jueves, 3 de noviembre de 2022

Maneki-neko

Osisi murió hace meses. Le puse tierra nueva, la mimé más, intenté enderezarla... No hubo manera. Y como no le preste atención, Roslina acabará igual. 

En su momento, me prometí que no me compraría más plantas hasta que me mudase con él... pero he picado. No tengo remedio. 

Esta tarde me he ido con Jung a comprar su regalo de cumpleaños. Le dije que le regalaría una zamioculca, mi planta favorita. Y de una conversación loquísima que tuvimos entonces, se decidió que su plantita nueva se llamaría Iloveny, en honor de todas las niñas con ese nombre cuyos padres obviamente no adoran Nueva York. 

Es la primera vez que voy a Verdecora, y la verdad es que mola mucho. Monsteras enormes, cactus aterradores, begonias alienígenas, plantas cuyas hojas parecen pintadas con acuarela... Ahí hay de todo. Con espacio y dinero suficiente, nos las habríamos llevado todas. 

En uno de los pasillos, me llamaron la atención los bambús de la suerte. Cuando vivía en Varsovia, tenía uno en mi piso, herencia de los antiguos inquilinos. Mira que es fácil de cuidar, pero o le puse demasiada agua o no lo supe podar, que el pobre se me murió. Ni yo le di suerte, ni él a mí, ya que al poco me rompí el brazo en España. 

Llevo días pensando en muchas cosas. Y ahora se me ocurre que la fe no existe sin acciones. No se puede probar la confianza sin correr riesgos. Se me murió un bambú, y una sanseviera, pero no tiene por qué volver a pasar. Perdí un trabajo, pero no tiene por qué volver a pasar. Elijo confiar en mí. Hay días en los que me sale bien, y días que se me salen por los pies sin que consiga aprovecharlos. Eso es la vida. Y por todo lo bonito que tiene, y por todo lo buena que soy, ambas nos merecemos un voto de confianza, un salto de fe.

Me he comprado un bambú y un jarrón para que viva en él. Lo he colocado junto a Roslina, a ver si hacen buenas migas y se dan aliento mutuamente. Por supuesto, el bambú necesitaba un nombre y decidí encomendarle la misión a Jung. Quería un nombre oriental y relacionado con la suerte. No tardó ni diez segundos en responder: Maneki-neko. Esos gatos dorados y rojos espantosos que siempre están moviendo la patita y que en teoría atraen la buena suerte. 

Al principio no me convencía, pero qué demonios, su planta se llama Iloveny. Es lo más normal del mundo que mi planta también tenga el nombre de algo cutre. Y quién sabe, quizá el nombre le siente bien. Yo con que siga viva, me conformo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!