Los domingos son raros, sobre todo a partir de la tarde, cuando el lunes amenaza con aparecer con la rutina y el trabajo.
Me parece bien entristecerme por los domingos. O por cualquier cosa, en realidad. Nunca rechazo una oportunidad para exagerar y dramatizar, y por supuesto eso incluye esta frase. Además, estar triste me queda bien. Estar alegre me queda mucho mejor, evidentemente, pero a veces no se puede elegir.
Ah, pero a él le queda fatal estar triste. Me rompe el corazón igual que si estuviese triste mi sobrino. No es justo que las personas preciosas y luminosas se pongan tristes.
Pero no pasa nada. Porque por fin, de meses y meses de darle vueltas, hoy he descubierto la vacuna contra el bajón de los domingos: hacer planes para la semana.
Por ahora, hemos agendado ver dos pelis, ir al planetario y a cenar a nuestro griego. Y de alguna manera acabaremos yendo también a nuestro café preferido a jugar al ajedrez.
Le noté en seguida la calma y las ganas de sonreír otra vez. Y me las contagió a mí. Y ahora estoy tan contenta como si hubiese descubierto la penicilina. No será posible organizar planes todas las semanas, o no tantos, y no siempre dará resultado.
Pero cuando siento que en mi vida solo hay problemas, cada solución marca la diferencia.
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!