Este mes con la tontería he leído más que de costumbre. Vamos a ello.
Gypsy Boy, de Mikey Walsh (Club de lectura en inglés)
Es un libro autobiográfico; de hecho, el autor lo escribe con pseudónimo por miedo a las represalias. Está bien escrito, pero es muy duro de leer. Da mucho que pensar en lo dura que es la realidad de muchos niños gitanos y lo complejo que resulta encontrar soluciones. Pero sobre todo, esta historia da escalofríos: un abuso detrás de otro prácticamente desde que nació, burlas y discriminación a manos de su propia gente... Es un drama. No apto para todo el mundo.
13, de Andrea Menéndez Faya
Esta chica es la leche. Se hizo famosa en Twitter con un hilo sobre el juicio por el robo de unas plantillas de 75 céntimos y desde entonces es una de las mejores hilanderías que hay. Periodista de profesión, es una apasionada del fútbol femenino y escribe mucho sobre el tema, por lo que no es de extrañar que su primera novela publicada en editorial gire alrededor de una futbolista y cómo llegó a ganarse la vida jugando.
Me enganchó muchísimo. Es una buena y bonita historia, me encariñé de todos los personajes bastante rápido y tenía ganas de saber qué les pasaba. Sin embargo, hubo párrafos que leí en diagonal por redundantes. El estilo de Andrea es intimista y muy emotivo, lo cual le sirve para enfatizar en sus argumentos en Twitter, pero en una novela a veces resulta cargante. Con todo, me ha gustado mucho y la recomiendo. Espero que Andrea siga publicando y que esta vez haya una editora despiadada puliendo el diamante en bruto que es.
Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom
Este libro, a caballo entre la biografía y el libro de autoayuda, es un clásico en las listas de recomendados. La primera persona que me habló de él fue la primera esteticién que me depiló las piernas a cera, fijaos si hace años. Nada, que el profesor de Mitch se está muriendo y el bueno de Mitch va todos los martes a verle y hablan de la vida y la amistad y todo.
Si lo hubiese leído en su momento, a los once años, me habría gustado e incluso impresionado. Pero tengo treinta y dos años y muchas lecturas a mis espaldas, bastante mejores que esta. Me ha parecido predecible, soso y carente de sustancia. Yo esperaba un curry de espinacas, con sus gambas, su toque exótico, su sabor... y es un plato de acelgas. Lo he leído mucho en diagonal, tanto que no sé si se puede considerar que lo he leído. Pero no he querido dedicarle más tiempo: he ido al grano y fin. Lo recomiendo a quien nunca haya leído una novela de autoayuda.
Y ahora mismo estoy con Le piccole libertà (Las pequeñas libertades), de Lorenza Gentile. No llevo demasiado, pero mucho tiene que cambiar para que no me guste. Me lo compré el verano pasado cuando estuvimos en Roma, junto con un par de libros más en italiano a los que les tengo ganas. Este fue el capricho tonto de antes de irnos, y lo compré sabiendo que iba a ser una chuche, la típica novela romántica de verano que ni te exige ni te obliga a pensar, sino que te distrae y te refresca llevándote a otra parte. Ideal para desempolvar mi italiano. ¿Me estoy enterando de todo? Con todo detalle, no, pero en líneas generales sí. Me chifla escucharlo mentalmente en mi cabeza, deleitarme con el acento y pararme de vez en cuando a deducir el significado de las palabras. No sé si está traducido ni si lo recomiendo, pero sí aconsejo buscar lecturas así de vez en cuando. Todo tiene su función.
Ojalá mantenga el ritmo lector en octubre. Mientras, me voy mentalmente a París, a ver si Oliva por fin se encuentra con su tía. À demain!
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!