jueves, 27 de abril de 2017

De mis relatos: Agua



El cielo era tan gris que dolía mirarlo, las nubes se cernían sobre la calle y una neblina gris de contaminación invadía la ciudad. No podía respirar, aunque lo intentaba con ganas. Despedida. Cada una de las letras de la palabra se reía de ella, la juzgaba, la incapacitaba. Incapaz, otra palabra asfixiante. De mantenerse a sí misma, de trabajar, de vivir. 

¿Qué sería de ella? No solo era un trabajo; se había convertido en su religión. Aquello que llenaba de vida sus días, a través de lo cual le hallaba sentido al universo, una fuerza que la nutría y que le invitaba a seguir. Se había quedado privada de alegría. Muerta. Yerma. Estéril, como la árida arena del desierto. Un pozo seco sin agua. Una mujer quebradiza, frágil. 

Y cayó una gota.

Pero ella no se dio cuenta. Tampoco cuando cayó la segunda, ni la tercera. 

La lluvia reclamó por fin su atención, chispeante al principio, vibrante después. El agua la sacó de su letargo y su cuerpo, como una planta sedienta, se abrió de la cabeza a los pies -desde las hojas hasta las raíces- para recibirla. 

Estaba incómoda; se quitó los zapatos. El suelo mojado bajo sus pies le pareció refrescante y necesario. Sus pulmones se abrieron exigiendo más oxígeno, pero la camiseta le molestaba y se la quitó también. Empezó a atraer miradas, pero ella permanecía ajena a todas ellas. Algo más fuerte había tomado posesión de su cuerpo. Cerró los ojos y sonrió mientras la lluvia empapaba su cara. Sin darse cuenta, se había quitado el resto de la ropa. 

Empezó a correr. Salvaje. Libre. Fuerte. Con los brazos abiertos y los ojos cerrados, con la cabeza hacia el cielo, absorbiendo la lluvia con cada poro de su piel. 

Al llegar a un jardín abrió los ojos y se detuvo. El barro se le metía por los dedos de los pies y la energía que emanaba de la Tierra vibraba a través de sus piernas, su cuerpo, su pecho, su cabeza. La lluvia seguía cayendo cada vez con más intensidad y pronto se quedó ella sola en el jardín; a nadie le importaba lo que hacía. Solo que, por primera vez en su vida, había dejado de hacer. Es más, no deseaba hacer absolutamente nada. Solo deseaba ser. Ser, lo que fuera. Ser, en definitiva, ella misma.

Su pelo se fue disolviendo en una cortina de agua, por sus piernas comenzó a brotar un manantial. Sonrió porque estaba viva y porque nada necesitaba tener sentido. Ya no. 

Porque era Agua.

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No es gran cosa y no estoy muy satisfecha con este relato... En mi cabeza sonaba mejor. Pero esa ilustración había que enseñarla :). Si os gusta, seguid a Miriam en Facebook y en Instagram.

2 comentarios:

  1. Sé que es lugar común, pero lo importante es escribir, aunque el resultado no nos guste. A mí me pasa lo mismo con lo que publico en el blog, pero si lo pensara demasiada no cogería el lápiz o no me pondría al teclado por miedo a la basura.

    A mí en cambio tu relato me ha parecido muy bonito, con esa idea de libertad que deberíamos tener más a menudo sin necesidad de que nos despidan o de que un giro importante cambie nuestras vidas.
    Un abrazo.

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    1. ¡Hola! Perdona por el retraso y muchas gracias por tu comentario. Me alegro de que te haya gustado el relato; en realidad el relato va de otra cosa, pero como este blog lo lee también mi familia, inevitablemente a veces autocensuro ciertos temas. Puede que algún día lo vuelva a escribir exactamente como quería. ¡Un abrazo!

      Cristina

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!