Cuando vivía en Granada, me compré dos plantas.
Primero compré una sanseviera, también conocida como lengua de suegra. Luego, una zamioculca, mi planta preferida.
Ahora es más normal ponerles nombre (o la gente a mi alrededor está tan loca como yo), pero en 2019 era más raro. A ambas las llamé “planta”, pero en distinto idioma. A la zamioculca la llamé Roślina, “planta” en polaco, ya que mi primera planta fue una zamioculca pequeñita y preciosa en Varsovia. Y a la sanse, Osisi, que según Google es “planta” en igbo, una de las lenguas de Nigeria, donde se puede encontrar esta planta.
Las pobres ya han sufrido una mudanza dura, pero cada vez veo a Osisi peor. Ha perdido muchas hojas y las pocas que le quedan están mustias. Por fin decidí hacer algo al respecto y le puse tierra nueva, para que tuviera algo a lo que agarrarse, y la tengo en observación a ver si remonta. No pasa nada si no, pero me daría pena.
En cuanto a Roślina, salvo un tallo suelto, en general está bien por ahora. Ya no tiene tallos jóvenes, de los que tanta gracia me hacían al verlos crecer desde que eran espárragos hasta que se hacían más altos que los demás y se tornaban oscuros. Pero sigue siendo una planta muy bonita.
Adoro a mis plantitas, pero las he tenido bastante abandonadas. Espero que no sea tarde y que me aguanten una mudanza más, porque hemos pasado por mucho juntas y me gustaría darles un nuevo hogar y unas cuantas compañeras. El tiempo lo dirá.
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!