domingo, 18 de septiembre de 2022

La ira sublimada

Todos sentimos ira. Como individuos y también de forma colectiva. A todos nos enfada sentir que se nos ha tratado de forma injusta. Profesoras de instituto que cancelan exámenes después de que algunos alumnos lo hayan acabado y con nota porque a los demás les parecía muy difícil (me ha pasado), gestión pésima de nuestros recursos y precarización de la clase media de nuestro país (nos ha pasado, nos está pasando y nos pasará), países con los que tenemos cuentas pendientes…

No se puede ignorar la ira. Ni se debe. Tiene su función, a fin de cuentas. Pero cuando se nos va de las manos y dirige nuestra vida, conduce a la violencia y al odio… y ahí es cuando se convierte en algo negativo.

Por ello, ya que hay que sentir ira, creo que es mejor canalizarla hacia algo positivo y entretenido. Deportes, las artes… y para desquitarnos con Los Otros, SA, lo mejor son las competiciones deportivas.

Aún siguiendo las reglas y jugando limpio, los deportes son algo violentos. Hay contacto, caídas, lesiones, faltas, malentendidos… Pero hay reglas. Hay árbitros. Y en general, hay honor y respeto por el rival. Esto lo saben la mayoría de deportistas. La afición… depende. En cualquier caso, el deporte es violencia sublimada, un combate simbólico y respetuoso entre iguales sin la intención de hacerse daño, sino de demostrar que se es el mejor.

Otro ejemplo sería el festival de Eurovision, más elevado quizá por tratarse de música, de una competición creativa e inspiradora. Pese a las mejoras, sin embargo, sí es verdad que se trata de un combate más desigual. Hay demasiados factores incontrolables. Geopolítica, economía, popularidad, Suecia… Pero no deja de ser una manifestación sana del patriotismo.

Todo este rollo para decir que he visto el final de la final del Eurobasket y me alegro de que haya ganado España, igual que me alegro del bronce de mis queridos alemanes. De lo que opino sobre la nacionalización de estadounidenses para jugar en competiciones europeas ya hablaré otro día.

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!