lunes, 5 de septiembre de 2022

Cuando escribo

El trigésimo y último día del desafío me pide que hable sobre lo que siento cuando escribo. 

Aunque ya había escrito antes, empecé a tomarme mis diarios en serio a los doce años. Fue también entonces cuando gané el premio de relatos de Navidad en el colegio por mi carita a los Reyes Magos y probablemente cuando empecé a ser consciente de que escribía. Recuerdo que, cuando me aburría en clase, cogía folios y me ponía a escribir mis cosas. Creo que no recuerdo nada de aquella época, tampoco es que tuviese mucha calidad. Pero me gustaba.

En los años siguientes, tonteé con la escritura de forma más irregular. Seguía con mis diarios y empecé los blogs. Hacia finales de la secundaria empecé a perfilar más mi estilo alrededor de los relatos cortos, y a día de hoy sigue siendo con lo que más a gusto me siento cuando escribo. 

Quizá el único momento de mi vida en el que fui escritora de verdad fue cuando escribí una novela corta en nivel A2-B1 de español (nada de subjuntivos) para una editorial polaca. Tras procrastinar durante meses, la escribí en tres semanas, en febrero. Cada vez que recuerdo ese mes me entran ganas de enviarle un mensaje al Fisio, mi compañero de trabajo y una de las personas más tranquilas y felices que he conocido, que me calmó en el momento adecuado y me ayudó a terminarla. 

Y ahora escribo aquí, y muy de vez en cuando en Instagram.

¿Qué siento cuando escribo? Siento que hago lo correcto. Así, en general. Como si fuese algo que debo hacer. Y no me refiero solo a estos tres meses en los que me he obligado a escribir a diario. 

Más allá de eso, depende mucho de lo que esté escribiendo. Cuando escribo en mi diario o sobre mi vida, como aquí, siento que descargo tensión y que la velocidad de mis pensamientos disminuye un poco. Me alivia ordenar un poco mis ideas y escribirlas, aunque nunca llegue a vaciarme del todo. 

Escribir ficción es otra cosa. Ahí ya depende de si es algo que tenía pensado y planeado o si me sale espontáneo. Con diferencia, disfruto mucho más en el segundo caso. Es casi como volar. Simplemente tengo que mantener el ritmo y escribirlo todo tal cual llega. La última vez que recuerdo haber escrito algo así fue hace unos cinco años. Empecé una historia, sin tener nada más que el título, y la terminé unas semanas después. Cuando acabé, me sentí feliz y realizada. Huelga decir que no la he vuelto a leer, que nadie la ha leído nunca y que pese a ser una ficción, contiene mucho más de mí de lo que nadie debería saber. 

No es que escribir con mapa no sea divertido. Hay escenas que molan, frases que da gusto escribir porque llevo tiempo con ellas en la cabeza, y partes a las que hay muchas ganas de llegar. El problema, por supuesto, viene con todo lo demás. Las aburridas pero necesarias transiciones, algunas descripciones y parte de la trama que no apetece nada contar. Me frustran, y tolero muy mal mi propia frustración. 

Nadie me ha preguntado por qué escribo, pero no importa, ya lo respondo yo. Yo me paso la vida narrando en mi cabeza casi todo lo que pasa. Cuando voy por la calle y veo buganvillas, o niños. Cuando pienso en mis cosas. Incluso cuando estoy hablando con alguien. Simplemente me sale solo. No siempre me apetece materializarlo, pero sé que cuando lo hago me siento mejor. Y desde que me he comprometido con esto, a días lo detesto y otros me apetece muchísimo, pero nunca me he arrepentido. 

Hasta que eso pase, seguiré por aquí. 

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