jueves, 28 de mayo de 2015

De la inutilidad de los consejos

Hoy, en los lavabos del instituto, he tenido una revelación.

Ya me estoy despidiendo de los alumnos. Esta mañana he tenido por última vez a la K10 diminuta: sólo siete alumnos. Aprenderse los nombres fue increíblemente sencillo, obviamente. Y como siempre que me despido, les acabé dando el discursito de lo importante que es vivir y cometer errores. Que no pasa nada por no saber lo que quieres hacer ahora, que disfruten y se rían mucho, que vivan... Esa clase de cosas que te dicen los mayores cuando tienes quince años y crees estar de vuelta de todo. Cuando la persona que te está dando ese consejo ni siquiera ha llegado. 

En algún momento yendo de la sala de profesores a los lavabos lo entendí todo: no sirve para nada. No van a entenderlo. Sí, entienden las palabras y lo que significa, pero no se lo van a tragar. Ahora mismo tienen en su cabeza un esquema bastante rígido de lo que es y va a ser su vida. Están en el instituto, les quedan un par de añitos más en los que su única preocupación es elegir su carrera o su formación profesional. Luego le dedicarán unos cuantos años más a eso, tal vez con un año sabático en el extranjero mediante. En ese tiempo, por supuesto, seguirán siendo amiguitos de sus compañeros de clase. Y cuando empiecen sus estudios también. Después, los que ya tienen pareja se casarán (porque por supuesto cinco años no van a poder con ellos, almas de cántaro) y los que no, pues seguro que han encontrado a alguien por el camino. Y encontrarán un buen trabajo que los llene de éxito. Van a tener la vida perfecta. Y se lo creen de verdad. Que va a ser así, y que eso sería perfecto. 

¿Y quién los puede culpar? Son unos bebitos. No hace tanto tiempo jugaban despreocupadamente y hacían el tonto sin pensárselo dos veces. No tenían vergüenza de la mala, ni eran tímidos, ni necesitaban ese aura de dignidad y de mayores para ir por la vida. Ahora, en esa edad tan rara y asquerosa en la que ni ellos, ni sus profesores ni sus padres saben cómo tratarlos, lo único a lo que se pueden aferrar es a su plan. 

Yo también escuché esos consejos tiempo ha, de gente que me quería bien y que me deseaba lo mejor. Y fingí que me lo creía, pero no lo entendí. ¿Qué es eso de reírse y pasarlo bien? La universidad no es para eso... Quizás el problema de estos consejos es que son muy vagos. Es como el "pórtate bien". ¿Qué significa portarse bien? Porque sí recibí un buen consejo. Qué digo, dos. Me los dio la misma persona y al menos el primero lo entendí de maravilla.

Por supuesto, fue Carlos. El primer consejo fue irme a estudiar fuera de casa. Que me fuera de casa cuanto antes, que iba a aprender muchísimo. No he tenido ocasión de darle las gracias por este consejo, porque ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. Debería ser obligatorio. 

El segundo me lo dio en una carta que me escribió, y que sigo guardando en una cajita. Adoro su caligrafía. A él le gustaba lo que escribía y en aquella carta me dijo: "No te olvides de vivir; de lo contrario, no tendrás nada sobre lo que escribir después". 


Eso no lo entendí entonces. ¿Es que no estaba viviendo? Ni de lejos. Vivía a través de otros, como viendo una película. Sólo ahora empiezo a entender cuánta razón tenía. La imaginación llega hasta donde llega, pero hay cosas que sólo se pueden escribir después de haberlas sentido y haberlas vivido. 


Salí del lavabo y sonreí. Los niños lo van a hacer bien, con o sin consejos. Vivirán su vida, se angustiarán y sufrirán y se secarán las lágrimas y reirán de nuevo. Y el mundo seguirá girando. Y un día, si tienen hijos o algo que se le parezca, tal vez se sorprendan a sí mismos dándoles el discurso que yo les he dado hoy. Y sonreirán. Y tal vez, sólo tal vez, se acuerden de mí. Pero si no, tampoco pasa nada. 

lunes, 18 de mayo de 2015

De mi sistema educativo, parte II

[Paréntesis: estas dos últimas semanas han sido duras. He estado enferma, cansada, frustrada y bastante deprimida. Me he disuelto como un azucarillo en un café y me están entrando de nuevo mis enfermedades propias. Lo único que me devuelve la cordura y la sensación de ser yo misma en estos momentos es escribir y aunque no me resulte fácil, sé que es esto lo que debo hacer. Escribirlo todo hasta que el aire vuelva a ser amable y vuelva a descubrir la belleza, no sólo de lo que me rodea, sino la que hay dentro de mí.]

No estoy tan contenta con esta parte como con la anterior. Quizá porque existen dos problemas de base a los que no sé responder. ¿A qué edad deben empezar los niños el cole y por qué? ¿Y qué se supone que tiene que aprender un niño entre los tres y los seis años? Vamos a ver qué sale de aquí.

Lo que sí tengo muy claro es que, si decidimos que entren a los 3 años, todos han de tener esta edad cuando empiecen. Sobre todo si tenemos en cuenta que en la primera etapa educativa lo que predomina es la mejora de la psicomotricidad, y esta capacidad está intrínsecamente relacionada con la edad de los pequeños: unos meses a esas edades importan mucho. En nuestro sistema, empezamos el cole los niños que hemos nacido el mismo año: da igual que uno haya nacido el 1 de enero y el otro el 30 de diciembre. Dos niños con casi un año de desarrollo físico de diferencia van a ser educados en la misma clase con las mismas expectativas. Por no hablar de que la madurez mental no es la misma ni de lejos: un niño de tres añitos recién cumplidos no tiene la misma capacidad de concentración que uno de cuatro. ¿Solución? Pues hacer dos entradas por año: que unos empiecen en enero y otros en septiembre. Los del turno de enero tienen las vacaciones de verano en medio y acaban el curso en Navidad; los de septiembre acaban en junio. Sigue sin ser ideal, pero es mejor

Otro punto a destacar es la cantidad de chiquillos por clase: seis me parece un buen número. Definitivamente no más de diez. Para la escuela que yo sueño, crear lazos es imprescindible. Una sola persona no puede volcarse y prestar atención plena a otras veinte, por muchas ganas que tenga. Es imposible. Siempre hay niños que no participan, que se quedan atrás porque nadie se da cuenta de lo que necesitan, que no reciben la atención necesaria. 

Contenidos, o un montón de sueños

Sueño con una escuela infantil en la que sea más importante jugar que estudiar, en la que contar cuentos y acabarlos entre todos sea ejercicio diario, en la que acercarse a las letras y a los trazos sea un juego y no un tedioso libro de fichas a completar como si de un trámite burocrático se tratara (eso y que la psicomotricidad fina lleva su tiempo: un niño de 4 años no está preparado para escribir aún). 

Sueño con una escuela en la que los niños adquieran un vocabulario emocional y aprendan a identificar sus sentimientos de forma adecuada a su nivel. Que aprendan a decir "Estoy enfadado" en vez de pegar para soltar su frustración. En la que todos (profes incluidos) hablemos de lo que nos gusta y nos da miedo. ¿Herramientas para lograr esto? No soy psicóloga infantil ni pedagoga, pero creo que la ficción es una puerta muy interesante a los sentimientos de alguien: de alguna forma proyectamos a través de las historias que inventamos. Así que podríamos tener un muñeco de clase, un personaje, y contar qué le ha pasado al muñeco durante la semana. Lo bueno y lo malo. Creo que muchas cosas podrían salir de ahí. Sólo con esto podemos sentar buenas bases para enseñar respeto, empatía y compasión.

Sueño con una escuela en la que el profe pida ayuda a los niños para hacer algo, en la que los niños se sientan integrados, en la que se decida de forma democrática si hoy pintamos con los dedos, si paseamos por el jardín (todas las escuelas deberían tener jardín y huerto), o si jugamos juntos a pillar, o si contamos cuentos. Al menos un día a la semana. 

Sueño con una escuela en la que a los niños se les diga la verdad. Y eso no significa darles más información de la necesaria, pero sí la que piden, de forma en que la puedan entender. Normalmente uno pregunta cuando está preparado para la respuesta; mentirles es insultar su inteligencia. 

Sueño con una escuela en la que el profe sepa la vida, obra y milagros de cada uno de sus niños. Qué les gusta, qué les asusta, cómo conseguir sacar lo mejor de ellos. Que sea normal prestarle a uno un cuento de dinosaurios porque sabe que le gustan. Que le regale una plantita al que ha mostrado más interés por el jardín. Que con pequeños gestos les muestre caminos para explorar su curiosidad. Que les acompañe sin juzgar, que les enseñe con pasión y alegría y jamás con amenazas.

Sueño con una escuela con juguetes que no inciten a la violencia ni a la discriminación por género. Sueño con una escuela con menús realmente equilibrados y cocinados con amor. Y con profesores capaces de hacer comprensible la importancia de las zanahorias. Sueño con niños que puedan ayudar de vez en cuando en el comedor, llevando las patatas de un sitio a otro o pasándole al cocinero lo que necesite, para que sepan de dónde sale lo que comen. Sueño con clases que coman juntas, que pongan la mesa juntas y hablen, al menos una vez al mes para los niños que no necesitan ir al comedor. 

Sueño con una escuela de proyecto anual, algo que está de moda últimamente: elegimos un tema y lo desarrollamos durante un año. Los piratas, los egipcios, los romanos, los animales marinos... Y con ello aprendemos los números, las letras, algo de conocimiento del medio... Lo que un crío de 5 años pueda asimilar, vaya.

Sueño con una escuela de deportes, en la que los críos puedan conocer distintos tipos de deporte cada mes, ir probándolos y conociéndolos a ver cuál disfrutan más. Y si no sale bien no nos enfadamos; lo volvemos a intentar. Sueño con una escuela en la que te enseñen a montar en bici y a nadar.

Sueño con una escuela en la que los animales sean bienvenidos y podamos aprender de ellos. Tal vez traer algún perro un par de veces al mes. Esto no es ninguna novedad: en el instituto del Pantera llevaban una perra preciosa a varias clases para que los niños aprendiesen empatía y valores con ella. Principalmente, porque incluso los niños más maleducados y crueles eran incapaces de ser violentos delante de un animalito adorable. Curioso, pero cierto. 

Sueño con una escuela a la que puedan venir los padres y las madres con frecuencia a pasar el día entero y hacer cosas distintas con ellos. Si se puede, algo relacionado con su trabajo. Si no, simplemente jugar. Para que sepan lo que hacen sus peques. Para que los peques sepan que a sus padres les interesa lo que hacen. 

Sueño con una escuela con música y canciones, con noches de planetario para que, aunque aún no entiendan nada, observen las maravillas del universo. Sueño con una escuela llena de colores y murales pintados por ellos, con un jardín cuidado entre todos. 

Sueño con una escuela sin religión. Lo siento, dios no cabe aquí. Ni la política. 

Todo esto hasta los seis años. Si conseguimos que reconozcan las letras y los números en este tiempo, fantástico. Si a alguno le pica la curiosidad y ya ha conseguido escribir, fenomenal. No hay prisa. Están a tiempo para ser ingenieros aeronáuticos. Por ahora me interesa más que jueguen, que aprendan a reír y a respetarse y a ser felices. Y que fomenten la curiosidad. Con curiosidad y paciencia todo es posible. 

Próximamente, la primaria. Aquí meto conceptos que me gustan más porque los críos ya tienen más habilidades lingüísticas. A partir de los siete años ya conceptualizan en abstracto, lo cual resulta muy interesante, y ya tienen fuerza y destreza para hacer más cosas. Repito que no estoy satisfecha con esta parte. La he pensado y repensado y he acabado improvisando. A la próxima, más y mejor.