miércoles, 6 de julio de 2022

La historia de mis cuatro esposas

Ahora que ya estoy recuperada de la hernia, a mi pie le ha parecido una buena idea hacer que se me clavasen las uñas para seguir manteniéndome coja. Me aburro. Podría leer, podría estudiar, podría retomar el tapiz de punto de cruz que empecé a los doce años. Qué narices, podría amasar pan. Pero no me apetece hacer nada de eso. Escribir aquí se está convirtiendo en mi puerta en medio del Atlántico. Menos mal que no está Leonardo Dicaprio por aquí. 

Hoy toca hablar de mi mejor amigo. Mi mejor amigo es él. Pero en el desafío de los 30 días, y en el futuro, habrá mil oportunidades para presumir de mi novio. Por eso, hoy voy a hablar de sus predecesoras, mis esposas, guardianas de mi historia, compañeras de batalla, cómplices y catalizadores de luz: mis cuatro mejores amigas. 

La primera, Carrie, fue compañera de pasillo en la residencia en primero de carrera. En un edificio de adolescentes pizpiretas y felices, Carrie y yo éramos los bichos raros. Nos conocimos y con nuestros más y nuestros menos, nos hicimos mejores amigas. Carrie guarda la escritura, la literatura, los cómics, la que más empatiza con mi lado cobarde y a la que acudo cuando pienso en volver a escribir. En un universo paralelo, somos ricas y tenemos una librería-cafetería-centro cultural. O en este, si alguna vez nos tocara la lotería. Nos gustan las tartas, los libros, el té y los gatos, y ver Jungla de Cristal y La Roca cuando tenemos mal de amores. No nos gustan las novatadas ni la gente que presume de decir todo lo que piensa.

John, la segunda, iba a mi clase de Italiano en primero y luego coincidimos en más asignaturas. Pero no nos hicimos amigas hasta tercero, ya ni recuerdo en qué asignatura. Lo que sí recuerdo es que aquel año fue el primero que vimos Eurovision juntas y desde entonces no hemos fallado ni un año, aunque sea a distancia. En cuarto de carrera nos fuimos a vivir juntas... qué año. Limpiamos usando la escoba como guitarra, estudiamos polaco, cocinamos, salimos de fiesta y hasta organizamos quedadas en nuestro piso antes de ir al Camborio. John guarda mi lado fiestero y divertido, y los mejores recuerdos de la carrera. También, uno de los mejores viajes que he hecho: ir a Lisboa para ver el ensayo de la final de Eurovision en 2018. Nos gusta la pizza, la pasta, viajar, bailar hasta tarde y nuestra profesora de Traductología. No nos gusta el reguetón ni la estupidez humana.

Primor y yo íbamos juntas al cole, pero no nos enamoramos hasta que volví a Valencia después de romperme el brazo, a los 26. Por haber compartido la infancia, en cierto modo es con la que tengo más camaradería y ante la que menos me tengo que explicar: ella vivió lo mismo que yo. Un poco como los veteranos de guerra. Artista preciosa, además de ser guardiana de mis primeros años, también lo es del maquillaje y la cosmética. Hace años trabajamos en un proyecto juntas, ella ilustró uno de mis cuentos. El cuento no era bueno (he escrito cosas mejores), pero sus ilustraciones son una belleza, y fue un proyecto que nos unió mucho. Nos gusta comer, en general, los gatos, el café, la cosmética, y pasarnos las horas muertas en una cafetería dibujando y escribiendo juntas. No nos gusta el machismo ni la mayoría de nuestros compañeros de colegio. 

De Jung hablé un poquito el otro día. También fuimos amigas de pequeñas, y nos tiramos varios veranos buceando en la playa de Cullera buscando conchitas. Todavía las conserva. Y no he jugado con nadie a las Barbies como con ella. Ya de mayores, aunque tardamos un tiempo en ubicarnos, nos dimos cuenta de que somos muy compatibles y nos enamoramos locamente. Creo que es posible querer a alguien sin entenderle, pero si le entiendes, hay magia. Jung y yo nos entendemos a la perfección. Es la culpable de que me esté sacando un master en restaurantes indios y de que me haya vuelto adicta a la crema de cacahuete. Nos gusta el arte, el vino, las pelis, y hablar de lo humano y lo divino. No nos gusta el Sistema, inc.

Podría llamarlas amigas, sin más. Pero las llamo esposas porque de alguna manera u otra guardan mi alma, me he vertido en ellas, y si me muriese mañana, me iría con la certeza de haber dejado huella de forma auténtica al menos en ellas cuatro. Enterraría cadáveres y cogería vuelos por las cuatro, y sé que harían lo mismo. También, probablemente, por la novela La mujer justa, de Sándor Márai, que comparto con Carrie. Fue ella quien, meses más tarde, me dedicó un libro diciéndome "para mi mujer justa". Yo soy la suya y ella la mía. Ídem con las otras tres.

Ojalá llegue el día en el que se encuentren las cuatro. No sabré dónde meterme, porque se liarán a contar historias vergonzosas de mí, pero será bonito. Algún día.

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