viernes, 30 de septiembre de 2022

Buenos camareros, vol. 1

Porque habrá más entradas al respecto. Hoy me han conquistado dos.

El de la cafetería de las tostadas estupendas, que ya me sirve el café sin azúcar ni sacarina.

Y el del hindú de esta noche, que nos ha regalado una ración de pan naan para que no nos muriésemos comiendo el pollo estilo Madras (picante. Mucho). Cuando lo ha dejado en la mesa, casi parecía estar diciendo: “Tomaos esto, chavales, y no os flipéis, que os habéis venido muy arriba con el Madras. Hacedme caso”. No nos hemos dejado ni una miga.

Todo delicioso, por supuesto. El café, las tostadas, el Madras, el naan y todo lo demás. 

jueves, 29 de septiembre de 2022

Cuatro cafés y una Coca-Cola zero

A las 9 cae el primer café del día, con un poco de leche de soja, para desayunar con las tostadas. Pero siempre me preparo uno antes de dar clase: ya van dos. 

La mañana se hace larga pese a las ocho horas de sueño reparador. Por alguna razón no consigo espabilarme. Así que me tomo otro antes de comer. El tercero.

No suelo dormir siesta, pero hoy hago una excepción, no puedo con mi vida. Me despierto a las 14:45 y allá vamos: el cuarto y último del día. 

Porque ya me parece excesivo tomarme una quinta taza para merendar cuando salgo con él. Pero sigo necesitando cafeína: esta vez cae una Coca-Cola zero. 

¿Serán las agujetas de bailarme un vídeo de Kyra Pro ayer? ¿Será la regla? Ambas, probablemente. Eso sí, tengo muy claro que hoy voy a caer redonda en la cama. Buenas noches.

miércoles, 28 de septiembre de 2022

Lecturas del mes

Este mes con la tontería he leído más que de costumbre. Vamos a ello.

Gypsy Boy, de Mikey Walsh (Club de lectura en inglés)

Es un libro autobiográfico; de hecho, el autor lo escribe con pseudónimo por miedo a las represalias. Está bien escrito, pero es muy duro de leer. Da mucho que pensar en lo dura que es la realidad de muchos niños gitanos y lo complejo que resulta encontrar soluciones. Pero sobre todo, esta historia da escalofríos: un abuso detrás de otro prácticamente desde que nació, burlas y discriminación a manos de su propia gente... Es un drama. No apto para todo el mundo.

13, de Andrea Menéndez Faya

Esta chica es la leche. Se hizo famosa en Twitter con un hilo sobre el juicio por el robo de unas plantillas de 75 céntimos y desde entonces es una de las mejores hilanderías que hay. Periodista de profesión, es una apasionada del fútbol femenino y escribe mucho sobre el tema, por lo que no es de extrañar que su primera novela publicada en editorial gire alrededor de una futbolista y cómo llegó a ganarse la vida jugando. 

Me enganchó muchísimo. Es una buena y bonita historia, me encariñé de todos los personajes bastante rápido y tenía ganas de saber qué les pasaba. Sin embargo, hubo párrafos que leí en diagonal por redundantes. El estilo de Andrea es intimista y muy emotivo, lo cual le sirve para enfatizar en sus argumentos en Twitter, pero en una novela a veces resulta cargante. Con todo, me ha gustado mucho y la recomiendo. Espero que Andrea siga publicando y que esta vez haya una editora despiadada puliendo el diamante en bruto que es. 

Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom

Este libro, a caballo entre la biografía y el libro de autoayuda, es un clásico en las listas de recomendados. La primera persona que me habló de él fue la primera esteticién que me depiló las piernas a cera, fijaos si hace años. Nada, que el profesor de Mitch se está muriendo y el bueno de Mitch va todos los martes a verle y hablan de la vida y la amistad y todo.

Si lo hubiese leído en su momento, a los once años, me habría gustado e incluso impresionado. Pero tengo treinta y dos años y muchas lecturas a mis espaldas, bastante mejores que esta. Me ha parecido predecible, soso y carente de sustancia. Yo esperaba un curry de espinacas, con sus gambas, su toque exótico, su sabor... y es un plato de acelgas. Lo he leído mucho en diagonal, tanto que no sé si se puede considerar que lo he leído. Pero no he querido dedicarle más tiempo: he ido al grano y fin. Lo recomiendo a quien nunca haya leído una novela de autoayuda. 

Y ahora mismo estoy con Le piccole libertà (Las pequeñas libertades), de Lorenza Gentile. No llevo demasiado, pero mucho tiene que cambiar para que no me guste. Me lo compré el verano pasado cuando estuvimos en Roma, junto con un par de libros más en italiano a los que les tengo ganas. Este fue el capricho tonto de antes de irnos, y lo compré sabiendo que iba a ser una chuche, la típica novela romántica de verano que ni te exige ni te obliga a pensar, sino que te distrae y te refresca llevándote a otra parte. Ideal para desempolvar mi italiano. ¿Me estoy enterando de todo? Con todo detalle, no, pero en líneas generales sí. Me chifla escucharlo mentalmente en mi cabeza, deleitarme con el acento y pararme de vez en cuando a deducir el significado de las palabras. No sé si está traducido ni si lo recomiendo, pero sí aconsejo buscar lecturas así de vez en cuando. Todo tiene su función. 

Ojalá mantenga el ritmo lector en octubre. Mientras, me voy mentalmente a París, a ver si Oliva por fin se encuentra con su tía. À demain!

martes, 27 de septiembre de 2022

Cada noche pienso en mi dentista

A lo mejor soy solo yo, pero se establece una relación muy particular con ciertos profesionales que te proporcionan un servicio. Todavía no he encontrado una peluquera a la que adore con todas mis fuerzas. La tenía, pero quebró o cerró durante la pandemia. Una lástima, porque tenía una voz preciosa y relajante. 

Sin embargo, desde hace años soy más fiel a mi dentista que la del anuncio de Oral-B. Hagamos un pequeño pero necesario inciso antes de continuar: esa mujer, o su marido, tiene un problema. Porque si su dentista le hace sonreír más que su marido, algo raro pasa. Mi dentista no me hace sonreír más que mi querido, pero sí me sube la moral cada vez que me dice que tengo la boca perfecta y me llama "princesa". No es el título nobiliario lo que me sorprende, estoy más que acostumbrada a ser la reina y creo que me describe bien. Pero "princesa" tiene un punto más adorable, las cosas como son.

Mi dentista es una mujer profesional y excelente en lo suyo, pero lo que la hace especial es que sabe elegir sus batallas. Mientras que a mí me machaca con el hilo dental y me alaba cuando ve que lo uso, sé que jamás osaría decirle algo parecido a mi madre: es consciente de que con ciertas personas, de cierta edad y con ciertas circunstancias, no hay nada que hacer salvo limitar los daños. 

Además, lucha por las piezas y no es partidaria de sacar dientes a la ligera. Pero sobre todo, es muy delicada. Y sé lo que me digo porque a mí no me pone anestesia. No es que ella sea ninguna chiflada sádica, es que yo no soporto las agujas y prefiero mil millones de veces el torno que la inyección. Si eres capaz de soportar una endodoncia sin anestesia, es que la dentista en cuestión va con mucho cuidado. Y yo lo he hecho. 

Por todas estas razones, le he cogido mucho cariño. Tanto es así, que me acuerdo de ella cada vez que me lavo los dientes por la noche. Últimamente me he sentido un poco culpable por no pasarme el hilo dental, no tanto por mis dientes, sino porque me sabría fatal ir a revisión y que me viese con las muelas hechas polvo. Un poco excesivo por mi parte, pero eh, rara vez me acuesto sin pasarme el hilo. 

Esta mañana tenía revisión y todo estaba en orden. Entiendo ponerme contenta yo, por el orgullo y la satisfacción y el dinero que me ahorro. ¿Pero ella? ¿Por qué se alegra ella? Si todo el mundo fuese como yo, se quedaría sin negocio. Esta es una paradoja que siempre me ha resultado fascinante en los profesionales de la salud: promueven buenos hábitos y su objetivo es que todo el mundo esté sano. Pero en ese mundo hipotético, ¿de qué vivirían ellos? ¿Sembrarían patatas? 

La de tubérculos maravillosos que nos estamos perdiendo por no lavarnos los dientes... 

lunes, 26 de septiembre de 2022

A escena

Desde que empezó el curso, llevo a mi sobrino al cole tres veces a la semana. Me toca despertarlo, darle el desayuno y asegurarme de que sale bien vestido y peinado por la puerta. Y con la cara limpia. Lo cual, teniendo en cuenta su habilidad para tomarse el Colacao hasta por los codos, no es fácil. 

Para hacerle más amenas las mañanas, me invento jueguecitos y personajes. Así, mientras le sirvo el desayuno hablo con acento italiano y le pregunto si quiere que le eche al Colacao zumo o caldo de pollo. 

Hoy, por variar un poco, he hecho de robot. “Dar cuatro pasos hasta el fregadero. Parpadear para parecer humana”… El peque se ha reído mucho.

Pero mi personaje favorito es el sastre francés. Pongo el peor acento francés que se me ocurre y lo exagero al máximo mientras le doy indicaciones de cómo vestirse. El primer día le insistí en que debía ponerse los calcetines en el lugar adecuado y no en la cabeza o en las manos. A veces todavía lo intenta para picarme. 

Y así, entre bromas, cosquillas y personajes pintorescos, me lo llevo al cole. Durante el camino me hace muchas preguntas, a veces me cuenta sus cosas. Y cuando nos paramos en un semáforo, me abraza. 

Ya tiene ocho años; le va a durar la dulzura y el encanto dos días. Pero qué dos días más divertidos.

domingo, 25 de septiembre de 2022

Alemania en otoño huele a petricor

Siempre he podido oler los días y las estaciones de una forma distinta al resto del mundo. Y el día de hoy ha olido a Alemania.

No a un día ni a un momento cualquiera, sino a un domingo de otoño en Saarbrücken, donde estuve viviendo entre 2013 y 2015. Fue en aquellos años en los que descubrí la dulzura alemana de los domingos: el desayuno. 

Ellos lo llamaban desayuno, pero el resto del mundo lo llama brunch. Cada domingo, el buen alemán se despierta un poco más tarde que de costumbre, aunque no demasiado. Baja a su horno más cercano y compra bollos, panecillos, pasteles y todo lo que se le antoje. En casa, siempre hay alguien preparando té y café, cociendo huevos y sacando de la nevera la mantequilla, las mermeladas, los embutidos y el resto de untables. Y la fruta y el zumo. Que los alemanes son gente sana.

No es raro que acudan amigos o algo de familia. La gente se sienta, se sirve café o té, o las dos cosas, y empieza a comer y a hablar durante horas, igual alguien pone la radio de fondo, y allá sobre las dos o tres de la tarde todo el mundo se va, se recoge todo y se empieza a planificar la semana antes de ponerse a ver Tatort.

También se puede hacer esto fuera de casa. En muchos restaurantes hay ofertas para desayunar los domingos como un rey hasta que no te quepa nada más en el cuerpo. Pero yo prefiero la versión casera, con más encanto y menos pretensiones. Recuerdo dos en concreto.

La primera fue en casa de Sonne. "Sonne" significa sol en alemán, y voy a llamar así a esta amiga mía por dos razones: porque sus pequitas y su pelo recuerdan al verano, y porque cuando la conocí en Granada ella siempre me esperaba "en el sol". Antes de mudarme a mi piso, pasé un par de semanas en su casa con ella y su novio, y probé algunos de los mejores desayunos de mi vida. Un dato desconocido en España, que sí conocen los alemanes y los suizos, es lo mucho que mejora la Nutella si la untas sobre mantequilla. Me mostré escéptica, pero es un hecho: el pan con mantequilla y Nutella por encima está de muerte. No recomiendo su consumo más de una vez al año, pero sí probarlo al menos una vez en la vida. 

La segunda fue en mi piso, con Edith y Agnes (las hijas de Gru; yo era Margot), durante mi primer fin de semana ahí. Estaba tan nerviosa y tímida, apenas las conocía y no sabía cómo nos íbamos a llevar, cuando llamaron a mi puerta para que saliera a desayunar con ellas en la cocina. Edith trajo pan de plátano de la tienda bio que teníamos debajo del edificio. "Está muy rico y es muy sano". Sano no lo sé, pero estaba riquísimo. Pusieron la radio, me obligaron a probar todo lo que había y me hicieron sentir como en casa. Para que luego digan que los alemanes son fríos... Cómo las echo de menos. A ellas tres y a los desayunos. 

Hoy me he levantado tarde. Apenas hemos desayunado porque habíamos quedado para comer. Y nos hemos entretenido más de la cuenta en la cama. Pero he estado muy contenta todo el día, porque mentalmente estaba en Alemania. In a German state of mind. En ese estado, todo es posible. Quizá mañana sea un día igual de maravilloso. 

sábado, 24 de septiembre de 2022

Buenas personas

Estábamos en el metro con mi sobrino volviendo a Torrent después de ver una peli. “Buscamundos”, no ha estado mal, aunque los dibujos me han parecido feos.

En esto que se sienta delante una chica joven a punto de llorar, muy nerviosa y con una mano debajo de la axila para aliviarse el dolor. 

Le hemos preguntado si estaba bien, si necesitaba algo. Pañuelos, hablar, lo que sea. Nos ha dicho que no y no hemos querido molestarla, pero estaba fatal.

Al poco, ha venido otra chica joven y se ha sentado con ella. Más resuelta que nosotros, ha logrado que hable. Alguien se había metido con ella y le había pegado y arrancado un pendiente por ser rumana, llegando a decirle que se fuera a su país. A una cría de catorce años. 

La recién llegada la ha abrazado e invitado a denunciar. La niña ha dicho que no, pero al menos dejó que la acompañaran a casa y le dieran agua. Casualmente ambas viven en mi calle, ojalá vuelva a verlas.

El mundo está lleno de buenas personas. Muchas son maltratadas. Y muchas están dispuestas a ayudar, y lo hacen. Solo por eso el mundo sigue en pie: siempre hay más amor que odio. Triste consuelo para una situación que no debería producirse jamás, pero es todo lo que tengo hoy.

viernes, 23 de septiembre de 2022

Peluches de metro ochenta

Tras varios findes ajetreados sin tiempo para nosotros, hoy hemos tenido una tarde completa. 

La peli no ha estado mal. No ha sido memorable salvo porque la he visto entera abrazada a él. Por primera vez en mi vida, he entendido por qué las parejas hacen manitas en el cine. 

La cena, en un sitio nuevo, habría estado mejor si no nos hubiésemos equivocado con el último plato. El sushi estaba riquísimo, eso sí. 

Y ahora aquí lo tengo, apoyado encima de mí y abrazado como el peluche de metro ochenta que es. Cálido y agradable, mi hogar y la mayor distracción para escribir. Ojalá todas las distracciones fuesen así. 

Me voy a abrazarlo, que no aguanto más. 

jueves, 22 de septiembre de 2022

Phoebe y Paige

En uno de los últimos trabajos que tuve, era tradición bautizar a los nuevos grupos de empleados que empezaban juntos con el nombre de alguna serie de televisión. Nosotras éramos las Embrujadas.

Al final cada una eligió a su favorita. Yo me quedé con Piper (además, tenía los mejores poderes) y Paige… bueno, nunca había visto la serie. 

Pero Phoebe es muy Phoebe. Mística y mágica, practica  yoga y se le da muy bien la fotografía. Además, su nombre real es de una piedra semipreciosa también. 

Paige es como habría sido yo de haber tomado las decisiones adecuadas. Traductora, adora bailar y la playa. En el trabajo, éramos las encargadas de alemán, por lo que éramos auténticas compañeras de batalla: responder a algunos clientes une más que luchar en Vietnam. Es jovencísima y monísima y en cierto modo la considero mi pupila, por lo que insisto en aconsejarle que no sea tan idiota como yo y aproveche su veintena.

Por desgracia, a nuestra supervisora le salió muy rana nuestra contratación. Yo fui la primera en desertar. Poco después, Phoebe tuvo problemas de salud y volvió a su país una temporada. Y a finales de verano, Paige también lo dejó para volver a estudiar. De las Embrujadas no quedó ni una.

Sin embargo, bien está lo que bien acaba. Phoebe está recuperada y, para celebrar su regreso a España, nos vamos las tres a cenar. Y quién sabe, si hace falta perseguir a algún demonio, se hace. El Poder de Tres ataca de nuevo.


miércoles, 21 de septiembre de 2022

Lecciones de hoy

“Nunca se sabe de qué desgracia mayor te salva la mala suerte.”

“Cada vez que apuntas con un dedo, los otros cuatro apuntan hacia ti.”

“Lo único que sabes de un viejo es que ha sobrevivido a muchas cosas, mucho peores que tú.”

“Hay un muro invisible entre nosotros. Pero es imaginario. Y en el muro hay una ventana. Y las ventanas se abren…”

“No ofende a las ciruelas quien se las come, sino el labrador que las sembró.”

Y mi favorita:

“Si nos enfadamos deprisa, nos entendemos despacio.”

Estas y muchas otras perlas en “Bullet train”, la peli que hemos visto hoy y por la que no daba un duro. 

Me ha encantado.

martes, 20 de septiembre de 2022

Truco de belleza

Que nadie me odie, porque esta entrada no es lo que parece. No exactamente. 

Tengo mucho maquillaje y a veces hasta lo uso. Y no me molesta desmaquillarme salvo por un detalle: quitarme la máscara de pestañas. 

Es un infierno. No importa lo cuidadosa que sea: o me dejo rímel, o me llevo pestañas. Si no tuviese unas pestañas tan ridículas al natural, no usaría rímel nunca. Pero acepto mi realidad y me armo de paciencia cada vez que me desmaquillo. Lo he probado todo: bifásicos, agua micelar, aceite desmaquillante... Y ese sería exactamente el orden según su eficacia. Pero mezclar el bifásico es un rollo y además es muy graso, así que solo lo uso si llevo rímel resistente al agua. Para lo demás, agua micelar y a correr.

Pero oh, maravilla, he descubierto un truco milagroso por accidente.

Esta noche me he hecho ensalada con cebolla, setas y seitán. Y estaba yo cortando la cebolla tan tranquilamente cuando he empezado a llorar a moco tendido. Qué picor. Qué horror. Casi me arrepiento de todas las veces en las que he dicho que, si una cebolla no pica, es que no es buena: hacía muchísimo tiempo que una cebolla no me hacía llorar así. Nada, a secarse con un poco de papel de cocina y a seguir. 

Obviamente, los ojos de panda que se me han quedado han sido para foto. Lástima que no me haya hecho ninguna. Me he limpiado los churretes de rímel con el agua micelar y luego me he pasado el disco por las pestañas... y ha salido limpio. 

Milagro. Sin frotar. Sin esperar. Sin tener cuidado de que no se me cayese ninguna pestaña. Tanto producto y tanta historia, y lo único que hace falta para quitarse el rímel en condiciones es cortar cebolla. 

Claro, que el dolor y el picor no te lo quita nadie. Igual me interesa seguir usando el agua micelar...

lunes, 19 de septiembre de 2022

La importancia de rallar el tomate

Nakama, además de ser un buen amigo, es andaluz. De Almería, para más señas. Y nadie prepara tostadas con tomate como los andaluces.

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que pedí una tostada en Granada, en primero de carrera. Primero les sorprendió que no supiera que media tostada es media barrita de pan cortada por la mitad y una tostada entera, las dos partes de la barrita. Después, que no pidiese tostadas con tomate, sino simplemente con jamón. Por último, la estupefacción máxima llegó cuando indiqué expresamente que no quería aceite en la tostada. "¿Quieres la tostada sola?" "No, con jamón". "Ya, pero... ¿seca?" 

Qué se le va a hacer, todos cometemos errores en nuestra adolescencia tardía por ignorancia. Por entonces no sabía que uno de los mayores manjares de esta vida es el pan con aceite. Y tardé aún más en apreciar el pan con aceite y tomate. 

Debíamos de estar Nakama y yo desayunando un día en la residencia cuando se puso a describirme las tostadas que le preparaba su abuela, las mejores del mundo. El secreto, según él, estaba en mezclar el tomate y el aceite antes de untarlo sobre el pan. Y siempre poner unas gotitas de aceite sobre el pan antes de echar la mezcla. 

Habrá echado de menos sus desayunos durante los días que pasó en mi casa, porque aquí somos de hummus y queso. Pero tuvo a bien darme un último truco para distinguir una tostada corriente de una de calidad superior: la forma en que se presenta el tomate. 

En muchos sitios de Valencia, donde no tenemos tanta cultura de tostada (aquí somos más del esmorçar a media mañana), se estila el tomate triturado. No está mal, pero coge un color muy feo y parece más una espuma que otra cosa. No resulta tan apetitoso ni tan rico. 

Una auténtica tostada con tomate a la andaluza se hace con tomate rallado, sin la piel. Y aunque me mostraba escéptica, Nakama tiene toda la razón. Esta mañana, después de dejar al peque en el cole, he desayunado una tostada maravillosa, con tomate rallado y jamón del bueno. Y me ha sabido a gloria.

Tanto, que he resuelto casi todo lo que tenía pendiente para hoy en menos de dos horas. Inclusive escribir la entrada de hoy, que no es la mejor que he escrito, pero sí una de las que me ha pillado más enérgica y contenta. Mañana más, aunque no haya tomate. 

domingo, 18 de septiembre de 2022

La ira sublimada

Todos sentimos ira. Como individuos y también de forma colectiva. A todos nos enfada sentir que se nos ha tratado de forma injusta. Profesoras de instituto que cancelan exámenes después de que algunos alumnos lo hayan acabado y con nota porque a los demás les parecía muy difícil (me ha pasado), gestión pésima de nuestros recursos y precarización de la clase media de nuestro país (nos ha pasado, nos está pasando y nos pasará), países con los que tenemos cuentas pendientes…

No se puede ignorar la ira. Ni se debe. Tiene su función, a fin de cuentas. Pero cuando se nos va de las manos y dirige nuestra vida, conduce a la violencia y al odio… y ahí es cuando se convierte en algo negativo.

Por ello, ya que hay que sentir ira, creo que es mejor canalizarla hacia algo positivo y entretenido. Deportes, las artes… y para desquitarnos con Los Otros, SA, lo mejor son las competiciones deportivas.

Aún siguiendo las reglas y jugando limpio, los deportes son algo violentos. Hay contacto, caídas, lesiones, faltas, malentendidos… Pero hay reglas. Hay árbitros. Y en general, hay honor y respeto por el rival. Esto lo saben la mayoría de deportistas. La afición… depende. En cualquier caso, el deporte es violencia sublimada, un combate simbólico y respetuoso entre iguales sin la intención de hacerse daño, sino de demostrar que se es el mejor.

Otro ejemplo sería el festival de Eurovision, más elevado quizá por tratarse de música, de una competición creativa e inspiradora. Pese a las mejoras, sin embargo, sí es verdad que se trata de un combate más desigual. Hay demasiados factores incontrolables. Geopolítica, economía, popularidad, Suecia… Pero no deja de ser una manifestación sana del patriotismo.

Todo este rollo para decir que he visto el final de la final del Eurobasket y me alegro de que haya ganado España, igual que me alegro del bronce de mis queridos alemanes. De lo que opino sobre la nacionalización de estadounidenses para jugar en competiciones europeas ya hablaré otro día.

sábado, 17 de septiembre de 2022

Demasiado verde

En segundo de carrera, me fui de Erasmus diez meses a Münster, Alemania. Y no estaba preparada para nada.

Mi alemán era malísimo, por entonces no me gustaba la cerveza y no sabía montar en bici. Pero eso no era lo peor. Simplemente era muy cría, me faltaba mundo y madurez. Y aunque disfruté de aquel año, lo cierto es que me he arrepentido muchas veces de haberme ido tan joven. 

Recuerdo una de las clases que tenía, Academic Writing. La profesora era un encanto y había un chico monísimo. También hice una amiga, con la que perdí el contacto. Un día, me preguntaron qué opinaba de Alemania, de Münster…

“Es demasiado verde”. En Valencia apenas llueve y fuera de un par de jardines, nunca ha habido mucho verde. Granada es parecida, solo que más fría y seca. Pero Alemania, o al menos esa ciudad, estaba llena de árboles y de hierba por todas partes. Y yo, acostumbrada al secano, tardé en apreciarlo. Casi me ahogaba tanta vida, tanta energía. 

Ahora echo de menos el verde casi a diario. Excepto en las raras ocasiones en las que el cielo está nublado. Porque entonces, nuestros escasos árboles brillan más. Y el blanco hace destacar el verde, y me siento más alemana. Hoy ha sido un día así, al menos parcialmente, pero necesito más. Necesito más verde.

viernes, 16 de septiembre de 2022

Castillos de arena

Soy una constructora de castillos de arena profesional. 

Me llega una idea y la dejo volar, la moldeo y le doy forma. Podría volver a estudiar. Podría dedicarme a esto. Podría irme a Suiza. Podría irme donde quisiera. 

Solo tendría que hacer esto. O esto otro. Y todo sería perfecto. Y el castillo cobraría vida, y se llenaría de luces y de gente. Estaría rodeado por un jardín precioso, cerca de un río lleno de peces de colores. Y siempre habría un arcoíris de día. Y siempre se verían las Estrellas de noche. 

Entonces le doy un manotazo. O lo golpea una piedra. O sube la marea. O me olvido de él y me voy. Y a la mañana siguiente solo quedan las ruinas de lo que fue un sueño maravilloso. Y me sorprendo, como si los castillos de arena estuviesen hechos para durar.

Un castillo debería ser de roca, duradera. Y me digo que no lo haré más, que la próxima vez lo haré bien. 

Pero entonces recuerdo que la arena no es más que roca desmenuzada. Esto debe significar algo. El qué, no lo sé.

jueves, 15 de septiembre de 2022

Miguelete

El campanario de la catedral de Valencia tiene 207 escalones. Subirlos agota, bajarlos duele.

No puedo con mi vida. Toca descansar, que mañana nos toca Torrent. 

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Museos

Lo mejor de tener visita es tener excusa para ir a un montón de sitios de tu ciudad que normalmente ignoras soberanamente. En mi caso, los museos.

Al final, el día nos ha dado para visitar tres. Hemos empezado por el Museo Fallero, con los ninots indultados de cada año. Desde la última vez que estuve, además de añadir más muñecos, han reorganizado la distribución para que no te pierdas nada durante la visita. Dos euros.

Luego hemos ido a Caixaforun, gratis para clientes de CaixaBank. No daba un duro por el museo, la verdad, pero me ha gustado mucho. Ahora mismo hay una exposición sobre paisajes, bastante más chula de lo que el nombre daba a entender, y una de faraones, con objetos cedidos del British Museum. Un buen contenido siempre es de agradecer, pero si además robamos temporalmente cosas a los mayores ladrones del mundo, se disfruta el doble.

Por último, hemos ido por la tarde al museo de Ciencias Naturales. Desde la última vez que estuve han abierto nuevas salas y parece que lo quieren ampliar. Ha molado y espero con ilusión que le pongan tienda de regalos. Ya no es gratis, pero por dos euros, vale mucho la pena para ver mamíferos prehistóricos, huesos de dinosaurio y muchas más cosas chulas.

Si todo va bien y no nos cansamos, mañana iremos al museo de Bellas Artes, uno de mis favoritos. La última vez que fui, con él, nos reímos tanto que nos riñeron. Si vamos, espero conseguir lo mismo.

Eso sí, tanta visita me está dejando agotada. Bendita cama…

martes, 13 de septiembre de 2022

Nakama está en Valencia

En mi primer año en Granada estuve viviendo en una residencia de estudiantes. Ahí conocí a Carrie, a mucha gente que por ahora no será nombrada… y a Nakama.

Nos conocimos en nuestra primera noche y nos hicimos amigos muy rápido. Por pringados y por intereses comunes. Además, dado que él no tenía ordenador, yo le dejaba usar el mío mientras estaba en clase y a cambio él me lo mantenía libre de virus y lleno de emuladores de videojuegos. Durante un par de partidas al Tetris de Yoshi me gané el apodo de Psicokiller, de hecho. Eran buenos tiempos. 

También veíamos series de anime. Death Note (cojo una patata… ¡y me la como!), Soul Eater, Kuroshitsuji… y One Piece. Nunca me enganchó demasiado, pero es su serie favorita. Él decía que yo era su Nakama, su compañera de tripulación. Así nos llamaba a sus mejores amigos. Y con el tiempo, se quedó con el nombre.

Con el tiempo, yo me fui de Granada. Para cuando volví, él estaba a punto de irse a Sevilla. Y en todos estos años nunca había venido a Valencia… hasta ahora.

Se queda hasta el viernes y tengo mucho por enseñarle, por lo que las entradas estos días serán cortas. Pero nos hace falta ponernos al día. A saber cuándo nos volvemos a ver.

lunes, 12 de septiembre de 2022

Ámbar

Durante cierta época de mi vida desarrollé un gran interés por las piedras semipreciosas. 

Por entonces, mi preferida era la piedra luna. Me encantaban los destellos azulados y me parecía muy mágica. Me sigue gustando, pero es difícil encontrar piedras luna de calidad: la mayoría son muy lechosas y no brillan. 

Ahora mi preferida es la iolita, de la que no tengo muchas joyas, pero sí algunas de mis preferidas. Hace pocos años me reconcilié con la amatista y el cuarzo rosa, que antes despreciaba por ser muy comunes. Algún día contaré la historia de mis pendientes de cuarzo. 

También tenía un colgante de ámbar, que aunque no es una piedra per se y jamás ha sido de mis favoritas, me ponía muy a menudo. Era un colgante de plata con una lengua de ámbar colgando, de manera que gran parte del ámbar estaba sin montar. Para mí se parecía a un péndulo y de alguna manera lo consideraba un amuleto.

El ámbar es bastante frágil, por lo que no es de extrañar que se me rompiera un día que se me cayó al suelo. Me sentó fatal. Por suerte, lo pude arreglar con pegamento de contacto. Pero al poco tiempo se volvió a romper.

Años después, estaba en una joyería cuando escuché hablar a la dueña sobre las piedras. No recuerdo por qué, le pregunté si era conveniente reparar una piedra o una joya rota. Sí recuerdo que me dijo que no. “Cuando una piedra de rompe, te ha protegido de algo. Ya ha cumplido su función”.

Decidí no hablarle de mi colgante de ámbar, pero me dio que pensar. Ojalá pudiese recordar alguna situación en la que la piedra me hubiese podido proteger… Objetivamente no puedo creer en esas cosas, pero confieso que me gustaría, y que me gusta jugar con la idea. Me gusta la magia, y me gustaría que fuese real.

Hasta entonces, también me gustaría encontrar otro colgante de ámbar como aquel, porque estaba chulo.

domingo, 11 de septiembre de 2022

Déjala dormir

Creo que no entendimos bien el cuento de La bella durmiente de pequeños. La pobre se pincha, se duerme del susto, ¿y tiene que llegar un capullo a despertarla? Déjala dormir, hombre.

A lo mejor estuvo en la boda de unos amigos el día anterior. A lo mejor, debido a las circunstancias, ella y su novio tuvieron que dar un agradable paseo de dos horas entre arrozales y cangrejos para llegar a una ciudad con tren. A lo mejor llevaba más de veinticuatro horas sin dormir cuando llegó a su casa, se pinchó el dedo por accidente y cayó redonda en la cama. 

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Pero tanto hablar de dormir me hace sospechar que cogeré la cama muy a gusto esta noche. 

sábado, 10 de septiembre de 2022

De boda

Tal es mi compromiso con el blog, que aquí me hallo, escribiendo durante el cóctel de la boda. Con el agua con gas en una mano y el móvil en la otra.

Ha sido un día caótico, pero ha valido la pena. He recreado medio bien el look de Primor, la ceremonia ha sido preciosa y el Estupendo ha bordado su discurso. 

Me encantan las bodas. Los vestidos, el glamour, las flores… pero sobre todo, lo que simbolizan. La esperanza de un nuevo comienzo, las promesas de amor, la alegría… Sé que no soy la única que cuando va a una boda piensa en la suya. La que ha tenido o la que le gustaría. Hay cosas que sí haría igual… otras que no tanto. Pero ha sido una boda muy de ellos, y eso es lo importante. 

Me veo incluyendo dinosaurios en la mía… ay.


viernes, 9 de septiembre de 2022

Beige

Qué poco me inspira este color. Lo he evitado toda mi vida. Reconozco que es versátil, que tiene su utilidad y que, en el gran esquema de las cosas, es necesario. 

El beige no distrae. No es llamativo ni emocionante, es un buen color de fondo que lo une todo. A veces hay que ser beige en la vida. 

Pero qué se le va a hacer, a mí me gustan los colores de verdad. 

jueves, 8 de septiembre de 2022

Lilibeth ha muerto

Con lo progresista que soy en muchos aspectos, hasta a mí me sorprende lo que me gusta la familia real británica. Quizá porque los veo como personajes de telenovela más que como personas reales. 

Admito que disfruté muchísimo de la boda de Meghan y Henry. Que la vi entera con palomitas.

Me avergüenza reconocer que no estoy al día con la serie The Crown, pero pronto le pondré remedio.

Y sí, me caía genial Lady Di y me parece fatal lo que le hicieron. Y me cae bien Meghan y me parece fatal lo que le han hecho, y me parece estupendo que ella y Henry vivan su vida. Siempre serán personajes invitados en la serie, quieran o no. 

Y por extraño que parezca, podía reconciliar mis simpatías con todas ellas. Algo así como ser del Madrid y del Barcelona a la vez. Más lógico, en realidad, porque las tres (Elizabeth, Diana y Meghan) son unas pedazo de diosas carismáticas y con estilo, mientras que la mayoría de los futbolistas dejan bastante que desear. 

Sin ironías, me ha sentado fatal que se muriese. Tendría que haber sido su hijo. Le agradezco mucho el momento porque, de haber muerto en mayo de 2023, nos quedamos sin Eurovisión (reina y oportuna hasta la sepultura), pero me da pena. Me han matado a mi personaje favorito de la serie. 

Y me da a mí que la serie ya no remonta.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

Azul marino

Los uniformes escolares deberían ser del color más horroroso del mundo. No sé, color vómito o algún tono de verde o de beige. Pero jamás de un color básico y posible. 

Como he mencionado en alguna ocasión, yo iba a un cole de monjas. La orden religiosa del mismo tenía varios centros en la Comunidad Valenciana, todos ellos con el mismo uniforme de camisa amarilla y faldas a cuadros. 

Todos, excepto el mío. En nuestra ciudad, las monjas decidieron que fuésemos más chic que nadie y nuestro uniforme pasó a ser una falda con estampado de pata de gallo negra y blanca, camisa o polo blanco, y rebeca azul marino con calcetines o leotardos del mismo color.

Cómo he odiado el azul marino toda mi vida. Y los mocasines. Y es una pena, porque es un color muy versátil y fácil de llevar, sobre todo en invierno. Pero no hay manera: cada vez que veo algo azul marino, pienso en el colegio. 

Lo mismo me pasa con la ciudad, salvo por un detalle: Torrent está volviéndose más atractiva. No solo me han abierto un Rossmann, sino que hace un par de semanas descubrí una cafetería encantadora que no conocía y dentro de dos semanas me van a abrir otra más. Yo, que siempre me quejaba de que a la ciudad le faltaban cafés con encanto. ¿Me acabará gustando vivir aquí? 

Mientras la ciudad siga envenenada con malos recuerdos, no. El colegio. Mi familia. Personas que me han hecho sentir pequeña e inútil... Torrent no es lo bastante grande. Además de sentir que sería perder la partida de la vida: quiero morir en cualquier parte menos aquí. 

Sin embargo, la experiencia ya me ha demostrado que todo es posible. Yo, que quería acabar con un alemán, no solo me enamoro de un español sino que además es valenciano. Quizá vuelva a llevar azul marino y con cariño. Quizá llegue a ver Torrent como mi hogar. El tiempo lo dirá.

martes, 6 de septiembre de 2022

Magenta

Tengo una cantidad ingente de maquillaje. Antes de 2020, los pintalabios encabezaban la lista, pero desde que las mascarillas se han convertido en parte habitual de nuestra indumentaria, he comprado muchas paletas de sombras de ojos. 

No todo es culpa mía. El año pasado, cuando estaba muy motivada con el cambio de hábitos, me acostumbré a comprarme algo de maquillaje para recompensarme por no comer tarta a diario. Y así con la tontería acabé con dieciséis paletas, cuando no siempre las uso. Luego lo conocí a él y, ante la perspectiva de tener mi futura casa llena de maquillaje y de cosas a las que limpiar el polvo, dejé de comprar maquillaje y volví a comer tarta. Y así estamos. Pero esa es otra historia.

La cuestión es que este sábado tenemos boda y no tenía ni idea de cómo maquillarme. Como Primor es una pedazo de artista, le rogué que viniera a mi casa y me diese ideas. Al cabo de un rato, me había hecho dos looks maravillosos con dos paletas que no suelo usar, así que la tarde ha sido todo un éxito. 

Un look era elegante, sofisticado y muy yo. O más bien, la que me gustaría ser a diario. En marrones y rojos con brillitos. Ya, a mí también me costaba visualizarlo hasta que me vi en el espejo. 

El otro, en tonos fucsia, magenta y morado, más divertido. Más a juego con el vestido. Y más como me gustaría ser si tuviese energía suficiente para mantener esa actitud. Más diosa. Por supuesto, es el que he elegido. Ahora solo me queda poder recrearlo el sábado. Crucemos los dedos (y las brochas).

Ahora que se ha acabado el desafío de treinta días, he tenido que buscarme otro. Hoy empiezo con uno que me parece muy original: en vez de darme temas o preguntas, me da colores. Y con eso tengo que sacar un texto mínimamente interesante. No puedo prometer que lo sean, pero sí que los escribiré. Hoy ha sido un día magenta. Veremos mañana.

lunes, 5 de septiembre de 2022

Cuando escribo

El trigésimo y último día del desafío me pide que hable sobre lo que siento cuando escribo. 

Aunque ya había escrito antes, empecé a tomarme mis diarios en serio a los doce años. Fue también entonces cuando gané el premio de relatos de Navidad en el colegio por mi carita a los Reyes Magos y probablemente cuando empecé a ser consciente de que escribía. Recuerdo que, cuando me aburría en clase, cogía folios y me ponía a escribir mis cosas. Creo que no recuerdo nada de aquella época, tampoco es que tuviese mucha calidad. Pero me gustaba.

En los años siguientes, tonteé con la escritura de forma más irregular. Seguía con mis diarios y empecé los blogs. Hacia finales de la secundaria empecé a perfilar más mi estilo alrededor de los relatos cortos, y a día de hoy sigue siendo con lo que más a gusto me siento cuando escribo. 

Quizá el único momento de mi vida en el que fui escritora de verdad fue cuando escribí una novela corta en nivel A2-B1 de español (nada de subjuntivos) para una editorial polaca. Tras procrastinar durante meses, la escribí en tres semanas, en febrero. Cada vez que recuerdo ese mes me entran ganas de enviarle un mensaje al Fisio, mi compañero de trabajo y una de las personas más tranquilas y felices que he conocido, que me calmó en el momento adecuado y me ayudó a terminarla. 

Y ahora escribo aquí, y muy de vez en cuando en Instagram.

¿Qué siento cuando escribo? Siento que hago lo correcto. Así, en general. Como si fuese algo que debo hacer. Y no me refiero solo a estos tres meses en los que me he obligado a escribir a diario. 

Más allá de eso, depende mucho de lo que esté escribiendo. Cuando escribo en mi diario o sobre mi vida, como aquí, siento que descargo tensión y que la velocidad de mis pensamientos disminuye un poco. Me alivia ordenar un poco mis ideas y escribirlas, aunque nunca llegue a vaciarme del todo. 

Escribir ficción es otra cosa. Ahí ya depende de si es algo que tenía pensado y planeado o si me sale espontáneo. Con diferencia, disfruto mucho más en el segundo caso. Es casi como volar. Simplemente tengo que mantener el ritmo y escribirlo todo tal cual llega. La última vez que recuerdo haber escrito algo así fue hace unos cinco años. Empecé una historia, sin tener nada más que el título, y la terminé unas semanas después. Cuando acabé, me sentí feliz y realizada. Huelga decir que no la he vuelto a leer, que nadie la ha leído nunca y que pese a ser una ficción, contiene mucho más de mí de lo que nadie debería saber. 

No es que escribir con mapa no sea divertido. Hay escenas que molan, frases que da gusto escribir porque llevo tiempo con ellas en la cabeza, y partes a las que hay muchas ganas de llegar. El problema, por supuesto, viene con todo lo demás. Las aburridas pero necesarias transiciones, algunas descripciones y parte de la trama que no apetece nada contar. Me frustran, y tolero muy mal mi propia frustración. 

Nadie me ha preguntado por qué escribo, pero no importa, ya lo respondo yo. Yo me paso la vida narrando en mi cabeza casi todo lo que pasa. Cuando voy por la calle y veo buganvillas, o niños. Cuando pienso en mis cosas. Incluso cuando estoy hablando con alguien. Simplemente me sale solo. No siempre me apetece materializarlo, pero sé que cuando lo hago me siento mejor. Y desde que me he comprometido con esto, a días lo detesto y otros me apetece muchísimo, pero nunca me he arrepentido. 

Hasta que eso pase, seguiré por aquí. 

domingo, 4 de septiembre de 2022

Tres minutos

Es lo único que he necesitado para hacerme la cena. Y aun así, por un momento me he planteado pasar de todo y hacerme un bocadillo o algo así. 

En los días en los que no he comido mucha verdura, o ceno ensalada o me hago un smoothie verde. Yo era una de esas personas escépticas que pensaba que sabría a mejunje asqueroso, pero lo cierto es que está bastante bueno. Leche, espinacas, plátano y ya. Y sabe a plátano nada más, por extraño que parezca.  Como persona a la que no le entusiasman las verduras crudas, esto me salva la vida.

Me alegro muchísimo de no haber sucumbido a la tentación de no prepararlo, porque es muy sencillo y luego me siento genial. No solo física, sino también emocionalmente, por lo que definitivamente ha valido mucho la pena. Y solo he tardado tres minutos. 


sábado, 3 de septiembre de 2022

Ekmeik significa gloria

Vale, seguramente no, pero debería. El ekmeik es un postre maravilloso a base de masa filo, nata y pistacho que te sube el colesterol de mirarlo. Y está muy bueno. Y es una de las razones principales por las que venimos a nuestro griego. 

La cena, exquisita. La compañía, aún mejor. El planetario… mejor el de invierno, para qué engañarnos. 

Pero ha sido una noche fantástica. Diría que le dan sentido a todo, pero sería inexacto: son el sentido. 

La semana que viene, más.

viernes, 2 de septiembre de 2022

Osisi me preocupa

Cuando vivía en Granada, me compré dos plantas. 

Primero compré una sanseviera, también conocida como lengua de suegra. Luego, una zamioculca, mi planta preferida. 

Ahora es más normal ponerles nombre (o la gente a mi alrededor está tan loca como yo), pero en 2019 era más raro. A ambas las llamé “planta”, pero en distinto idioma. A la zamioculca la llamé Roślina, “planta” en polaco, ya que mi primera planta fue una zamioculca pequeñita y preciosa en Varsovia. Y a la sanse, Osisi, que según Google es “planta” en igbo, una de las lenguas de Nigeria, donde se puede encontrar esta planta.

Las pobres ya han sufrido una mudanza dura, pero cada vez veo a Osisi peor. Ha perdido muchas hojas y las pocas que le quedan están mustias. Por fin decidí hacer algo al respecto y le puse tierra nueva, para que tuviera algo a lo que agarrarse, y la tengo en observación a ver si remonta. No pasa nada si no, pero me daría pena.

En cuanto a Roślina, salvo un tallo suelto, en general está bien por ahora. Ya no tiene tallos jóvenes, de los que tanta gracia me hacían al verlos crecer desde que eran espárragos hasta que se hacían más altos que los demás y se tornaban oscuros. Pero sigue siendo una planta muy bonita. 

Adoro a mis plantitas, pero las he tenido bastante abandonadas. Espero que no sea tarde y que me aguanten una mudanza más, porque hemos pasado por mucho juntas y me gustaría darles un nuevo hogar y unas cuantas compañeras. El tiempo lo dirá. 

jueves, 1 de septiembre de 2022

Vuelve a la cama

Me da igual lo que opine la gente: Eat Pray Love  (o Come Reza Ama) es un libro buenísimo. No me importa que Elizabeth Gilbert tuviese una suerte inmensa por poder irse un año a viajar por el mundo y a descubrirse a sí misma, ni que yo jamás vaya a tener esa posibilidad. Pese a lo que mucha gente cree, en gran parte condicionados por la película de 2010, está muy bien escrito, es una lectura muy placentera y hasta se puede aprender de ella.

Al principio, cuando Elizabeth está destrozada, rezando en el suelo del cuarto de baño y llorando sin saber qué hacer, escucha la voz de Dios (la parte sabia y compasiva de sí misma) diciendo: "Vuelve a la cama, Liz". Vuelve porque se avecina una tormenta, y vas a tener que luchar, y necesitas descansar todo lo posible. 

Bueno, pues sin la parte mística, así estoy yo hoy. 

El día ha empezado bien. Pero por la tarde he empezado a pensar en cosas feas, a ponerme tremendista y pesimista y muchos otros -ista que no me gustan, y la he rematado llorando en los brazos de él, que con su paciencia infinita me ha sostenido hasta que se me ha pasado. 

Eso no significa que esté bien ni mucho menos, pero de entre todas las opciones que tengo, esta vez elijo la que creo que es la mejor. 

No puedo cambiar las cosas que ya he hecho. No tengo control sobre muchas otras cosas. Y no tengo ni idea de qué será de mí, y admito que tengo miedo. De acuerdo. He vuelto a casa, me he hecho una buena cena y ahora mismo tengo una taza de té calentito esperándome para reblandecer mi corazón del todo. 

Luego me lavaré los dientes y la cara. Y me pondré todas las cremas. Jugaré una partida y hablaré con él un ratito. Quizá lea. Pero me voy a ir a la cama pronto. En los días malos, lo mejor que se puede hacer es cortarlos por lo sano y dormir. Y reponer fuerzas y descansar mucho. 

Mañana saldrá el sol, será un nuevo día y es muy posible que sea mejor que este. Y quiero estar bien despierta para disfrutarlo.