jueves, 9 de julio de 2015

De los yermos y estériles días de verano

No estoy muy segura de quién, pero alguien dijo que los veranos sólo son divertidos cuando eres un niño y tienes el verano entero para ti. Noventa días de semilibertad (esos dichosos cuadernitos de vacaciones) para aburrirte y soñar y crear el mundo a tu antojo. Y qué razón tenía.

En el verano de 2009, mis primeras vacaciones de la universidad, pasé una semana en Roma, tres semanas en Londres y tres semanas en Berlín antes de empezar mi beca Erasmus en Münster: no fue el mejor verano de mi vida, aunque casi. 

El mejor fue probablemente el de 2004. No fui a ninguna parte y estuve en mil lugares: me lo pasé leyendo. Es todo lo que recuerdo de ese verano. Encadenar las novelas de Jane Austen con los libros de Los Cinco, García Márquez, El Hobbit, La Materia Oscura. Leía durante el día y durante la noche, me tenían que avisar para comer y cuando me acababa uno, normalmente de madrugada, no podía dormir si no había elegido otro antes. 

Luego me volví adicta a Internet y no he leído con tanta pasión desde entonces. De vez en cuando encuentro alguna novela que me enganche y me vuelva loca y tengo a varios autores fetiche desde entonces (mi querido Sándor Márai, por ejemplo). Pero no es lo mismo; lo más normal es que acabarme un libro últimamente me cueste más que un parto. 

Es el caso del último libro que me leí, Lost in Translation. Y no, no tiene nada que ver con la película de Bill Murray. Es un libro escrito por Eva Hoffmann, una mujer que tuvo que emigrar desde Cracovia a Vancouver cuando tenía 13 años. Y en el libro cuenta cómo era su vida en Polonia, los duros comienzos en Canadá y cómo su desarrollo personal tuvo lugar de forma paralela a su desarrollo lingüístico en dos idiomas. Nos lo recomendó mi profesora de Traductología, Mariela, alias la Pertinente y a la que tengo un gran cariño. Me lo compré en 2012, cuando vivía con Noelia en el que fue mi primer pedido a Amazon (y tras el cual le declaré amor eterno). Prometía mucho... y ha sido una cruz acabarlo. 

Denso. O quizá la densa era yo. Con verdades dolorosas como puños (la vida del inmigrante no es fácil y Eva lo explica a la perfección). Y con un brillo de esperanza al final, pero un libro tan cansado como el viaje que la propia Eva recorrió. 

Ahora aprovechando que es la comidilla de la prensa rosa me he pasado a Vargas Llosa. Otro libro pendiente, regalo de alguien a quien quiero -y añoro- muchísimo. ¿Me dejarán? Los días en Valencia son largos e infinitos. ¿Cuándo llegué aquí? No hace ni un mes y ya me siento prisionera, ajena en un mundo que no tiene apenas nada que ver conmigo y a la vez tan atrapada, tan sometida a su voluntad. El verano ya no es del todo mío. Ya no puedo leer todo el día, absorta en el universo de papel hasta que no consiga mantener los ojos abiertos. Estoy incómoda, y aunque dejaré de estarlo, todavía no he encontrado mi sitio.

Una de las tareas que me he autoimpuesto este verano es terminar lo que empecé con las entradas del sistema educativo y no me olvido. Tiempo al tiempo. Con suerte, menos de un mes. 

2 comentarios:

  1. Leí tu entrada hace unos días y he tenido tiempo para pensar en lo de los veranos largo. ¿Tres meses de vacaciones serían demasiado para mí? ¿Llegaría a cansarme? ¿Llegaría un momento en que ya no sabría qué hacer? La respuesta a las tres es no. Un mes no me llega a nada. Las vacaciones siempre se me hicieron cortas y si pudiera estar tres meses seguidos dedicándoselos a mis cosas probablemente al terminar querría más.

    Por cierto, disfrútalas :)

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    1. Estoy totalmente de acuerdo. El problema viene cuando, ay, no son vacaciones sino paro e incertidumbre. Pero bueno, tengo un par de ideas en mente así que no tengo miedo :).

      De momento las estoy disfrutando. Pero no puedo quedarme quieta. ¡Un abrazo!

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!