martes, 28 de marzo de 2017

De mis relatos: 6:30 a. m.

"Cuando suena el despertador te quieres morir. Quieres dormir. Quieres quedarte en coma durante un par de horas más. Quieres que alguien detone una bomba nuclear y arrase con todo, pero no quieres levantarte. Y te levantas, con la carencia de sueño grabada en la cara y el pelo como si acabaras de luchar por tu vida en un circo romano. 

A qué mala hora se te ocurrió apuntarte al gimnasio. A otras horas, en otro momento, podrías hacer una lista completa y bien estructurada de todas las buenísimas razones que tienes para no ir, pero el agotamiento te impide recordar ninguna. Es por eso que ni piensas: te pones la ropa, te acuerdas de coger las llaves -eso sí- y sales por la puerta. Y vas. 

Adoras la primavera y no porque haya flores. Te gusta el olor del aire, que te recuerda a los días felices de colegio, a los pocos fragmentos de infancia puros que te quedan. Inspiras la primavera y sientes que algo dentro de ti empieza a florecer. Tal vez sean gases, tal vez te hayas enamorado, qué más da. 

Qué fue de las tarjetas, te preguntas mientras pasas tu dedo por el lector de huellas digitales. Aunque si lo vuelves a pensar, tiene gracia: es como entrar en la CIA. Ni dos minutos más tarde haces máquinas, en un fascinante ejemplo de multitarea: eres capaz de trabajar los pectorales, ver por el rabillo del ojo las noticias y por el otro ser consciente del ridículo que estás haciendo a la vez y aún te sobra algo de campo de visión para mirar disimuladamente el culo bien formado que tienes delante. 

Te pones música de verdad para contrarrestar el estruendo. Algo con ritmo, algo con fuerza. Amaranth, por ejemplo. Cantas a gritos en silencio en un concierto al que solo vas tú. Y en algún momento te aíslas, te vas. No por egocentrismo, sino por necesidad. A veces necesitas esconderte en tu planeta, arrancar tus baobabs, regar tu rosa y regresar. Cuando vuelves no eres mejor ni más feliz, pero mantienes la cordura. Es martes, con eso te basta. 

Todo está en silencio en casa, donde todavía no ha salido el sol. Exprimes los últimos minutos de paz en la ducha, emborrachándote con los jabones y exfoliantes que, lejos de mejorar tu piel, parecen pócimas de alquimista cuando las mezclas, un olor tras otro. Y de ese surrealismo onírico te saca el tacto de la toalla, tangible, real y más áspera de lo que te gustaría. Pero la ropa es amable y cálida. 

Ahora querrías llorar y sabes muy bien por qué. La libertad tiene un parto doloroso y tú apenas acabas de empezar a tener contracciones. Sabes que la felicidad hay que lucharla cada día, batalla a batalla, porque la vida no es una guerra que se pueda ganar. Querrías que las cosas fueran distintas, pero no puedes hacer más. En serio, no puedes. Bebe café, vete a trabajar, sonríe a la recepcionista. Mañana será otro día. Será miércoles. "

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Sí, ya he faltado toda una semana. Me estoy adaptando otra vez. Más que bajón postvacacional, estoy experimentando la agobiante sensación de tener más proyectos que tiempo y energía. Pero ya estoy de vuelta :-).


2 comentarios:

  1. Madre mía qué fuerza de voluntad hay que tener para hacer ejercicio a esa hora. Y dicen que es buenísimo, pero las sábanas se me pegan como si tuvieran pegamento (valga la redundancia). No te atormentes por faltar ;)

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    1. Se debe de tener, sí. Lo de buenísimo... yo no lo termino de ver claro. Buenísimo es el chocolate, leer y dormir. Ah, dormir...

      ¡Sí me atormento, que quería ser formal esta vez, ché! :P A ver, si alguna vez no actualizo, tampoco me voy a fustigar. Pero que no se repita. ^^

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!