jueves, 1 de junio de 2017

De cómo actuar en momentos de crisis existencial

Estamos a jueves y en lo que llevamos de semana he tenido tres momentos de histeria y agobio en los que he tenido que hacer un gran esfuerzo para no prenderle fuego a la casa. O a mi habitación, por lo menos. Conmigo dentro. Así que antes de que llegue el cuarto momento, he decidido crearme un plan. Por ahora está cumpliendo su función, porque el bidón de gasolina sigue en su sitio (en la gasolinera, por si alguien se lo estaba preguntando. No estoy loca, solo finjo estarlo por mi propio bien) y las cerillas continúan a salvo en el armario. Así que, por si a alguien le pudiera ser de utilidad, he aquí mi Plan para Evitar la Crisis Existencial. 

1. Lávate la cara. No puede salir nada bueno de una cara con legañas. Solo salen legañas. Y no son buenas. 

2. Respira. Y no te engañes: las cosas siempre pueden ir a peor, pero vamos a hacer algo para evitarlo. Así que respira hondo. El oxígeno es necesario para actuar. Además, ¿alguien más se acuerda de Crepúsculo? Bella siempre "se olvidaba de respirar". ¿Queréis ser como Bella? ¿Verdad que no? Pues a respirar. 

3. Ponte música. Tu música. Clásica, Eurovisiva, el Asturias, patria querida (fuera bromas: soy fan)... Lo que te pida el cuerpo. Os presto mi canción. O esta otra. Y si sentís nostalgia noventera, como yo, no os olvidéis de esta

4. Haz eso que tienes que hacer. Es muy vago, lo sé. En mi caso, es preparar un examen de prueba para mañana y ahora mismo me apetece tanto como que me arranquen una muela. Pero hey, es trabajo y no tiene por qué ser divertido. Hazlo. Luego date una palmadita por ello, pero empieza. Actualiza tu currículum, pon la lavadora, pégale un tiro a tu vecino, lo que sea que tengas pendiente (AVISO: no me hago responsable de los crímenes que cometáis tras haber leído esta entrada. Si queréis matar a alguien es vuestro problema; no me metáis en esto, ¿vale?).

4.1. Si todavía no lo has hecho hoy, como es mi caso, dúchate. Con el gel bueno, ese que te encanta y te da pena gastar. Y quien dice gel, dice champú, crema o cosa especial que no uses a menudo. Rituals fabricó sus espumas para días como hoy, no para cuando todo te va estupendamente. 

5. Sal de casa. Que te dé el sol, o la lluvia. Quítate la habitación de encima. Aprovecha para hacer un recado (en mi caso, llevar a imprimir el examen de prueba). 

5.1. Cómprate flores. Esto es totalmente opcional, pero si te lo puedes permitir y no eres alérgica, date un capricho, fomenta el comercio local y cómprate una flor. Hay vida más allá de las rosas y no son tan caras: una gerbera de color naranja cuesta un euro y vale cada céntimo por la felicidad instantánea que me entra cuando la miro. 

6. Vuelve a casa y repite los pasos 3 y 4 las veces que consideres necesarias, pero deja algo de tiempo para lo que sigue.

7. Apúntalo TODO. Vale, todo no. No necesitarás recordar que te has sonado los mocos con éxito. Pero apunta tus triunfos de hoy. ¿Te has cepillado los dientes? ¿Te has duchado? ¿Has enviado tu curriculum para conseguir un trabajo? ¿Has devuelto una llamada pendiente? ¿Has dejado el cuchillo quieto en la mesa cuando querías clavárselo a alguien en el corazón? Todo eso son triunfos y valen oro: apúntalos para venirte muy arriba por la noche. 

8. Ahora llega lo bueno: haz algo divertido. Vete a tomar algo con las amigas, ponte a ver una peli sin remordimientos, lee un rato, hazte la pedicura... Date una recompensa. Pero por favor, no elijas el azúcar. Bueno, yo, al menos, no debo elegir el azúcar. Si al contrario que yo, tienes una relación sana con el chocolate, adelante. 

¡Enhorabuena! Has sobrevivido a un día de mierda. Y puede que mañana también sea igual que este... Está bien, no pasa nada. Como dijo Winston Churchill, "si estás atravesando un infierno, sigue andando". Algún día saldremos. 

martes, 30 de mayo de 2017

De mis relatos: "Todo lo que hace falta"

Suena la televisión de fondo. Ellas dos, sentadas en el sofá, miran la pantalla mientras cogen palomitas de un bol.

-"She walks in beauty, like the night
of cloudless climes and starry skies,
and all that's best of dark and bright
meets in her aspect and her eyes"

Paula suspira, se agita bajo la manta que comparte con Alicia. Un sonido, semejante a un ronroneo, emerge de su boca.

-¿Por qué no tenemos eso, Alicia?

-¿El qué?

-¡Eso! ¡Alguien que improvise cosas tan bonitas para susurrárnoslas en el oído!

Alicia, que estaba bebiendo, escupe un poco de refresco antes de estallar en carcajadas.

-¿En serio crees que se lo acaba de inventar? Paula, eso es un poema de Lord Byron.

La expresión de Paula se congela y al poco se apaga, avergonzada de su ignorancia. Enrojecen sus mejillas, se entrecierran sus ojos. Pero Paula no es una luz que se apague fácilmente. Pronto emerge de nuevo.

-Vale, pues a alguien que me recite a Byron.

Alicia sonríe. Paula es ignorante, pero bonita. Todo lo que dice es bonito siempre. Alicia jamás será así, y lo sabe.

-¿Nada más?

Paula se retuerce en el sofá, sinuosa y felina, desperezándose. Mira al infinito con ojos de enamorada.

-Alguien capaz de recitar poesía, a Byron, con esa pasión, al oído. ¿Qué más hace falta?

Alicia pone los ojos en blanco. En un vano intento por hacer que Paula entre en razón, empieza a enumerar.

-Que no sea un psicópata, que sea sincero, que haga la colada y sepa cocinar, que te quiera recién levantada igual que cuando te acabas de arreglar, que quiera más o menos lo mismo que tú...

Paula interpone su antebrazo entre las dos, apartando tan mundanos pensamientos de su universo de luz y color.

-Ay, qué asquerosamente realista que eres, Alicia, por favor. Tú sabes de muchas cosas, pero de amor no tienes ni idea. Alguien que recite a Byron es todo lo que hace falta para ser feliz.

Alicia calla. Siempre ha sabido cuándo callar. Al contrario que Paula.

Horas más tarde, Paula se despierta en brazos de Alicia. Intenta moverse, pero no puede: Alicia le ha atado los pies y las manos.

-"She walks in beauty, like the night..."

-Alicia, ¿qué estás haciendo? ¡Suéltame!

-"...of cloudless climes and starry skies..."

-¿Qué haces con esa cuchilla? ¡No, Alicia, por favor, no!

-and all that's best of dark and bright
meets in her aspect and her eyes...

Alicia coloca la cuchilla en las manos de Paula y se arrodilla junto a ella, con cuidado de no mancharse. Besa con amor su frente y acaricia su pelo.

-"Thus mellow'd to that tender light
which Heaven to gaudy day denies."

-¡Socorro, por favor! ¡Ayuda!

No consigue decir nada más, la mano que a Alicia le queda libre le tapa la boca.

-"One shade the more, one ray the less,
had half impair'd the nameless grace
which waves in every raven tress
or softly lightens o'er her face,
where thoughts serenely sweet express
how pure, how dear their dwelling-place..."

Paula, débil, cae inconsciente. La letanía de Alicia continúa.

-"...and on that cheek and o'er that brow
so soft, so calm, yet eloquent,
the smiles that win, the tints that glow,
but tell of days in goodness spent, -
a mind at peace with all below,
a heart whose love is innocent..."

Qué razón tenías, Paula. Ahora eres feliz.



sábado, 29 de abril de 2017

De los flechazos que se cierran y las carreteras que se abren

El último tío del que me he pillado tiene novia. O amiga. O hembra. O alien, no lo sé, pero tiene a alguien. Si la mujer más segura de sí misma y autosuficiente del mundo lee este mi pequeño blog, le invito cordialmente a participar en los comentarios a ver si tiene narices de mentir descaradamente y decirme que no jode cuando te pasa eso y que no tiene importancia. No hay ovarios, señora. 

Jode, y duele de la misma manera en que duele perder a alguien, sea de la forma que sea. No solo pierdes el pasado compartido (a veces ni eso), sino el futuro: los recuerdos que pensabas crear con alguien. Tu madre, tu mejor amigo, tu profesora de secundaria, tu perro. Y tu flechazo. Por suerte, en este caso no es ninguna tragedia; más bien es el equivalente físico a cortarse con una hoja de papel: escuece muchísimo al principio y parece mentira que algo tan insignificante haga tanto daño, pero en el gran esquema de las cosas, no tiene importancia. Al cabo de un par de días el dedo está como nuevo. Y yo también. 

De todas formas, llevo un par de meses un poco raros. Desde que vino N. a verme, parece que soy incapaz de mantener el control sobre mi vida. La echo de menos, y a M., y a D. y al Doctor. Y a Granada, maldita sea. 

Estaba sacando dinero del cajero esta tarde cuando me ha invadido la duda: ¿añoro realmente las ciudades o deseo huir? Una parte de mí quiere que vuelva a hacer las maletas, que me vuelva a meter en un avión con los ojos cerrados y que confíe, a ver qué pasa. Convincente, ¿eh? Pero cuando me pregunto por qué quiero hacer eso, casi escucho una voz infantil susurrar en mi cabeza: "Ya no me gusto aquí".

Me pasó en Granada en 2013, cuando estaba hasta las narices del piso (y la gente, y yo). Me pasó en Alemania en 2015, cuando aborrecía los institutos  (y la gente, y yo). Me pasó en Polonia, en 2016, cuando me dolía la soledad (y la gente, y yo). Y está pasando ahora. 

Ya profundizaré en este tema, primero tengo que hablarlo con mi diario. Además, los momentos de subidón y de bajón son terribles para hacer promesas y tomar decisiones. Tampoco estoy enferma terminal ni mi vida peligra, así que puedo concederme el tiempo que necesite. Citando a otro M. (al que también echo de menos), la vida es más larga de lo que parece. Hay tiempo para todo. 

Así que vamos a mirar a las carreteras que se abren. Concretamente la A7, dirección Málaga, adonde me voy este fin de semana con la familia. Por la más feliz de las ocasiones: bodorrio. Mi primo se casa. 

Me encantan las bodas y hace mil años que no voy a una, así que me apetece mucho. La fiesta, el vestido, el bailoteo, la tarta, todo es genial. Pero lo que más me gusta es el significado que tiene. En un mundo lleno de dolor y barbaridad, es hermoso que todavía haya gente con el valor suficiente para decirse que se quieren muchísimo y que quieren quererse para siempre. Soy una romántica, qué le vamos a hacer, dejadme en paz. 

Fiel a mi costumbre, no voy a dormir mucho: me levanto en tres horas y media. Pero ya recuperaré en el coche. Este viaje me vendrá bien como paréntesis, para despejarme y soltarme la melena un poco. La semana que viene se presenta llena de cosas que hacer y la siguiente Eurovision. Abril no ha sido un gran mes, la verdad. Veremos qué nos trae mayo. :)

jueves, 27 de abril de 2017

De mis relatos: Agua



El cielo era tan gris que dolía mirarlo, las nubes se cernían sobre la calle y una neblina gris de contaminación invadía la ciudad. No podía respirar, aunque lo intentaba con ganas. Despedida. Cada una de las letras de la palabra se reía de ella, la juzgaba, la incapacitaba. Incapaz, otra palabra asfixiante. De mantenerse a sí misma, de trabajar, de vivir. 

¿Qué sería de ella? No solo era un trabajo; se había convertido en su religión. Aquello que llenaba de vida sus días, a través de lo cual le hallaba sentido al universo, una fuerza que la nutría y que le invitaba a seguir. Se había quedado privada de alegría. Muerta. Yerma. Estéril, como la árida arena del desierto. Un pozo seco sin agua. Una mujer quebradiza, frágil. 

Y cayó una gota.

Pero ella no se dio cuenta. Tampoco cuando cayó la segunda, ni la tercera. 

La lluvia reclamó por fin su atención, chispeante al principio, vibrante después. El agua la sacó de su letargo y su cuerpo, como una planta sedienta, se abrió de la cabeza a los pies -desde las hojas hasta las raíces- para recibirla. 

Estaba incómoda; se quitó los zapatos. El suelo mojado bajo sus pies le pareció refrescante y necesario. Sus pulmones se abrieron exigiendo más oxígeno, pero la camiseta le molestaba y se la quitó también. Empezó a atraer miradas, pero ella permanecía ajena a todas ellas. Algo más fuerte había tomado posesión de su cuerpo. Cerró los ojos y sonrió mientras la lluvia empapaba su cara. Sin darse cuenta, se había quitado el resto de la ropa. 

Empezó a correr. Salvaje. Libre. Fuerte. Con los brazos abiertos y los ojos cerrados, con la cabeza hacia el cielo, absorbiendo la lluvia con cada poro de su piel. 

Al llegar a un jardín abrió los ojos y se detuvo. El barro se le metía por los dedos de los pies y la energía que emanaba de la Tierra vibraba a través de sus piernas, su cuerpo, su pecho, su cabeza. La lluvia seguía cayendo cada vez con más intensidad y pronto se quedó ella sola en el jardín; a nadie le importaba lo que hacía. Solo que, por primera vez en su vida, había dejado de hacer. Es más, no deseaba hacer absolutamente nada. Solo deseaba ser. Ser, lo que fuera. Ser, en definitiva, ella misma.

Su pelo se fue disolviendo en una cortina de agua, por sus piernas comenzó a brotar un manantial. Sonrió porque estaba viva y porque nada necesitaba tener sentido. Ya no. 

Porque era Agua.

---
No es gran cosa y no estoy muy satisfecha con este relato... En mi cabeza sonaba mejor. Pero esa ilustración había que enseñarla :). Si os gusta, seguid a Miriam en Facebook y en Instagram.

jueves, 13 de abril de 2017

De mis relatos: "Las cinco puñaladas"

"A través del agua de la ducha, le llega el tono de llamada. Se dice que no será importante, pero por si acaso, apaga el grifo. El mensaje en el contestador no se hace esperar: "Adela, soy yo. ¿Cómo estás? Estoy en la ciudad este fin de semana. ¿Estás libre esta noche? Llámame."

Hace cálculos mentales: son las siete y media. Todavía no ha cenado y no piensa cenar con él. Jamás cenaría con él, ni con nadie. Ha comido mucho, no necesita cenar. Puede citarlo a las nueve, eso le dejaría una hora y media para arreglarse. Menos mal que recogió el vestido negro de la tintorería; de lo contrario, tendría que ponerse el rojo, demasiado provocativo. Y Adela quiere provocarle, pero no quiere ser obvia. Ser obvia, jamás.

"Pero sabrá que no he cenado. Y es demasiado pronto, parecerá que estoy muy ansiosa por verlo. Más tarde mejor". Sale de la ducha y le responde con un mensaje de texto. Sabe que él lo odia y por eso lo hace. "A las 11 en Los Jerónimos. Reserve mesa, Señoría".

Tiene tres horas y media para estar divina. U ofrecer la mejor versión de sí misma, que es a lo máximo a lo que puede aspirar. La depilación láser le ha ahorrado muchísimo tiempo y ya tiene el vestido, así que puede permitirse el lujo de juzgarse duramente delante del espejo. De abajo arriba, siempre de abajo arriba. Las piernas están bien... se da un suave azote y sonríe con picardía. Sonrisa que desaparece al llegar al rebelde neumático que se niega a abandonar su abdomen. Hace una mueca y se ajusta el sujetador. Más arriba. Necesita lencería nueva, ese conjunto ha perdido su magia.

La cara está bien. La edad ha escrito sus primeras líneas de expresión. De ira y tristeza en el entrecejo, de alegría en la comisura de los labios y en los ojos, estás últimas más tenues. Suspiro. Comienza a preparar el pastel, como llama ella al largo ritual de belleza al que se somete todas las mañanas y todas las noches. Tras aplicar las tres capas de crema, llega al maquillaje.

Y a la guinda del pastel: el pintalabios, su pintura de guerra. Podría escribir artículos enteros sobre su relación con el pintalabios. Chanel 160, Euphoria. Un tono rojo con matices dorados. Un rojo de mujer adulta, elegante y segura de sí misma. Sus aspiraciones, en una barra de labios. Sonríe frente al espejo y, con sumo cuidado, delinea su boca. No intenta corregir la asimetría; le encantan sus labios. Y más con ese color.

Perfume, joyas: ha terminado. Aún son las diez y veinte. Por un segundo se plantea la posibilidad de llegar temprano, pero la descarta de inmediato. Llegará tarde, al menos cinco minutos. Porque llegar más tarde sería descortés y hacerle perder el tiempo. Jamás caería tan bajo. Recoge el cuarto de baño y el maquillaje; sigue siendo demasiado temprano. "Qué demonios..."

Primero pone música. Sinatra, desde luego. Luego abre el congelador y, tras apartar las fiambreras con su almuerzo para toda la semana, por fin encuentra lo que busca. Todavía le queda más de media botella de Belvedere, ella siempre ha bebido con mesura. Pero está nerviosa. Se sirve un chupito generoso y levanta el vaso. "Na zdrowie!", grita, casi escupe al aire antes de apurar el vaso de un trago. Se sirve otro. Pero esta vez no se lo bebe, lo deja sobre la encimera.

Se levanta y se pone a bailar con una pareja imaginaria. No con él. Él no sabe bailar.

El segundo chupito lo saborea y lo disfruta, ya está de buen humor, ya no tiene miedo. Apaga la música, guarda la botella en el congelador y sale de casa.

Llega solo dos minutos tarde, pero cumple su propósito: él ya la está esperando. Se inclina para darle dos besos, pero ella lo abraza. Por la amistad de años, por el amor no confesado, porque pese a todo el dolor y todos los desengaños, ella sigue siendo una persona cariñosa. Pide un mai tai, él un zumo de manzana.

-Sigues sin beber...

-Soy juez y estoy en público. Además, sabes que no me gusta.

-Lo sé -y desde ese momento bebe en silencio, culpable. Él lo nota.

-Estás... Te veo bien.

Esas palabras duelen como un puñal. No ha dicho que está guapa. Porque no lo cree.

-Gracias. ¿Cómo te va por Madrid?

-Bien, bueno. Nada especial. Trabajo, ya sabes. Por fin me he mudado, ya te enseñaré el piso cuando vengas. A propósito, ¿tienes alguna firma programada en la feria del libro?

Segunda puñalada. No hay libro, no desde hace un año. Hay artículos, una humilde columna con la que se gana la vida en la ciudad que ambos aman. Y por supuesto, no hay firma.

-Ya te diré algo, mi agente todavía no me ha dicho nada. Pero serás el primero en saberlo.

-Más te vale -bebe un trago de zumo-. Me encanta este sitio. ¿Sabes? Precisamente ayer hablé con Raquel. Le dije que iba a venir y que seguramente te vería. Dijo que teníamos que tomar algo aquí. Como en los viejos tiempos... Nada ha cambiado.

Tercera puñalada.

-No mucho, no. ¿Cómo está? ¿Sigue quejándose del tiempo?

-Sí, ya la conoces. La única persona del mundo que se quejaría del clima de Malta. Está bien. Y el sol le ha sentado fenomenal, está guapísima. A ver, siempre lo ha sido, pero ahora está preciosa. Y eso que solo la vi por Skype... -bebe otro trago-. De hecho, eso me preocupa. Vuelvo a sentir cosas.

Asiente. Bebe de un trago su mai tai y pide otro, lo va a necesitar.

-Eso no es malo -consigue decir en un susurro-. Al contrario. Siempre la has querido, lo sabes.

Y ella ya debería saberlo.

-Ya, pero está casada. ¿Cómo puedo ser así? Yo no hago esas cosas.

Ella sonríe sarcástica.

-¿El qué, enamorarte? Señoría, lamento sacarle de su burbuja lógica y analítica, pero nadie puede escapar de eso. Ni siquiera tú.

-Adela -dice su nombre despacio-, ¿qué puedo hacer? -cuarta puñalada.

Se odiará por esto. Se odiará por la alternativa. Se odiará, en cualquier caso. Pero eso tendrá que esperar, porque ahora debe responder. Cierra los ojos para que las lágrimas no salgan. Anestesia con alcohol la herida.

-No estás haciendo nada malo. Acepta que la quieres, no intentes bloquearlo. Deja que fluya. Dejar que afecte a tu comportamiento o no, depende de ti. Pero no te niegues tus emociones. Y no hay ninguna prisa, así que concédete el tiempo que necesites. Sé paciente y amable contigo mismo. Al final, las cosas encontrarán su sitio. No te preocupes.

Ahora es él quien contiene una lágrima. Sonríe y le coge la mano. La besa.

-Gracias. Eres un encanto.

Quinta puñalada.

-Es tarde, tengo que irme -saca su cartera y deposita un par de billetes en la mesa-. Me ha encantado volver a verte.

-¿Cómo? ¿Tan rápido? -intenta volver a cogerle la mano, pero ella ya está a kilómetros de ahí-. Deja que te invite al menos, mujer.

-Sí, tengo que entregar un artículo mañana a primera hora. Y por no perder la costumbre, todavía no he empezado. Ya me invitarás a la próxima.

Se acerca a él y le da un único beso en la mejilla. Escucha un "Hasta luego" desde el otro lado del bar. En el ascensor, a salvo, empieza a llorar. Y termina al salir.

No enciende la luz, no lo necesita. Se quita los tacones, deja las joyas en la mesa del recibidor. El bolso, en el suelo. Apaga el móvil. Y vuelve de nuevo a por el Belvedere. De pie ante el equipo de música, titubea. ¿Todo está perdido?

Y una mierda."

martes, 4 de abril de 2017

De mis películas V: "El mundo de Leland" (The United States of Leland)

Parece que fue ayer cuando empezó 2017 y ya hemos superado la cuarta parte. Alucinante. Mejor no me pongo a divagar sobre lo rápido que pasa el tiempo, que acabaré deprimiendo a alguien. Mejor hablar de una película, sí. Una alegre... El mundo de Leland, por ejemplo. 

Cáptese el sarcasmo de la última frase: no es una película alegre. En absoluto. Es más, es la antítesis de la alegría. Eso sí, es una película muy buena. 

Corría el año 2005 y yo me fui a Murcia a visitar a una amiga. Cuando nos cansábamos de pasear y de hablar, nos poníamos a ver películas. Por suerte, M. tiene un gusto maravilloso para el cine. Fue el verano de ver Desayuno con diamantes y Vacaciones en Roma (porque Audrey Hepburn es genial y punto). Y también fue el verano de El mundo de Leland

Esta película va de un chaval de quince años al que acusan de matar a un niño con deficiencia mental. Obviamente, lo meten en prisión mientras esperan a celebrar el juicio y como es menor, tiene que ir a clase. Ahí, empieza a escribir su historia en un cuaderno y el profesor le anima a continuar. Y hasta aquí puedo leer. 

A ver, ¿por dónde empezamos? Ryan Gosling lo hace de maravilla, pero... ¡¡esperad, por favor!! ¡Que la película es buena de verdad! ¡Ryan no tiene nada que ver en esto, me enamoré de él años después! ¡Volved, maldita sea! Si además no parece ni él. Como decía, Ryan Gosling interpreta el papel protagonista a la perfección, pero no es el único. Esta es una película de personajes: casi todos tienen una historia que se nos cuenta con pequeños detalles, pinceladas sutiles que les dan una personalidad compleja. Me encanta el personaje de Don Cheadle, y odio que me encante, pero me identifico mucho con él. Michelle Williams y Lena Malone consiguen hacerme empatizar con ellas, cada una a su manera. Pero si a alguien le quedan dudas: Kevin Spacey sale. Y con eso lo digo todo.

Es una película de bajo presupuesto, así que ni la música ni los escenarios son ninguna maravilla. Tampoco lo necesita, no dejan de ser adornos: si el guión es bueno y lo interpretan buenos actores, no hace falta más. El mundo de Leland se basta por sí sola en su sencillez, no necesita aderezos. 

Recomiendo verla un día que se esté de bajón, para tocar fondo a gusto. En días de felicidad suprema, por favor, no seas tan masoquista. Ponte Aladdin y disfruta del momento. Pero a veces apetece sentarse, dejar que le cuenten a uno una historia y pensar. En por qué las cosas sucedieron así, en si los personajes -o nosotros- tenían opción... en muchas cosas. Y en la tristeza, sobre todo en eso.

No apta para quien solo ve comedias y cosas felices que acaban bien, ni para quien se aburre con las historias raras. Pero para quien tenga ganas de ver algo diferente, ya está tardando. 

viernes, 31 de marzo de 2017

De la entrada contra reloj

No es que anteponga la cantidad a la calidad, aunque estoy dando motivos más que sobrados para se piense eso de mí. Este empeño mío reciente en querer actualizar dos veces a la semana responde más a la necesidad de querer ser constante en algo. Son las 23:47, así que me quedan poco más de diez minutos para escribir y publicar esta entrada.

Casualmente hoy me he puesto a pensar, no sé muy bien por qué, en el tiempo que he tardado en aprender ciertas cosas. Algunas más fáciles que otras, y que sin embargo me han costado muchísimo. Por poner un ejemplo, tardé casi un año en entender las divisiones por dos cifras. Ahora me cuesta creerlo, pero en tercero de primaria me supuso una crisis existencial. Un poco más tarde, en sexto, me enfrenté a uno de los desafíos más grandes de mi vida: aprender a hacer la voltereta. Hay quien se queja de estudiar análisis sintáctico porque dicen que no sirve de nada... Tal vez. Yo sí puedo garantizar que hacer la voltereta no me ha servido absolutamente de nada en esta vida.

Probablemente de lo que más orgullosa me siento es de haber aprendido a montar en bici, aunque fuera con 24 años. No he practicado mucho desde entonces, pero espero de corazón que sea de verdad lo que dicen y no se me olvide.

Aún me queda demasiado por aprender. Y es maravilloso y genial: solo aprendiendo tiene sentido la vida. No me parece mal. Pero me gustaría entender mejor a la gente... ¿soy la única? Un manual de instrucciones, no demasiado complicado, con lo básico. A detectar las emociones en las palabras y en los gestos, o en la ausencia de ellos. Y a reaccionar de manera sencilla y elegante, para no hacer daño ni que te lo hagan a ti. Apple, saca una aplicación con esto y te ganarás mi respeto.

Es algo que me ha fastidiado siempre y me sigue doliendo. Tanto como no entender las divisiones de dos cifras. La sensación de que todo el mundo me lleva algo de ventaja, de que hay algo que no entiendo. Y lo que es peor, el terrible miedo a no ponerme al día jamás. Ojalá las relaciones personales se parecieran un poquito a las matemáticas; quizá así tendría una oportunidad...

Se me acaba el tiempo.

martes, 28 de marzo de 2017

De mis relatos: 6:30 a. m.

"Cuando suena el despertador te quieres morir. Quieres dormir. Quieres quedarte en coma durante un par de horas más. Quieres que alguien detone una bomba nuclear y arrase con todo, pero no quieres levantarte. Y te levantas, con la carencia de sueño grabada en la cara y el pelo como si acabaras de luchar por tu vida en un circo romano. 

A qué mala hora se te ocurrió apuntarte al gimnasio. A otras horas, en otro momento, podrías hacer una lista completa y bien estructurada de todas las buenísimas razones que tienes para no ir, pero el agotamiento te impide recordar ninguna. Es por eso que ni piensas: te pones la ropa, te acuerdas de coger las llaves -eso sí- y sales por la puerta. Y vas. 

Adoras la primavera y no porque haya flores. Te gusta el olor del aire, que te recuerda a los días felices de colegio, a los pocos fragmentos de infancia puros que te quedan. Inspiras la primavera y sientes que algo dentro de ti empieza a florecer. Tal vez sean gases, tal vez te hayas enamorado, qué más da. 

Qué fue de las tarjetas, te preguntas mientras pasas tu dedo por el lector de huellas digitales. Aunque si lo vuelves a pensar, tiene gracia: es como entrar en la CIA. Ni dos minutos más tarde haces máquinas, en un fascinante ejemplo de multitarea: eres capaz de trabajar los pectorales, ver por el rabillo del ojo las noticias y por el otro ser consciente del ridículo que estás haciendo a la vez y aún te sobra algo de campo de visión para mirar disimuladamente el culo bien formado que tienes delante. 

Te pones música de verdad para contrarrestar el estruendo. Algo con ritmo, algo con fuerza. Amaranth, por ejemplo. Cantas a gritos en silencio en un concierto al que solo vas tú. Y en algún momento te aíslas, te vas. No por egocentrismo, sino por necesidad. A veces necesitas esconderte en tu planeta, arrancar tus baobabs, regar tu rosa y regresar. Cuando vuelves no eres mejor ni más feliz, pero mantienes la cordura. Es martes, con eso te basta. 

Todo está en silencio en casa, donde todavía no ha salido el sol. Exprimes los últimos minutos de paz en la ducha, emborrachándote con los jabones y exfoliantes que, lejos de mejorar tu piel, parecen pócimas de alquimista cuando las mezclas, un olor tras otro. Y de ese surrealismo onírico te saca el tacto de la toalla, tangible, real y más áspera de lo que te gustaría. Pero la ropa es amable y cálida. 

Ahora querrías llorar y sabes muy bien por qué. La libertad tiene un parto doloroso y tú apenas acabas de empezar a tener contracciones. Sabes que la felicidad hay que lucharla cada día, batalla a batalla, porque la vida no es una guerra que se pueda ganar. Querrías que las cosas fueran distintas, pero no puedes hacer más. En serio, no puedes. Bebe café, vete a trabajar, sonríe a la recepcionista. Mañana será otro día. Será miércoles. "

---
Sí, ya he faltado toda una semana. Me estoy adaptando otra vez. Más que bajón postvacacional, estoy experimentando la agobiante sensación de tener más proyectos que tiempo y energía. Pero ya estoy de vuelta :-).


lunes, 20 de marzo de 2017

Del muy necesario viaje sola

Menos de un mes he tardado en fallar un día. Si es que no puede ser. Entre que terminaba un trabajo y que salía con el Doctor a dar una vuelta, no tuve tiempo de actualizar. Pero me lo estoy pasando muy bien, así que compensa. Mientras venía hacia aquí me puse a pensar y me di cuenta de que era el primer viaje sola que hacía en mucho tiempo.

De acuerdo, esto no es realmente un viaje; más bien una escapada larga. Y he venido y me voy sola, pero no estoy sola; el Doctor y yo hemos pasado juntos todo el tiempo que su trabajo le permite. Sin embargo, experimenté una gran sensación de libertad cuando me subí al autobús y arrancó. Porque, sola o no, hacía tiempo que no viajaba. 

"Si crees que conoces bien a alguien, viaja con él". No sé dónde leí o escuché esa frase, pero es muy cierta y además se puede aplicar a uno mismo. Si crees que has cambiado y que te conoces bien, viaja. Incluso la escapada más sencilla de dos días nos pone en situaciones que se salen de lo cotidiano. Hablar con personas extrañas, pasear por calles que son un misterio, adentrarse en lo desconocido... no son simples desafíos, sino un conjunto de experiencias y decisiones que revelan mucho de uno mismo. No todo es bueno, pero tampoco todo es malo. 

Los buenos amigos son como la familia, pero una familia que no juzga y que no tiene tantos antecedentes. Dado que en mi casa todas somos excesivamente criticonas y rencorosas, venirme a pasar unos días con el Doctor ha sido un soplo de aire fresco... cargado de hojas y ramitas, porque este amigo mío disfruta mucho tocándome las narices. Así y todo, es estupendo pasar tiempo con él. 

Para mi sorpresa, Barcelona me está gustando. Ya está, ya lo he dicho una vez y no lo repetiré. No voy a entrar en comparaciones y creo que sigo siendo más fan de Madrid, pero me lo estoy pasando de maravilla. Y eso que no he visto ningún monumento por dentro (falta de ganas y presupuesto); básicamente me estoy pateando la ciudad entera. Pasear, por cierto, era algo que echaba de menos después de tantos días. Me he quemado con el sol y tengo un dolor de piernas que no se me va a ir hasta el jueves pero vale la pena. Totalmente. Hoy tengo pensado irme a alguna librería-cafetería mona a escribir/leer/no hacer absolutamente nada. Mañana se me acaba lo bueno, así que tengo que aprovechar el tiempo que me queda. 

Si la depresión postvacacional me lo permite, actualizaré mañana. Igual subo un relato, que hace tiempo que no comparto ninguno. Mientras tanto, si no tenéis la suerte de estar de vacaciones, pasad un buen día. ¡Me vooooooy! :)

martes, 14 de marzo de 2017

De las cartas escritas en las nubes (I)

Martes, 14 de marzo de 2017

Hoy me he acordado de ti. Me acuerdo de ti a menudo, creo que deberías saberlo, pero por primera vez en mucho tiempo me he decidido a escribirte. He pensado que, si alguna vez me buscas o me encuentras, tal vez te gustaría saber que todavía te recuerdo, que todavía te siento. Que después de todos estos años, sigues muy vivo dentro de mí.

He estado pensando en muchas cosas últimamente. Te las contaría todas aquí, pero tenemos público. Además, tampoco te interesarían. Pero estaba apuntando unas cosas en la agenda cuando me he encontrado con tu carta guardada en el bolsillo. Es una agenda muy práctica, la verdad. 

¿Te acuerdas de esa carta? Me la escribiste por mi cumpleaños, el año que nos conocimos. Yo estaba muy triste ese día porque no lo había celebrado apenas y casi nadie me había felicitado. Eran tiempos más sencillos, sin Facebook, más sinceros. La realidad era que estaba sola, que alejaba a los demás y me alejaba yo. Pero esa es otra historia, no la que he venido a contarte. El día después de mi cumpleaños recibí tu carta y me puse muy contenta: dos folios escritos por las dos caras, una en negro y las otras tres en azul, de tu puño y letra. 

Siempre me ha gustado tu letra, esmerada, femenina, redonda. Podría pasarme horas trazando tus efes en el aire, te confesaré que te las he llegado a copiar. He vuelto a leer la carta, desde el principio hasta el final. Casi puedo recitarla de memoria y sé, como cuando veo una película que he visto muchas veces, en qué parte voy a sonreír y en qué partes me voy a entristecer. Siempre las mismas. 

A veces me pregunto si fuiste un profeta; sabías tanto de mí, de cómo sería. Con quince años fingía entenderte, con veintiséis empiezo a hacerlo. Creo que por eso me sigo acordando de ti: todavía te necesito. O al menos, todavía necesito tus consejos. Por eso todavía leo tu carta, la carta más bonita que me han escrito nunca. Hoy me he fijado en el sobre: ocultaste mi primer apellido. Se me había olvidado que fuiste tú la primera persona que se dirigió a mí por ese nombre, el que elegí. Así de importante fuiste, has sido, eras, eres, serás... contigo nunca sé en qué tiempo hablar. 

Y es que cuando creo convencerme de que te he olvidado, de que he superado lo tuyo y que ya no eres más que una coma en mi historia, se revuelve tu recuerdo en mi mente. Como si mi cuerpo se revelara ante la idea de dejarte marchar. Ya me he rendido: vives en mí. De ahí no podrás irte. 

Así que, ya que no te puedes ir, he decidido que esta noche voy a soñar contigo. Soñaré que nos encontramos en Valencia, en la plaza de la Virgen. Le pondré un banco ficticio frente a la fuente y nos sentaremos ahí. Como es mi sueño, hablaremos de mi vida y me responderás, amable, como el viejo amigo que eres. Básicamente porque hace tiempo que no sé nada de ti. Confieso que resistirme a buscarte en Google me cuesta horrores, pero he aprendido a quererme lo suficiente para no hacerme más daño. No por ti. 

Me voy a dormir ya, mañana tengo que madrugar para crear los recuerdos  que quiero tener. Espero que te llegue un poco del cariño que todavía siento por ti y que allá donde estés sigas mirando a las estrellas. 

Te escribiré de nuevo, seguro. Pero no sé cuándo.

viernes, 10 de marzo de 2017

De la no tan misteriosa afonía y otras cosas que han pasado

Esta iba a ser una semana muy tranquila. Me iba a limitar a leer, escribir y no salir de casa. Fácil, ¿verdad? Demasiado. Por eso creo que en algún momento entre la siesta del martes y la del miércoles, el Universo se enfadó conmigo y decidió volver mi semana un poco más interesante. 

Entre mis nuevas aficiones se encuentra el baloncesto. Más concretamente el Valencia Basket: toda mi familia tiene pase y cuando se hizo evidente que no me volvía a Polonia, me compraron uno. He aprendido muchas cosas con este deporte; entre ellas, que la afición también juega y que me encariño demasiado deprisa con la gente. Oh, sí: ya adoro a toda la pandilla. Bueno, Thomas es un soso, pero los demás son adorables. Pues el miércoles nos jugamos el pase a la semifinal de la Eurocup y teníamos a dos lesionados y medio (Vives jugó con un esguince a medio curar). El partido fue en Valencia y todos fuimos. Y gritamos. Mucho. Muchísimo. ¡Pero ganamos! Y además, me encontraba bien, perfectamente... 

El jueves parecía un día apacible, pero resultó ser la calma que precede a la tormenta. Por la mañana rememoré los tiernos días de mi infancia con M.: nos maquillamos como cuando éramos niñas. También, entre charla y charla, tomamos una sublime decisión. Todavía nos tenemos que informar, pero la verdad es que es algo que me apetece mucho hacer. También recibí un mensaje de mi editorial polaca para que les corrigiera un libro de conversación en español. De vez en cuando les hago algún trabajito, no me suele llevar mucho tiempo y así me saco un extra. Tenía tiempo de sobra antes de irme a Barcelona el jueves que viene, así que acepté. 

Así estaban las cosas cuando por la noche me escribió una amiga del instituto con la que llevaba tiempo sin hablar ofreciéndome otro trabajito. Más extenso, más complicado y más interesante. En Barcelona tendré mucho tiempo libre y puedo trabajar, pero me interesaría dejármelo todo acabado. Dudas, nervios, más dudas... Qué narices, aquí hemos venido a jugar. He aceptado. 

Eché un ojo a mi agenda: una semana para corregir un libro, hacer el otro encargo, dar un par de clases, ver dos partidos de baloncesto y hacer la maleta. Un poco justo, pero factible. Así, entusiasmada y asustada a partes iguales, me fui a la cama. ¿Qué podía salir mal? 

La biología, cómo no: me he despertado afónica. No me duele la garganta (menos mal, me estoy dejando los nudillos tocando madera para que no se me infecte), pero no tengo voz. Si hay algún otorrino en la sala, que se manifieste: ¿cómo es esto posible? No he cogido frío (si alguien está atento a las previsiones meteorológicas, habrá observado que aquí ahora mismo hace calor), no he hecho nada. Vale, me desgañité el miércoles, ¡¡pero de eso hace dos días!! ¿Existe la afonía con efecto retardado? ¿Es eso algo real? ¿Por qué me tiene que pasar esto? ¿Mataron a alguien porque fui una bocazas en mi antigua vida y ahora el karma me lo paga con episodios de silencio forzado? ¿El universo necesita un respiro de tanto oírme hablar? ¿Se me está yendo la cabeza? 

Probablemente. Y sigo sin poder hablar, así que me vuelvo al trabajo. El libro ya está corregido y estoy preparada para lo que venga. Creo. Si no publico el martes, es que el universo se ha hartado también de la mierda que escribo y ha decidido que se me caigan los dedos. ¡Buen fin de semana!

martes, 7 de marzo de 2017

De las mujeres: ¿personas?


¿Qué significa ser mujer en 2017? En un mundo ideal, la respuesta no tendría ni que pensármela. Debería poder responder sin vacilar: “Ser mujer es ser persona. Ni más ni menos.” Y ojo, aquí podéis cambiar “mujer” por cualquier colectivo discriminado que os apetezca, pero mañana es el Día Internacional de la Mujer y es lo que toca. Por desgracia, ni este mundo es ideal ni la respuesta es tan simple. Basta con leer las noticias.

Sí, voy a hablar de las declaraciones del eurodiputado Janusz Korwin-Mikke acerca de la brecha salarial, las cuales ni me voy a molestar en rebatir.

Pasada la sorpresa inicial, toca pasar a la acción. Todos nos hemos enfadado, hemos protestado y hemos exigido consecuencias al organismo competente: la Unión Europea. En el mismo artículo que he enlazado se habla de una “investigación […] que puede derivar en sanciones”. Algunos quizá se sorprendan de la vaguedad de esas palabras, pero se olvidan de un detalle muy importante: a casi todo el mundo se le escapa la gravedad del caso.

Porque este hombre no solo ha dicho que las mujeres debemos ganar menos y que somos menos inteligentes. En esos “menos” va implícita una idea muy peligrosa: afirma que somos menos personas. Eso no existe, por lo que, según él, no somos personas y no merecemos los derechos que tiene una persona. Korwin-Mikke va contra los derechos humanos, al igual que hizo Hitler en su día. ¿Pedimos acaso la dimisión de Hitler*? No: se le combatió y se le venció. Eso es lo que se hace con quien atenta contra la humanidad. Lo mínimo que habría que hacer con este eurodiputado es destituirle e impedir que vuelva a ocupar un cargo en la Unión Europea.

No está en nuestra mano condenar a Korwin-Mikke. Lo que sí podemos hacer es educarnos y educar. Respetarnos a nosotros mismos, a las mujeres, a los hombres, sin más adjetivos. Y educar a quienes conocemos y a los niños** que protagonizarán las noticias de mañana. Este hombre no nació con estas ideas: las aprendió, se las enseñaron. Se cosecha lo que se siembra y en lo que a educación se refiere, haríamos bien en grabarnos esta frase a fuego.

¿Qué es para mí ser mujer en 2017, entonces? Esforzarme por ser quien quiero ser y hacer lo que quiero hacer, por ser libre. Reconocer mi suerte por las batallas que libraron por mí y aceptar las que están por venir. Tal vez no haya muchos motivos para el optimismo, pero creo sinceramente que las cosas mejorarán. Y que algún día no solo seremos personas, sino que se nos tratará y nos trataremos como tales.

*no, no exagero comparando a Korwin-Mikke con Hitler, porque Hitler empezó siendo Korwin-Mikke. Que no tenga poder para cometer esas barbaridades no minimiza su odio ni su maldad.
**a falta de un neutro, la forma masculina es la que menciona a ambos géneros en español: con niños quiero decir “niños y niñas”.

viernes, 3 de marzo de 2017

De mi cárcel

La semana pasada, como ya comenté, tuve a mi querida N. en Valencia conmigo. Mis preocupaciones al respecto no eran infundadas: detesto tener visita en casa de mis padres porque entonces no soy yo, la adulta, con mis amigos adultos. Soy una niña en casa de sus adultos padres teniéndose que amoldar y morder la lengua. Da igual que sean estupendos y que todo lo hagan con buena intención: no me gusta sentirme pequeña y además ser consciente de ello. 

Pero lo pasamos bien. He visto más museos de Valencia en una semana que en veintiséis años de vida, he paseado muchísimo y he pasado unos días muy buenos con N. y con la Cristina de N., una parte de mi personalidad que tenía olvidada. Nos hemos perdido capítulos de la vida de cada una y a veces me daba la sensación de que no nos conocíamos realmente. Pero eso es lo hermoso de las buenas amistades: no te enamoras de un rasgo de la personalidad, ni de un comportamiento, ni de piezas separadas que componen el puzzle interminable que es cada persona. Te enamoras de la persona real, sin más. Conectar con alguien así es algo inexplicable y genial, y soy afortunada de tener esa relación con N.

Por desgracia, las visitas no duran eternamente y N. me dejó el miércoles, 1 de marzo, dando comienzo a mi estancia en prisión: condenada a estar encerrada en casa hasta el 16 o el 17. Porque estamos en Fallas. 

"¿Cómo? ¿Eres de Valencia y no te gustan las Fallas?" Que nadie se sorprenda: la gente de Valencia a la que no le gustan las Fallas se puede contar en miles. Razón por la cual los billetes para salir de la ciudad entre el 15 y el 20 son casi tan caros como los billetes para venir aquí. Dicho esto, me cuesta admitirlo, pero allá va: a mí SÍ me gustan las Fallas.

Mucho, además. Son una fiesta preciosa... en su mayor parte. Los monumentos en sí son arte, y en cuanto se desarrolle un material rentable y ecológico para su construcción y posterior quema, no afectarán tanto al medio ambiente. Los trajes de fallera son bonitos. Recargados pero bonitos. La exposición del Ninot me encanta (igual escribo sobre la de este año). Y me encanta la música de banda y los buñuelos de calabaza. Pero, y es un pero importante, me dan pánico los petardos. 

Desde las bombitas hasta los masclets, me da igual: veo a alguien con una mecha y me paralizo, me entran ganas de llorar y me da un ataque de ansiedad. Aunque recientemente he descubierto que si voy sola por la calle, no armo ninguna escena: me asusto, maldigo un poco para mis adentros y sigo a lo mío. Claro, que esto me pasó estando totalmente tranquila y sin esperármelo. Fue algo puntual. 

A lo mejor un día me planteo quitarme la fobia pero este no va a ser el año. Así que he aceptado con resignación mi encarcelamiento. Me dedicaré a escribir, leer y bordar. Vale, a bordar no, pero es que tengo una imagen muy novelesca en mi cabeza cada vez que me imagino encerrada en casa: como si estuviese en una torre muy alta, mirando a lo lejos por la ventana, bordando mi mortaja a la luz de las velas. Solo serán un par de semanas, y ¿quién sabe? Quizá salga. Por las mañanas. En horario de colegio. Hasta las doce y media como muy tarde. 

La semana fallera la pasaré en Barcelona con el Doctor. A ver si entre paseo y paseo me hace una lobotomía y me quita la fobia y la tontería. Aunque no lo veo muy dispuesto a ayudar: dice que si se encuentra una cera en mi cerebro, la dejará donde está. Maldito.

Hasta entonces, disfrutaré de mi autoimpuesta sentencia. En el fondo es como un retiro espiritual, solo tengo que concentrarme y trabajar. Ora et labora, decían los benedictinos. Y durante los próximos días, también yo. 

martes, 28 de febrero de 2017

De mis libros: El guardián entre el centeno

Hace tiempo escribí sobre el que considero uno de mis libros preferidos, Caperucita en Manhattan. Pues bien, hoy toca hablar del libro que se ha convertido en mi obsesión: El guardián entre el centeno.

Ya había oído hablar de este libro antes, pero no me llamó la atención hasta que empecé a escribir con M. la historia de los tres hermanos (no creo que vaya a compartir nada de ese material por el momento. Básicamente es la vida de tres hermanos adorables con vidas perfectas y geniales). A M. se le ocurrió que el libro preferido de los tres tenía que ser éste, y dado que estaba tan convencida de ello, me lo acabé comprando el 23 de abril, día del libro, de 2008.

Me encantó. Su primer párrafo, probablemente uno de los comienzos más populares de la literatura, nos dice mucho de su protagonista y del tono del libro: esta es una historia en la que nos lo cuentan todo sin contarnos nada y que vamos a vivir como si nos estuviera sucediendo a nosotros.

Por si hay alguien que no sepa nada de este libro, no hay mucho que contar del argumento: es la narración en primera persona de todo lo que le pasa a Holden Caulfield, un chico de 17 años, desde que lo expulsan de su internado hasta que comienzan las vacaciones de Navidad. Tres días en la vida de Holden, con su visión del mundo y con los personajes que lo pueblan. Nada más.

Si no lo habéis leído, por favor, leedlo. Este libro es la novela monologada por antonomasia. En mi opinión resulta bastante sencillo empatizar con el protagonista por el estilo que emplea Salinger y sobre todo, porque todos hemos sido como Holden en algún momento de nuestra vida: inseguros, desconfiados y solitarios. Vale, tal vez todo el mundo no, pero yo sí.

Con esto no quiero decir que sea un libro para todo el mundo ni mucho menos. A quienes les gustan más los libros que te cuentan una historia con principio, nudo y desenlace tradicional no les va a gustar este libro porque es algo totalmente distinto. A quien no le guste Virginia Woolf, Sándor Márai o en general cualquier autor cuyos personajes sean almas torturadas, no le va a gustar nada El Guardián. Pero a mí me pone el drama y me encantan los personajes complejos. Por eso es uno de mis libros preferidos. Y mi obsesión, no lo olvidemos.

¿Por qué mi obsesión? Todo empezó en Münster, con una buena idea. Mi amigo D., también un gran fan de este libro, volvía un día de la librería cuando me lo encontré por la calle. Me dijo que se había comprado el libro en inglés y en alemán porque el texto original se entiende muy bien aun sin saber muchísimo inglés y en alemán, para comparar la traducción con el original y aprender más vocabulario. Me pareció que tenía sentido e hice lo mismo. La versión original me la leí en menos de una semana. La versión en alemán… habrían de pasar años.

Entonces fui a Varsovia y me pareció que podía leérmelo en polaco y me lo compré. Luego me mudé a Saarbrücken y, estando de excursión en Saarguemines, Francia, lo encontré en una librería y pensé que sería buena idea comprármelo en francés. Más tarde, me mudé a Varsovia y le encargué a mi profesor que me lo comprara en italiano cuando volviera de sus vacaciones en Roma. Una compañera de trabajo de Barcelona tuvo el detallazo de regalármelo en catalán y, para terminar con la locura, mi tandem me lo compró en húngaro durante sus vacaciones en Budapest.

Sí. Tengo ocho ejemplares de El guardián entre el centeno. Me queda leérmelo en polaco, en francés y en húngaro, lo cual va a ser complicado porque no entiendo nada de húngaro, pero ahí lo tengo. No sé en qué momento se convirtió en una colección, pero es lo que es: una colección de traducciones. Resulta fascinante leer la misma historia en distintos idiomas, porque en cada uno se aprecian matices diferentes. La voz de Holden suena distinta en cada traducción porque una persona distinta la tradujo. Y sí, resulta muy útil para aprender idiomas y recomiendo el truco.

Resulta un poco preocupante, sin embargo, si tenemos en cuenta que el asesino de John Lennon firmó un ejemplar de este libro y lo llamó “su confesión”. O que varios asesinos en serie tienen uno o más ejemplares. Yo, por si acaso, siempre les digo a mis amigos que no se olviden de filtrar el detalle de que tengo ocho a la prensa si por casualidad me da por matar a alguien: mantengamos viva la leyenda.

Bien porque os interese ver qué tiene este libro que fascina a los asesinos, bien porque os he convencido o bien por curiosidad, leedlo. Y si ya lo habéis leído, leedlo otra vez, puñetas. Solo por la primera y por la última frase del libro merece la pena el esfuerzo (creo que la última la he escrito yo alguna vez en este blog, por cierto).


Total, lo peor que puede pasar es que queráis matar a alguien. A mí, por ejemplo. Y me hago cargo encantada.

viernes, 24 de febrero de 2017

De mis películas IV: La ciudad de las estrellas (La la land)

N., mi segunda esposa, y yo vivimos separadas desde hace mucho tiempo. Pero para mantener la pasión, todos los años celebramos nuestra triple porra: los Oscar y las semifinales de Eurovision. Este año es especial porque mi querida N. llegará a Valencia en pocas horas y podremos ver la gala juntas. Y le ganaré, por supuesto. 

Celebrando que han abierto -¡por fin, oh, por fin!- un cine en mi ciudad, hace un par de semanas fui a ver la favorita, la más nominada… La ciudad de las estrellas (La la land).

Normalmente soy crítica con las traducciones de los títulos (deformación profesional, qué le vamos a hacer), pero en este caso lo comprendo: cuando escucho “La la land”, pienso en Massiel. Y probablemente a la persona que tradujo el título le sucede lo mismo. Aunque no somos los únicos: la traducción del título es un tema que trae cola, porque en toda Europa se lo han cambiado.

Fui a verla con miedo, lo confieso: demasiadas expectativas para un musical. Sí, soy muy fan de Siete novias para siete hermanos y Ryan Gosling es más atractivo que los siete hermanos juntos, pero tenía mis reservas. Tanta nominación… Algo no encajaba. Y el argumento, a priori, no puede ser más básico: él quiere abrir un club de jazz, ella quiere ser una gran actriz, se conocen, se enamoran y…

No, no voy a contar el final. Si la habéis visto, a lo mejor os habéis visto inmersos en algún debate al respecto y esta es mi opinión: artísticamente soberbio, ligeramente incoherente. No puedo asegurar nada, pero sí tiene posibilidades reales de llevarse muchos Oscar. Las razones para ello, a continuación.

A los Oscar les gustan las pelis serias, históricas, trascendentes… y que homenajean a Hollywood. Las ganadoras de los últimos años han cumplido alguna o varias de esas características. Esta película no es seria, ni histórica ni trascendente, pero le hace muchos guiños a Hollywood y gira en torno a su mitología de ciudad de los sueños. ¿A quién no le gusta un elogio?

Su historia es sencilla pero bonita, y tiene un mensaje positivo: siempre vale la pena luchar por un sueño. Las historias de superación nos encantan, aunque su narrativa sea más falsa que una moneda de tres euros. Así que ahí va otro punto para La la land.

Y ya que hablamos del lalala, la música: con razón dos de sus canciones están nominadas al Oscar a Mejor Canción, así como su banda sonora.  Si no os gustan mucho los musicales, como a mí, al final os cansaréis de tanta cancioncita. Pero lo cierto es que todas sus canciones son bonitas, pegadizas y memorables. Ryan canta bien (qué demonios, Ryan lo hace todo bien). Emma también.

El reparto, en el que Emma Stone y Ryan Gosling son los protagonistas absolutos, no decepciona y da vida de forma convincente a sus personajes. Personajes que, aunque pequen un poco de arquetípicos, muestran su profundidad en los pequeños detalles. Además, son personajes agradables y simpáticos, a los que da gusto querer y a los que querrías tener como amigos. Los personajes secundarios no destacan especialmente, salvo quizás John Legend.

En resumen, es una película que se disfruta. Cuenta una historia clásica pero con su propia voz y sus propias características. La recomiendo y, si la habéis visto ya, dejadme vuestra opinión sobre el final en los comentarios.

martes, 21 de febrero de 2017

Del CJC (I): El paseo

Hace unas semanas hice un cursillo en Skillshare: Creative Journaling Challenge, que consistía en escribir unos diez minutos durante diez días seguidos. Algunos días escribí más, otros menos... No voy a compartirlos todos, solo los que me gustan. Este es un poco flojito, pero es el primero y le tengo cariño.

El paseo

Acaba de darse cuenta de que le gusta salir a andar solo. Ha sido la primera vez en meses que lo hace. Y lo más importante: lo ha hecho a propósito. Ha decidido salir a pasear él solo. Él, su móvil y sus cascos, avenida arriba.

Creía –esperaba y casi confiaba en- que sería muy aburrido. Pero llevaba música y, casi sin querer, ha empezado a cantar para sí mismo. Es lo que alguna generación –la suya o la anterior como mucho- ha decidido llamar estar en un videoclip. Y aunque a buen seguro las calles de Manhattan o de París serían un escenario mucho más interesante y bonito para un vídeo musical de su vida, ningún lugar es más suyo ni lo define mejor, por más que lo niegue.

En algún momento, ha comenzado a sentir su propia compañía dentro de él, mucho más amable y pacífica de lo que esperaba. Sin obsesiones, sin sufrir y casi sin pensar. Solo música. La música, la calle y él consigo mismo. También le dolía la pierna –y le sigue doliendo, de hecho-, pero en esos momentos nada de eso importaba demasiado. Solo caminaba y cantaba.

A la vuelta, casi por accidente, ha llamado a Marta. Y su propia compañía se ha retirado en silencio con una sonrisa y con la música para dejarles hablar. Echaba de menos su voz, sus palabras y la forma en que tenía ella de hacerle sentir mejor. El camino de vuelta se ha hecho mucho más corto… seguramente, también, porque era cuesta abajo.

Cumplió su propósito inicial al decidir dar un largo paseo solo: activar su circulación, evitar el sopor de la siesta y no invertir demasiado tiempo en el proceso. Pero le ha sorprendido mucho disfrutar de la caminata y del tiempo consigo mismo. Casi se echa de menos.

Es una alegría saber que solo tiene que coger las llaves, las zapatillas, el móvil y los cascos para encontrarse de nuevo.

viernes, 17 de febrero de 2017

De raíces y alas


Meses de rehabilitación y de no hacer nada dan para mucho. Como, por ejemplo, ver un montón de vídeos y hacer cursitos online sobre productividad y actividades varias. Y de pronto un buen día sientes la necesidad de retomar alguno de tus antiguos proyectos.

Mi primera opción fue terminar El Puzzle. Sí, ha adquirido personalidad propia y hasta el derecho de que lo mencione con mayúsculas. El Puzzle es un puzzle de mil piezas de la torre Eiffel que brilla en la oscuridad. De lo cual se desprenden dos cosas. La primera, que es muy bonito. La segunda, que estoy mal de la cabeza o que soy una gran montadora de puzzles, porque solo en uno de esos dos casos se entiende que me haya comprado un puzzle de mil piezas de las cuales novecientas son cielo nocturno azul oscuro. Por si alguien se lo estaba preguntando, el primer caso es el correcto: efectivamente, estoy muy mal de la cabeza. Y El Puzzle lleva cogiendo polvo en mi casa desde el año 2008, cuando empecé la universidad. Haré un master, un doctorado, me casaré, tendré hijos, mis hijos se irán a la universidad y El Puzzle seguirá cogiendo polvo en mi casa. En el fondo es hermoso, una oda a lo inmutable fabricada por Educa. ¿Quién soy yo para fastidiarlo ahora y montarlo? ¡Nadie, pardiez! Descartado.

Mi segunda opción fue volver a mi pequeño rincón de Internet y tomármelo en serio. C., uno de mis compañeros de batalla en Saarbrücken, me sugirió que lo usara de plataforma para dedicarme a lo que quería. A las malas, siempre habría practicado mucho. M., mi compañera de piso en Saarbrücken, lo remató añadiendo que debía empezar a vivir como si ya hubiese conseguido la vida que quiero. Por desgracia, ninguno de los dos vivía conmigo cuando me hicieron esas sugerencias, así que lo apunté para más tarde y seguí hundiéndome en la miseria. El año 2015 no fue fácil.

Pero ahora que tengo el tiempo y las ganas, es el momento. No podía ser tan fácil, claro: pronto saltó el monstruo (que también debería estar escrito en mayúsculas, pero me niego a darle ese poder) a disuadirme. “¿Por qué ahora, que no te está pasando nada interesante?”

“Porque estoy reconciliando mis raíces y mis alas y eso también es importante. Y porque quiero.” Lo segundo se entiende, pero quizá lo primero requiera una pequeña explicación.

Desde septiembre de 2008, cuando empecé la uni, me he pasado ocho años viviendo fuera de Valencia, principalmente en Granada y en Alemania. Durante ese tiempo no he pasado más de tres meses seguidos en Valencia. Ni proponiéndomelo. Y mi relación con Valencia durante todos esos años ha sido complicada: la amaba, pero no dejaba de criticarla a ella y a mi vida aquí. Llevo en conflicto con mi pasado demasiado tiempo, pensando que eso me serviría para seguir adelante, pero no ha sido así.

Y mientras, las alas fueron creciendo. Despacio, un poquito cada día, con cada nueva decisión, cada nueva persona. Y aunque al principio fueron todo lo que prometían ser y más, siempre me acababa aburriendo. Me he mudado unas doce veces en ocho años, sé de lo que hablo. Al final me cansé de volar, pero mi orgullo me impedía reconocerlo, así que el destino decidió romperme el brazo para forzarme a aterrizar.

Y aquí estoy, después de ocho años. Enamorándome de nuevo de la perla del Turia, de su fragancia y sobre todo de su luz. Redefinir mi relación con mi familia es casi imposible (las constelaciones son tales porque no cambian), pero sí estoy redefiniendo algunas relaciones de amistad y en general, tengo mono de conocer a gente nueva. A veces caigo en el extremo opuesto y reniego de mis alas, de las ciudades, camas, personas e historias que he conocido durante mis viajes. Pero me dura poco porque ahora me digo a mí misma que la persona que soy es una mezcla de ambas.

“¿Desde cuándo tiene que ser una cosa o la otra? Se puede tener raíces y también alas”. Esta frase, dicha por el atractivo Josh Lucas en una comedia romántica, se ha convertido en uno de mis nuevos mantras. Así que a eso he venido. A reconciliar ambas, a crecer, a crear y a escribir mucho.

Mis contactos en FB ya conocían mi cara, pero para todos los demás, ahí me tenéis en todo mi esplendor. Es una foto un poco vieja pero servirá por ahora. Y por primera vez en mucho tiempo, escribo y firmo con mi nombre. Salvo enfermedad o compromiso importante, subiré nueva entrada todos los martes y viernes. Me encantaría comprometerme a una hora determinada, pero no puedo. Imagino que por las mañanas. La temática será la habitual; quizá un poco más organizada (que no es que sea muy difícil). Ya tengo preparadas un par de entradas de reserva y uno de mis últimos proyectos de escritura ha producido varios relatos que personalmente me gustan mucho y tengo muchas ganas de enseñar.

Por cierto, tengo que preguntarlo por lo menos: ¿hay alguien de Valencia aquí dispuesto a terminar El Puzzle? Interesados contactar. 

lunes, 30 de enero de 2017

De mi brazo roto

Se supone que, para mantener enganchados a los lectores, no hay que desvelar la solución de la trama hasta el final. Pero qué demonios, llevo seis meses y medio sin pasarme por aquí, así que no vale la pena andarse con rodeos. En mi afán de seguir los pasos de César Mallorquí, he decidido copiarle pero al revés: romperme algo y luego escribir y publicar buenas novelas que se vendan bien. La buena noticia es que dentro de nada empezaré a ganarme la vida como escritora.

La mala noticia es que me rompí el brazo en octubre. Era martes, día 4 de octubre. Estaba de vacaciones en España y tenía billetes para volver a Varsovia una semana después. Aquel día me disponía a ir de compras a Valencia con mi madre y mientras bajaba el piso de escaleras, ese único, corto y conocido tramo de escaleras, que tantas veces había subido y bajado, me resbalé y caí hasta chocar contra la rampa.

Intenté levantarme, pero no podía mover el brazo derecho. Para colmo, me lo rompí por dos partes a la altura del hombro, así que me tuvieron que operar. Qué desagradable… Mejor os ahorro la narración de la experiencia, cualquiera a quien hayan operado de adulto lo entiende. Tres semanas después me quitaron las grapas y más tarde empecé con la rehabilitación.

Huelga decir que no volví a Varsovia. Tuve que dejarlo todo. Mi trabajo, mi piso, mi planta. Lo que más me dolió fue la planta, pero sé que M. está cuidando de ella. Y me resultó muy duro gestionar que me enviaran las cosas desde Varsovia y no poder decirle adiós a mi piso.

Por suerte, ahora estoy mucho mejor. He hecho rehabilitación y ya puedo hacer vida normal. No lo muevo exactamente igual que el izquierdo, aunque sigo trabajando en ello, pero qué le vamos a hacer.

Todo este proceso ha sido doloroso y transformador, física y mentalmente. Ahora que ya estoy bien se me plantea la posibilidad de volver a Varsovia, pero por ahora no voy a volver. Esto puede resultar sorprendente para quien me haya leído durante estos últimos años, porque me encanta Varsovia. Y me sigue encantando, no tengo ningún problema con ella.

El problema era yo. Yo estaba mal. Durante mis vacaciones, empecé a cambiar hábitos y a encontrarme mejor. Tenía mis planes para adaptar esos cambios a Varsovia, pero tenía mucho miedo de volver. Y en cierto modo, a veces pienso que el destino hizo que me rompiera el brazo para obligarme a quedarme y parar.

Si alguien se ha molestado en echar cuentas, se habrá dado cuenta de que ya llevaba dos meses sin escribir cuando me rompí el brazo. Y esa es una pausa importante. Sencillamente, escribir aquí había perdido todo su sentido. Escribía, pero no sabía por qué. Pensaba en cosas pero no las escribía. Y pasó el tiempo. Pero he vuelto y tengo planes (planes de los de agenda, horarios y objetivos) para quedarme aquí también.

Antes de terminar, quería comentar un par de cosas. Sí, finalmente publiqué el relato y se está vendiendo muy bien en Polonia. En parte, gracias a todos mis alumnos y a los alumnos de mi profesor de polaco. Y está gustando: un lector me encontró por Facebook y me dio las gracias por haberlo escrito. Pocas cosas me han hecho más feliz. Es una tontería de relato, es muy simple y de peor calidad que lo que escribo aquí (baja, Modesto), pero si a alguien le interesara, puede escribirme un correo y os informo de cómo conseguirlo.

Y por último, por si alguien se sorprende de ver que faltan entradas: es un misterio. Ha habido fallos en el sistema que han afectado a mi blog y se han cargado varias entradas… porque sí. Para colmo, acostumbro a escribir directamente en el blog, así que no tengo copia de seguridad de ninguna. Razón por la cual estoy escribiendo esto en un Word antes de copiarlo en el blog: esto no me vuelve a pasar. Lo siento sobre todo por los comentarios... a ver si averiguo qué narices ha pasado.

Gracias a todos por pasaros por aquí y espero seguir viéndoos, si no antes, el 17 de febrero. Un abrazo,


Cristina