jueves, 13 de abril de 2017

De mis relatos: "Las cinco puñaladas"

"A través del agua de la ducha, le llega el tono de llamada. Se dice que no será importante, pero por si acaso, apaga el grifo. El mensaje en el contestador no se hace esperar: "Adela, soy yo. ¿Cómo estás? Estoy en la ciudad este fin de semana. ¿Estás libre esta noche? Llámame."

Hace cálculos mentales: son las siete y media. Todavía no ha cenado y no piensa cenar con él. Jamás cenaría con él, ni con nadie. Ha comido mucho, no necesita cenar. Puede citarlo a las nueve, eso le dejaría una hora y media para arreglarse. Menos mal que recogió el vestido negro de la tintorería; de lo contrario, tendría que ponerse el rojo, demasiado provocativo. Y Adela quiere provocarle, pero no quiere ser obvia. Ser obvia, jamás.

"Pero sabrá que no he cenado. Y es demasiado pronto, parecerá que estoy muy ansiosa por verlo. Más tarde mejor". Sale de la ducha y le responde con un mensaje de texto. Sabe que él lo odia y por eso lo hace. "A las 11 en Los Jerónimos. Reserve mesa, Señoría".

Tiene tres horas y media para estar divina. U ofrecer la mejor versión de sí misma, que es a lo máximo a lo que puede aspirar. La depilación láser le ha ahorrado muchísimo tiempo y ya tiene el vestido, así que puede permitirse el lujo de juzgarse duramente delante del espejo. De abajo arriba, siempre de abajo arriba. Las piernas están bien... se da un suave azote y sonríe con picardía. Sonrisa que desaparece al llegar al rebelde neumático que se niega a abandonar su abdomen. Hace una mueca y se ajusta el sujetador. Más arriba. Necesita lencería nueva, ese conjunto ha perdido su magia.

La cara está bien. La edad ha escrito sus primeras líneas de expresión. De ira y tristeza en el entrecejo, de alegría en la comisura de los labios y en los ojos, estás últimas más tenues. Suspiro. Comienza a preparar el pastel, como llama ella al largo ritual de belleza al que se somete todas las mañanas y todas las noches. Tras aplicar las tres capas de crema, llega al maquillaje.

Y a la guinda del pastel: el pintalabios, su pintura de guerra. Podría escribir artículos enteros sobre su relación con el pintalabios. Chanel 160, Euphoria. Un tono rojo con matices dorados. Un rojo de mujer adulta, elegante y segura de sí misma. Sus aspiraciones, en una barra de labios. Sonríe frente al espejo y, con sumo cuidado, delinea su boca. No intenta corregir la asimetría; le encantan sus labios. Y más con ese color.

Perfume, joyas: ha terminado. Aún son las diez y veinte. Por un segundo se plantea la posibilidad de llegar temprano, pero la descarta de inmediato. Llegará tarde, al menos cinco minutos. Porque llegar más tarde sería descortés y hacerle perder el tiempo. Jamás caería tan bajo. Recoge el cuarto de baño y el maquillaje; sigue siendo demasiado temprano. "Qué demonios..."

Primero pone música. Sinatra, desde luego. Luego abre el congelador y, tras apartar las fiambreras con su almuerzo para toda la semana, por fin encuentra lo que busca. Todavía le queda más de media botella de Belvedere, ella siempre ha bebido con mesura. Pero está nerviosa. Se sirve un chupito generoso y levanta el vaso. "Na zdrowie!", grita, casi escupe al aire antes de apurar el vaso de un trago. Se sirve otro. Pero esta vez no se lo bebe, lo deja sobre la encimera.

Se levanta y se pone a bailar con una pareja imaginaria. No con él. Él no sabe bailar.

El segundo chupito lo saborea y lo disfruta, ya está de buen humor, ya no tiene miedo. Apaga la música, guarda la botella en el congelador y sale de casa.

Llega solo dos minutos tarde, pero cumple su propósito: él ya la está esperando. Se inclina para darle dos besos, pero ella lo abraza. Por la amistad de años, por el amor no confesado, porque pese a todo el dolor y todos los desengaños, ella sigue siendo una persona cariñosa. Pide un mai tai, él un zumo de manzana.

-Sigues sin beber...

-Soy juez y estoy en público. Además, sabes que no me gusta.

-Lo sé -y desde ese momento bebe en silencio, culpable. Él lo nota.

-Estás... Te veo bien.

Esas palabras duelen como un puñal. No ha dicho que está guapa. Porque no lo cree.

-Gracias. ¿Cómo te va por Madrid?

-Bien, bueno. Nada especial. Trabajo, ya sabes. Por fin me he mudado, ya te enseñaré el piso cuando vengas. A propósito, ¿tienes alguna firma programada en la feria del libro?

Segunda puñalada. No hay libro, no desde hace un año. Hay artículos, una humilde columna con la que se gana la vida en la ciudad que ambos aman. Y por supuesto, no hay firma.

-Ya te diré algo, mi agente todavía no me ha dicho nada. Pero serás el primero en saberlo.

-Más te vale -bebe un trago de zumo-. Me encanta este sitio. ¿Sabes? Precisamente ayer hablé con Raquel. Le dije que iba a venir y que seguramente te vería. Dijo que teníamos que tomar algo aquí. Como en los viejos tiempos... Nada ha cambiado.

Tercera puñalada.

-No mucho, no. ¿Cómo está? ¿Sigue quejándose del tiempo?

-Sí, ya la conoces. La única persona del mundo que se quejaría del clima de Malta. Está bien. Y el sol le ha sentado fenomenal, está guapísima. A ver, siempre lo ha sido, pero ahora está preciosa. Y eso que solo la vi por Skype... -bebe otro trago-. De hecho, eso me preocupa. Vuelvo a sentir cosas.

Asiente. Bebe de un trago su mai tai y pide otro, lo va a necesitar.

-Eso no es malo -consigue decir en un susurro-. Al contrario. Siempre la has querido, lo sabes.

Y ella ya debería saberlo.

-Ya, pero está casada. ¿Cómo puedo ser así? Yo no hago esas cosas.

Ella sonríe sarcástica.

-¿El qué, enamorarte? Señoría, lamento sacarle de su burbuja lógica y analítica, pero nadie puede escapar de eso. Ni siquiera tú.

-Adela -dice su nombre despacio-, ¿qué puedo hacer? -cuarta puñalada.

Se odiará por esto. Se odiará por la alternativa. Se odiará, en cualquier caso. Pero eso tendrá que esperar, porque ahora debe responder. Cierra los ojos para que las lágrimas no salgan. Anestesia con alcohol la herida.

-No estás haciendo nada malo. Acepta que la quieres, no intentes bloquearlo. Deja que fluya. Dejar que afecte a tu comportamiento o no, depende de ti. Pero no te niegues tus emociones. Y no hay ninguna prisa, así que concédete el tiempo que necesites. Sé paciente y amable contigo mismo. Al final, las cosas encontrarán su sitio. No te preocupes.

Ahora es él quien contiene una lágrima. Sonríe y le coge la mano. La besa.

-Gracias. Eres un encanto.

Quinta puñalada.

-Es tarde, tengo que irme -saca su cartera y deposita un par de billetes en la mesa-. Me ha encantado volver a verte.

-¿Cómo? ¿Tan rápido? -intenta volver a cogerle la mano, pero ella ya está a kilómetros de ahí-. Deja que te invite al menos, mujer.

-Sí, tengo que entregar un artículo mañana a primera hora. Y por no perder la costumbre, todavía no he empezado. Ya me invitarás a la próxima.

Se acerca a él y le da un único beso en la mejilla. Escucha un "Hasta luego" desde el otro lado del bar. En el ascensor, a salvo, empieza a llorar. Y termina al salir.

No enciende la luz, no lo necesita. Se quita los tacones, deja las joyas en la mesa del recibidor. El bolso, en el suelo. Apaga el móvil. Y vuelve de nuevo a por el Belvedere. De pie ante el equipo de música, titubea. ¿Todo está perdido?

Y una mierda."

2 comentarios:

Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!