Que nadie me odie, porque esta entrada no es lo que parece. No exactamente.
Tengo mucho maquillaje y a veces hasta lo uso. Y no me molesta desmaquillarme salvo por un detalle: quitarme la máscara de pestañas.
Es un infierno. No importa lo cuidadosa que sea: o me dejo rímel, o me llevo pestañas. Si no tuviese unas pestañas tan ridículas al natural, no usaría rímel nunca. Pero acepto mi realidad y me armo de paciencia cada vez que me desmaquillo. Lo he probado todo: bifásicos, agua micelar, aceite desmaquillante... Y ese sería exactamente el orden según su eficacia. Pero mezclar el bifásico es un rollo y además es muy graso, así que solo lo uso si llevo rímel resistente al agua. Para lo demás, agua micelar y a correr.
Pero oh, maravilla, he descubierto un truco milagroso por accidente.
Esta noche me he hecho ensalada con cebolla, setas y seitán. Y estaba yo cortando la cebolla tan tranquilamente cuando he empezado a llorar a moco tendido. Qué picor. Qué horror. Casi me arrepiento de todas las veces en las que he dicho que, si una cebolla no pica, es que no es buena: hacía muchísimo tiempo que una cebolla no me hacía llorar así. Nada, a secarse con un poco de papel de cocina y a seguir.
Obviamente, los ojos de panda que se me han quedado han sido para foto. Lástima que no me haya hecho ninguna. Me he limpiado los churretes de rímel con el agua micelar y luego me he pasado el disco por las pestañas... y ha salido limpio.
Milagro. Sin frotar. Sin esperar. Sin tener cuidado de que no se me cayese ninguna pestaña. Tanto producto y tanta historia, y lo único que hace falta para quitarse el rímel en condiciones es cortar cebolla.
Claro, que el dolor y el picor no te lo quita nadie. Igual me interesa seguir usando el agua micelar...
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!