El viernes pasado decidí desayunar una tostada después de acudir a una cita en Valencia. En el centro, no tengo referencias de buenos sitios para desayunar. Me refiero a sitios sencillos, del pueblo, donde desayuna la gente de a pie como tú y como yo. Sitios de tartas suculentas y trampas de turistas conozco muchos, pero no era eso lo que buscaba el viernes.
Al final, por no pensarlo más, me metí en una pastelería-cafetería que lleva unos cien años en funcionamiento. Un local en una calle muy céntrica, a un minuto de la estación de tren... debí verlo venir.
Las camareras no podían tener más desgana encima. Casi parecían hacerme un favor por atenderme. Nada, me toman nota, se va... Y al rato (demasiado largo para la clientela que había), me trae la tostada.
El pan, gomoso. El tomate, triturado (!!!) y gélido. El jamón... raquítico, salado y pálido. Daban ganas de enviar al jamón a comerse un jamón para que espabilase y pusiese mejor cara. Pido que me calienten un poco la tostada, a ver si remonta la cosa... Ni flowers. Esa tostada está más hundida que el Titanic.
Le doy dos bocados y decido que no puedo más. Vale la pena no comérsela. Pago la carísima tostada y me voy.
Al cabo de un rato largo, después de hacer algunos recados, me entra hambre. Normal, dado que no había desayunado. Estaba al teléfono con MacGyver, que también tenía hambre. Así que hicimos algo que hacemos mucho: sentarnos a tomar algo y hacer videollamada. Ella desde Lausanne, yo desde Valencia. En esta ocasión, entro en una cafetería de una cadena de Valencia, un Coffee Corner. Me gustan estas cafeterías porque el café está rico, el ambiente es agradable sin estridencias y son carne de funcionario: estos locales están llenos de oficinistas en la hora del almuerzo, de gente normal.
¿Por qué no me fui a un Coffee Corner de buenas a primeras en vez de ir al primer local? Porque me pillaban un poquito a desmano y tenía hambre. Punto.
Entro ahí y el sitio está lleno. Pero eso no impide a la encantadora chica tras la barra saludarme, preguntarme qué quiero y, ante mi indecisión, hacerme un par de sugerencias. Decido jugármela y pedir exactamente lo mismo que en el otro sitio: media tostada de jamón y tomate y un café con leche.
Me siento en la terracita interior, tranquila y agradable. MacGyver y yo estamos en la gloria mientras espero el segundo desayuno. Por fin llega y -¡maravilla!- es justo lo que quería. Pan crujiente. Tomate rallado. Jamón gordito y rico. Qué delicia. Qué exquisitez. Y qué majas fueron las tres camareras antes, durante y después de mi consumición.
Obviamente les di las gracias por hacer su trabajo con tanto cariño y les di propina. No cuesta mucho ser amable y quizá alegrarle un poquito el día a la gente que trabaja cara al público. A mí me lo alegraron con creces.
En fin, que estoy de vuelta. Sin grandes temas... tampoco es que lo esperase. Era esto o hablar del misterio de la boca de mi novio, que normalmente sabe a albaricoque y hoy sabía a chocolate con leche, sin comer él ninguna de esas cosas nunca. Y la verdad, de las tostadas llevaba un par de días queriendo escribir.
Ah, hoy he hecho Pilates por primera vez en mucho tiempo. Mañana me voy de excursión. Voy a morir :D.