita. La compañía, aún mejor. El planetario… mejor el de invierno, para qué engañarnos.
Pero ha sido una noche fantástica. Diría que le dan sentido a todo, pero sería inexacto: son el sentido.
La semana que viene, más.
viernes, 2 de septiembre de 2022
Osisi me preocupa
Cuando vivía en Granada, me compré dos plantas.
Primero compré una sanseviera, también conocida como lengua de suegra. Luego, una zamioculca, mi planta preferida.
Ahora es más normal ponerles nombre (o la gente a mi alrededor está tan loca como yo), pero en 2019 era más raro. A ambas las llamé “planta”, pero en distinto idioma. A la zamioculca la llamé Roślina, “planta” en polaco, ya que mi primera planta fue una zamioculca pequeñita y preciosa en Varsovia. Y a la sanse, Osisi, que según Google es “planta” en igbo, una de las lenguas de Nigeria, donde se puede encontrar esta planta.
Las pobres ya han sufrido una mudanza dura, pero cada vez veo a Osisi peor. Ha perdido muchas hojas y las pocas que le quedan están mustias. Por fin decidí hacer algo al respecto y le puse tierra nueva, para que tuviera algo a lo que agarrarse, y la tengo en observación a ver si remonta. No pasa nada si no, pero me daría pena.
En cuanto a Roślina, salvo un tallo suelto, en general está bien por ahora. Ya no tiene tallos jóvenes, de los que tanta gracia me hacían al verlos crecer desde que eran espárragos hasta que se hacían más altos que los demás y se tornaban oscuros. Pero sigue siendo una planta muy bonita.
Adoro a mis plantitas, pero las he tenido bastante abandonadas. Espero que no sea tarde y que me aguanten una mudanza más, porque hemos pasado por mucho juntas y me gustaría darles un nuevo hogar y unas cuantas compañeras. El tiempo lo dirá.
jueves, 1 de septiembre de 2022
Vuelve a la cama
Me da igual lo que opine la gente: Eat Pray Love (o Come Reza Ama) es un libro buenísimo. No me importa que Elizabeth Gilbert tuviese una suerte inmensa por poder irse un año a viajar por el mundo y a descubrirse a sí misma, ni que yo jamás vaya a tener esa posibilidad. Pese a lo que mucha gente cree, en gran parte condicionados por la película de 2010, está muy bien escrito, es una lectura muy placentera y hasta se puede aprender de ella.
Al principio, cuando Elizabeth está destrozada, rezando en el suelo del cuarto de baño y llorando sin saber qué hacer, escucha la voz de Dios (la parte sabia y compasiva de sí misma) diciendo: "Vuelve a la cama, Liz". Vuelve porque se avecina una tormenta, y vas a tener que luchar, y necesitas descansar todo lo posible.
Bueno, pues sin la parte mística, así estoy yo hoy.
El día ha empezado bien. Pero por la tarde he empezado a pensar en cosas feas, a ponerme tremendista y pesimista y muchos otros -ista que no me gustan, y la he rematado llorando en los brazos de él, que con su paciencia infinita me ha sostenido hasta que se me ha pasado.
Eso no significa que esté bien ni mucho menos, pero de entre todas las opciones que tengo, esta vez elijo la que creo que es la mejor.
No puedo cambiar las cosas que ya he hecho. No tengo control sobre muchas otras cosas. Y no tengo ni idea de qué será de mí, y admito que tengo miedo. De acuerdo. He vuelto a casa, me he hecho una buena cena y ahora mismo tengo una taza de té calentito esperándome para reblandecer mi corazón del todo.
Luego me lavaré los dientes y la cara. Y me pondré todas las cremas. Jugaré una partida y hablaré con él un ratito. Quizá lea. Pero me voy a ir a la cama pronto. En los días malos, lo mejor que se puede hacer es cortarlos por lo sano y dormir. Y reponer fuerzas y descansar mucho.
Mañana saldrá el sol, será un nuevo día y es muy posible que sea mejor que este. Y quiero estar bien despierta para disfrutarlo.