Esta entrada va a ser un poco distinta, una mezcla entre un homenaje al stream of consciousness de Virginia Woolf* y un experimento mental. Pero para eso tengo que empezar por el principio, que no es más que cualquier parte que decida contar primero.
Esta tarde he tomado café con Jung. Jung es mi cuarta esposa, psicoanalista y probablemente la persona que más me conoce en este mundo. Llevábamos desde antes de mi operación sin vernos, por lo que hemos aprovechado para ponernos al día. Su vida, la mía y lo mucho que nos echamos de menos con una botella de Duque de Nardos, un bol de palomitas y una peli. Porque ver pelis sola mola, pero verlas con Jung es mejor.
El tiempo con Jung siempre se queda corto, así que volviendo a casa me he entristecido un poco. En parte por echarla de menos, en parte por el calor y en parte porque me apetecía tarta San Marcos. Pero sin la ausencia, no querría tanto a Jung. Sin el calor, no apreciaría el invierno (y viceversa). Y si tomara tarta San Marcos a diario, dejaría de ser especial. Aristóteles tenía razón al decir que en el término medio está la virtud, pero se explicó muy mal. Más bien, el término medio es necesario para vivir con todas las letras. Para no cansarse, para no ser esclavo de las novedades. Que el placer sea efímero aumenta su disfrute; una puesta de sol perpetua al cabo de un día resultaría aburrida e innecesaria.
Pero saber todo esto no me ha hecho más breve la tristeza.
El tema de hoy es el poder de la música, y me aburre. Me aburre por cliché, porque no creo que pueda aportar nada nuevo a la conversación. Todos sabemos, de forma intuitiva, que la música es una máquina del tiempo, que guarda recuerdos muy vívidos y que puede cambiar nuestro estado de ánimo. Puedo escribirlo más bonito y barroco, pero ese es el mensaje.
En busca de inspiración, me he puesto música en Spotify; concretamente, la lista Parte de mi universo. La creé a finales de 2019 para el primer chico con el que me acosté, el Holandés, cuando quería que fuese algo más y me conociese a través de mis canciones. Desde entonces, he añadido bastantes canciones más, cada una con su historia.
Pensé que quizá alguna sería lo bastante poderosa para inspirarme una historia, y en parte así es: podría escribir largo y tendido sobre lo especial que es la que está sonando ahora, Molitva, la de veces que se la he cantado a bebés para dormir, y lo mucho que me gusta el idioma serbio. Pero me quedaría corta. Trágicamente, hay cosas que no se pueden describir con palabras: hay que sentirlas.
Y doblemente trágico me parece, aunque también hermoso, no poder transmitirle a nadie exactamente lo que siento cuando escucho mis canciones. Por una parte, es una parte de mí que jamás podré compartir. Por otra parte, esas sensaciones son solo mías: nadie, por muchas cosas que pasen, podrá quitármelas jamás.
Pero hay que tener cuidado para no "grabar" recuerdos encima de canciones que ya nos gustan, no sea que se nos estropee la canción para siempre. Aunque a menudo, si son recuerdos asociados con una persona, es esa misma persona quien nos fastidia la canción. Dance monkey es el ejemplo más claro que se me ocurre: era la canción del Holandés. Me encantó hasta que me rompió el corazón y desde entonces no puedo escucharla.
Llevo ya un ratito escribiendo todo esto y escuchando mis canciones, y me siento estupendamente. Es maravilloso: mis canciones me contienen. Contienen piezas de mi puzzle, versiones de mí, que me gustan, con las que me identifico, y que me sanan. Sin ser un pensamiento especialmente rompedor ni novedoso, creo que esto es todo lo que tengo que aportar a este tema. Vivir en el pasado es peligroso, salvo si lo haces con música: el viaje dura poco y siempre te llevas un buen souvenir.
*ella, flipándose un rato
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