Hasta los quince años, fui a un cole de monjas de mi barrio. Un colegio concertado, el típico en el que la donación es optativa, pero si no la haces, te miran mal. Y donde hay claras distinciones entre los ricos de cuna y quienes pagábamos la cuota mínima.
Mis padres nos llevaron ahí por cercanía y porque el colegio público de nuestra zona no era muy bueno, aunque por circunstancias hice segundo de preescolar en el público y guardo buenos recuerdos. Nos dejaban jugar con un montón de cosas y a mí me dejaban llevarme cuentos a casa el fin de semana. Ahí me aficioné por los libros de Las tres mellizas.
De vuelta al concertado, todo fue mal. Los niños se metían conmigo y las profesoras me reñían y castigaban por no estar atenta a la lectura en clase. Lo que no sabían era que yo sí estaba leyendo, pero varias páginas por delante porque me interesaba muchísimo el libro.
Pero solía sacar buenas notas sin mucho esfuerzo, así que me acababan dejando en paz. No así los alumnos. No paraban. Hasta que en tercero de la ESO, toqué fondo. Podía aceptar que se metiesen conmigo los mayores y hasta mis iguales, pero no los pequeños. Así que me fui al curso siguiente, a veinte kilómetros de mi ciudad, donde no me conocía nadie. También tuve algunos problemas, pero en general estuve más tranquila.
No todo era malo. Pese a todo, había cosas que me gustaban del colegio. Una de las monjas nos gustaba muchísimo a todos, sor Fátima. Era un amor de mujer. Y las fiestas de fin de curso estaban bien. También me gustaban las excursiones, los libros que nos mandaban leer y mi profesora de lengua de 3º de ESO. Casi me quedo en el colegio por ella, porque la adoraba.
Además, aunque mucha gente pasase del tema, viéndolo con perspectiva sí nos enseñaban buenos valores si los sabíamos apreciar. Y eso valía la pena. Pero me hubiera gustado que el colegio me apoyase más cuando se metían conmigo. Eran los noventa y los dos mil... todavía no se le daba la importancia que se merece a este tema.
Qué entrada más distante. Pero el tema de hoy no me inspira lo más mínimo.
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!