lunes, 19 de enero de 2015

Del civismo en tiempos revueltos

Aunque no estoy cumpliendo muchos de los propósitos, me estoy tomando muy en serio el de no decir palabrotas en ningún idioma. Y he observado un fenómeno muy extraño: ahora no sólo soy más consciente de cuando voy a decir una palabrota (y no lo hago), sino de las que escucho a mi alrededor. Es instintivo, cada vez que escucho una me llevo las manos mentalmente a la boca y pienso "¡Anda, lo que ha dicho!" Todos sabemos en qué clase de mundo vivimos, así que entenderéis que a veces tener una conversación normal, leer o ver una película me está resultando un suplicio. 

En estas que Cristina Dillingen me pregunta por qué me lo tomo tan a pecho. Total, mi sobrino no está aquí. Y aunque estuviera, todavía no habla. Bueno, a lo segundo he de objetar que le queda muy poquito. Ya llama a mi hermana con un sentidísimo "¡Mamá!" cuando no está y durante las vacaciones repitió algo así como "eota ásquet" (pelota de basket). Para cuando vuelva recitará las primeras líneas del Quijote. Fijo. 

En cualquier caso, tengo más motivos para "limpiarme la boca". Uno de ellos lo entendí estando con mis tías. Mis tías tendrán mil defectos, pero son dos señoras elegantes y educadas que jamás en su vida han mancillado su voz con palabrotas. Un día pensé: "Yo tengo que hablar como lo que soy: una señora elegante y educada". Puede que lo de elegante aún sea mentira y tal vez alguien diga que todavía no soy una señora propiamente dicha (esos que me lo digan en los comentarios, que me apetece debatir). Pero al menos me gustaría sonar como una mujer educada. No quiero decir con esto que una persona que dice tacos sea maleducada, en absoluto. César Mallorquí no escatima en palabras malsonantes en su blog, por no hablar de Pérez-Reverte. Pero se da una impresión a todas luces más serena, reposada e inteligente si se consigue exponer el punto de vista sin usar expresiones soeces. 

Y el segundo motivo es que el mundo se está estropeando mucho. Los niños cada vez son menos niños y pasan a la adolescencia antes de lo que deberían. Casi se diría que han perdido la inocencia. Y sin embargo, no se ha estropeado el mundo: lo hemos estropeado. Todos. Algunos menos que otros. Tirando un papel al suelo, mintiendo sin necesidad, poniendo cara de acelga por la calle y diciendo palabrotas. Así que he decidido ser responsable de la parte que me toca y no decir más tacos. 

Otra de las cosas que sorprende a la gente con la que voy es que me espere a que el semáforo se ponga en verde para cruzar, pese a no pasar coches, si hay niños delante. "Si no pasa nadie". 

Ya, pero es que los adultos somos relativos y los niños absolutos. 

Son inteligentes y acabarán entendiendo que el mundo en realidad está compuesto por una amplia gama de grises y que cosas blancas y negras realmente hay muy pocas. Pero hasta entonces son básicos y necesitan instrucciones claras. A una personita que se inicia en el mundo de la circulación peatonal no puedes empezar a darle excepciones. Así que la norma es básica: se cruza cuando el semáforo esté en verde. Y punto. 

Precisamente el otro día me vi en el caso. Éramos seis personas: tres mujeres solas y una mamá con dos niñas. Una de ellas cogidita de la mano. Semáforo en rojo y no pasaba ni un coche. Además, era un cruce corto, de los que se atraviesan en dos zancadas. 

Nos quedamos mirando las otras dos y yo. Sonreímos. Miramos al semáforo y sonreímos. Sé que todas estábamos pensando lo mismo: "Ya podíamos haber cruzado tres veces. Hasta gateando. Hasta reptando. Hasta haciendo el pino puente nos daba tiempo a cruzar. Pero esto es más importante." El semáforo cambió de color y todas cruzamos. 

En realidad son tonterías, cosas absurdas. Porque cuando crezcan cruzarán en rojo. Y porque por mucho que lo intentemos evitar, dirán palabrotas. Y sin embargo, me puede el instinto de protección, el intentar por todos los medios de preservar lo poco que hay puro y genuinamente bueno en el mundo. Que sean inocentes y puros mientras puedan. Que de mayores, al menos, no digan palabrotas ni crucen en rojo delante de otros niños. Eso es lo que me gustaría. Lo demás vendrá solo. 


miércoles, 14 de enero de 2015

Del interludio

"Me dijo que no es solo la persona que conocemos y si le gustamos a esa persona o no; es también importante el momento y el cómo nos conozcamos y eso a veces puede jugar una mala pasada"

Cristo

"¿Será verdad? ¿Si nos hubiésemos conocido ahora hubiese sido distinto? O hace tres años, cuando me sentía guapa y poderosa y capaz de conquistarte incluso a ti. Me gusta pensar que nos hubiésemos conocido en Granada, en mi casa. Lejos de la pólvora de mi tierra y de las nubes tristes de la tuya. En Granada nos hubiésemos conocido en un día entre amarillo y naranja. Una mañana alegre, sin importar el mes.

Yo estaría en La Qarmita… Pero no sería verdad, porque entonces aún no estaba abierta. Yo estaría en el Paseo de los Tristes escribiendo en mi diario, o simplemente tumbada al sol mirando la Alhambra, como me gustaba hacer por entonces. Y tú me hubieses preguntado algo. Indicaciones o algo así. Te habrías fijado en el diario pero no habrías dicho nada. Y yo te hubiera acompañado, si fueras solo. Te recomendaría algún sitio para comer. Y si fueras solo, igual hasta me invitabas. A un café por lo menos, por la amabilidad.

Me habrías preguntado quién soy y qué hago y por qué estoy tan lejos de mi tierra y yo te hubiese preguntado lo mismo. Te habría llevado a pasear por la calle Zacatín a escuchar música clásica, y a la catedral a engañar a las gitanas hablando en alemán. Luego, ya habiendo cogido confianza, me preguntarías si escribo y entonces te contaría mis historias y entonces…

Entonces despertaría, porque no habría tales historias, ni Granada ni Alhambra si antes no hubieses estado tú. No habría estudiado lejos de casa y mucho menos el bachillerato de letras. Ni habría pensado en tantas cosas que pese a todo el dolor tú me enseñaste.

Sin ti en el pasado no sería la yo presente, la que escribe en una cama comodísima en Saarbrücken sobre los pies descalzos, con los viajes y las aventuras y las cosas buenas y malas que he dejado atrás. Sin ti no soy yo. 

Dime, eterno fantasma, ¿también yo moví tu mundo? ¿Cambié tu vida cual efecto mariposa que genera un viento huracanado en las antípodas del planeta? ¿Han hecho mis palabras o mis sentimientos hacia ti que seas feliz? ¿Al menos han hecho que seas más tú? ¿Serías tú sin mí?

Creo que sí. Y no sólo porque lo necesite mi vanidad para no sentirme tonta. Lo creo porque si miro al pasado y pienso todas las maravillas que me han sucedido desde te conocí, me doy cuenta de que esa fuerza fue demasiado grande para afectarme a mi sola. Yo también estaba ahí, no era una mera espectadora de tu historia; hablaba. Y hablando y contando y sintiendo y hasta amándote en mis sueños sé que yo también te di forma, de algún modo. Que yo también dejé alguna huella. Aunque esté en un lugar dentro de ti tan remoto como el ya mencionado sótano y su cajita. 

Qué hermosos somos, amor. Qué grandes y qué fuertes hemos sido, precisamente por no tenernos."