miércoles, 29 de abril de 2015

De por qué me gusta Eurovision o cómo cerrarle la boca a la gente que lo odia

Hay cosas que no puedes decir cuando eres conocido por tu inteligencia y buen gusto. Especialmente si tienes buen gusto cultural, ves buenas películas, lees buenos libros y eres capaz de encontrar filosofía en la descripción de una patata frita. No puedes decir que te gusta el fútbol, aunque el deporte en sí no tenga nada de malo y sean los malos aficionados y los presidentes de los clubes los que están destrozándolo. No puedes decir que te gusta Crepúsculo o Cincuenta Sombras de Grey aunque lo leyeras simplemente para dejar la mente en blanco o para echarte unas risas.

Y no puedes decir que te gusta Eurovision. Mucho menos si eres una persona adulta, que ya trabaja y que tiene un mínimo de vida social. Son ya más de tres las veces que he tenido esta conversación:

Persona X: Tenemos que quedar en mayo para salir sin falta.
Yo: Vale, pero el fin de semana del 23 no puedo.
Persona X: ¿Y eso? ¿Te vas de viaje?
Yo: No, es Eurovision y llevo años sin perdérmelo. 
Persona X (cara de consternación y sorpresa): ¿¿¿TÚ VES EUROVISION, CRISTINA???
Yo: Sí :D

Sé que no estoy sola. Sé que somos más los que sufrimos las críticas a un programa que no deja de ser entretenido y agradable. Por eso, y para hacer una entrada más ligera, hoy voy a dejar una lista de los comentarios que más tenemos que aguantar los fans eurovisivos y su respuesta. Todo aquel que tenga algún conocido que odia Eurovision por alguno de estos motivos puede enviarle un enlace a esta entrada. 

1. Siempre se votan entre vecinos… ¡Es todo politiqueo!

Esto es verdad sólo en parte. Sí, hasta hace unos pocos años Eurovision se decidía solo por televoto. Pero desde hace algunos años los puntos se otorgan haciendo media entre lo que decide un jurado profesional de cada país y lo que dice el público a través del televoto. Sin embargo, países que sienten entre ellos una arraigada enemistad jamás se van a votar. Armenia jamás votará a Turquía o a Azerbaiyán. Por el contrario, la inmigración nos ha traído grandes sorpresas: Rumanía ahora vota muchísimo a España. Invito a quien no me crea a mirar los datos en la Wikipedia, se encontrarán el típico voto de país vecino de Islandia a Azerbaiyán, por poner un ejemplo. 

2. Sólo ganan los países del Este, de la antigua Yugoslavia…

Esta gente no ve Eurovision desde 2004. Exceptuando en 2007 (Serbia) y 2008 (Rusia), ninguno de los países que ha ganado desde 2005 es del Este. Vale, y Azerbaiyán si queréis. En orden: Finlandia (2005), Grecia (2006), Noruega (2009), Alemania (2010), Azerbaiyán (2011), Suecia (2012), Dinamarca (2013) y Austria (2014). Más bien diría que en la última década quienes han arrasado han sido los países nórdicos y no veo a nadie diciendo "Es que sólo ganan Ikea y compañía". 

3. La música es malísima. ¡Mira lo del Chiquilicuatre!

A ver, que España haya mandado auténticas m…. bazofias, iba a decir bazofias a Eurovision, no significa que el resto de los países no se lo tomen en serio. Todas las canciones ganadoras desde 2007 son buenísimas. E incluso España ha mandado alguna canción digna: Quédate conmigo, en 2012, era un tema realmente digno. Como prueba de ello, empezamos a levantar cabeza y quedamos décimos. Por otra parte, quien critica la música de Eurovision pero luego escucha todo lo de Lady Gaga, Katy Perry y Beyoncé demuestra no haber escuchado nada de Eurovision: los mismos productores de las estrellas del pop también componen canciones para Eurovision. 

4. Que España no participe, que eso cuesta mucho dinero…

Si esto me lo dice el típico chico seguidor acérrimo del fútbol me entran ganas de partirle la cara, porque nunca los oigo quejarse del mundial ni del despilfarro que fueron los 600 millones de euros que se llevó la famosísima Roja por ganar en 2010. Bastante más de lo que cuesta enviar a un representante a Eurovision, especialmente en el caso de España, que es uno de los cinco países que más fondos aporta a la Unión Europea de Radiodifusión. 

5. Que España no gane, que con la crisis nos iba a costar un pastón…

Yo tampoco quiero que gane España… Aún. Con que quede en una posición digna me llega. Y sí, costaría dinero, pero costaría muchísimo menos que lo que llevamos invertido en las tres fallidas candidaturas de Madrid para los Juegos Olímpicos. Y al contrario que el evento deportivo, con Eurovision casi nunca hay pérdidas: el gran colectivo de fans se mueve a donde sea a verlo. Entre otras cosas, porque sólo dura una semana. Tres días, en realidad. Y suele dejar beneficios. Creedme que a España no le vendría mal ganar dentro de unos años.

6. Desde hace años sólo ganan los numeritos raros. Véase los monstruos de Finlandia y lo de Conchita Wurst…

Sí, una puesta en escena original te llevará a la final de Eurovision. Pero para ganar la canción tiene que ser buena. Prueba de ello es Irlanda: en 2011 y 2012 mandó a unos gemelos muy resultones, pero no ganaron ninguno de los dos años. Y hay puestas en escena que son una belleza: lo de Rusia en 2008 fue una maravilla. Por otra parte, hay países que ganan con una representación la mar de simple: el casting del Pelo Pantene con el que ganó Azerbaiyán en 2011 no podía ser más sencillo. Lo de Conchita Wurst se merece una entrada aparte, pero la canción es preciosa.

7. Pues yo no le veo el sentido.

Pues lo tiene, y mucho. El Festival de Eurovision se celebra desde 1956, poco después de la Segunda Guerra Mundial, y se hizo con dos objetivos principales: dar una salida sana a las rencillas entre países en vez de declararse guerras u hostilidades abiertamente, y celebrar algo todos juntos y pasárnoslo bien. La Unión Europea todavía era una utopía, un sueño de hermandad en vez del banco chupasangre que es ahora, y la idea era muy bonita. Y lo sigue siendo. Si alguien no lo entiende, le invito a que vea este video: toda Europa bailando al mismo tiempo. Me pone los pelos de punta.

Para los países de la antigua Yugoslavia y en general países del Este, Eurovision tiene el atractivo añadido de que, si ganan, todo el mundo los pone en el mapa por una vez. Los azeríes todavía están que no caben en sí de gozo.

Pero para mí, además, tiene un significado muy especial. Desde 2010 no me lo pierdo y es una de las cosas que más me unen a mi Segunda Esposa, con quien ya tengo porra para este año. Además, mi amigo Rafa el intrépido y yo solemos debatir después del programa sobre temas tan trascendentes como el Holocausto, el conflicto palestino-israelí y cómo resolverlo, y los países no reconocidos. Por supuesto, no solucionamos nada, pero sirve para reflexionar. 

Si hay algún fan en la sala que además entienda inglés, le recomiendo que se mire las reseñas de las canciones que hace el canal de Overthinking It en YouTube: divertidos y aligeran la espera hasta mayo. Mi favorita para este año de momento es Irlanda, ¡a ver qué pasa!

La semana que viene, segunda entrega de mi sistema educativo. Prometido :)

viernes, 24 de abril de 2015

De mi sistema educativo, parte I

Esta serie de entradas me va a costar más que un parto, pero es algo que me apetece mucho. Van a ser largas y quizá un poco más densas que lo que suelo escribir aquí. Por ahora estoy satisfecha con el resultado de la primera parte. A ver qué opináis. 

Empecemos por lo básico: ¿qué es la educación? ¿Por qué es tan importante? La respuesta corta es sencilla: la educación lo es todo y por eso es tan importante. Pero me extenderé un poco. Desde que nacemos, todo lo que percibimos con los sentidos es educación. Las calles limpias, el “por favor” y el “gracias” con sonrisa incluida, ceder el asiento, no decir palabrotas, ayudar a los demás, las declinaciones en latín, las ecuaciones de segundo grado, la filosofía de Platón, la estructura de las células, nociones básicas de nutrición humana, los deportes, el arte, la dinastía de los Austrias, los idiomas –locales y extranjeros-, la capital de Brunei Darussalam, las partes del árbol, las funciones del lenguaje, cocinar, ayudar con las tareas de casa, limpiar… 

Es algo muy grande y por tanto, complicado. Mucho más complicado que un edificio carcelario que abre de 8 a 15 lleno de mesas, sillas, pizarras y gente con más buenas intenciones que medios en clases demasiado llenas.

Por eso me parece ingenuo –aunque debería decir cruel, porque no hay ni una pizca de inconsciencia en su decisión- y fácil que los gobiernos de todo el mundo pretendan crear una ley chachi molona cada cuatro años (bueno, o las legislaturas que duren) para que milagrosamente resuelva todos los problemas de la educación. Cuando lo que falla es el mismísimo sistema. Así que volvamos a lo básico.

Tener una buena educación, integral (que abarque todos los ámbitos), universal (gratuita en todas sus etapas), de calidad (sin que exista la opción privada) y humana (donde los niños sean tratados como personas y no como números) es crucial para una sociedad feliz y sana. El problema es que la  felicidad y la salud no enriquecen a nadie, pero esa es otra historia. Y la felicidad, la realización del ser humano al máximo con el fin de sentirse útil, querido y seguro dentro de una sociedad, es lo que necesita el ser humano. En todo el mundo, en todas las clases sociales.

Lo que planteo es posible. A lo largo de mi exposición vais a pensar muchas veces: “Esto costaría mucho dinero que no tenemos”. A lo que yo digo: “Tururú”, o en su versión extendida: “Si fijamos un salario máximo que no exceda los límites de la decencia humana, eliminamos el ejército, los coches oficiales, las dietas y un montón de gastos realmente innecesarios y aun así NO hay dinero, me lo creeré.” Hasta entonces, en mi opinión hay dinero, muy malgastado y en manos de quien no debería tenerlo. Pero lo hay.

Para cambiar la educación hay que cambiar el sistema laboral al completo. No necesitamos trabajar 40 horas a la semana: podríamos trabajar 20, cobrar el mismo dinero, y usar el resto de horas en educar a nuestros niños. Porque sí, cada niño de este mundo es nuestro, nuestra responsabilidad. Nuestro futuro. Les debemos nuestro tiempo y nuestra disponibilidad. Y no, me niego a la solución alemana de “reconocemos el trabajo del progenitor y te pagamos por quedarte en casa”, porque todos sabemos cómo acaba la cosa: madres que podrían ser útiles a la sociedad también en el ámbito laboral pero que deben renunciar a su éxito profesional por los niños. Y no, no me estoy contradiciendo: en mi opinión es totalmente realizable. Trabajemos menos horas, las dos partes. Pasemos más tiempo con los niños, las dos partes. Si por mí fuera, daría baja maternal los tres primeros años y paternal los tres siguientes, por dos razones: porque los hombres se merecen estar con sus hijos al mismo nivel que las madres y porque las mujeres se merecen que sus maridos sepan lo que es llevar todo el trabajo de la casa y los niños. (Me lo estoy oliendo venir: en parejas homosexuales, que cada cual elija cuándo prefiere pillarse la baja; aunque en el caso de las lesbianas y si una es la madre biológica, para favorecer la lactancia materna debería ser ésta la primera en disfrutar de la baja). Por si a alguien le ha dado por calcular, la reducción de las jornadas laborales se traduciría en una mayor oferta laboral: ahora necesitamos a dos personas para el mismo trabajo. Dos personas menos en el paro, pagando impuestos y consumiendo y devolviendo el dinero a la economía global.

El otro motivo por el que exijo la reducción de las jornadas laborales es para que los padres puedan participar en las clases del colegio. Pero esa es otra historia.

Aunque quiero hablar de la educación a todos los niveles, tenemos que empezar con los niños. Los niños han sido tratados como una molestia durante siglos y por mucha Play Station para Reyes y muy poca disciplina que haya hoy día, esos críos están sufriendo una educación negligente dentro y fuera de las aulas. Padres que se sienten culpables por no poder pasar tiempo con los niños, abuelos y cuidadores cansados que no están preparados para el trabajo que supone educar a un niño rebosante de energía, maestros y profesores desmotivados: todos los adultos de este mundo deseosos de disfrutar de los niños como si fuesen muñequitos. Que estén guapos, que estén quietos, que estén sentados, que estén callados, pero que escuchen. Que escuchen y que lo aprendan todo y sin chistar, que para eso aún son semipersonas y no tienen derecho a decidir sobre su vida. Y no confundáis estas palabras con dejar a los niños campar salvajemente a sus anchas, pero entre ambos escenarios existe una gama de grises muy atractiva que vale la pena explorar.

Y como los cimientos del Escorial ya van en bueno, proseguiré con el resto de la obra en próximos posts. Quiero dejar constado en acta, no obstante, que esto son simplemente mis opiniones, que no he reflexionado tanto sobre el tema para tener en cuenta todas las variables y que esto son solo bosquejos, ideas locas. Todo comentario y aportación, como siempre, son bienvenidos

miércoles, 15 de abril de 2015

De los pedacitos de alma I: Galeano, Magariños y yo. De la breve disculpa y de lo que nos espera

En primer lugar, debo a mis fieles lectores una disculpa por no haberme dignado a responder los comentarios en las últimas dos semanas y media: perdonadme y proceded a leer las respuestas a todos los comentarios que me habéis dejado. Dicen que más vale tarde que nunca, aunque yo no me lo acabo de creer. 

Obviamente, mi ausencia se ha debido a las vacaciones, a las que no quiero dedicar mucho espacio: he cocinado mucho, he pasado mucho tiempo (pero no el suficiente) con mi madre, he besuqueado a mi sobri lo bastante para los próximos dos meses y me he puesto hasta arriba de arroz y de guisos.

Ya de vuelta en Alemania, tengo pendiente escribir de muchas cosas. Prometí escribir sobre mis ideas acerca del sistema educativo; es decir, cómo creo yo que habría que hacer las cosas. Y pienso escribirla. El problema es que cuanto más pienso en ello, más ideas tengo. Y no las estoy apuntando, lo cual es un grave error. Pero escribiré sobre eso, de verdad. Es un tema que me interesa muchísimo y la verdad es que estoy sorprendida conmigo misma porque jamás pensé que me podría apasionar tanto imaginar cómo sería un buen sistema educativo. De momento quedaos con las palabras "integral", "global", "cercano" y "entre todos". 

Aprovecho para inaugurar nueva sección: pedacitos del alma. Iba a llamarla "piezas del puzzle", pero es una palabra muy poco romántica para hablar de Galeano. Y de Magariños. Y, en general, de las personas a las que quiero homenajear en esta sección. No todas están muertas; de algunas solamente lo está la relación que he tenido con ellas. Carlos es el gran protagonista de "pedacitos de alma", pero no es el único. 

A veces, hay conceptos (autores, libros, películas, momentos, colores, olores, recuerdos) que van intrínsecamente relacionados a una persona, de tal forma que resulta imposible no asociar uno con otra. Yo no puedo pensar en Eduardo Galeano sin acordarme instantáneamente de Mercedes Magariños, mi profesora de lengua y literatura en 4º de la ESO. Ah, por cierto: no he leído apenas nada de Galeano; esta entrada es sobre Magariños. 

Yo la llamaba Mercedes, pero era por su apellido por lo que era conocida y temida en el Complejo Educativo de Cheste. Y si no la incluí en mi entrada sobre los profesores que me marcaron es porque Magariños era la anti-profesora. Al menos tal y como yo concibo el término, en mi mundo de chucherías y arcoiris. Magariños era exigente, borde, favoritista y una amante de la literatura en un sistema educativo que la desprecia. Además, apestaba a alcohol y aunque a mí me salvó en cierto modo la vida, no la considero un ejemplo a seguir como docente. 

Magariños era la McGonagall de nuestro instituto. Era mayor y tenía malas pulgas, pero en cuanto rascabas un poco la superficie con un par de frases bien escritas, se ablandaba y mostraba lo mejor de sí. Era también nuestra Pérez-Reverte: mordaz, exagerada a veces, irreverente a menudo pero en todo caso, no dejaba indiferente a nadie. Ni siquiera a los alumnos que la odiaban. Magariños no habría de pasar a los anales de la historia como una profesora apacible y beatífica a la que todo el mundo quería, sino como una guerrera, con todo lo que eso implica. Los guerreros no gustan a todos.

Era mi primer año en Cheste y... bueno, había un par de chicos muy tontos. A lo que muchos me habían recomendado paciencia e ignorarlos, Magariños respondió con una breve pero muy eficaz amenaza. El chico se disculpó y me dejó en paz, al menos durante ese año. 

He dicho que amaba la literatura, pero en la Comunidad Valenciana y en mi época se estudiaba muy poco. No entraba para la temida selectividad, así que ¿para qué? Pero ella siempre nos ponía textos breves en el examen. Textos sencillos pero de gran belleza, sentimiento y dulzura. Textos que me quedaba releyendo una y otra vez cuando acababa el examen. Aprendí el significado de la prosa poética con esos fragmentos; nueve de cada diez veces venían del mismo libro: El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano. Fue la primera vez que oía hablar de él. 

En sus exámenes había otra pregunta que subía un punto si ya habías aprobado el examen, para subir nota: "Escríbeme lo que quieras". ¿Cómo no iba a amarla? ¿Cómo no iba a adorar a una mujer que se interesaba por lo que teníamos que decir? Hasta tenía ganas de hacer sus exámenes para poder escribirle algo. 

Por aquella época yo iba siempre con un libro bajo el brazo (qué tiempos aquellos) y cuando Magariños se enteró, empezó a traerme bolsas de libros. "Es que estoy de mudanza y no me caben todos en el piso nuevo. Si los quieres, para ti". Por diferentes razones no he tenido tiempo para leer muchos de los que me dio, pero gracias a ella leí "La flor púrpura", un libro que recomiendo si os topáis con él. 

Desgraciadamente no volví a tener clase con ella. En 1º de bachillerato ya no la tuve y se jubiló ese año. Murió en junio de 2008, no llega a un año después de jubilarse. Estaba divorciada y tenía un hijo; realmente había que ser mucho hombre para semejante mujer. Pero espero que no muriera sola. Y como cursi que soy, en el fondo pienso que la mató el no tener que trabajar, igual que a mi abuela la mató la muerte de mi abuelo y no tener que cuidar más de él. Necesitamos ser necesarios y sin sus alumnos para despotricarles sobre sus faltas de ortografía, sencillamente se apagó. Todavía pienso en ella a menudo (¿me recordará alguien así?).

Ayer murió Eduardo Galeano. A quien admiro sin haber leído un libro entero suyo. A quien me gustaría haber conocido, para preguntarle si existió el niño de "Decile a alguien que yo estoy aquí". Una de las huellas que dejó Magariños en este mundo ya no está. Con él ha muerto también un poquito de ella y yo me he quedado triste. Por ella y por él. Creo que se habrían caído bien. Pero también por mí. Al final, importa tan poco lo que hagamos. Moriremos y el mundo seguirá girando. Para algunas personas tardará un poco más en girar, pero lo hará. Quizá nos guarden en la memoria algunos, durante un tiempo, y viviremos un poco más. Todo en vano. Incluso la gran Magariños se está marchando.