Los uniformes escolares deberían ser del color más horroroso del mundo. No sé, color vómito o algún tono de verde o de beige. Pero jamás de un color básico y posible.
Como he mencionado en alguna ocasión, yo iba a un cole de monjas. La orden religiosa del mismo tenía varios centros en la Comunidad Valenciana, todos ellos con el mismo uniforme de camisa amarilla y faldas a cuadros.
Todos, excepto el mío. En nuestra ciudad, las monjas decidieron que fuésemos más chic que nadie y nuestro uniforme pasó a ser una falda con estampado de pata de gallo negra y blanca, camisa o polo blanco, y rebeca azul marino con calcetines o leotardos del mismo color.
Cómo he odiado el azul marino toda mi vida. Y los mocasines. Y es una pena, porque es un color muy versátil y fácil de llevar, sobre todo en invierno. Pero no hay manera: cada vez que veo algo azul marino, pienso en el colegio.
Lo mismo me pasa con la ciudad, salvo por un detalle: Torrent está volviéndose más atractiva. No solo me han abierto un Rossmann, sino que hace un par de semanas descubrí una cafetería encantadora que no conocía y dentro de dos semanas me van a abrir otra más. Yo, que siempre me quejaba de que a la ciudad le faltaban cafés con encanto. ¿Me acabará gustando vivir aquí?
Mientras la ciudad siga envenenada con malos recuerdos, no. El colegio. Mi familia. Personas que me han hecho sentir pequeña e inútil... Torrent no es lo bastante grande. Además de sentir que sería perder la partida de la vida: quiero morir en cualquier parte menos aquí.
Sin embargo, la experiencia ya me ha demostrado que todo es posible. Yo, que quería acabar con un alemán, no solo me enamoro de un español sino que además es valenciano. Quizá vuelva a llevar azul marino y con cariño. Quizá llegue a ver Torrent como mi hogar. El tiempo lo dirá.
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!