A lo mejor soy solo yo, pero se establece una relación muy particular con ciertos profesionales que te proporcionan un servicio. Todavía no he encontrado una peluquera a la que adore con todas mis fuerzas. La tenía, pero quebró o cerró durante la pandemia. Una lástima, porque tenía una voz preciosa y relajante.
Sin embargo, desde hace años soy más fiel a mi dentista que la del anuncio de Oral-B. Hagamos un pequeño pero necesario inciso antes de continuar: esa mujer, o su marido, tiene un problema. Porque si su dentista le hace sonreír más que su marido, algo raro pasa. Mi dentista no me hace sonreír más que mi querido, pero sí me sube la moral cada vez que me dice que tengo la boca perfecta y me llama "princesa". No es el título nobiliario lo que me sorprende, estoy más que acostumbrada a ser la reina y creo que me describe bien. Pero "princesa" tiene un punto más adorable, las cosas como son.
Mi dentista es una mujer profesional y excelente en lo suyo, pero lo que la hace especial es que sabe elegir sus batallas. Mientras que a mí me machaca con el hilo dental y me alaba cuando ve que lo uso, sé que jamás osaría decirle algo parecido a mi madre: es consciente de que con ciertas personas, de cierta edad y con ciertas circunstancias, no hay nada que hacer salvo limitar los daños.
Además, lucha por las piezas y no es partidaria de sacar dientes a la ligera. Pero sobre todo, es muy delicada. Y sé lo que me digo porque a mí no me pone anestesia. No es que ella sea ninguna chiflada sádica, es que yo no soporto las agujas y prefiero mil millones de veces el torno que la inyección. Si eres capaz de soportar una endodoncia sin anestesia, es que la dentista en cuestión va con mucho cuidado. Y yo lo he hecho.
Por todas estas razones, le he cogido mucho cariño. Tanto es así, que me acuerdo de ella cada vez que me lavo los dientes por la noche. Últimamente me he sentido un poco culpable por no pasarme el hilo dental, no tanto por mis dientes, sino porque me sabría fatal ir a revisión y que me viese con las muelas hechas polvo. Un poco excesivo por mi parte, pero eh, rara vez me acuesto sin pasarme el hilo.
Esta mañana tenía revisión y todo estaba en orden. Entiendo ponerme contenta yo, por el orgullo y la satisfacción y el dinero que me ahorro. ¿Pero ella? ¿Por qué se alegra ella? Si todo el mundo fuese como yo, se quedaría sin negocio. Esta es una paradoja que siempre me ha resultado fascinante en los profesionales de la salud: promueven buenos hábitos y su objetivo es que todo el mundo esté sano. Pero en ese mundo hipotético, ¿de qué vivirían ellos? ¿Sembrarían patatas?
La de tubérculos maravillosos que nos estamos perdiendo por no lavarnos los dientes...
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!