domingo, 6 de marzo de 2016

De los momentos de procrastinación II: quería ver una película y no pude

Llegó el momento decisivo: por fin era libre. Tan libre que mi cuerpo se tomó la libertad de caer enfermo, para que pudiera apreciar como es debido los pocos y preciosos días libres que tenía por delante. Es la enfermedad más rara que he tenido en mi vida: se me fue la voz, casi del todo, sin dolor y sin más síntomas. Estuve casi dos días sin hablar (y casi sin poderme mover del cansancio) y la voz volvió igual que se fue. Dada mi verborrea habitual, creo que el universo agradeció esos dos días. 

Así que hasta el jueves pasado no fui libre de verdad. Pero el haber perdido dos días enteros de vacaciones me agobió muchísimo: solo tenía tres días y medio para hacer todas las cosas que quería hacer. Y era una lista larguísima. Todo eran asuntos interesantes, importantes o urgentes, así que no tenía tiempo que perder. 

¿Os acordáis de esa canción tan machista de Los Payasos de la Tele? ¿La de la niña que no podía ir a jugar porque estaba muy ocupada siendo una sumisa y prolija hija obediente? Cambiad "jugar" por "ver una película" y eso ha sido mi fin de semana. 

Lo confieso, miento: el viernes vi la última de Woody Allen en casa de D. y la disfruté muchísimo. Pero lo que quiero contar aquí es lo bien que había planeado ver una peli en mi casa ayer por la noche y cómo no pude. 

La cuestión es que mentalmente sigo siendo una niña, así que si hago algo bien, necesito un premio. Ayer por la mañana fui a comprar y, como estaba caprichosa, me compré unas palomitas y una lata de Pepsi light. Pero no podía cometer semejante derroche a la ligera, así que tomé una decisión: me pondría una peli y disfrutaría de la Pepsi y las palomitas en cuanto hubiera acabado al menos un tema del curso online que estoy haciendo, hubiera editado un cuento y puesto y tendido una lavadora. 

Y lo hice. Todo. Y sin chistar. Es más, disfruté cada una de esas cosas. Me recordé a mí misma que yo había elegido esas tareas y que las hacía porque eran importantes para mí. Y también, que me esperaba una peli como recompensa.

Llegó el ansiado momento. Abrí el portacedés (no me apetecía ver nada nuevo, la verdad), dudé entre tres y le pregunté a mi amigo R. el intrépido. Por fin me decidí por Los líos de Gray, que no es una buena película pero me gusta. 

Estaba sacando el DVD cuando de repente, sonó el teléfono. No voy a decir quién fue, porque estaría muy feo. Baste decir que maldije a los cielos, porque era alguien a quien no podía colgar sin más. Para colmo, estaba cansada después de haber dedicado todo el día a hacer cosas productivas, así que me moría de ganas por ponerme una peli y desconectar. Unos veinte minutos después, colgué el teléfono. Pero ya era demasiado tarde para ver una peli. No quería acostarme muy tarde. 

En fin. Problemas del primer mundo, para qué lo vamos a negar. Mañana ya empiezo con la rutina, pero no pasa nada. Eso sí, si a alguien le sirve de algo mi experiencia: si vais a ver una película, apagad el móvil. 

De lo que me ha tenido ocupada

He escrito un relato para una editorial especializada en la enseñanza de idiomas. Un libro para estudiantes de español nivel A2.2. Todavía no está publicado y todavía no es cosa segura porque no sé si me he ajustado bien al nivel, pero es la primera historia entera de más de diez páginas que termino. Y eso es lo que me ha tenido ocupada parte de enero y todo febrero.

Me molesta la falsa modestia, así que voy a decirlo y ya está: sé que no escribo mal. A veces me gusta lo que escribo y hasta lo disfruto. No ha sido el caso. Adaptarlo a un nivel más bajo me ha costado sacrificar gran parte de mi vocabulario y muchos tiempos verbales. Ha sido una experiencia muy interesante, pero no es lo mejor que he escrito. Tengo sentimientos encontrados, de hecho. Por una parte lo detesto, pero por otra, lo he creado yo y le tengo cariño.

La cuestión es que, tanto si al final sale a la luz como si no, no podré dedicárselo formalmente a nadie. Y necesito dar las gracias y dedicarles unas palabras al enorme grupo de personas que me han ayudado a lo largo de estos meses. Imaginadme vestida de largo con un Oscar en la mano porque es como me siento ahora mismo. Claro que no sabéis cómo soy... Sandra Bullock. Imaginadme como Sandra Bullock.

En primer lugar, por supuesto, a mi profesor M. por recomendarme para el trabajo y a mi editora E. por tener casi tanta paciencia conmigo como mi madre.

En segundo lugar, a mi madre. Por darme la lata cuando debía, por no darme la lata cuando se moría de ganas de hacerlo y por quererme incluso cuando no lo merezco.

A mis tías, M. y E., por darme ideas para la historia y por acceder a salir en ella. También por leer gustosamente todo lo que he escrito desde que tenía 12 años. Son las únicas personas de mi familia que entienden de verdad las razones por las que escribo.

A mi núcleo duro de Granada, mis mejores amigos y protagonistas de esta historia: a mis dos esposas, M. y N. A D., que se ha convertido en el mejor personaje de la historia. A R. por prestarme su identidad. Y al Doctor, que es el único al que he homenajeado con dos personajes. Os quiero. Y ya no tengo ni palabras para deciros cuánto os echo de menos.

A F., por su ayuda con la información que necesitaba sobre la policía nacional y por ser el mejor comisario ficticio de Granada. Y a A., que no es de Granada, pero que accedió a ser la mala.

A la bellísima ciudad de Granada, por ayudarme a crecer y por ser mi inspiración.

A mis nuevos amigos y compañeros de batalla. D, quien me ayudó a encontrarme a mí misma cuando estaba perdida. M, que me serenó y confió en mí cuando estaba a punto de tirar la toalla. Me hacéis tener los pies en la tierra. A C., quien me escuchó y apoyó todos los martes y jueves antes de las 8 de la mañana. Ah, y a J. y a Á., por colarse en la historia.

Extrañamente, debo dedicárselo también a mi hermana M. D. por ser cabezota como ella sola y no dejarme en paz hasta que acabé los últimos cuatro capítulos. No quería a mis hermanas en esto, pero he de reconocerle el mérito.

Y finalmente, a todos quienes en alguna ocasión me habéis honrado leyendo algo mío. No puedo expresar lo que siento sin sonar demasiado cursi así que lo simplificaré: Gracias. Por todo.


Me voy corriendo a escribir otra entrada sobre algo totalmente distinto para camuflar esta.