No creo que nadie crea que seguimos en primavera a estas alturas. Es junio y estamos en verano.
Leí en alguna parte (probablemente en Ola, la newsletter de verano de Carmen Pacheco) que el verano es un estado mental y estoy de acuerdo. Concretamente, es el estado mental de las vacaciones. Mis circunstancias actuales, que tan inconvenientes son por muchos motivos, al menos tienen esa ventaja: llevo semanas de veraneo imaginario.
Aunque la primera imagen que se me viene a la cabeza cuando pienso en el verano es la de una playa, el sol y la paz de las horas muertas, no es ahí donde me sitúo todo el tiempo. Porque el verano, de tranquilo que es, da mucho espacio para reflexionar. Y, ay, mi cabeza no para. La siento resistirse mientras la obligo a concentrarse en construir frases ordenadas con sentido, casi parece gritarme que no hay tiempo para esto, que tenemos un futuro infinito por el que preocuparnos, un universo por conquistar, miles de vidas por vivir.
Y para colmo no queda café.
Mi idea era empezar a escribir esta entrada al más puro estilo de una diva ociosa y relajada. con mi tacita de café y algo de música de fondo. Pero al ir a preparármelo, me he encontrado con la caja vacía de cápsulas. A punto he estado de ponerme dramática y apocalíptica, pero la Diva seguía dentro de mí y un café más o menos no va a importunarla (demasiado).
Así pues, en vez de preparar café, me he ido al balcón. Y ahí me he encontrado al Verano, cara a cara, en el olor de los árboles y el canto de los vencejos.
Yo huelo las estaciones. Las siento en el aire, a menudo meses antes de que lleguen oficialmente. Un buen día voy paseando por la calle y digo: "Huele a Navidad". Y mi interlocutor se queda perplejo, en parte por lo que acabo de decir y en parte porque no he estado escuchando lo último que he dicho. Pero es así, cada momento tiene un olor y soy afortunada por percibirlos con tanta precisión.
Recuerdo hace meses, cuando empecé a oler la primavera, que él me preguntó a qué olía exactamente. Si era un ambientador del Mercadona o algo así. Hay que quererlo, pensé. Quiere crearme un arsenal de pociones y remedios para la felicidad. Saber lo que me pone contenta y buscarlo para que pueda ser feliz siempre que quiera. Pero no es tan sencillo, no es un olor sintético. "Será algún tipo de polen, algo en el aire. Pero no es ningún olor que se venda en un frasco".
Por supuesto, esa misma tarde encontré el árbol que huele a primavera. Y por supuesto, se me olvidó hacerle foto e identificarlo. No pasa nada. La primavera que viene volverán a florecer.
También he encontrado el árbol que huele a verano. Creo que son mimosas, pero no estoy segura. Un día de estos les sacaré una foto. A falta de una descripción mejor, para mí huelen a días de piscina. También los pinos huelen (maravillosamente bien) a verano.
En cuanto a los sonidos, admito que hasta ahora no les prestaba atención. Si hubiese tenido que asociar un sonido al verano, probablemente habría dicho que los grillos y las olas del mar. Pero él, entre las muchas cosas que ha traído a mi vida, me habla de pájaros y dinosaurios, y en especial, de unos pajaritos pequeños y vivarachos que no tocan el suelo más que unos días al año: los vencejos.
De nuevo, Carmen Pacheco escribió sobre ellos en su newsletter (Flecha esta vez) y habló de su canto. Y yo, que siempre los había ignorado, empecé a verlos y escucharlos en todas partes. Los estoy escuchando ahora, en la terraza, volando y cantando incansables.
Y mientras los observo, me pregunto cómo es posible asociar el verano a la tranquilidad y el descanso cuando el pájaro más omnipresente de esta estación es uno que no para quieto. Quizá sea necesario ese contraste, ese equilibrio. Quizá sirva para recordarme que hay tiempo para todo. Para revolotear por todas partes cual vencejo y tumbarse a la sombra de los árboles.
Y yo necesito mucho de ambas cosas.
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!