Esta mañana he sacado a pasear al perro de Talía. El pobre ya es muy mayor y está muy enfermo... Nunca me ha gustado sacarlo a pasear porque tira mucho, pero la verdad es que me da mucha pena.
Esta vez no ha tirado y yo he podido pensar en mis cosas, y mirar las urracas y el metro pasar. De repente, sobre uno de los arbustos me he encontrado un naipe: el caballo de bastos.
Me encantan los juegos de adivinación desde siempre. Recuerdo que, cuando Talía era adolescente, ella y sus amigas jugaban con la baraja a leerse el futuro. Primero, se sacaba la sota de copas: representaba a la chica. Luego, se barajaba el resto de las cartas y se elegían... ¿diez, quince, veinte? No me acuerdo. Y se empezaban a sacar y a leer.
Si te salían copas, habría amor en tu vida. Si oros, dinero. Si bastos, peleas. Y si espadas, celos. Pero lo interesante era cuando salían las figuras: los caballos eran pretendientes; las sotas, chicas que se iban a interponer entre los pretendientes y tú (a nadie se le ocurrió que pudiesen ser tus colegas) y los reyes, obstáculos en general.
Si te salía el caballo de copas, la alegría era máxima: ibas a acabar con el chico que te gustaba.
La lectura del tarot no es más que una versión más sofisticada de este jueguito. Y sin creérmelo mucho ni ser ninguna experta, confieso que me interesa, que me gusta, y que cuando tengo alguna duda, consulto mis arcanos mayores de Belén Segarra.
Es la primera vez que me encuentro con una carta, así porque sí, y he decidido que significa algo. Al volver a casa, me puse a buscar. Si bien no todas las páginas que he consultado dicen lo mismo, sí que hay elementos comunes.
El caballo de bastos es una carta activa, relacionada con el fuego. Anuncia viajes y cambios repentinos: mudanzas o cambios de trabajo, por ejemplo. Además, se relaciona con el éxito en lo material y resolución de problemas. Si sale del derecho, claro está. Si sale del revés, en posición invertida, la cosa cambia: anuncia obstáculos, falta de acción y frustración.
Creo recordar que la vi del derecho, y casi prefiero no cuestionarlo mucho. Pero es un alivio saber que al menos el universo me envía buenos augurios.
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!