jueves, 6 de julio de 2023

La colcha todavía no ha aparecido

Y en el fondo se lo agradezco, porque me ha servido de excusa legítima para no escribir. Pero escribir me hace bien, incluso cuando me cuesta. Y no escribir me hace mal, aunque a veces crea que me lo pide el cuerpo. Es mentira. El cuerpo, mi cuerpo, pide muchas cosas. Casi todas relacionadas con el tiempo. La parte de mí que me pide no escribir es claramente la autodestructiva.

Será porque aún vivimos de alquiler, o porque el piso no recibe ni un rayo de sol a lo largo del día, o porque todavía no tengo plantas, pero siento que no termino de aterrizar. Que no termino de instalarme. A lo mejor es como cuando te pruebas una prenda porque te gusta, pero necesitas una talla más. Y sí, ciertamente nos faltan metros cuadrados y orientación este o sur. 

El problema de caer en la trampa del en cuanto es que no tiene fin. ¿Cuándo será un buen momento? ¿Para escribir, vivir, respirar? Nunca. Nadie me lo va a dar. Nadie va a venir a mi casa con un montón de fotos y un par de contratos bajo el brazo a decirme: Mira, esta casa es para vosotros. Tiene lo que necesitáis para estar cómodos a un precio razonable. Y como estamos que lo tiramos, también os regalamos ocho horas más cada día, a ver si así dormís un poco, desgraciados. Hala, a hacer todo lo que queréis, ya no tenéis excusas. 

¿Seguro... ?

El tiempo se saca, no se tiene. Es lo que vengo a decir. 

Me lo han recordado Marco Aurelio, Séneca y mi hermana Talía. Ella es la nota discordante en la enumeración, no tiene nada en común con los estoicos salvo quizá su amor por el teatro. Pero da igual. Llevaba semanas, si no meses, picándome en los dedos las ganas de exponer de forma ególatra y sin que nadie me lo pida las cosas que me están pasando aquí. Y llevaba todo ese tiempo ignorando mis deseos, hasta que he encontrado el sitio perfecto. 

No un piso, no. Todavía no. Una cafetería. Cerquísima de casa, la cual me repelía por su color verde marihuana y me atraía por el nombre, tan cutre que me gusta: Dancing Coffee Shop.

Nombre y colores aparte, tienen aire acondicionado, mesas cómodas con enchufes, buen café y unos molletes que me entran ganas de hacerles la ola. 

Y buenos camareros. Porque el producto puede ser bueno, pero la gente le da alma a los sitios. Ella se aprendió mi comanda de café a los dos días. Él me mira cómplice, cuando no hace algún comentario, cada vez que mi mesa está ocupada. Mi mesa, por cierto, es la que está pegada al escaparate, a la izquierda, la de cuatro personas. No me la quitéis. 

Vuelvo, supongo. Pero no este fin de semana, que me voy a Málaga. Qué falta me hace... 


2 comentarios:

  1. Me alegro de que hayas vuelto por aquí.
    Nunca, nada ni nadie, va a poner las cosas fáciles para escribir. Probablemente uno de nuestros más grandes obstáculos seamos nosotras mismas. Seguro que hasta está probado científicamente. :)
    Lo que me da pena es leer que no te hayas en el piso. Espero que la cosa mejore.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Totalmente. Al final, no es que querer sea poder: querer es hacerlo. Se dice más fácilmente que se hace... Poco a poco.

    Lo del piso es complicado, buscar para uno es más fácil. Pero todo se andará. Y la cafetería ayuda mucho.

    Gracias por seguir leyéndome :) Te lo digo muy poco, pero me hace mucha ilusión. Un abrazo.

    ResponderEliminar

Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!