Desde hace once meses estoy en una relación preciosa y satisfactoria, y me encanta. Me encanta (casi) todo lo que implica. Ahora mismo lo tengo a él haciendo sus cosas y tengo que contener las ganas de comérmelo a besos. Y estar enamorada es una sensación muy bonita.
Pero también he disfrutado muchísimo de mi soltería. Estar sola tiene muchísimas ventajas (y otros tantos inconvenientes), algunas de las cuales confieso que echo de menos.
Aunque en mi caso, no se trata solo de estar soltera, sino de vivir sola. Ser dueña y señora de mi piso, abrir y cerrar la puerta a quien quisiera, ser mi propio hogar.
Una de mis sensaciones preferidas en todos mis pisos es la de volver a casa después de trabajar, cerrar la puerta, respirar y quitarme los zapatos. Sentirme en casa. Poner la música o la serie que me gusta. Escucharme cuando quisiera. Y si me aburría, salir sin darle explicaciones a nadie.
Me encantaba pasear los sábados por la mañana en Granada. Primero dejaba la ropa tendida para que se secara. Luego, salía a dar una vuelta y tomarme un café. A menudo me compraba flores o un pastel, o ambas cosas. Y volvía, y el piso olía de maravilla a suavizante. Después me ponía a cocinar, veía una peli, guardaba la ropa... Rituales sencillos que hacían que me sintiese segura, satisfecha y feliz.
Ahora vivo con mis padres y en algún momento de este año me mudaré con él. Y me muero de ganas: será una experiencia completamente nueva y maravillosa, que por supuesto documentaré aquí de una manera u otra. Mis días de soltería, azules y dorados, con olor a Vernel cielo azul, a lirios blancos y a velas, se han terminado para (con suerte) no volver. Y está bien. Tuve suerte de tenerlos y de vivirlos muy a gusto.
Toca avanzar y emprender el vuelo. Con suerte, este otoño.
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!