Tengo una cantidad ingente de maquillaje. Antes de 2020, los pintalabios encabezaban la lista, pero desde que las mascarillas se han convertido en parte habitual de nuestra indumentaria, he comprado muchas paletas de sombras de ojos.
No todo es culpa mía. El año pasado, cuando estaba muy motivada con el cambio de hábitos, me acostumbré a comprarme algo de maquillaje para recompensarme por no comer tarta a diario. Y así con la tontería acabé con dieciséis paletas, cuando no siempre las uso. Luego lo conocí a él y, ante la perspectiva de tener mi futura casa llena de maquillaje y de cosas a las que limpiar el polvo, dejé de comprar maquillaje y volví a comer tarta. Y así estamos. Pero esa es otra historia.
La cuestión es que este sábado tenemos boda y no tenía ni idea de cómo maquillarme. Como Primor es una pedazo de artista, le rogué que viniera a mi casa y me diese ideas. Al cabo de un rato, me había hecho dos looks maravillosos con dos paletas que no suelo usar, así que la tarde ha sido todo un éxito.
Un look era elegante, sofisticado y muy yo. O más bien, la que me gustaría ser a diario. En marrones y rojos con brillitos. Ya, a mí también me costaba visualizarlo hasta que me vi en el espejo.
El otro, en tonos fucsia, magenta y morado, más divertido. Más a juego con el vestido. Y más como me gustaría ser si tuviese energía suficiente para mantener esa actitud. Más diosa. Por supuesto, es el que he elegido. Ahora solo me queda poder recrearlo el sábado. Crucemos los dedos (y las brochas).
Ahora que se ha acabado el desafío de treinta días, he tenido que buscarme otro. Hoy empiezo con uno que me parece muy original: en vez de darme temas o preguntas, me da colores. Y con eso tengo que sacar un texto mínimamente interesante. No puedo prometer que lo sean, pero sí que los escribiré. Hoy ha sido un día magenta. Veremos mañana.
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!