El tema de hoy es hablar de alguna lección que haya aprendido. Me gusta el tema, pero también me chirría, porque si hubiese aprendido las lecciones de verdad, no volvería a cometer los mismos errores una y otra vez. Pero en la tónica de ser amable y misericordiosa conmigo misma, he decidido no tenérmelo en cuenta y a la vez elegir una lección bonita y poco comprometedora.
Hoy, mi sobrino ha comido con nosotros y ha pasado la tarde aquí. De cómo él, de nuevo, se ha convertido en la estrella y en la persona favorita de mi sobrino cuando viene a mi casa, prefiero no hablar mucho. Basta con decir que, cuando él ha vuelto de las prácticas del coche, mi sobrino ha salido disparado para abrir la puerta y ha coreado su nombre y se ha lanzado a sus brazos... Está bien, lo admito, me encanta que los dos hombres de mi vida se lleven tan bien. Además, verlo a él jugando a ser padre me vuelve loca.
Mientras él estaba en las prácticas, el peque y yo vimos Stardust. Y me alegra decir que le ha gustado, pero aún me alegra más lo mucho que he disfrutado yo viéndola con él. Ya es mayorcito y empieza a hacer preguntas sobre las pelis y a cuestionar el argumento, y me lo he pasado como una enana con sus ocurrencias, porque tiene más razón que un santo.
Ambos coincidimos en que era muy fácil saltar el muro por cualquier otra parte, pero me ha impresionado al comentar la escena final, cuando Lamia rompe los cristales para lanzarlos hacia Tristan e Yvaine y ellos siguen corriendo hacia delante, donde hay más cristales intactos por romper: "¿Pero por qué no corren hacia atrás?" Me ha dejado flipando. Habré visto esa peli unas quince veces y nunca lo había pensado. Luego me vino otra reflexión a la cabeza y ahora me muero de ganas por contárselo a mi sobrino, porque sé que lo apreciará: si nadie sale ni entra por la brecha del muro, ¿tanto les costaba reconstruirlo en vez de tener a un señor vigilándolo veinticuatro horas durante más de cien años? Vamos, con el sueldo del vigilante tenían para construir la Gran Muralla China alrededor si les apetecía...
Las nuevas ideas molan cuando vienen de los niños, pero lo cierto es que todos somos así. Todos tenemos un gran observador dentro, que pone su foco en un aspecto distinto e idiosincrásico de la realidad. Yo me fijo en los olores, entre otras cosas. Él es un gran observador del comportamiento de personas y animales. Y mi sobrino, que todavía es joven y tiene todos los sentidos nuevecitos, se entera de todo.
Fastidia y a la vez reconforta saber que ni en un millón de vidas podremos experimentarlo todo. Incluso si pudiésemos leer todos los libros, visitar todos los lugares, probar toda la comida, escuchar toda la música y los pájaros, estudiarlo todo, saberlo todo... lo único que tendremos es el Conocimiento y la Experiencia según nuestro filtro, nuestra visión, nuestra percepción. Por empáticos que seamos, jamás seremos capaces de percibir el mundo como otra persona.
Y esa es una de las cosas que nos hace valiosos a todos, que nos dota de individualidad y de identidad. Con esto no quiero decir que todas las ideas sean válidas simplemente porque vengan de una persona única, como lo somos todas. Pero es importante entender esto para aceptarnos, para acercarnos y para tener un punto de partida en común. Cada uno de nosotros tiene una visión que nos sesga y nos define. Cada uno de nosotros considera importante y válida su versión porque es la que mejor conocemos. Y cada uno de nosotros tenemos que hacer un esfuerzo, a veces titánico, por acercarnos a la visión de los otros.
Se me ha ido un poco el tema, creo, pero no me parece una mala lección.
Ah, la cena anoche fue perfecta. No vimos a Keanu, pero nuestro camarero ya se sabe lo que solemos pedir, ya habla más con nosotros y ya sabemos su nombre. Y aunque es una tontería, me hizo inmensamente feliz.
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!