Hay una historia china bastante popular sobre la suerte. Había un señor mayor que tenía un hijo y un día el hijo se rompió la pierna. Todo el mundo en el pueblo le compadecía y le decía: “¡Qué mala suerte!” Pero el señor contestaba: “Mala suerte o buena suerte. Nunca se sabe.” Poco después, llegaron los hombres del emperador a reclutar a todos los jóvenes del pueblo. El único joven que no fue a la guerra fue el hijo del señor mayor, porque no podía caminar.
Vamos, que todo depende del punto de vista.
Esta noche, él y yo íbamos a ver la segunda parte de Top Gun con Jung y su novio, Loki. Pero cuando llegamos al cine, nos enteramos de que habían cambiado la hora de la sesión y por tanto, no hemos podido verla.
En otro momento de mi vida, y sobre todo de haber estado sola, me habría amargado a partir de ese momento. Pero Jung, Loki y él son gente linda y optimista.
En vez de seguir en el centro comercial, nos hemos ido a Valencia. Hemos tenido tiempo de pasear, comprar té en nuestra tiendecita favorita, jugar en la plaza de la Reina (parecerá que no hago otra cosa, pero es que la acaban de reformar y mis amigos son muy niños) y cenar en un restaurante de comida israelí.
Además, este sábado se vienen con nosotros al griego. Y ya veremos Top Gun la semana que viene.
Parecerá poca cosa, pero estoy tan acostumbrada a ver a Jung de pascuas a ramos, que me resulta extraño tener planes para verla tres veces en una semana. Extraño y maravilloso, debo matizar. A Loki lo veo todavía menos y hoy se ha portado bien, por lo que necesitará el par de citas que tenemos pendientes para sacarme de quicio.
Total, que ha sido un día estupendo. Y menuda suerte que el cine haya cambiado la hora de la peli, porque ni habríamos hecho tantas cosas chachis, ni habría tomado knafeh de postre.
Y un buen postre es la mejor manera de acabar el día.
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!