miércoles, 15 de abril de 2015

De los pedacitos de alma I: Galeano, Magariños y yo. De la breve disculpa y de lo que nos espera

En primer lugar, debo a mis fieles lectores una disculpa por no haberme dignado a responder los comentarios en las últimas dos semanas y media: perdonadme y proceded a leer las respuestas a todos los comentarios que me habéis dejado. Dicen que más vale tarde que nunca, aunque yo no me lo acabo de creer. 

Obviamente, mi ausencia se ha debido a las vacaciones, a las que no quiero dedicar mucho espacio: he cocinado mucho, he pasado mucho tiempo (pero no el suficiente) con mi madre, he besuqueado a mi sobri lo bastante para los próximos dos meses y me he puesto hasta arriba de arroz y de guisos.

Ya de vuelta en Alemania, tengo pendiente escribir de muchas cosas. Prometí escribir sobre mis ideas acerca del sistema educativo; es decir, cómo creo yo que habría que hacer las cosas. Y pienso escribirla. El problema es que cuanto más pienso en ello, más ideas tengo. Y no las estoy apuntando, lo cual es un grave error. Pero escribiré sobre eso, de verdad. Es un tema que me interesa muchísimo y la verdad es que estoy sorprendida conmigo misma porque jamás pensé que me podría apasionar tanto imaginar cómo sería un buen sistema educativo. De momento quedaos con las palabras "integral", "global", "cercano" y "entre todos". 

Aprovecho para inaugurar nueva sección: pedacitos del alma. Iba a llamarla "piezas del puzzle", pero es una palabra muy poco romántica para hablar de Galeano. Y de Magariños. Y, en general, de las personas a las que quiero homenajear en esta sección. No todas están muertas; de algunas solamente lo está la relación que he tenido con ellas. Carlos es el gran protagonista de "pedacitos de alma", pero no es el único. 

A veces, hay conceptos (autores, libros, películas, momentos, colores, olores, recuerdos) que van intrínsecamente relacionados a una persona, de tal forma que resulta imposible no asociar uno con otra. Yo no puedo pensar en Eduardo Galeano sin acordarme instantáneamente de Mercedes Magariños, mi profesora de lengua y literatura en 4º de la ESO. Ah, por cierto: no he leído apenas nada de Galeano; esta entrada es sobre Magariños. 

Yo la llamaba Mercedes, pero era por su apellido por lo que era conocida y temida en el Complejo Educativo de Cheste. Y si no la incluí en mi entrada sobre los profesores que me marcaron es porque Magariños era la anti-profesora. Al menos tal y como yo concibo el término, en mi mundo de chucherías y arcoiris. Magariños era exigente, borde, favoritista y una amante de la literatura en un sistema educativo que la desprecia. Además, apestaba a alcohol y aunque a mí me salvó en cierto modo la vida, no la considero un ejemplo a seguir como docente. 

Magariños era la McGonagall de nuestro instituto. Era mayor y tenía malas pulgas, pero en cuanto rascabas un poco la superficie con un par de frases bien escritas, se ablandaba y mostraba lo mejor de sí. Era también nuestra Pérez-Reverte: mordaz, exagerada a veces, irreverente a menudo pero en todo caso, no dejaba indiferente a nadie. Ni siquiera a los alumnos que la odiaban. Magariños no habría de pasar a los anales de la historia como una profesora apacible y beatífica a la que todo el mundo quería, sino como una guerrera, con todo lo que eso implica. Los guerreros no gustan a todos.

Era mi primer año en Cheste y... bueno, había un par de chicos muy tontos. A lo que muchos me habían recomendado paciencia e ignorarlos, Magariños respondió con una breve pero muy eficaz amenaza. El chico se disculpó y me dejó en paz, al menos durante ese año. 

He dicho que amaba la literatura, pero en la Comunidad Valenciana y en mi época se estudiaba muy poco. No entraba para la temida selectividad, así que ¿para qué? Pero ella siempre nos ponía textos breves en el examen. Textos sencillos pero de gran belleza, sentimiento y dulzura. Textos que me quedaba releyendo una y otra vez cuando acababa el examen. Aprendí el significado de la prosa poética con esos fragmentos; nueve de cada diez veces venían del mismo libro: El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano. Fue la primera vez que oía hablar de él. 

En sus exámenes había otra pregunta que subía un punto si ya habías aprobado el examen, para subir nota: "Escríbeme lo que quieras". ¿Cómo no iba a amarla? ¿Cómo no iba a adorar a una mujer que se interesaba por lo que teníamos que decir? Hasta tenía ganas de hacer sus exámenes para poder escribirle algo. 

Por aquella época yo iba siempre con un libro bajo el brazo (qué tiempos aquellos) y cuando Magariños se enteró, empezó a traerme bolsas de libros. "Es que estoy de mudanza y no me caben todos en el piso nuevo. Si los quieres, para ti". Por diferentes razones no he tenido tiempo para leer muchos de los que me dio, pero gracias a ella leí "La flor púrpura", un libro que recomiendo si os topáis con él. 

Desgraciadamente no volví a tener clase con ella. En 1º de bachillerato ya no la tuve y se jubiló ese año. Murió en junio de 2008, no llega a un año después de jubilarse. Estaba divorciada y tenía un hijo; realmente había que ser mucho hombre para semejante mujer. Pero espero que no muriera sola. Y como cursi que soy, en el fondo pienso que la mató el no tener que trabajar, igual que a mi abuela la mató la muerte de mi abuelo y no tener que cuidar más de él. Necesitamos ser necesarios y sin sus alumnos para despotricarles sobre sus faltas de ortografía, sencillamente se apagó. Todavía pienso en ella a menudo (¿me recordará alguien así?).

Ayer murió Eduardo Galeano. A quien admiro sin haber leído un libro entero suyo. A quien me gustaría haber conocido, para preguntarle si existió el niño de "Decile a alguien que yo estoy aquí". Una de las huellas que dejó Magariños en este mundo ya no está. Con él ha muerto también un poquito de ella y yo me he quedado triste. Por ella y por él. Creo que se habrían caído bien. Pero también por mí. Al final, importa tan poco lo que hagamos. Moriremos y el mundo seguirá girando. Para algunas personas tardará un poco más en girar, pero lo hará. Quizá nos guarden en la memoria algunos, durante un tiempo, y viviremos un poco más. Todo en vano. Incluso la gran Magariños se está marchando. 

4 comentarios:

  1. Uf, qué personaje. La verdad es que yo me imaginaba más a Trelawney que a McGonagall. A veces esas personas que no son ejemplo de nada porque distan mucho de acercarse al modelo ideal de lo que sea, nos cambian la vida.

    Me ha gustado mucho esta entrada, es muy emotiva. [Y no te preocupes por contestar tarde ;)]

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  2. Qué va, mi Magariños era una mujer muy inteligente y sabia. Bebía y fumaba de más, pero era muy buena persona. Me alegro de que te haya gustado :). Un abrazo,

    Cristina

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  3. Nunca he tenido la sensación de quedar marcado (psicológicamente hablando, por supuesto) por ningún profesor/a. Y confieso que muchos nos brindaban sus peculiaridades sin pudor, pero vivía en un barrio tan extraño y convulso que él, por sí solo, ya me proporcionaba los suficientes personajes insólitos para quedar satisfecho. Incluso no descarto que los únicos momentos de sosiego los viviera en el colegio. Como mucho, los clasifico entre los que me caían bien y los que no, que no es poco. De la mayoría no recuerdo ni los nombres completos.

    Ahora que lo dices, recuerdo una anécdota con un profesor que llegó a ser director (aún no entiendo cómo, pues era el menos espabilado). Cuando acabé 8º de EGB me cambié de instituto para estudiar secundaria, por lo que, lógicamente, estuve una temporada sin aparecer por mi anterior colegio. Hasta que acabó el año académico y un amigo repetidor me animó a que apareciera por la fiesta de fin de curso. Había estudiado en ese colegio casi toda mi vida, así que conocía a todos los profesores y a la gran mayoría de los alumnos, y me pareció una buena idea pasar a saludarlos. Nada más llegar intenté unirme a una conversación que mantenía mi amigo con una profesora, pero, de forma extraña, sentía que esa mujer me dejaba de lado, como si estuviera molesta con mi presencia. Y era curioso, porque siempre se había reído mucho conmigo. Hasta que al final, viendo que interrumpía el diálogo cada vez que podía, me pregunto fuera de sus casillas: "¿Y tú quién eres?" Cuando le dije mi nombre se quedó pasmada. Al parecer, había cambiado tanto mi fisonomía en un solo año que no fue capaz de reconocerme. Eso demuestra que la adolescencia me trató fatal.
    Como me hizo gracia el asunto, probé a pasar desapercibido por las salas, viendo que, efectivamente, causaba el mismo efecto en todo el mundo. Para cuando me encontré con el director ya acababa la fiesta, de modo que el hombre, que era de los más juerguistas que recuerdo, iba borracho como una cuba. Me acerqué a él sin miramientos y me puse a hablarle con toda la confianza del mundo, seguro de gastarle una broma con mi natural camuflaje. Pues el tío me abrazó, con una sonrisa sincera en los labios, y continuó mi conversación, como si la última vez que nos hubiéramos visto fuera ayer mismo. Me dejó alucinado. ¿Cómo es posible que el único en reconocerme fuera la persona que iba más ciega de la fiesta? Misterio sin resolver.

    Siento lo de la batallita, que igual no tiene ningún interés, pero es que me ha venido a la mente, y ya que estaba...

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    1. No te disculpes, me ha parecido precioso. Quizá los otros profesores querían gastarte una broma. O igual el director os conocía mejor a todos. A mí no me dejaron volver a mi antiguo colegio ni para la función de los villancicos: ya no era una de ellos.

      Tuviste suerte de tener un barrio pintoresco. En el mío sólo había gente maleducada. Gracias por comentar y un abrazo,

      Cristina

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