sábado, 29 de abril de 2017

De los flechazos que se cierran y las carreteras que se abren

El último tío del que me he pillado tiene novia. O amiga. O hembra. O alien, no lo sé, pero tiene a alguien. Si la mujer más segura de sí misma y autosuficiente del mundo lee este mi pequeño blog, le invito cordialmente a participar en los comentarios a ver si tiene narices de mentir descaradamente y decirme que no jode cuando te pasa eso y que no tiene importancia. No hay ovarios, señora. 

Jode, y duele de la misma manera en que duele perder a alguien, sea de la forma que sea. No solo pierdes el pasado compartido (a veces ni eso), sino el futuro: los recuerdos que pensabas crear con alguien. Tu madre, tu mejor amigo, tu profesora de secundaria, tu perro. Y tu flechazo. Por suerte, en este caso no es ninguna tragedia; más bien es el equivalente físico a cortarse con una hoja de papel: escuece muchísimo al principio y parece mentira que algo tan insignificante haga tanto daño, pero en el gran esquema de las cosas, no tiene importancia. Al cabo de un par de días el dedo está como nuevo. Y yo también. 

De todas formas, llevo un par de meses un poco raros. Desde que vino N. a verme, parece que soy incapaz de mantener el control sobre mi vida. La echo de menos, y a M., y a D. y al Doctor. Y a Granada, maldita sea. 

Estaba sacando dinero del cajero esta tarde cuando me ha invadido la duda: ¿añoro realmente las ciudades o deseo huir? Una parte de mí quiere que vuelva a hacer las maletas, que me vuelva a meter en un avión con los ojos cerrados y que confíe, a ver qué pasa. Convincente, ¿eh? Pero cuando me pregunto por qué quiero hacer eso, casi escucho una voz infantil susurrar en mi cabeza: "Ya no me gusto aquí".

Me pasó en Granada en 2013, cuando estaba hasta las narices del piso (y la gente, y yo). Me pasó en Alemania en 2015, cuando aborrecía los institutos  (y la gente, y yo). Me pasó en Polonia, en 2016, cuando me dolía la soledad (y la gente, y yo). Y está pasando ahora. 

Ya profundizaré en este tema, primero tengo que hablarlo con mi diario. Además, los momentos de subidón y de bajón son terribles para hacer promesas y tomar decisiones. Tampoco estoy enferma terminal ni mi vida peligra, así que puedo concederme el tiempo que necesite. Citando a otro M. (al que también echo de menos), la vida es más larga de lo que parece. Hay tiempo para todo. 

Así que vamos a mirar a las carreteras que se abren. Concretamente la A7, dirección Málaga, adonde me voy este fin de semana con la familia. Por la más feliz de las ocasiones: bodorrio. Mi primo se casa. 

Me encantan las bodas y hace mil años que no voy a una, así que me apetece mucho. La fiesta, el vestido, el bailoteo, la tarta, todo es genial. Pero lo que más me gusta es el significado que tiene. En un mundo lleno de dolor y barbaridad, es hermoso que todavía haya gente con el valor suficiente para decirse que se quieren muchísimo y que quieren quererse para siempre. Soy una romántica, qué le vamos a hacer, dejadme en paz. 

Fiel a mi costumbre, no voy a dormir mucho: me levanto en tres horas y media. Pero ya recuperaré en el coche. Este viaje me vendrá bien como paréntesis, para despejarme y soltarme la melena un poco. La semana que viene se presenta llena de cosas que hacer y la siguiente Eurovision. Abril no ha sido un gran mes, la verdad. Veremos qué nos trae mayo. :)

jueves, 27 de abril de 2017

De mis relatos: Agua



El cielo era tan gris que dolía mirarlo, las nubes se cernían sobre la calle y una neblina gris de contaminación invadía la ciudad. No podía respirar, aunque lo intentaba con ganas. Despedida. Cada una de las letras de la palabra se reía de ella, la juzgaba, la incapacitaba. Incapaz, otra palabra asfixiante. De mantenerse a sí misma, de trabajar, de vivir. 

¿Qué sería de ella? No solo era un trabajo; se había convertido en su religión. Aquello que llenaba de vida sus días, a través de lo cual le hallaba sentido al universo, una fuerza que la nutría y que le invitaba a seguir. Se había quedado privada de alegría. Muerta. Yerma. Estéril, como la árida arena del desierto. Un pozo seco sin agua. Una mujer quebradiza, frágil. 

Y cayó una gota.

Pero ella no se dio cuenta. Tampoco cuando cayó la segunda, ni la tercera. 

La lluvia reclamó por fin su atención, chispeante al principio, vibrante después. El agua la sacó de su letargo y su cuerpo, como una planta sedienta, se abrió de la cabeza a los pies -desde las hojas hasta las raíces- para recibirla. 

Estaba incómoda; se quitó los zapatos. El suelo mojado bajo sus pies le pareció refrescante y necesario. Sus pulmones se abrieron exigiendo más oxígeno, pero la camiseta le molestaba y se la quitó también. Empezó a atraer miradas, pero ella permanecía ajena a todas ellas. Algo más fuerte había tomado posesión de su cuerpo. Cerró los ojos y sonrió mientras la lluvia empapaba su cara. Sin darse cuenta, se había quitado el resto de la ropa. 

Empezó a correr. Salvaje. Libre. Fuerte. Con los brazos abiertos y los ojos cerrados, con la cabeza hacia el cielo, absorbiendo la lluvia con cada poro de su piel. 

Al llegar a un jardín abrió los ojos y se detuvo. El barro se le metía por los dedos de los pies y la energía que emanaba de la Tierra vibraba a través de sus piernas, su cuerpo, su pecho, su cabeza. La lluvia seguía cayendo cada vez con más intensidad y pronto se quedó ella sola en el jardín; a nadie le importaba lo que hacía. Solo que, por primera vez en su vida, había dejado de hacer. Es más, no deseaba hacer absolutamente nada. Solo deseaba ser. Ser, lo que fuera. Ser, en definitiva, ella misma.

Su pelo se fue disolviendo en una cortina de agua, por sus piernas comenzó a brotar un manantial. Sonrió porque estaba viva y porque nada necesitaba tener sentido. Ya no. 

Porque era Agua.

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No es gran cosa y no estoy muy satisfecha con este relato... En mi cabeza sonaba mejor. Pero esa ilustración había que enseñarla :). Si os gusta, seguid a Miriam en Facebook y en Instagram.

jueves, 13 de abril de 2017

De mis relatos: "Las cinco puñaladas"

"A través del agua de la ducha, le llega el tono de llamada. Se dice que no será importante, pero por si acaso, apaga el grifo. El mensaje en el contestador no se hace esperar: "Adela, soy yo. ¿Cómo estás? Estoy en la ciudad este fin de semana. ¿Estás libre esta noche? Llámame."

Hace cálculos mentales: son las siete y media. Todavía no ha cenado y no piensa cenar con él. Jamás cenaría con él, ni con nadie. Ha comido mucho, no necesita cenar. Puede citarlo a las nueve, eso le dejaría una hora y media para arreglarse. Menos mal que recogió el vestido negro de la tintorería; de lo contrario, tendría que ponerse el rojo, demasiado provocativo. Y Adela quiere provocarle, pero no quiere ser obvia. Ser obvia, jamás.

"Pero sabrá que no he cenado. Y es demasiado pronto, parecerá que estoy muy ansiosa por verlo. Más tarde mejor". Sale de la ducha y le responde con un mensaje de texto. Sabe que él lo odia y por eso lo hace. "A las 11 en Los Jerónimos. Reserve mesa, Señoría".

Tiene tres horas y media para estar divina. U ofrecer la mejor versión de sí misma, que es a lo máximo a lo que puede aspirar. La depilación láser le ha ahorrado muchísimo tiempo y ya tiene el vestido, así que puede permitirse el lujo de juzgarse duramente delante del espejo. De abajo arriba, siempre de abajo arriba. Las piernas están bien... se da un suave azote y sonríe con picardía. Sonrisa que desaparece al llegar al rebelde neumático que se niega a abandonar su abdomen. Hace una mueca y se ajusta el sujetador. Más arriba. Necesita lencería nueva, ese conjunto ha perdido su magia.

La cara está bien. La edad ha escrito sus primeras líneas de expresión. De ira y tristeza en el entrecejo, de alegría en la comisura de los labios y en los ojos, estás últimas más tenues. Suspiro. Comienza a preparar el pastel, como llama ella al largo ritual de belleza al que se somete todas las mañanas y todas las noches. Tras aplicar las tres capas de crema, llega al maquillaje.

Y a la guinda del pastel: el pintalabios, su pintura de guerra. Podría escribir artículos enteros sobre su relación con el pintalabios. Chanel 160, Euphoria. Un tono rojo con matices dorados. Un rojo de mujer adulta, elegante y segura de sí misma. Sus aspiraciones, en una barra de labios. Sonríe frente al espejo y, con sumo cuidado, delinea su boca. No intenta corregir la asimetría; le encantan sus labios. Y más con ese color.

Perfume, joyas: ha terminado. Aún son las diez y veinte. Por un segundo se plantea la posibilidad de llegar temprano, pero la descarta de inmediato. Llegará tarde, al menos cinco minutos. Porque llegar más tarde sería descortés y hacerle perder el tiempo. Jamás caería tan bajo. Recoge el cuarto de baño y el maquillaje; sigue siendo demasiado temprano. "Qué demonios..."

Primero pone música. Sinatra, desde luego. Luego abre el congelador y, tras apartar las fiambreras con su almuerzo para toda la semana, por fin encuentra lo que busca. Todavía le queda más de media botella de Belvedere, ella siempre ha bebido con mesura. Pero está nerviosa. Se sirve un chupito generoso y levanta el vaso. "Na zdrowie!", grita, casi escupe al aire antes de apurar el vaso de un trago. Se sirve otro. Pero esta vez no se lo bebe, lo deja sobre la encimera.

Se levanta y se pone a bailar con una pareja imaginaria. No con él. Él no sabe bailar.

El segundo chupito lo saborea y lo disfruta, ya está de buen humor, ya no tiene miedo. Apaga la música, guarda la botella en el congelador y sale de casa.

Llega solo dos minutos tarde, pero cumple su propósito: él ya la está esperando. Se inclina para darle dos besos, pero ella lo abraza. Por la amistad de años, por el amor no confesado, porque pese a todo el dolor y todos los desengaños, ella sigue siendo una persona cariñosa. Pide un mai tai, él un zumo de manzana.

-Sigues sin beber...

-Soy juez y estoy en público. Además, sabes que no me gusta.

-Lo sé -y desde ese momento bebe en silencio, culpable. Él lo nota.

-Estás... Te veo bien.

Esas palabras duelen como un puñal. No ha dicho que está guapa. Porque no lo cree.

-Gracias. ¿Cómo te va por Madrid?

-Bien, bueno. Nada especial. Trabajo, ya sabes. Por fin me he mudado, ya te enseñaré el piso cuando vengas. A propósito, ¿tienes alguna firma programada en la feria del libro?

Segunda puñalada. No hay libro, no desde hace un año. Hay artículos, una humilde columna con la que se gana la vida en la ciudad que ambos aman. Y por supuesto, no hay firma.

-Ya te diré algo, mi agente todavía no me ha dicho nada. Pero serás el primero en saberlo.

-Más te vale -bebe un trago de zumo-. Me encanta este sitio. ¿Sabes? Precisamente ayer hablé con Raquel. Le dije que iba a venir y que seguramente te vería. Dijo que teníamos que tomar algo aquí. Como en los viejos tiempos... Nada ha cambiado.

Tercera puñalada.

-No mucho, no. ¿Cómo está? ¿Sigue quejándose del tiempo?

-Sí, ya la conoces. La única persona del mundo que se quejaría del clima de Malta. Está bien. Y el sol le ha sentado fenomenal, está guapísima. A ver, siempre lo ha sido, pero ahora está preciosa. Y eso que solo la vi por Skype... -bebe otro trago-. De hecho, eso me preocupa. Vuelvo a sentir cosas.

Asiente. Bebe de un trago su mai tai y pide otro, lo va a necesitar.

-Eso no es malo -consigue decir en un susurro-. Al contrario. Siempre la has querido, lo sabes.

Y ella ya debería saberlo.

-Ya, pero está casada. ¿Cómo puedo ser así? Yo no hago esas cosas.

Ella sonríe sarcástica.

-¿El qué, enamorarte? Señoría, lamento sacarle de su burbuja lógica y analítica, pero nadie puede escapar de eso. Ni siquiera tú.

-Adela -dice su nombre despacio-, ¿qué puedo hacer? -cuarta puñalada.

Se odiará por esto. Se odiará por la alternativa. Se odiará, en cualquier caso. Pero eso tendrá que esperar, porque ahora debe responder. Cierra los ojos para que las lágrimas no salgan. Anestesia con alcohol la herida.

-No estás haciendo nada malo. Acepta que la quieres, no intentes bloquearlo. Deja que fluya. Dejar que afecte a tu comportamiento o no, depende de ti. Pero no te niegues tus emociones. Y no hay ninguna prisa, así que concédete el tiempo que necesites. Sé paciente y amable contigo mismo. Al final, las cosas encontrarán su sitio. No te preocupes.

Ahora es él quien contiene una lágrima. Sonríe y le coge la mano. La besa.

-Gracias. Eres un encanto.

Quinta puñalada.

-Es tarde, tengo que irme -saca su cartera y deposita un par de billetes en la mesa-. Me ha encantado volver a verte.

-¿Cómo? ¿Tan rápido? -intenta volver a cogerle la mano, pero ella ya está a kilómetros de ahí-. Deja que te invite al menos, mujer.

-Sí, tengo que entregar un artículo mañana a primera hora. Y por no perder la costumbre, todavía no he empezado. Ya me invitarás a la próxima.

Se acerca a él y le da un único beso en la mejilla. Escucha un "Hasta luego" desde el otro lado del bar. En el ascensor, a salvo, empieza a llorar. Y termina al salir.

No enciende la luz, no lo necesita. Se quita los tacones, deja las joyas en la mesa del recibidor. El bolso, en el suelo. Apaga el móvil. Y vuelve de nuevo a por el Belvedere. De pie ante el equipo de música, titubea. ¿Todo está perdido?

Y una mierda."

martes, 4 de abril de 2017

De mis películas V: "El mundo de Leland" (The United States of Leland)

Parece que fue ayer cuando empezó 2017 y ya hemos superado la cuarta parte. Alucinante. Mejor no me pongo a divagar sobre lo rápido que pasa el tiempo, que acabaré deprimiendo a alguien. Mejor hablar de una película, sí. Una alegre... El mundo de Leland, por ejemplo. 

Cáptese el sarcasmo de la última frase: no es una película alegre. En absoluto. Es más, es la antítesis de la alegría. Eso sí, es una película muy buena. 

Corría el año 2005 y yo me fui a Murcia a visitar a una amiga. Cuando nos cansábamos de pasear y de hablar, nos poníamos a ver películas. Por suerte, M. tiene un gusto maravilloso para el cine. Fue el verano de ver Desayuno con diamantes y Vacaciones en Roma (porque Audrey Hepburn es genial y punto). Y también fue el verano de El mundo de Leland

Esta película va de un chaval de quince años al que acusan de matar a un niño con deficiencia mental. Obviamente, lo meten en prisión mientras esperan a celebrar el juicio y como es menor, tiene que ir a clase. Ahí, empieza a escribir su historia en un cuaderno y el profesor le anima a continuar. Y hasta aquí puedo leer. 

A ver, ¿por dónde empezamos? Ryan Gosling lo hace de maravilla, pero... ¡¡esperad, por favor!! ¡Que la película es buena de verdad! ¡Ryan no tiene nada que ver en esto, me enamoré de él años después! ¡Volved, maldita sea! Si además no parece ni él. Como decía, Ryan Gosling interpreta el papel protagonista a la perfección, pero no es el único. Esta es una película de personajes: casi todos tienen una historia que se nos cuenta con pequeños detalles, pinceladas sutiles que les dan una personalidad compleja. Me encanta el personaje de Don Cheadle, y odio que me encante, pero me identifico mucho con él. Michelle Williams y Lena Malone consiguen hacerme empatizar con ellas, cada una a su manera. Pero si a alguien le quedan dudas: Kevin Spacey sale. Y con eso lo digo todo.

Es una película de bajo presupuesto, así que ni la música ni los escenarios son ninguna maravilla. Tampoco lo necesita, no dejan de ser adornos: si el guión es bueno y lo interpretan buenos actores, no hace falta más. El mundo de Leland se basta por sí sola en su sencillez, no necesita aderezos. 

Recomiendo verla un día que se esté de bajón, para tocar fondo a gusto. En días de felicidad suprema, por favor, no seas tan masoquista. Ponte Aladdin y disfruta del momento. Pero a veces apetece sentarse, dejar que le cuenten a uno una historia y pensar. En por qué las cosas sucedieron así, en si los personajes -o nosotros- tenían opción... en muchas cosas. Y en la tristeza, sobre todo en eso.

No apta para quien solo ve comedias y cosas felices que acaban bien, ni para quien se aburre con las historias raras. Pero para quien tenga ganas de ver algo diferente, ya está tardando.