viernes, 3 de marzo de 2017

De mi cárcel

La semana pasada, como ya comenté, tuve a mi querida N. en Valencia conmigo. Mis preocupaciones al respecto no eran infundadas: detesto tener visita en casa de mis padres porque entonces no soy yo, la adulta, con mis amigos adultos. Soy una niña en casa de sus adultos padres teniéndose que amoldar y morder la lengua. Da igual que sean estupendos y que todo lo hagan con buena intención: no me gusta sentirme pequeña y además ser consciente de ello. 

Pero lo pasamos bien. He visto más museos de Valencia en una semana que en veintiséis años de vida, he paseado muchísimo y he pasado unos días muy buenos con N. y con la Cristina de N., una parte de mi personalidad que tenía olvidada. Nos hemos perdido capítulos de la vida de cada una y a veces me daba la sensación de que no nos conocíamos realmente. Pero eso es lo hermoso de las buenas amistades: no te enamoras de un rasgo de la personalidad, ni de un comportamiento, ni de piezas separadas que componen el puzzle interminable que es cada persona. Te enamoras de la persona real, sin más. Conectar con alguien así es algo inexplicable y genial, y soy afortunada de tener esa relación con N.

Por desgracia, las visitas no duran eternamente y N. me dejó el miércoles, 1 de marzo, dando comienzo a mi estancia en prisión: condenada a estar encerrada en casa hasta el 16 o el 17. Porque estamos en Fallas. 

"¿Cómo? ¿Eres de Valencia y no te gustan las Fallas?" Que nadie se sorprenda: la gente de Valencia a la que no le gustan las Fallas se puede contar en miles. Razón por la cual los billetes para salir de la ciudad entre el 15 y el 20 son casi tan caros como los billetes para venir aquí. Dicho esto, me cuesta admitirlo, pero allá va: a mí SÍ me gustan las Fallas.

Mucho, además. Son una fiesta preciosa... en su mayor parte. Los monumentos en sí son arte, y en cuanto se desarrolle un material rentable y ecológico para su construcción y posterior quema, no afectarán tanto al medio ambiente. Los trajes de fallera son bonitos. Recargados pero bonitos. La exposición del Ninot me encanta (igual escribo sobre la de este año). Y me encanta la música de banda y los buñuelos de calabaza. Pero, y es un pero importante, me dan pánico los petardos. 

Desde las bombitas hasta los masclets, me da igual: veo a alguien con una mecha y me paralizo, me entran ganas de llorar y me da un ataque de ansiedad. Aunque recientemente he descubierto que si voy sola por la calle, no armo ninguna escena: me asusto, maldigo un poco para mis adentros y sigo a lo mío. Claro, que esto me pasó estando totalmente tranquila y sin esperármelo. Fue algo puntual. 

A lo mejor un día me planteo quitarme la fobia pero este no va a ser el año. Así que he aceptado con resignación mi encarcelamiento. Me dedicaré a escribir, leer y bordar. Vale, a bordar no, pero es que tengo una imagen muy novelesca en mi cabeza cada vez que me imagino encerrada en casa: como si estuviese en una torre muy alta, mirando a lo lejos por la ventana, bordando mi mortaja a la luz de las velas. Solo serán un par de semanas, y ¿quién sabe? Quizá salga. Por las mañanas. En horario de colegio. Hasta las doce y media como muy tarde. 

La semana fallera la pasaré en Barcelona con el Doctor. A ver si entre paseo y paseo me hace una lobotomía y me quita la fobia y la tontería. Aunque no lo veo muy dispuesto a ayudar: dice que si se encuentra una cera en mi cerebro, la dejará donde está. Maldito.

Hasta entonces, disfrutaré de mi autoimpuesta sentencia. En el fondo es como un retiro espiritual, solo tengo que concentrarme y trabajar. Ora et labora, decían los benedictinos. Y durante los próximos días, también yo. 

2 comentarios:

  1. Ey, que bordar no está mal, pero escoge algo mejor que una mortaja :D

    Cómo somos. Cuando estamos a solas o sin nadie conocido al lado mantenemos el tipo aunque por dentro nos deshagamos de desesperación. Pero si tenemos "espectadores" montamos el show. A mí me pasa igual con las tormentas.

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    1. No hay nada mejor que una mortaja. Piénsalo: así ya me dejo esa tarea hecha antes de irme al otro barrio. ¿Y la tranquilidad con la que se quedarán quienes me sobrevivan? Nada, nada. Una mortaja y no hay más que hablar.

      Te cambio la fobia. Sin dudarlo.

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!