Por entonces, mi preferida era la piedra luna. Me encantaban los destellos azulados y me parecía muy mágica. Me sigue gustando, pero es difícil encontrar piedras luna de calidad: la mayoría son muy lechosas y no brillan.
Ahora mi preferida es la iolita, de la que no tengo muchas joyas, pero sí algunas de mis preferidas. Hace pocos años me reconcilié con la amatista y el cuarzo rosa, que antes despreciaba por ser muy comunes. Algún día contaré la historia de mis pendientes de cuarzo.
También tenía un colgante de ámbar, que aunque no es una piedra per se y jamás ha sido de mis favoritas, me ponía muy a menudo. Era un colgante de plata con una lengua de ámbar colgando, de manera que gran parte del ámbar estaba sin montar. Para mí se parecía a un péndulo y de alguna manera lo consideraba un amuleto.
El ámbar es bastante frágil, por lo que no es de extrañar que se me rompiera un día que se me cayó al suelo. Me sentó fatal. Por suerte, lo pude arreglar con pegamento de contacto. Pero al poco tiempo se volvió a romper.
Años después, estaba en una joyería cuando escuché hablar a la dueña sobre las piedras. No recuerdo por qué, le pregunté si era conveniente reparar una piedra o una joya rota. Sí recuerdo que me dijo que no. “Cuando una piedra de rompe, te ha protegido de algo. Ya ha cumplido su función”.
Decidí no hablarle de mi colgante de ámbar, pero me dio que pensar. Ojalá pudiese recordar alguna situación en la que la piedra me hubiese podido proteger… Objetivamente no puedo creer en esas cosas, pero confieso que me gustaría, y que me gusta jugar con la idea. Me gusta la magia, y me gustaría que fuese real.
Hasta entonces, también me gustaría encontrar otro colgante de ámbar como aquel, porque estaba chulo.
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!