No hay nada como una mañana o tarde paseando por la ciudad con alguien especial para cargar las pilas.
Esta mañana he ido a Valencia con mi sobrino. Lo hago porque me encanta pasar tiempo con él, pero también para rememorar mi infancia. Cuando yo era pequeña, no salíamos mucho en verano, y recuerdo con cariño cuando mis hermanas o mi madre me llevaban a alguna parte. Valencia era ese reino mágico al que íbamos en metro, donde había lugares interesantes y buen granizado. Y ahora que soy tía, intento darle los mismos recuerdos a él. Solo que con más tiendas de cosmética.
La verdad es que el peque es una compañía estupenda. No solo tiene paciencia con todas las cosas que quiero mirar, sino que se toma muy en serio darme su opinión cuando se la pido y cuidar de mí. Le he dicho lo mucho que me cuesta resistirme al chocolate y se ha tomado la molestia de distraerme y arrastrarme cuando hemos pasado por el pasillo de los dulces en Mercadona; casi me muero de amor.
Pero lo que más me gusta de él es lo muchísimo que aprendo, porque es muy observador. Hoy ha descubierto unos juegos que han puesto en la recién reformada plaza de la Reina y hemos pasado un rato estupendo mirándonos en espejos, resolviendo un laberinto y formando un tornado en un tubo de agua.
También hemos aprendido que The Brunch Corner, la cafetería donde hemos desayunado, no usa Apple ni Windows, sino una tablet con Android para recibir los pedidos, y que el software que usan para los tickets es nuevo. Por último, le he explicado por qué las cosas se paran en la cinta de las cajas del supermercado, lo que significa "tax free" y la diferencia entre farmacia y parafarmacia.
Mi sobrino me obliga a estar presente todo el tiempo y ni siquiera me cuesta. Me hace diálisis mental, elimina lo malo de mi sistema y devuelve sangre oxigenada y fresca a mi cuerpo.
Este jueves me lo vuelvo a llevar de marcha. ¡Qué ganas tengo!
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!