Me flipa la etimología. A veces, el significado original de una palabra no guarda mucha relación con el significado actual. Pero otras, otras me asombran los ancestros de nuestras palabras actuales. No solo porque las palabras guardan unas historias fascinantes, sino por la extraña conexión que aún tenemos con el pasado. Y también, porque la etimología me ha resuelto esta entrada.
El tema de hoy es la felicidad: toca ponernos intensitos.
La palabra felicidad viene de felicitas, que a su vez viene de felix, felicis: fértil, fecundo. Pero claro, ¿qué entendemos por felicidad?
Lo que la mayoría pensamos cuando hablamos de la felicidad es una emoción radiante que nos invade y nos hace sentir muy bien. Alegría, básicamente. Es una emoción preciosa, pero no es duradera: nos pongamos como nos pongamos, es imposible estar alegre todo el tiempo, salvo que seas Ned Flanders.
Entonces, ¿de qué hablamos cuando pensamos en una vida feliz? En mi diccionario particular, siempre he explicado la felicidad como la satisfacción vital. Sentirse realizado como persona y satisfecho en todos los sentidos. Estar contento con la vida que se tiene.
¿Qué tiene que ver, entonces, lo fértil y lo fecundo con todo esto?
Antes he relacionado la felicidad con la alegría. Alegría, que viene de alicer: vivo y animado. Es decir, que en la alegría y en la felicidad se haya la vida y la capacidad de reproducirse y crecer (fertilidad). Y no me sorprende en absoluto. ¿Hay una emoción que nos haga sentir más activos o vivos?
Pero si me paro a pensarlo, también puedo relacionar esta emoción con la satisfacción vital y duradera de la que hablaba. Satisfacción viene de satisfactio: acción y efecto de hacer lo necesario. Así dicho parece muy fácil, pero no lo es en absoluto.
Conocerse uno mismo, tomar decisiones para crear una vida en la que nuestras necesidades físicas, emocionales y sociales estén cubiertas, y tener la determinación de trabajar cada día para mantener esa vida, ese estado de satisfacción, no es fácil ni estático. Ese conocimiento y esa creación han sido una gestación, y la vida resultante, un parto.
Pero la vida es cambiante: cada día es una nueva aventura, un nuevo desafío. Sentirse satisfecho todos los días conlleva saber adaptarse, realizar los cambios necesarios y actuar. Crecer. O, como mínimo, ser tierra fértil y fecunda donde puedan germinar nuevas ideas, vivas y animadas.
¿No es una fantasía de palabra?
A veces me siento estúpida (en su significado actual de "tonta", y en el original de "estupefacta") escribiendo estas cosas, como si supiese de lo que estoy hablando, cuando ni siquiera sé el tipo de vida que quiero tener. Pero estoy viva. Y soy capaz de sentir alegría. Y de crecer. Puede que mi satisfacción esté lejos, pero al menos sé que es posible.
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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!