jueves, 5 de marzo de 2015

De cuando no quiero cantar victoria

Este año tengo dieciocho clases distintas. Diez en un instituto y ocho en otro. Dieciocho. 18. Tengo una clase de sólo siete personas, pero también tengo varias clases de más de veinte. Si el año pasado eran 248, este año no los he querido ni contar. Los veo mucho menos, no he conectado ni con la mitad de grupos y en general no he podido brillar tanto porque donde no hay complicidad no puede arraigar nada a largo plazo. Claro que tengo mis clases y mis alumnos preferidos, criaturas adorables a las que me encantaría adoptar si sus padres me dejaran. 

Pero, la verdad, no es lo mismo. Tengo una clase horrible que es realmente horrible. En realidad llegué a tener tres: dos K8 (13 años) y una K10 (15-16 años). Por suerte, un par de rapapolvos y mucho sentido del humor y tranquilidad más tarde, a los pequeños los tengo controlados. Pero lo de la 10 me duele de verdad, no sólo porque esos grupos suelen ser mis preferidos y con los que más me divierto (tienen los conocimientos perfectos para jugar a todo, pero no tienen un temario tan estricto), sino porque dos chavales en concreto me lo estaban haciendo pasar muy mal. 

No paran de hablar. No se implican. Se ríen (y eso es lo peor que le puedes hacer a una acomplejada con manía persecutoria en rehabilitación) y en general son bastante odiosos. Al final pasé de entusiasmarme por preparar cosas a simplemente intentar no llorar delante de ellos. Y si bien admito que soy exagerada, he estado a punto de rezar para que les atropelle un autobús o que les pongan en cuarentena por tener el ébola. A los dos. 

Y la cosa fue a peor: no me saludan por los pasillos, y eso no me lo han hecho ni los de la 8. ¡Ni la 9 satánica de Neunkirchen, que al final eran unos benditos! Sea por simpatía o porque sigo siendo novedad, lo normal es que por todas partes me reciba un coro de "¡Hola, Kgistina! ¿Cómo estás?" Además, no saludar es simplemente ser maleducado. Ni las chicas, oye. Vale que no me he aprendido los nombres, jo, ¡pero son muchísimos! Y si encima me vienen en mal plan, se me quitan las ganas. 

Hace dos semanas, sin embargo, se empezó a obrar el milagro. El tema era el terrorismo y los atentados en París y oye... Ni canciones, ni juegos, ni ejercicios de conversación. Con este tema conseguí que N participara de forma voluntaria y en general, que enlazaran más de dos frases seguidas. Increíble. Como buena docente que aplica el refuerzo positivo incondicional, me mostré muy efusiva al final y les dije que por primera vez en meses no quería tirarme por la ventana después de tener clase con ellos. Creo que lo dije así tal cual. Desde entonces, N saluda pero los demás no. Aun así, N me sigue dando muuuuucho miedo. Esos ojos azules no esconden nada bueno. 

Esta semana han estado con ellos un grupo de españoles para practicar inglés. Sí: Alemania y España hacen un intercambio entre los institutos para practicar inglés. Porque sí. 

Si le añadimos a mi clase némesis un grupo de estudiantes patrios con toda la mala educación que podían traer directamente desde la península, hoy estaba aterrada no: lo siguiente. 37 chavales sin piedad dirigiendo su ira hacia mi persona. Mis últimas palabras serán...

Estooooo no exageremos tanto que el universo tiene cosas más importantes que hacer que lanzarme 37 egocéntricos sacos de hormonas a la yugular. Y sólo por tener esos pensamientos, ya se me puede incluir a mí como la egocéntrica número 38. Los españoles no sólo eran majos sino que se alegraron muchísimo de poder entenderse bien con alguien en el instituto y me preguntaron muchas cosas (lo típico, que qué hago aquí, desde cuándo... ). Huelga decir que eran de bachillerato. ¿Y los alemanes?

Angelitos. Habladores, porque ese mal no se lo quitaremos nunca, pero se han portado bien. Han chapurreado medio en español, medio en inglés, han participado y han sido dignos anfitriones de sus invitados españoles. No tengo ningún derecho, pero me siento orgullosa. Hay esperanza en nuestro país, hay esperanza en este país. Los niños están bien. Tienen sus cosas, pero lo harán bien. 

Al final me acabarán cayendo bien y todo. Hay un niño de esa clase que me encanta desde el primer día, muy calladito pero adorable. Otro, B, es adorable y muy guapo... y el muy bicho no saluda nunca en la estación de tren, pese a que los lunes cogemos hasta el mismo tranvía. Me quedan no llega a dos meses, pero con un poco de suerte me despediré de todas las clases con buen sabor de boca. Aunque sin postales. Este año me parecería muy hipócrita. Alguna tortilla caerá, eso sí.

Pero como nunca se sabe cómo va a acabar la cosa, de momento digamos que he dejado de odiarlos. Si la semana que viene me la vuelven a jugar, ya les declararé la guerra de nuevo, que siempre se está a tiempo. 

4 comentarios:

  1. Me daba muchísimo, pero muchísimo corte saludar a mis profesores. Y el caso es que pienso como tú, que se trata de educación, pero había algo que me bloqueaba. Echaba de menos tus historias de clase :) No sé cómo haces para aguantar.

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    1. Con mucho café y optimismo :D. Eso y que me encanta (casi siempre) mi trabajo. Pero reconozco que este año no estoy dando lo mejor de mí y voy a ver si lo cambio en los meses que me quedan. No me lo han puesto fácil, pero no es excusa.

      Volverán las historias. Tengo pensado organizar mejor el contenido y volverme más profesional con el blog, a ver si lo consigo. ¡Un abrazo!

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  2. Ahora entiendo por qué necesitabas unas vacaciones. Espero que el sueldo vaya en concordancia con el volumen de trabajo. Me puedo imaginar lo difícil que debe ser encontrar el tono y el ritmo a cada clase, pero piensa que tienes una gran ventaja frente a tus alumnos: tú sabes hablar castellano y alemán, y tus alumnos no, así que son ellos los que deben poner de su parte. Además, creo que una buena nota por parte de su profesora ha de ser suficiente incentivo para comportarse y poner interés ¿no? O eso, al menos, debería bastar con las clases más dóciles. Para las más intratables, yo probaría buscando complicidades con los cabecillas o incitadores. Si todos les siguen a la hora de armar follón, ¿no sucederá lo mismo si logras su participación?

    Pero bueno, todas estas reflexiones salen desde mi más absoluta ignorancia, porque ni he sido un gran estudiante ni soy profesor de nada.

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    1. A lo mejor hablo un día con más detalle sobre mi contrato aquí, pero simplificando: son 800 al mes por 12 horas semanales. Puedes hacer más o menos horas, pero 12 es lo idóneo. Yo hago más. Está muy bien pagado y no me quejo en absoluto de las condiciones; ya quisiera mucha gente en España.

      Pues fíjate que lo de hablar alemán este año está siendo un inconveniente: no tengo tanto aguante para exigirles el español porque si les digo lo que quiero en alemán acabo antes. Y precisamente porque les entiendo, no se esfuerzan con el español. Paciencia.

      No les pongo notas y realmente lo que hago con ellos no influye mucho en su nota final. Si consigo motivarlos, suelen mejorar sus notas porque se interesan. Pero en general, mi presencia no perjudica a los que no quieren hacer nada.

      Con las intratables tienes mucha razón y puede que un día cuente cómo me metí a la K9 satánica en el bolsillo, precisamente camelándome al líder. Todos tenemos mucho de ignorantes a menudo, pero este no es el caso ;). Aun sin ser profesor, es un poco de sentido común y lógica estratégica. Así que ya sabes, tienes futuro como profe :D. ¡Un abrazo!

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!