Siempre he podido oler los días y las estaciones de una forma distinta al resto del mundo. Y el día de hoy ha olido a Alemania.
No a un día ni a un momento cualquiera, sino a un domingo de otoño en Saarbrücken, donde estuve viviendo entre 2013 y 2015. Fue en aquellos años en los que descubrí la dulzura alemana de los domingos: el desayuno.
Ellos lo llamaban desayuno, pero el resto del mundo lo llama brunch. Cada domingo, el buen alemán se despierta un poco más tarde que de costumbre, aunque no demasiado. Baja a su horno más cercano y compra bollos, panecillos, pasteles y todo lo que se le antoje. En casa, siempre hay alguien preparando té y café, cociendo huevos y sacando de la nevera la mantequilla, las mermeladas, los embutidos y el resto de untables. Y la fruta y el zumo. Que los alemanes son gente sana.
No es raro que acudan amigos o algo de familia. La gente se sienta, se sirve café o té, o las dos cosas, y empieza a comer y a hablar durante horas, igual alguien pone la radio de fondo, y allá sobre las dos o tres de la tarde todo el mundo se va, se recoge todo y se empieza a planificar la semana antes de ponerse a ver Tatort.
También se puede hacer esto fuera de casa. En muchos restaurantes hay ofertas para desayunar los domingos como un rey hasta que no te quepa nada más en el cuerpo. Pero yo prefiero la versión casera, con más encanto y menos pretensiones. Recuerdo dos en concreto.
La primera fue en casa de Sonne. "Sonne" significa sol en alemán, y voy a llamar así a esta amiga mía por dos razones: porque sus pequitas y su pelo recuerdan al verano, y porque cuando la conocí en Granada ella siempre me esperaba "en el sol". Antes de mudarme a mi piso, pasé un par de semanas en su casa con ella y su novio, y probé algunos de los mejores desayunos de mi vida. Un dato desconocido en España, que sí conocen los alemanes y los suizos, es lo mucho que mejora la Nutella si la untas sobre mantequilla. Me mostré escéptica, pero es un hecho: el pan con mantequilla y Nutella por encima está de muerte. No recomiendo su consumo más de una vez al año, pero sí probarlo al menos una vez en la vida.
La segunda fue en mi piso, con Edith y Agnes (las hijas de Gru; yo era Margot), durante mi primer fin de semana ahí. Estaba tan nerviosa y tímida, apenas las conocía y no sabía cómo nos íbamos a llevar, cuando llamaron a mi puerta para que saliera a desayunar con ellas en la cocina. Edith trajo pan de plátano de la tienda bio que teníamos debajo del edificio. "Está muy rico y es muy sano". Sano no lo sé, pero estaba riquísimo. Pusieron la radio, me obligaron a probar todo lo que había y me hicieron sentir como en casa. Para que luego digan que los alemanes son fríos... Cómo las echo de menos. A ellas tres y a los desayunos.
Hoy me he levantado tarde. Apenas hemos desayunado porque habíamos quedado para comer. Y nos hemos entretenido más de la cuenta en la cama. Pero he estado muy contenta todo el día, porque mentalmente estaba en Alemania. In a German state of mind. En ese estado, todo es posible. Quizá mañana sea un día igual de maravilloso.
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