martes, 14 de marzo de 2017

De las cartas escritas en las nubes (I)

Martes, 14 de marzo de 2017

Hoy me he acordado de ti. Me acuerdo de ti a menudo, creo que deberías saberlo, pero por primera vez en mucho tiempo me he decidido a escribirte. He pensado que, si alguna vez me buscas o me encuentras, tal vez te gustaría saber que todavía te recuerdo, que todavía te siento. Que después de todos estos años, sigues muy vivo dentro de mí.

He estado pensando en muchas cosas últimamente. Te las contaría todas aquí, pero tenemos público. Además, tampoco te interesarían. Pero estaba apuntando unas cosas en la agenda cuando me he encontrado con tu carta guardada en el bolsillo. Es una agenda muy práctica, la verdad. 

¿Te acuerdas de esa carta? Me la escribiste por mi cumpleaños, el año que nos conocimos. Yo estaba muy triste ese día porque no lo había celebrado apenas y casi nadie me había felicitado. Eran tiempos más sencillos, sin Facebook, más sinceros. La realidad era que estaba sola, que alejaba a los demás y me alejaba yo. Pero esa es otra historia, no la que he venido a contarte. El día después de mi cumpleaños recibí tu carta y me puse muy contenta: dos folios escritos por las dos caras, una en negro y las otras tres en azul, de tu puño y letra. 

Siempre me ha gustado tu letra, esmerada, femenina, redonda. Podría pasarme horas trazando tus efes en el aire, te confesaré que te las he llegado a copiar. He vuelto a leer la carta, desde el principio hasta el final. Casi puedo recitarla de memoria y sé, como cuando veo una película que he visto muchas veces, en qué parte voy a sonreír y en qué partes me voy a entristecer. Siempre las mismas. 

A veces me pregunto si fuiste un profeta; sabías tanto de mí, de cómo sería. Con quince años fingía entenderte, con veintiséis empiezo a hacerlo. Creo que por eso me sigo acordando de ti: todavía te necesito. O al menos, todavía necesito tus consejos. Por eso todavía leo tu carta, la carta más bonita que me han escrito nunca. Hoy me he fijado en el sobre: ocultaste mi primer apellido. Se me había olvidado que fuiste tú la primera persona que se dirigió a mí por ese nombre, el que elegí. Así de importante fuiste, has sido, eras, eres, serás... contigo nunca sé en qué tiempo hablar. 

Y es que cuando creo convencerme de que te he olvidado, de que he superado lo tuyo y que ya no eres más que una coma en mi historia, se revuelve tu recuerdo en mi mente. Como si mi cuerpo se revelara ante la idea de dejarte marchar. Ya me he rendido: vives en mí. De ahí no podrás irte. 

Así que, ya que no te puedes ir, he decidido que esta noche voy a soñar contigo. Soñaré que nos encontramos en Valencia, en la plaza de la Virgen. Le pondré un banco ficticio frente a la fuente y nos sentaremos ahí. Como es mi sueño, hablaremos de mi vida y me responderás, amable, como el viejo amigo que eres. Básicamente porque hace tiempo que no sé nada de ti. Confieso que resistirme a buscarte en Google me cuesta horrores, pero he aprendido a quererme lo suficiente para no hacerme más daño. No por ti. 

Me voy a dormir ya, mañana tengo que madrugar para crear los recuerdos  que quiero tener. Espero que te llegue un poco del cariño que todavía siento por ti y que allá donde estés sigas mirando a las estrellas. 

Te escribiré de nuevo, seguro. Pero no sé cuándo.

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