domingo, 6 de diciembre de 2015

De cuando se me está olvidando lo básico

Llevo ya casi tres meses aquí y, la verdad, me encanta. No sé si es por la ciudad o por el hecho de ser independiente, pero pese a los días agotadores, me sigue gustando vivir aquí. Dicen que si lo peor con alguien es mejor que lo mejor con cualquier otra persona, es amor verdadero. Creo que me pasa algo parecido con Varsovia. Hemos tenido nuestros más y nuestros menos, pero pese a todo me siento más viva aquí de lo que me he sentido en cualquier otro lugar. 

Pero emigrar sigue siendo complicado. Por ahora, lo más duro está siendo la falta de luz. No de sol, no: de luz. Amanece a las siete de la mañana y anochece a las tres de la tarde. Así, tal cual. Los otros profesores me han dicho que el primer invierno es el más duro, especialmente noviembre. Supongo que tienen razón, así que sólo me queda ser paciente. 

Por otra parte, me paso la mayor parte del tiempo en el trabajo. Y eso está bien, me gusta el trabajo y me encanta la gente que hay ahí, pero la vida es algo más. Las últimas semanas he mantenido el tipo como he podido, pero me he estado agobiando mucho. Conozco los síntomas. No querer dormir, irresponsabilidad, no dejar de pensar ni un segundo. Empecé a acumular mucha tensión, a estar triste o de mal humor y a perder las ganas de trabajar. 

Entonces me di cuenta de que estaba pasando algo por alto. Estoy volviendo otra vez al punto de partida. Estoy volviendo a mayo o a junio, a cuando mi vida no me gustaba nada. Otra vez los mismos errores. Estoy intentando controlarlo todo y no puedo.

No puedo controlar el tráfico. No puedo controlar los tranvías que se paran eternamente en los semáforos del Rondo ONZ. No puedo controlar los autobuses que deciden no pasar. No puedo controlar los cajeros del Biedronka, vagos, lentos y malhumorados como ellos solos. No puedo controlar que el chocolate sea tan barato. No puedo controlar a los polacos que no te dejan salir del metro y que te empujan para entrar en cuanto se abre la puerta. No puedo controlar la luz del sol, ni la nieve ni la lluvia. No puedo controlar el frío. No puedo controlar a mi familia. No puedo controlar que me quiten los rotuladores que pintan. No puedo controlar que el café tarde más de diez minutos en estar a la temperatura que me gusta. No puedo controlar que la ropa tarde tanto en secarse. No puedo controlar las ausencias de los alumnos. No puedo controlar sus malas caras. No puedo controlar su voz para que hablen en español en vez de en polaco. No puedo controlar que lleguen tarde, sistemáticamente, media hora todos los días. No puedo controlar sus sentimientos para gustarles a todos. No puedo controlar a la gente a mi alrededor. No puedo leerles la mente, no sé lo que piensan ni por qué dicen lo que dicen. No puedo -ni quiero- evitar que bromeen. Jamás he querido que me traten entre algodones y no pienso empezar ahora. No puedo controlar sus palabras. No puedo controlar sus sentimientos. No puedo exigir gestos ni miradas. No puedo obligar a nadie a que me entienda. No puedo esperar que alguien esté siempre ahí para mí. No puedo esperar que sean como yo -lo que, por otra parte, sería horrible. 

Somos muy pequeños en un mundo muy grande, hermoso y complicado. Y hasta el ser humano más ateo realiza un acto de fe muy poderoso todos los días: levantarse y vivir. Confiar en que el universo será bueno y no nos matará de la forma más absurda y estúpida. Confiar en nuestro cuerpo y en su capacidad para mantenernos vivos. Hay muchas cosas que sencillamente nos pasan, es la verdad. Pero sí que tenemos control sobre algo: de todo aquello comprendido entre nuestra cabeza y la punta de los dedos de nuestros pies. Bueno, todo no: la mayoría de las enfermedades no se eligen. Pero podemos controlar lo que hacemos y como somos. 

Puedo organizar mi horario y madrugar más para que no me salga una úlcera cada vez que se retrasa el tranvía. Puedo respirar hondo y compadecerme de los pobres cajeros del Biedronka por el trabajo tan monótono que tienen. Puedo ponerme una bufanda más grande y un gorro. Puedo aprovechar el calor del café para calentarme las manos. Puedo bailar y cantar en la ducha, en el metro y en la calle. Puedo pintarme los labios para sentirme guapa. Puedo cocinar -pero se me está olvidando. Puedo apasionarme por lo que hago. O puedo hacer algo que me apasione. Puedo ser responsable. Puedo aprender a ser paciente, puedo -y debo- aceptar que la opinión de los demás es únicamente eso y no me define ni me limita como persona. Puedo pensar antes de hablar. Puedo pensar otra vez antes de hablar. Puedo decir lo que pienso, preparada para asumir las consecuencias. Puedo tener una opinión. Puedo exponerla. Puedo dejarme llevar por la corriente o puedo nadar río arriba hasta que la corriente acabe conmigo -suelo elegir esta última opción. Puedo sentir y debo, pardiez, aceptar lo que siento y no avergonzarme de ello. Algún día me haré tatuar esto en alguna parte. Puedo ser suficiente para mí misma -estoy averiguando cómo, poco a poco. Y puedo entenderme yo. O al menos, intentarlo. 

Se me está olvidando precisamente lo que me trajo aquí: la gran convicción de que realmente puedo hacer lo que quiera. Caray, debería haberme hecho un piercing o algo para no olvidarlo. Pero lo importante es que lo he recordado de nuevo. Habrá vida y diversión de la buena. Habrá alegría y drama y cosas maravillosas. Tengo pendiente escribir una nueva entrada sobre cómo saber si estás en Polonia, porque una cosa es estar de vacaciones y otra muy distinta es vivir aquí. Pero como dijo Michael Ende en un libro precioso, "esa es otra historia y será contada en otra ocasión". 

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