miércoles, 13 de julio de 2022

Ella bailaba descalza

Ella vivía en un piso precioso con dos balcones que daban a la plaza Trinidad. Era pequeño, pero para ella era un palacio. Su palacio. 

La cocina era vieja y enana, y no tenía horno. Pero se preparó unas croquetas estupendas en ella, y sofrito de arroz para varios días. Le encantaba hacerse café, el ruido de la cafetera al abrirla, llenarla de agua y al subir el café a borbotones. Tenía solo cuatro o cinco tazas; para ella sola, no necesitaba más. Y dependiendo de su humor elegía una u otra. Se llevaba el café al balcón y cotilleaba mientras lo sorbía.

El cuarto de baño era un desastre. La bañera era demasiado pequeña para bañarse y tenía una gotera encima del lavabo que jamás consiguió que le arreglaran. Pero se puso muy guapa ante el espejo, casi todas las mañanas. Le encantaba limpiar el baño y el olor a lejía y a limpieza. 

El dormitorio era su santuario. Tenía todo el maquillaje y los cosméticos en unos estantes empotrados junto al espejo, perfectamente dispuesto para hacer magia. Y la cama era enorme y cómoda, y en ella se sentía más a salvo que en ningún otro lugar del mundo. 

Además, vivía cerquísima del trabajo.

La adoraban en la oficina. Era una oficina pequeña, donde todos se llevaban genial y eran familia. Su jefa compraba dulces para celebrar cualquier acontecimiento, su compañero le dejaba panfletos de los Testigos de Jehová como broma interna. Y los estudiantes la querían mucho; sabían que en ella tenían lo más parecido a una madre que iban a encontrar tan lejos de casa. 

Por las tardes, paseaba mucho. A su ciudad no le faltaban lugares para escuchar música, pasear, tomar un café y desconectar. Su preferido era el paseo de los Tristes, pero también frecuentaba mucho los Basilios. 

Y dos veces a la semana iba a danza del vientre. Se quitaba las zapatillas, se ataba el pañuelo a la cadera y empezaba a bailar. Cuando pataleaba en el suelo, sentía la energía de la tierra subir a través de sus pies, llenándola y nutriéndola. Y cuando movía las caderas y el ombligo, se sentía la mujer más poderosa de la tierra.

Participaba en clubes de lectura, incluso llegó a fundar uno. A veces quedaba para cenar con los pocos amigos que le quedaban ahí. Y estaba sola, muy sola. Y a veces no lo podía soportar. 

Pero se iba a la cama con la certeza de estar haciendo las cosas lo mejor posible, segura de sí misma, fuerte. 

Murió el 13 de marzo de 2020. Y la echo de menos. 

En otro universo sigue ahí, comprando pasteles a Nicolás los domingos, enamorándose de todos los árboles y rincones de su ciudad y bailando descalza en el salón.

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