Hay momentos en los que miro hacia afuera. El cielo, la ciudad, la gente, la comida. La familia. Las necesidades de la familia. El club de lectura. Todo lo que empieza donde acaba mi piel.
Hay momentos en los que miro hacia adentro. Mi vida, pasada, presente y futura. Mis errores. Mi dirección, o la falta de ella. Mis objetivos. Lo que necesito. Lo que anhelo. Lo que añoro. Lo que me dice mi cuerpo. Todo lo que empieza con mis latidos.
Llevo más de una semana mirando mucho hacia afuera. Era necesario. Primero, durante las vacaciones. Luego, durante la visita de MacGyver. Se ha ido esta tarde y nos lo hemos pasado muy bien, pero molaría tenerla más cerca...
No es bueno mirar mucho ni hacia adentro ni hacia afuera. Es fácil perderse. Perder el equilibrio, la sensación de fluidez, perderse la vida. Por eso, el día de hoy ha sido revuelto: después de un empacho de días de mirar hacia afuera, toca mirar hacia adentro un poco.
Para acostumbrar la vista al cambio de luz, conviene ir despacio. Un café con el Estupendo sobre cosas importantes, un paseo, una cena rica para calmar a las fieras internas... Y ahora llega mi parte favorita: los mimos. Pienso ponerme cremas y darme caricias hasta quitarme toda la tensión de encima y dormir bien.
Porque mañana empieza un día maravilloso.
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!