martes, 23 de febrero de 2016

De los momentos de procrastinación I: me apetece ver una película

Me apetece ver una película. Tengo un montón de DVD aquí, todos los que me cabían en el portacedés. En el aeropuerto siempre me paran y lo abren. Y siempre digo, orgullosa, que son todos originales. Pero una mujer me dijo que no era por eso. Sigo con la duda de saber por qué. También sigo sintiendo la tentación de ofrecerle al segurata de turno una de mis pelis: "Oye, vuelvo a Alemania en una semana. Vendré a eso de las nueve. ¿Te presto Más extraño que la ficción y me cuentas qué te parece a la vuelta? Llevaré una botella de agua para que me tengáis que parar." Pero nunca lo hago. Un aeropuerto no es lugar para bromas.

Me apetece ver una película. Me da igual haberla visto ya cincuenta veces. Es más, casi que lo prefiero. Me pierdo en la anticipación de los diálogos y los chistes y cada vez descubro un detalle nuevo. Un error de continuidad, un cuadro, algún detalle sobre la ropa, un gesto. Y sonrío para mí misma cuando los descubro.

Me apetece ver una película, y me apetece verla acompañada, como antes. Con un bol de palomitas, de aquella época en la que no quemaba un paquete de palomitas en el microondas ni intentándolo (durante años fue mi talento oculto. Lo perdí en junio de 2013. Sí, me acabo de inventar la fecha, pero creo que le da más trascendencia). Y con Coca-Cola zero, o Pepsi light, dependiendo de si veo la película con mi hermana o con D. Me encanta ver películas con D., teníamos todo un ritual.

Me apetece ver una película, cubierta por una manta. Aquí no tengo manta, tengo un edredón nórdico muy calentito con unas sábanas moradas y rosas muy cursis y bonitas. Pero no tengo manta, ni siquiera tengo sofá, ni tele. No me importa ver películas en el ordenador, llevo años haciéndolo. No obstante, sí echo de menos la manta. No se puede llorar de emoción en el nórdico. Vale, se puede, pero no es lo mismo. Y no te puedes tapar la cabeza con el nórdico, porque pesa. Además, da mucho calor. Las películas se ven con manta y no hay más que hablar. Más aún, deberían alquilarlas en los cines. Qué digo, o prestártelas directamente, que al precio al que están las entradas, ya pueden.

Me apetece ver una película y me da igual de qué. Bueno, no, no me da igual. Hoy no me apetece ver nada demasiado trascendente, ni nada demasiado trágico. Tampoco es que me apetezca ver una comedia romántica sin más, o una película de dibujos. Pero no le haría ascos a ver Jungla de Cristal. Es extraña mi relación con esta... saga. Yo la conocí como trilogía, pero Bruce Willis ha decidido morirse en pantalla. Es épico, si lo piensas... En fin, a lo que iba. Fue mi hermana quien me puso las pelis cuando consideró que tenía edad para verlas. Y es una saga que me une a mis dos esposas: con la primera, es nuestra película para el mal de amores (no preguntéis por qué, pero ver a Bruce Willis luchar contra el mundo, de algún modo me devuelve la fe en el hombre. Que sea un misógino, fumador, malhablado y más basto que un arado son minucias. Eran los ochenta). Con la segunda... Bueno, a la segunda le molan mucho las películas de acción y a mí me mola mucho Jungla de Cristal. Nuestro momento cumbre fue verla en inglés con subtítulos en polaco. Porque nosotras molamos. Y me encanta haber conocido las películas más llenas de testosterona de todo mi portacedés precisamente por una mujer y no por un novio. Oh, ver La Roca también estaría bien. Sean Connery está genial, Nicholas Cage no da grima y la música es una pasada.

Me apetece ver una película porque no me apetece trabajar. Estoy (más) vaga y me apetece divertirme un rato con alguien. Ver películas es siempre divertido, porque siempre es divertido que te cuenten historias. Y me encanta leer, pero hay imágenes que no se pueden describir con palabras. Si no me creéis, ved el final de Stardust. No he leído el libro, pero no creo que esa escena sea más vívida que en la película.

Pero sobre todo, sobre todo me apetece ver una película porque para mí es el paradigma de la relajación. Añoro esa sensación de calma, de saber que todo está logrado y hecho y que puedo acurrucarme a que me cuenten un cuento sin preocuparme por nada más. Ni trabajo, ni exámenes, ni problemas. No es que esté especialmente preocupada ahora mismo; simplemente me apetece descansar sin culpabilidad. Algo que no hago desde hace mucho tiempo.

Va, vamos a trabajar un ratito. Ya veré una peli el viernes. O el martes que viene. Ay, el martes que viene...

jueves, 11 de febrero de 2016

De algunos pensamientos sobre la soledad

No, no me he muerto. Al contrario, estoy viva y bastante bien. Con bastantes achaques (vengo encadenando un problema de salud tras otro desde que volví a Varsovia), pero en general me siento bien. En febrero hay bastante menos trabajo en la academia, así que tengo más "tiempo libre". Y lo escribo entre comillas porque ahora mismo estoy metida en un jardín en el que no terminaré hasta marzo por lo menos, de ahí que no haya escrito nada aquí desde año nuevo. Y es una lástima, porque tengo muchas ganas y muchas cosas que contar. Tiempo al tiempo.

Al tener menos trabajo, paso más tiempo en casa. Bastante más. Por suerte, desde hace unas tres semanas, mi casa es un lugar limpio, recogido y habitable en el que me apetece estar. Ya recibo visitas aquí y todo. Si alguien necesita poner orden en su vida, aquí os dejo los libros que me han ayudado a hacerlo: La magia del orden, de Marie Kondo, y Objetivo: felicidad, de Gretchen Rubin. Al menos el primero, recomiendo que lo saquéis de la biblioteca: no vale los 15 euros que cuesta en una librería. El segundo me gustó mucho más y recomiendo que lo leáis en inglés si podéis. No los considero libros de autoayuda, por si hay alguien que les tenga alergia. El libro de Marie Kondo es más un manual de instrucciones sobre cómo hacer limpieza de una vez por todas y para siempre. Y el de Gretchen Rubin simplemente cuenta su experiencia, de la cual se pueden aprender algunas cosas o simplemente disfrutar leyéndola. A mí me ha servido para crear buenos hábitos del sueño y dormir más y mejor. Ahí os los dejo.

Pero claro, cuando pasas más tiempo en casa, pasas más tiempo solo. No es que me moleste, pero tan necesaria es la compañía esporádica como el retiro y la paz del hogar. Y ahora mismo raro es el día que hablo con más de dos personas... en persona. Con mi madre hablo a diario por teléfono, pero no es lo mismo. Además, no se debe subestimar jamás la importancia de una buena conversación. Hay estudios que señalan que hablar con desconocidos a diario te hace más feliz por una razón muy sencilla: con los desconocidos tendemos a ser amables. Y ser amable automáticamente contribuye a tu felicidad. Aunque por supuesto, con mi limitado conocimiento de la lengua polaca y con la creciente animadversión que sienten los polacos hacia los extranjeros, dejando aparte mi timidez natural, no me nace entablar conversación con la gente en el autobús. 

Tengo amigos aquí, sí, pero la mayoría están de vacaciones o con sus parejas. O las dos cosas. De merecidas vacaciones, debo añadir. ¡Hasta mi profesor se ha ido! Y que conste que me alegro, muchísimo. Que desee yo también irme por ahí a vivir la vida loca es otra cosa. Paciencia: ya ahorraremos. En cualquier caso, que el número de personas al que acudir para pasarlo bien (y mal) se ha visto considerablemente reducido hasta marzo. Además, la intimidad no se puede falsificar ni forzar: lleva tiempo e intentarlo no te garantiza el éxito. Y aunque quiero mucho a las personas que conozco aquí, qué le vamos a hacer: todavía no he conseguido con nadie la conexión que siento con mi núcleo duro de Granada.

En el título del post prometo pensamientos y no una mera narración de mi vida, así que he aquí mis conclusiones: sentirse solo no es más que darse cuenta de lo solos que estamos. Porque siempre estamos solos. Necesitamos el contacto, la compañía, el cariño y hasta las peleas para sentirnos un poco menos solos, pero en ningún caso acompañados. Hace algunos post escribía sobre lo genial que sería saberlo todo de alguien y que alguien lo supiera todo de nosotros. Lo que quería decir, aunque entonces no lo sabía, es que sería genial no estar solo, así sin más. Al menos un ratito, para saber lo que es. También me doy cuenta, según pasan los días, de que jamás me sentiré adulta. Jamás me levantaré sintiéndome preparada para la vida. No sé si le pasa a todo el mundo, pero sí a algunas personas que conozco. Nunca se termina de aprender y eso me parece bien, pero a veces la inseguridad es frustrante. ¿Tiene remedio? No lo sé. 

Sin embargo, en estos días -o semanas- de semisoledad he desarrollado una buena estrategia para sentirme mejor, reconciliar el presente con el futuro y tener la casa más limpia: hacer las cosas por la futura Cristina. Sea fregar los platos cada noche o recoger la casa, cuando me entra pereza me digo a mí misma: "Hazlo por la Cristina de mañana por la mañana, que se alegrará mucho". Es una tontería como un castillo, pero funciona. Me voy a la cama más feliz y me levanto agradecida y satisfecha. A fin de cuentas, a falta de mi madre, alguien tiene que cuidar de mí. Y no va a venir nadie a hacerlo. Hay veces en las que ha sido especialmente difícil, pero por ahora no he fallado ni una vez y espero continuar así. 

Esto es todo lo que puedo contar por ahora. Con suerte, en algún momento de marzo retomaré el blog de forma más regular. Para que no os aburráis, os recomiendo la película Spotlight, nominada a los Oscar. La de Steve Jobs es entretenida, pero no te cuenta nada. Y la de Leonardo DiCaprio está muy sobrevalorada: la fotografía es impresionante, pero le sobra una hora de metraje. Si le dan el Oscar a Leonardo por gruñir, perderé toda la fe en la Academia. Parece un asunto trivial, pero no lo es en absoluto: hay una copa en juego.