lunes, 14 de diciembre de 2015

De un par de copas más

No me conoces. Ni me miras, ni me ves, no existo. No te culpo. ¿Cómo habrías de conocerme? Si no me conozco ni yo. Si no has tenido la ocasión. ¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Buscarte? ¿Espiarte sin que lo sepas y aparecer ante ti cuando menos te lo esperes? Ya estamos mayores para eso. 

No te conozco. Pero te miro, te veo y existes. Te escucho cuando hablas, te escucho cuando escribes y hasta escucho las palabras que no dices y que imagino que piensas, en algún maravilloso lugar entre tu mente y tu boca y tus dedos, antes de materializarlas en este impuro mundo que, la verdad, no sé si se las merece. Las necesita, eso sí. El mundo necesita palabras hermosas y gente como tú que las escriba. Perdona que me ponga trascendental, es que hacía tiempo que no me enamoraba de las palabras de alguien. 

En mi mente eres una imagen difuminada. Lo siento, no puedo imaginarte sin tenerte delante. Ni siquiera con una foto consigo verte tan vivo como te siento. Así que ya no miro tus fotos; me entorpecen. Pero cuando te veo, me es imposible refrenar mis pensamientos. Pensamientos sobre ti. Y anoche te vi.

Creo que nunca te había visto tan guapo, y eso que no llevabas puesto nada especial. Pero había algo en tus ojos, de un color indeterminado. No son azules, eso está claro. ¿Pero qué importará de qué color son tus ojos? Lo que importa es que son tuyos, son dulces y sabios y a través de ellos ves el mundo. Anoche estabas feliz, se te notaba. En las arrugas de tus párpados, heraldos de tu sonrisa.

Ay, tu sonrisa. Algo le pasa al mundo cuando sonríes, pero no sé qué es. ¿Brilla más? Tal vez, pero sobre todo es un lugar más cálido. Veía tus labios y sólo quería besarlos. O sencillamente estar más cerca del aire que exhalas -de tus palabras, de ti. 

También me cuesta recordar tu voz, extraña. No es bonita, pero es imposible confundirla con otra. Ya te he profesado mi admiración por tus palabras y ahora admitiré que me encanta ese tono socarrón que usas cuando dices algo indecente. Y sueles hacerlo a menudo.

Y quizás con un par de copas más... Tal vez habría reunido el valor para acercarme y decirte hola. Para sonreír con mi no tan bonita sonrisa, para cogerte de la mano con decisión, mirarte a lo más profundo de los ojos y decirte "Baila conmigo". 

Por caridad, por diversión, porque nos apetece. Porque somos jóvenes y es bonito estar enamorado incluso de quien no te quiere. Porque me apetece soñar contigo. Porque sé que todo esto es mentira, que me estoy enamorando de lo que me imagino de ti basándome en lo poco que sé. Porque me da igual. Porque no debería encariñarme contigo, pero tú no me has pedido permiso tampoco. Porque siendo como eres -inteligente, amable, canalla-, ¿cómo esperas que no me enamore? 

Las luces se apagan, la noche se acaba y tu imagen desaparece. Y aquí estoy yo, con una resaca que me he ganado a tragos de vodka y los ojos tristes porque te echan de menos. No miraré tus fotos. Pero te imaginaré tan bien como pueda. Soñaré que fui valiente. Y que bailamos. Elige tú la canción, yo ya estoy soñando. 


domingo, 6 de diciembre de 2015

De cuando se me está olvidando lo básico

Llevo ya casi tres meses aquí y, la verdad, me encanta. No sé si es por la ciudad o por el hecho de ser independiente, pero pese a los días agotadores, me sigue gustando vivir aquí. Dicen que si lo peor con alguien es mejor que lo mejor con cualquier otra persona, es amor verdadero. Creo que me pasa algo parecido con Varsovia. Hemos tenido nuestros más y nuestros menos, pero pese a todo me siento más viva aquí de lo que me he sentido en cualquier otro lugar. 

Pero emigrar sigue siendo complicado. Por ahora, lo más duro está siendo la falta de luz. No de sol, no: de luz. Amanece a las siete de la mañana y anochece a las tres de la tarde. Así, tal cual. Los otros profesores me han dicho que el primer invierno es el más duro, especialmente noviembre. Supongo que tienen razón, así que sólo me queda ser paciente. 

Por otra parte, me paso la mayor parte del tiempo en el trabajo. Y eso está bien, me gusta el trabajo y me encanta la gente que hay ahí, pero la vida es algo más. Las últimas semanas he mantenido el tipo como he podido, pero me he estado agobiando mucho. Conozco los síntomas. No querer dormir, irresponsabilidad, no dejar de pensar ni un segundo. Empecé a acumular mucha tensión, a estar triste o de mal humor y a perder las ganas de trabajar. 

Entonces me di cuenta de que estaba pasando algo por alto. Estoy volviendo otra vez al punto de partida. Estoy volviendo a mayo o a junio, a cuando mi vida no me gustaba nada. Otra vez los mismos errores. Estoy intentando controlarlo todo y no puedo.

No puedo controlar el tráfico. No puedo controlar los tranvías que se paran eternamente en los semáforos del Rondo ONZ. No puedo controlar los autobuses que deciden no pasar. No puedo controlar los cajeros del Biedronka, vagos, lentos y malhumorados como ellos solos. No puedo controlar que el chocolate sea tan barato. No puedo controlar a los polacos que no te dejan salir del metro y que te empujan para entrar en cuanto se abre la puerta. No puedo controlar la luz del sol, ni la nieve ni la lluvia. No puedo controlar el frío. No puedo controlar a mi familia. No puedo controlar que me quiten los rotuladores que pintan. No puedo controlar que el café tarde más de diez minutos en estar a la temperatura que me gusta. No puedo controlar que la ropa tarde tanto en secarse. No puedo controlar las ausencias de los alumnos. No puedo controlar sus malas caras. No puedo controlar su voz para que hablen en español en vez de en polaco. No puedo controlar que lleguen tarde, sistemáticamente, media hora todos los días. No puedo controlar sus sentimientos para gustarles a todos. No puedo controlar a la gente a mi alrededor. No puedo leerles la mente, no sé lo que piensan ni por qué dicen lo que dicen. No puedo -ni quiero- evitar que bromeen. Jamás he querido que me traten entre algodones y no pienso empezar ahora. No puedo controlar sus palabras. No puedo controlar sus sentimientos. No puedo exigir gestos ni miradas. No puedo obligar a nadie a que me entienda. No puedo esperar que alguien esté siempre ahí para mí. No puedo esperar que sean como yo -lo que, por otra parte, sería horrible. 

Somos muy pequeños en un mundo muy grande, hermoso y complicado. Y hasta el ser humano más ateo realiza un acto de fe muy poderoso todos los días: levantarse y vivir. Confiar en que el universo será bueno y no nos matará de la forma más absurda y estúpida. Confiar en nuestro cuerpo y en su capacidad para mantenernos vivos. Hay muchas cosas que sencillamente nos pasan, es la verdad. Pero sí que tenemos control sobre algo: de todo aquello comprendido entre nuestra cabeza y la punta de los dedos de nuestros pies. Bueno, todo no: la mayoría de las enfermedades no se eligen. Pero podemos controlar lo que hacemos y como somos. 

Puedo organizar mi horario y madrugar más para que no me salga una úlcera cada vez que se retrasa el tranvía. Puedo respirar hondo y compadecerme de los pobres cajeros del Biedronka por el trabajo tan monótono que tienen. Puedo ponerme una bufanda más grande y un gorro. Puedo aprovechar el calor del café para calentarme las manos. Puedo bailar y cantar en la ducha, en el metro y en la calle. Puedo pintarme los labios para sentirme guapa. Puedo cocinar -pero se me está olvidando. Puedo apasionarme por lo que hago. O puedo hacer algo que me apasione. Puedo ser responsable. Puedo aprender a ser paciente, puedo -y debo- aceptar que la opinión de los demás es únicamente eso y no me define ni me limita como persona. Puedo pensar antes de hablar. Puedo pensar otra vez antes de hablar. Puedo decir lo que pienso, preparada para asumir las consecuencias. Puedo tener una opinión. Puedo exponerla. Puedo dejarme llevar por la corriente o puedo nadar río arriba hasta que la corriente acabe conmigo -suelo elegir esta última opción. Puedo sentir y debo, pardiez, aceptar lo que siento y no avergonzarme de ello. Algún día me haré tatuar esto en alguna parte. Puedo ser suficiente para mí misma -estoy averiguando cómo, poco a poco. Y puedo entenderme yo. O al menos, intentarlo. 

Se me está olvidando precisamente lo que me trajo aquí: la gran convicción de que realmente puedo hacer lo que quiera. Caray, debería haberme hecho un piercing o algo para no olvidarlo. Pero lo importante es que lo he recordado de nuevo. Habrá vida y diversión de la buena. Habrá alegría y drama y cosas maravillosas. Tengo pendiente escribir una nueva entrada sobre cómo saber si estás en Polonia, porque una cosa es estar de vacaciones y otra muy distinta es vivir aquí. Pero como dijo Michael Ende en un libro precioso, "esa es otra historia y será contada en otra ocasión". 

sábado, 7 de noviembre de 2015

De rascacielos y enamoramientos

Un día le haré fotos a mi barrio y las publicaré aquí para que lo veáis. Mi barrio no es bonito, porque apenas hay calles bonitas en Varsovia. Pero es céntrico, lo tengo todo cerca y me encanta. Y es mi hogar.
Pero no veo estrellas por la ventana. En vez de eso, veo mi rascacielos. Que ni es el más grande, ni el más bonito, ni el más especial. Pero es mío. Lo sé, es triste cambiar las estrellas por el hormigón, pero son malos tiempos para los soñadores. Especialmente si viven en una ciudad grande. 

Así que ahora, cuando mi mirada se pierde en el vacío y mi mente vaga sin rumbo, de repente me sorprendo mirando el rótulo luminoso del rascacielos. Que ahora que lo pienso, ni siquiera es tan alto. Y me pregunto si alguna vez estaré preparada para que alguien se enamore de mí y para enamorarme de manera sana.

Por supuesto. Ya me hacía falta un motivo para dramatizar y lamentarme... O no. Estas semanas he estado reflexionando mucho sobre muchas cosas. Soy cariñosa y me encanta abrazar y toquetearle el pelo a la gente. Y sin embargo, me incomoda muchísimo que alguien haga lo propio conmigo. Casi me asusta. Ya sea para hacerme un gesto cariñoso o para pedirme que me aparte: me aterra que me toquen. Puede que sea por falta de costumbre. O tal vez desconfío de las intenciones de los demás y me cuesta perder el control, no lo sé.

De igual manera, sé que este no es un buen momento para enamorarse. Nunca lo es, de acuerdo. Y si tuviera que elegir, este sería sin duda uno de los mejores: independiente, con trabajo, libre, feliz y satisfecha. Creo que nunca me ha ido mejor. Pero las cosas no son tan sencillas.

Aún estoy en período de transición. Aún intento encontrar del todo mi sitio aquí y acostumbrarme a mis rutinas. Aún estoy ocupada construyendo cosas (aunque ahora mismo tengo las obras en pausa). De hecho, estoy ocupada y punto. Y me encanta. Pero en estas condiciones no puedo hacer sitio para nadie más. O podría, a costa de dejarme a mí misma a un lado. Y no puedo hacer eso ahora. 

Pero ha faltado muy poco. He estado a punto de enamorarme. Por suerte, la tontería se me ha pasado pronto y ha mutado en un gran cariño hacia esa persona. Habría sido imposible, de todas formas. Y de haber sido posible, habría sido un error. Todavía me agobio. Todavía no me basto. Y aunque siento muchísima curiosidad por saber cómo sería yo en una relación, aún me queda mucho por hacer. Es mejor no tener prisa. 

Supongo que mientras haya rascacielos y mañanas bonitas el proceso no será tan difícil. Pese al agotamiento, se vive muy bien aquí :-).

jueves, 15 de octubre de 2015

De los ojos y las mentiras

Lo que más duele de esta vida es la certeza de la soledad. El problema no es estar solo. A veces se está muy bien así. Qué narices, yo ahora mismo estoy genial sola. El problema es que somos universos caminantes en eterno proceso de cambio y evolución. Nadie, ni siquiera nosotros, somos capaces de estar al día con esos cambios. Es como intentar seguir todos los tweets de algún famoso a quien sigues: no se puede, hay demasiados, y de la mayoría ni nos enteramos. Así es cambiar y crecer.

Somos universos caminantes, llenos de vida palpitando en cada rincón con sus sueños y sus miedos y su belleza y su terror. Somos la selva Amazónica; siempre habrá territorios inexplorados. Ahí está la soledad. En lo que nadie sabe de ti. Y supongo que es necesario que sea así. No es necesario conectar con alguien totalmente, en cuerpo y alma. Pero nos consuela la idea de que pueda ser así, algún día. A mí me consuela pese a saber que es imposible.

Es fácil enamorarse del amor, tal cual lo venden. Es una idea bonita. Y por eso sé que quizá ha sonado egoísta lo de desear que alguien lo sepa todo. Y por eso le voy a dar la vuelta: caray, odio no saberlo todo de alguien.

Sería bonito saber por qué sonríe, a quién echa de menos, a qué huele su infancia y de qué tiene miedo. Qué le importa de verdad, qué pensamientos traviesos atraviesan su mente y hacia dónde van. Por qué se despierta por la mañana, en qué piensa antes de dormir. Qué canción tararea en su cabeza mientras viaja en metro. A qué mundos viaja despierto. Dónde empieza su dolor y por qué. De dónde nace su amor y por qué.

Sería imposible. Pero tan bonito...

Hasta hace relativamente poco era incapaz de mirar a la gente a los ojos. Todavía me cuesta; mi estrategia es mirar al entrecejo. Hay mucha gente que lleva las cejas para depilar, por cierto. Es de libro y todos lo hemos oído: síntoma de inseguridad. Sí, sí, sí, ya lo sé. Mi relación con las miradas humanas es complicada, ya que las rehuyo por partida doble: me incomoda tanto que me miren como mirar.

Es fácil deducir por qué no me gusta que me miren. La quintaesencia de la inseguridad, el temor a que alguien pueda llegar a mis pensamientos a través de mis pupilas. ¿Pero por qué me molesta, hasta me duele, mirar?

Porque, ay, hay ojos que dicen tanto...

Los hay mudos, que sólo miran al vacío. Que reciben pero no dan. Y luego están los que me gustan a mí.

Los que amo y los que me dan miedo a partes iguales porque no sé qué voy a encontrar. Los que me invitan a bucear y perderme en todo lo que dicen. Los que transmiten emociones, ideas, intenciones, los que casi gritan que hay una persona excepcional debajo de ellos.

A veces mienten, pero pocas veces. Esto va a sonar raro, pero no me molesta que me mientan. Por cobardía y porque me temo que nunca escucharé lo que quiero a menos que sea una mentira. Además, en la familia de la que vengo lo raro es decir la verdad: sé lo que es mentir por las razones adecuadas. Vale, no hay buenas razones para mentir. Pero lo entiendo. Hay verdades que duelen más.

Y me enamoro. Y me pasa mucho y de mucha gente. No siempre en el sentido romántico; casi nunca, de hecho. Y me pasa tanto con chicos como con chicas. Me hablan sus ojos, su voz, sus gestos y tengo que contenerme para no prometerles lealtad. Así que la prometo amando en silencio.

A menudo salen de mi vida pronto y no dura mucho, pero creo que no disminuye su valor. Quiero pensar que algo de mi amor se va con ellos, que serán personas geniales sin mí, como debe ser. Pero que al menos tengo el privilegio de guardar sus miradas que gritan. Y el de haberles querido sin que lo supieran, que es también algo muy bonito. Y muy de pringada, para qué lo vamos a negar. Pero bonito y cursi a fin de cuentas.

En fin. Con el tiempo he empezado a mirar más. Y, ay de mí, ahora mismo hay en mi vida tantos ojos... Tan pocas mentiras. Y tan pocas palabras.

viernes, 9 de octubre de 2015

De una aventura alucinante, terrorífica y maravillosa

Esto va a ser largo, así que poneos cómodos. Con una buena cerveza cerca. Si es española, que sea Alhambra, por favor.

Todo empezó el día después de mi última entrada, cuando decidí que ya estaba bien. No, empezó antes. Este verano he hecho dos cosas muy importantes: aprender a montar en bici y limpiar mi habitación. 

Lo primero me devolvió la seguridad perdida y me hizo recordar que puedo hacer cosas nuevas y que estoy a tiempo de aprender. Que nunca es tarde para intentar algo que vale la pena y que, de hecho, muchas veces se puede conseguir. 

Lo segundo me obligó a hacer limpieza mental. Recordé muchas cosas y viajé en el tiempo hasta mis años de instituto y lo que vi ahí me hizo llorar no pocas veces. He tirado muchas cosas y cerrado bastantes capítulos, o eso quiero creer. Carlos estaba ahí. Y la única carta que me escribió, cuando cumplí 15 años, lo cambió todo. Me invitaba a fabricar los recuerdos que quisiera tener, a vivir. El día en que releí esa carta sus palabras tuvieron más sentido que nunca. 

Y en septiembre decidí actuar. Redacté mi curriculum en varios idiomas, lo envié a varios sitios (casi todos en Varsovia), seguí haciendo mis cosas en Valencia, seguí viviendo mi vida y no me quedé quieta. Apunté mis triunfos diarios para recordar que realmente estaba haciendo algo y esperé a que me respondieran de alguna parte, sin dejar de buscar trabajo.

Un martes, tomándome un café con mi hermana, recibí un mensaje de una academia de Varsovia. Que querían hacerme una entrevista y que llamara. Pero la entrevista no podía ser por teléfono: tenía que ir a Varsovia. 

Skyscanner. ¿Cuándo me puedo ir? Mañana es demasiado pronto, pero el domingo está bien. Vale. Ahora el alojamiento… "M… ¿me puedo quedar en tu casa? Hay billetes baratos y…" "Sí, tía, vente." "Vale." Mejor compro billete sólo de ida; si me sale algo, vuelvo en unos días para recoger las cosas y ya está... *náuseas*

"Me voy para una semana o así y si no me sale nada me vuelvo… Vamos, que me vuelvo en una semana." "Te vas a quedar ahí, que lo sepas. Ya nos invitarás a tu piso y tal." "Tú no vuelves, te van a contratar y te va a ir genial." Mi madre lo supo más que nadie; no estaba tan afectada por despedirme en una estación desde que empecé en la universidad. Pero yo tenía mis dudas.

Y mientras el avión despegaba, paradójicamente, yo sentía que me lanzaba en caída libre. Esa sensación me ha acompañado no pocas veces durante las últimas semanas. 

Cinco entrevistas en una semana, cuatro ofertas formales de trabajo, tres pisos, dos ángeles polacos y una casera encantadora después firmaba el contrato de alquiler. Pardiez que hacía tiempo que no tenía tanto miedo. Pero el piso es genial, pequeñito pero cómodo, todito para mí, muy céntrico, cerca de mis amigos y del trabajo y de casi todo, en realidad. ¡Y tengo una plantita! Pues eso, que ya tenemos piso. Ahora a ver cómo lo pagamos. 

Entonces llegó el taller de profesores, con mis ocho compañeros de batalla. Gente simpática y adorable, muchos de los cuales se estrenan dando clases en español, y que espero que acaben siendo buenos amigos. Por lo pronto ya ha habido alguna cerveza de por medio y un karaoke. Nino Bravo se está retorciendo en su tumba, no digo más :).

El martes nos asignaron grupos y tengo mucho, muuuucho trabajo. Casi más del que puedo gestionar, de hecho. Pero qué narices, uno emigra para trabajar y la verdad es que todo me apetece mucho. Esta academia es la que más trabajo me da y podría sobrevivir tranquilamente gracias a ella, pero como soy masoquista y además ya me había comprometido, tengo un par de trabajitos más. Para ahorrar. O para derrochar, ya veremos. 

Lo que yo no sabía cuando firmé el contrato con la academia es que prácticamente me iba a mudar allí. Entre que en casa no me concentro tanto y que en la academia se preparan las clases mejor, llevo un par de días volviendo al piso sólo para dormir. No soy la única; los profes veteranos también "viven" ahí. Y son amor. Bueno, los que conozco son un amor; un día de estos los achucharé, me llamarán loca y pedirán una orden de alejamiento, pero ese día todavía no ha llegado. A los novatos nos ayudan en todo lo que pueden, nos dan ánimo, nos enseñan trucos y nos invitan a café. O a caramelos. O a quedarnos en la sala Lorca con ellos preparando clases hasta que no queda más remedio que desalojarla. 

¿Y cómo van las clases? Pues empecé ayer y antes de entrar estaba histérica y con las manos heladas. Para colmo, se me olvidó tomarme una valeriana. Por suerte, los grupos de ayer fueron buenos. Mis nuevos niños alumnos tienen bastante interés y muchas ganas de hablar y creo que disfrutaron. Como anécdota del día, me cargué el borrador de la pizarra. Dos veces. Acabé con las manos negras y haciendo cómplices a mis alumnas del crimen; al menos se rieron un rato. La clase de hoy no ha estado mal y bueno, poco a poco nos irá saliendo mejor. Me preocupan las clases del viernes y el sábado: tres horas seguidas por grupo. ¡Eso es lo que dura Titanic! Va a ser un desafío, pero estoy dispuesta a afrontarlo… con mucho café. Y no descarto drogas más duras. 

Nada de todo esto habría sido posible sin M y K, mis guías y mi refugio. Y mis abogados, agentes inmobiliarios, traductores, publicistas, cocineros, terapeutas… Espero poder hacer algún día por ellos la mitad de lo que han hecho por mí, porque sin su ayuda yo no estaría aquí. Y me encanta estar aquí. 

Tengo miedo. Qué digo, pánico. Mi vida ha cambiado totalmente en dos semanas. Me siento como una alcohólica en rehabilitación: limpia pero con miedo a volver a caer. A que los días vuelvan a ser todos iguales, a no querer levantarme de la cama, a odiar mi vida. Pero al igual que los alcohólicos, lo importante es no pensar en meses ni en años ni en cantidades de tiempo imposibles de manejar. Hay que pensar en días. Hoy lo haré bien. Mañana lo haré bien. Y después, quién sabe. 

Así que esto va a ser mi vida por ahora. Un trabajo que me gusta, unos amigos geniales, unos compañeros de curro estupendos, un piso encantador y una ciudad en la que siempre he sido feliz. Hoy he visto la constelación del carro en el cielo sobre mi edificio y me he sonreído como una tonta. Ojalá las ciudades se pudieran abrazar… ¿Y en el blog? Pues las tonterías de siempre y, espero, mucha Varsovia. Jolines, ¡¡vivo en Varsovia!! Aunque me levanto cada mañana aquí, a veces todavía no me lo creo. Luego salgo a la calle y el frío disipa mis dudas de golpe… 

En fin, corto el rollo ya. He vuelto. :-)

miércoles, 2 de septiembre de 2015

De la mentirosa que por una vez no quiere serlo

O de una despedida a medias.

Hola. Me llamo Cristina y eso es cierto. Que tengo 25 años también. Que en general no soy mala persona, no le deseo mal a nadie e intento, sin éxito, no fastidiar a nadie, también. Pero casi todo lo demás es un fraude.

Soy una mentirosa y una cobarde. No siempre y no con todo el mundo. Sólo con mi familia y con la gente que va muy de frente. Me entra miedo y agacho la cabeza y la acabo liando mucho. Y luego soy tan cobarde que ni me disculpo. O me disculpo a medias. Todo lo hago a medias, pero que hasta me disculpe así es de vergüenza. Habrá una cosa más triste…

Soy irresponsable. Inadecuada. Charlatana pero incapaz de rematar nada. Con muy buenas intenciones pero incapaz de ayudar a la gente a la que quiero. Mucho ruido y pocas nueces es mi obra preferida de Shakespeare y una buena frase para definirme.

Pero como de lo negativo sabemos hablar todos, y ahora que debo usar gran parte de mi tiempo en buscar trabajo, quizá debería añadir un par de cosas buenas. Cocino muy bien. Me interesa mucho la educación. Solía escribir, de joven incluso lo hacía bien. Hablo un par de idiomas y chapurreo otro par. Y no traduzco mal del todo. Ah, y leo en voz alta de maravilla.

Todo esto para decir que ahora mismo el blog se me queda grande. Que no quiero seguir escribiendo. Que apenas me quedan motivos para hacerlo. Ni motivos, ni tiempo, ni ganas. El problema es que me sigue quedando un asunto pendiente, que me importa mucho y no quiero dejar así: las dichosas entradas de mi sistema educativo.

No quiero dejarlo a medias, porque me importa de verdad. Me pasé mucho tiempo pensando sobre eso en el retrete (larga historia que será contada en otra ocasión) y en el tren. Sistemas aparte, sigo leyendo mucho sobre el tema y aunque no me vaya a llevar a ninguna parte, quiero acabarlo. Y lo haré, aunque no sé cuándo.

Así que de momento así se queda la cosa. Cuando quiera y pueda, lo acabaré. En un máximo de cuatro entradas más. Y si mientras se alinean los planetas, encuentro un trabajo, me mudo y empiezo de nuevo, tal vez me entren ganas de volver a escribir aquí.

Mientras tanto, y para que no se me aburra nadie. El guardián entre el centeno es un libro que recomiendo a todo el que no lo haya leído ya. Me tiene tan obsesionada que tengo cinco ejemplares en distintos idiomas. O leed un poco a Walt Whitman, que siempre viene bien para levantarse la moral. Tú la letra y yo la música, en versión original, es mucho mejor película de lo que esperaba. Y la voz de Hugh Grant en inglés es de las cosas más bonitas que se pueden escuchar. Y hablando de escuchar, el concierto en vivo de The Corrs en 1999 ha sido la banda sonora de estos dos últimos años de mi vida. En los buenos momentos. He cantado Dreams y Runaway paseando a los perros a las seis de la mañana y he cantado y silbado No frontiers, especialmente la parte de Caroline, para mi sobrinito. Que está enorme, que cada vez es menos mío y que prefiere la banda sonora de Frozen. No lo culpo.

Me quedaron muchas cosas que contar. Más allá de todo el rollo del carpe diem, a mí lo que me gustaba  de El club de los poetas muertos eran sus chicos, por dentro y por fuera. No pocas veces he fantaseado con ser novia de Neal o de Todd, pero mis preferidos eran Charlie y Knox. Charlie porque era un bribón y por su Poetrusic. Knox porque era un romántico de los pies a la cabeza. Para colmo, su amor era Chris. ¿Cómo no lo iba a querer? En fin. Personajes míos deben sus iniciales a poemas de esa película y no sé por qué me ha venido ahora a la cabeza el que escribe Knox. "Pero la vida está lograda y yo estoy contento. Porque sé que ella vive". La vida no está lograda. Más bien la malogramos a diario. La pobre bastante hace, amaneciendo cada mañana.

Quién sabe si esta será nuestra última noche.

Ah, casi lo olvido. Aprendí a montar en bici en julio.

jueves, 9 de julio de 2015

De los yermos y estériles días de verano

No estoy muy segura de quién, pero alguien dijo que los veranos sólo son divertidos cuando eres un niño y tienes el verano entero para ti. Noventa días de semilibertad (esos dichosos cuadernitos de vacaciones) para aburrirte y soñar y crear el mundo a tu antojo. Y qué razón tenía.

En el verano de 2009, mis primeras vacaciones de la universidad, pasé una semana en Roma, tres semanas en Londres y tres semanas en Berlín antes de empezar mi beca Erasmus en Münster: no fue el mejor verano de mi vida, aunque casi. 

El mejor fue probablemente el de 2004. No fui a ninguna parte y estuve en mil lugares: me lo pasé leyendo. Es todo lo que recuerdo de ese verano. Encadenar las novelas de Jane Austen con los libros de Los Cinco, García Márquez, El Hobbit, La Materia Oscura. Leía durante el día y durante la noche, me tenían que avisar para comer y cuando me acababa uno, normalmente de madrugada, no podía dormir si no había elegido otro antes. 

Luego me volví adicta a Internet y no he leído con tanta pasión desde entonces. De vez en cuando encuentro alguna novela que me enganche y me vuelva loca y tengo a varios autores fetiche desde entonces (mi querido Sándor Márai, por ejemplo). Pero no es lo mismo; lo más normal es que acabarme un libro últimamente me cueste más que un parto. 

Es el caso del último libro que me leí, Lost in Translation. Y no, no tiene nada que ver con la película de Bill Murray. Es un libro escrito por Eva Hoffmann, una mujer que tuvo que emigrar desde Cracovia a Vancouver cuando tenía 13 años. Y en el libro cuenta cómo era su vida en Polonia, los duros comienzos en Canadá y cómo su desarrollo personal tuvo lugar de forma paralela a su desarrollo lingüístico en dos idiomas. Nos lo recomendó mi profesora de Traductología, Mariela, alias la Pertinente y a la que tengo un gran cariño. Me lo compré en 2012, cuando vivía con Noelia en el que fue mi primer pedido a Amazon (y tras el cual le declaré amor eterno). Prometía mucho... y ha sido una cruz acabarlo. 

Denso. O quizá la densa era yo. Con verdades dolorosas como puños (la vida del inmigrante no es fácil y Eva lo explica a la perfección). Y con un brillo de esperanza al final, pero un libro tan cansado como el viaje que la propia Eva recorrió. 

Ahora aprovechando que es la comidilla de la prensa rosa me he pasado a Vargas Llosa. Otro libro pendiente, regalo de alguien a quien quiero -y añoro- muchísimo. ¿Me dejarán? Los días en Valencia son largos e infinitos. ¿Cuándo llegué aquí? No hace ni un mes y ya me siento prisionera, ajena en un mundo que no tiene apenas nada que ver conmigo y a la vez tan atrapada, tan sometida a su voluntad. El verano ya no es del todo mío. Ya no puedo leer todo el día, absorta en el universo de papel hasta que no consiga mantener los ojos abiertos. Estoy incómoda, y aunque dejaré de estarlo, todavía no he encontrado mi sitio.

Una de las tareas que me he autoimpuesto este verano es terminar lo que empecé con las entradas del sistema educativo y no me olvido. Tiempo al tiempo. Con suerte, menos de un mes. 

jueves, 28 de mayo de 2015

De la inutilidad de los consejos

Hoy, en los lavabos del instituto, he tenido una revelación.

Ya me estoy despidiendo de los alumnos. Esta mañana he tenido por última vez a la K10 diminuta: sólo siete alumnos. Aprenderse los nombres fue increíblemente sencillo, obviamente. Y como siempre que me despido, les acabé dando el discursito de lo importante que es vivir y cometer errores. Que no pasa nada por no saber lo que quieres hacer ahora, que disfruten y se rían mucho, que vivan... Esa clase de cosas que te dicen los mayores cuando tienes quince años y crees estar de vuelta de todo. Cuando la persona que te está dando ese consejo ni siquiera ha llegado. 

En algún momento yendo de la sala de profesores a los lavabos lo entendí todo: no sirve para nada. No van a entenderlo. Sí, entienden las palabras y lo que significa, pero no se lo van a tragar. Ahora mismo tienen en su cabeza un esquema bastante rígido de lo que es y va a ser su vida. Están en el instituto, les quedan un par de añitos más en los que su única preocupación es elegir su carrera o su formación profesional. Luego le dedicarán unos cuantos años más a eso, tal vez con un año sabático en el extranjero mediante. En ese tiempo, por supuesto, seguirán siendo amiguitos de sus compañeros de clase. Y cuando empiecen sus estudios también. Después, los que ya tienen pareja se casarán (porque por supuesto cinco años no van a poder con ellos, almas de cántaro) y los que no, pues seguro que han encontrado a alguien por el camino. Y encontrarán un buen trabajo que los llene de éxito. Van a tener la vida perfecta. Y se lo creen de verdad. Que va a ser así, y que eso sería perfecto. 

¿Y quién los puede culpar? Son unos bebitos. No hace tanto tiempo jugaban despreocupadamente y hacían el tonto sin pensárselo dos veces. No tenían vergüenza de la mala, ni eran tímidos, ni necesitaban ese aura de dignidad y de mayores para ir por la vida. Ahora, en esa edad tan rara y asquerosa en la que ni ellos, ni sus profesores ni sus padres saben cómo tratarlos, lo único a lo que se pueden aferrar es a su plan. 

Yo también escuché esos consejos tiempo ha, de gente que me quería bien y que me deseaba lo mejor. Y fingí que me lo creía, pero no lo entendí. ¿Qué es eso de reírse y pasarlo bien? La universidad no es para eso... Quizás el problema de estos consejos es que son muy vagos. Es como el "pórtate bien". ¿Qué significa portarse bien? Porque sí recibí un buen consejo. Qué digo, dos. Me los dio la misma persona y al menos el primero lo entendí de maravilla.

Por supuesto, fue Carlos. El primer consejo fue irme a estudiar fuera de casa. Que me fuera de casa cuanto antes, que iba a aprender muchísimo. No he tenido ocasión de darle las gracias por este consejo, porque ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. Debería ser obligatorio. 

El segundo me lo dio en una carta que me escribió, y que sigo guardando en una cajita. Adoro su caligrafía. A él le gustaba lo que escribía y en aquella carta me dijo: "No te olvides de vivir; de lo contrario, no tendrás nada sobre lo que escribir después". 


Eso no lo entendí entonces. ¿Es que no estaba viviendo? Ni de lejos. Vivía a través de otros, como viendo una película. Sólo ahora empiezo a entender cuánta razón tenía. La imaginación llega hasta donde llega, pero hay cosas que sólo se pueden escribir después de haberlas sentido y haberlas vivido. 


Salí del lavabo y sonreí. Los niños lo van a hacer bien, con o sin consejos. Vivirán su vida, se angustiarán y sufrirán y se secarán las lágrimas y reirán de nuevo. Y el mundo seguirá girando. Y un día, si tienen hijos o algo que se le parezca, tal vez se sorprendan a sí mismos dándoles el discurso que yo les he dado hoy. Y sonreirán. Y tal vez, sólo tal vez, se acuerden de mí. Pero si no, tampoco pasa nada. 

lunes, 18 de mayo de 2015

De mi sistema educativo, parte II

[Paréntesis: estas dos últimas semanas han sido duras. He estado enferma, cansada, frustrada y bastante deprimida. Me he disuelto como un azucarillo en un café y me están entrando de nuevo mis enfermedades propias. Lo único que me devuelve la cordura y la sensación de ser yo misma en estos momentos es escribir y aunque no me resulte fácil, sé que es esto lo que debo hacer. Escribirlo todo hasta que el aire vuelva a ser amable y vuelva a descubrir la belleza, no sólo de lo que me rodea, sino la que hay dentro de mí.]

No estoy tan contenta con esta parte como con la anterior. Quizá porque existen dos problemas de base a los que no sé responder. ¿A qué edad deben empezar los niños el cole y por qué? ¿Y qué se supone que tiene que aprender un niño entre los tres y los seis años? Vamos a ver qué sale de aquí.

Lo que sí tengo muy claro es que, si decidimos que entren a los 3 años, todos han de tener esta edad cuando empiecen. Sobre todo si tenemos en cuenta que en la primera etapa educativa lo que predomina es la mejora de la psicomotricidad, y esta capacidad está intrínsecamente relacionada con la edad de los pequeños: unos meses a esas edades importan mucho. En nuestro sistema, empezamos el cole los niños que hemos nacido el mismo año: da igual que uno haya nacido el 1 de enero y el otro el 30 de diciembre. Dos niños con casi un año de desarrollo físico de diferencia van a ser educados en la misma clase con las mismas expectativas. Por no hablar de que la madurez mental no es la misma ni de lejos: un niño de tres añitos recién cumplidos no tiene la misma capacidad de concentración que uno de cuatro. ¿Solución? Pues hacer dos entradas por año: que unos empiecen en enero y otros en septiembre. Los del turno de enero tienen las vacaciones de verano en medio y acaban el curso en Navidad; los de septiembre acaban en junio. Sigue sin ser ideal, pero es mejor

Otro punto a destacar es la cantidad de chiquillos por clase: seis me parece un buen número. Definitivamente no más de diez. Para la escuela que yo sueño, crear lazos es imprescindible. Una sola persona no puede volcarse y prestar atención plena a otras veinte, por muchas ganas que tenga. Es imposible. Siempre hay niños que no participan, que se quedan atrás porque nadie se da cuenta de lo que necesitan, que no reciben la atención necesaria. 

Contenidos, o un montón de sueños

Sueño con una escuela infantil en la que sea más importante jugar que estudiar, en la que contar cuentos y acabarlos entre todos sea ejercicio diario, en la que acercarse a las letras y a los trazos sea un juego y no un tedioso libro de fichas a completar como si de un trámite burocrático se tratara (eso y que la psicomotricidad fina lleva su tiempo: un niño de 4 años no está preparado para escribir aún). 

Sueño con una escuela en la que los niños adquieran un vocabulario emocional y aprendan a identificar sus sentimientos de forma adecuada a su nivel. Que aprendan a decir "Estoy enfadado" en vez de pegar para soltar su frustración. En la que todos (profes incluidos) hablemos de lo que nos gusta y nos da miedo. ¿Herramientas para lograr esto? No soy psicóloga infantil ni pedagoga, pero creo que la ficción es una puerta muy interesante a los sentimientos de alguien: de alguna forma proyectamos a través de las historias que inventamos. Así que podríamos tener un muñeco de clase, un personaje, y contar qué le ha pasado al muñeco durante la semana. Lo bueno y lo malo. Creo que muchas cosas podrían salir de ahí. Sólo con esto podemos sentar buenas bases para enseñar respeto, empatía y compasión.

Sueño con una escuela en la que el profe pida ayuda a los niños para hacer algo, en la que los niños se sientan integrados, en la que se decida de forma democrática si hoy pintamos con los dedos, si paseamos por el jardín (todas las escuelas deberían tener jardín y huerto), o si jugamos juntos a pillar, o si contamos cuentos. Al menos un día a la semana. 

Sueño con una escuela en la que a los niños se les diga la verdad. Y eso no significa darles más información de la necesaria, pero sí la que piden, de forma en que la puedan entender. Normalmente uno pregunta cuando está preparado para la respuesta; mentirles es insultar su inteligencia. 

Sueño con una escuela en la que el profe sepa la vida, obra y milagros de cada uno de sus niños. Qué les gusta, qué les asusta, cómo conseguir sacar lo mejor de ellos. Que sea normal prestarle a uno un cuento de dinosaurios porque sabe que le gustan. Que le regale una plantita al que ha mostrado más interés por el jardín. Que con pequeños gestos les muestre caminos para explorar su curiosidad. Que les acompañe sin juzgar, que les enseñe con pasión y alegría y jamás con amenazas.

Sueño con una escuela con juguetes que no inciten a la violencia ni a la discriminación por género. Sueño con una escuela con menús realmente equilibrados y cocinados con amor. Y con profesores capaces de hacer comprensible la importancia de las zanahorias. Sueño con niños que puedan ayudar de vez en cuando en el comedor, llevando las patatas de un sitio a otro o pasándole al cocinero lo que necesite, para que sepan de dónde sale lo que comen. Sueño con clases que coman juntas, que pongan la mesa juntas y hablen, al menos una vez al mes para los niños que no necesitan ir al comedor. 

Sueño con una escuela de proyecto anual, algo que está de moda últimamente: elegimos un tema y lo desarrollamos durante un año. Los piratas, los egipcios, los romanos, los animales marinos... Y con ello aprendemos los números, las letras, algo de conocimiento del medio... Lo que un crío de 5 años pueda asimilar, vaya.

Sueño con una escuela de deportes, en la que los críos puedan conocer distintos tipos de deporte cada mes, ir probándolos y conociéndolos a ver cuál disfrutan más. Y si no sale bien no nos enfadamos; lo volvemos a intentar. Sueño con una escuela en la que te enseñen a montar en bici y a nadar.

Sueño con una escuela en la que los animales sean bienvenidos y podamos aprender de ellos. Tal vez traer algún perro un par de veces al mes. Esto no es ninguna novedad: en el instituto del Pantera llevaban una perra preciosa a varias clases para que los niños aprendiesen empatía y valores con ella. Principalmente, porque incluso los niños más maleducados y crueles eran incapaces de ser violentos delante de un animalito adorable. Curioso, pero cierto. 

Sueño con una escuela a la que puedan venir los padres y las madres con frecuencia a pasar el día entero y hacer cosas distintas con ellos. Si se puede, algo relacionado con su trabajo. Si no, simplemente jugar. Para que sepan lo que hacen sus peques. Para que los peques sepan que a sus padres les interesa lo que hacen. 

Sueño con una escuela con música y canciones, con noches de planetario para que, aunque aún no entiendan nada, observen las maravillas del universo. Sueño con una escuela llena de colores y murales pintados por ellos, con un jardín cuidado entre todos. 

Sueño con una escuela sin religión. Lo siento, dios no cabe aquí. Ni la política. 

Todo esto hasta los seis años. Si conseguimos que reconozcan las letras y los números en este tiempo, fantástico. Si a alguno le pica la curiosidad y ya ha conseguido escribir, fenomenal. No hay prisa. Están a tiempo para ser ingenieros aeronáuticos. Por ahora me interesa más que jueguen, que aprendan a reír y a respetarse y a ser felices. Y que fomenten la curiosidad. Con curiosidad y paciencia todo es posible. 

Próximamente, la primaria. Aquí meto conceptos que me gustan más porque los críos ya tienen más habilidades lingüísticas. A partir de los siete años ya conceptualizan en abstracto, lo cual resulta muy interesante, y ya tienen fuerza y destreza para hacer más cosas. Repito que no estoy satisfecha con esta parte. La he pensado y repensado y he acabado improvisando. A la próxima, más y mejor.

miércoles, 29 de abril de 2015

De por qué me gusta Eurovision o cómo cerrarle la boca a la gente que lo odia

Hay cosas que no puedes decir cuando eres conocido por tu inteligencia y buen gusto. Especialmente si tienes buen gusto cultural, ves buenas películas, lees buenos libros y eres capaz de encontrar filosofía en la descripción de una patata frita. No puedes decir que te gusta el fútbol, aunque el deporte en sí no tenga nada de malo y sean los malos aficionados y los presidentes de los clubes los que están destrozándolo. No puedes decir que te gusta Crepúsculo o Cincuenta Sombras de Grey aunque lo leyeras simplemente para dejar la mente en blanco o para echarte unas risas.

Y no puedes decir que te gusta Eurovision. Mucho menos si eres una persona adulta, que ya trabaja y que tiene un mínimo de vida social. Son ya más de tres las veces que he tenido esta conversación:

Persona X: Tenemos que quedar en mayo para salir sin falta.
Yo: Vale, pero el fin de semana del 23 no puedo.
Persona X: ¿Y eso? ¿Te vas de viaje?
Yo: No, es Eurovision y llevo años sin perdérmelo. 
Persona X (cara de consternación y sorpresa): ¿¿¿TÚ VES EUROVISION, CRISTINA???
Yo: Sí :D

Sé que no estoy sola. Sé que somos más los que sufrimos las críticas a un programa que no deja de ser entretenido y agradable. Por eso, y para hacer una entrada más ligera, hoy voy a dejar una lista de los comentarios que más tenemos que aguantar los fans eurovisivos y su respuesta. Todo aquel que tenga algún conocido que odia Eurovision por alguno de estos motivos puede enviarle un enlace a esta entrada. 

1. Siempre se votan entre vecinos… ¡Es todo politiqueo!

Esto es verdad sólo en parte. Sí, hasta hace unos pocos años Eurovision se decidía solo por televoto. Pero desde hace algunos años los puntos se otorgan haciendo media entre lo que decide un jurado profesional de cada país y lo que dice el público a través del televoto. Sin embargo, países que sienten entre ellos una arraigada enemistad jamás se van a votar. Armenia jamás votará a Turquía o a Azerbaiyán. Por el contrario, la inmigración nos ha traído grandes sorpresas: Rumanía ahora vota muchísimo a España. Invito a quien no me crea a mirar los datos en la Wikipedia, se encontrarán el típico voto de país vecino de Islandia a Azerbaiyán, por poner un ejemplo. 

2. Sólo ganan los países del Este, de la antigua Yugoslavia…

Esta gente no ve Eurovision desde 2004. Exceptuando en 2007 (Serbia) y 2008 (Rusia), ninguno de los países que ha ganado desde 2005 es del Este. Vale, y Azerbaiyán si queréis. En orden: Finlandia (2005), Grecia (2006), Noruega (2009), Alemania (2010), Azerbaiyán (2011), Suecia (2012), Dinamarca (2013) y Austria (2014). Más bien diría que en la última década quienes han arrasado han sido los países nórdicos y no veo a nadie diciendo "Es que sólo ganan Ikea y compañía". 

3. La música es malísima. ¡Mira lo del Chiquilicuatre!

A ver, que España haya mandado auténticas m…. bazofias, iba a decir bazofias a Eurovision, no significa que el resto de los países no se lo tomen en serio. Todas las canciones ganadoras desde 2007 son buenísimas. E incluso España ha mandado alguna canción digna: Quédate conmigo, en 2012, era un tema realmente digno. Como prueba de ello, empezamos a levantar cabeza y quedamos décimos. Por otra parte, quien critica la música de Eurovision pero luego escucha todo lo de Lady Gaga, Katy Perry y Beyoncé demuestra no haber escuchado nada de Eurovision: los mismos productores de las estrellas del pop también componen canciones para Eurovision. 

4. Que España no participe, que eso cuesta mucho dinero…

Si esto me lo dice el típico chico seguidor acérrimo del fútbol me entran ganas de partirle la cara, porque nunca los oigo quejarse del mundial ni del despilfarro que fueron los 600 millones de euros que se llevó la famosísima Roja por ganar en 2010. Bastante más de lo que cuesta enviar a un representante a Eurovision, especialmente en el caso de España, que es uno de los cinco países que más fondos aporta a la Unión Europea de Radiodifusión. 

5. Que España no gane, que con la crisis nos iba a costar un pastón…

Yo tampoco quiero que gane España… Aún. Con que quede en una posición digna me llega. Y sí, costaría dinero, pero costaría muchísimo menos que lo que llevamos invertido en las tres fallidas candidaturas de Madrid para los Juegos Olímpicos. Y al contrario que el evento deportivo, con Eurovision casi nunca hay pérdidas: el gran colectivo de fans se mueve a donde sea a verlo. Entre otras cosas, porque sólo dura una semana. Tres días, en realidad. Y suele dejar beneficios. Creedme que a España no le vendría mal ganar dentro de unos años.

6. Desde hace años sólo ganan los numeritos raros. Véase los monstruos de Finlandia y lo de Conchita Wurst…

Sí, una puesta en escena original te llevará a la final de Eurovision. Pero para ganar la canción tiene que ser buena. Prueba de ello es Irlanda: en 2011 y 2012 mandó a unos gemelos muy resultones, pero no ganaron ninguno de los dos años. Y hay puestas en escena que son una belleza: lo de Rusia en 2008 fue una maravilla. Por otra parte, hay países que ganan con una representación la mar de simple: el casting del Pelo Pantene con el que ganó Azerbaiyán en 2011 no podía ser más sencillo. Lo de Conchita Wurst se merece una entrada aparte, pero la canción es preciosa.

7. Pues yo no le veo el sentido.

Pues lo tiene, y mucho. El Festival de Eurovision se celebra desde 1956, poco después de la Segunda Guerra Mundial, y se hizo con dos objetivos principales: dar una salida sana a las rencillas entre países en vez de declararse guerras u hostilidades abiertamente, y celebrar algo todos juntos y pasárnoslo bien. La Unión Europea todavía era una utopía, un sueño de hermandad en vez del banco chupasangre que es ahora, y la idea era muy bonita. Y lo sigue siendo. Si alguien no lo entiende, le invito a que vea este video: toda Europa bailando al mismo tiempo. Me pone los pelos de punta.

Para los países de la antigua Yugoslavia y en general países del Este, Eurovision tiene el atractivo añadido de que, si ganan, todo el mundo los pone en el mapa por una vez. Los azeríes todavía están que no caben en sí de gozo.

Pero para mí, además, tiene un significado muy especial. Desde 2010 no me lo pierdo y es una de las cosas que más me unen a mi Segunda Esposa, con quien ya tengo porra para este año. Además, mi amigo Rafa el intrépido y yo solemos debatir después del programa sobre temas tan trascendentes como el Holocausto, el conflicto palestino-israelí y cómo resolverlo, y los países no reconocidos. Por supuesto, no solucionamos nada, pero sirve para reflexionar. 

Si hay algún fan en la sala que además entienda inglés, le recomiendo que se mire las reseñas de las canciones que hace el canal de Overthinking It en YouTube: divertidos y aligeran la espera hasta mayo. Mi favorita para este año de momento es Irlanda, ¡a ver qué pasa!

La semana que viene, segunda entrega de mi sistema educativo. Prometido :)

viernes, 24 de abril de 2015

De mi sistema educativo, parte I

Esta serie de entradas me va a costar más que un parto, pero es algo que me apetece mucho. Van a ser largas y quizá un poco más densas que lo que suelo escribir aquí. Por ahora estoy satisfecha con el resultado de la primera parte. A ver qué opináis. 

Empecemos por lo básico: ¿qué es la educación? ¿Por qué es tan importante? La respuesta corta es sencilla: la educación lo es todo y por eso es tan importante. Pero me extenderé un poco. Desde que nacemos, todo lo que percibimos con los sentidos es educación. Las calles limpias, el “por favor” y el “gracias” con sonrisa incluida, ceder el asiento, no decir palabrotas, ayudar a los demás, las declinaciones en latín, las ecuaciones de segundo grado, la filosofía de Platón, la estructura de las células, nociones básicas de nutrición humana, los deportes, el arte, la dinastía de los Austrias, los idiomas –locales y extranjeros-, la capital de Brunei Darussalam, las partes del árbol, las funciones del lenguaje, cocinar, ayudar con las tareas de casa, limpiar… 

Es algo muy grande y por tanto, complicado. Mucho más complicado que un edificio carcelario que abre de 8 a 15 lleno de mesas, sillas, pizarras y gente con más buenas intenciones que medios en clases demasiado llenas.

Por eso me parece ingenuo –aunque debería decir cruel, porque no hay ni una pizca de inconsciencia en su decisión- y fácil que los gobiernos de todo el mundo pretendan crear una ley chachi molona cada cuatro años (bueno, o las legislaturas que duren) para que milagrosamente resuelva todos los problemas de la educación. Cuando lo que falla es el mismísimo sistema. Así que volvamos a lo básico.

Tener una buena educación, integral (que abarque todos los ámbitos), universal (gratuita en todas sus etapas), de calidad (sin que exista la opción privada) y humana (donde los niños sean tratados como personas y no como números) es crucial para una sociedad feliz y sana. El problema es que la  felicidad y la salud no enriquecen a nadie, pero esa es otra historia. Y la felicidad, la realización del ser humano al máximo con el fin de sentirse útil, querido y seguro dentro de una sociedad, es lo que necesita el ser humano. En todo el mundo, en todas las clases sociales.

Lo que planteo es posible. A lo largo de mi exposición vais a pensar muchas veces: “Esto costaría mucho dinero que no tenemos”. A lo que yo digo: “Tururú”, o en su versión extendida: “Si fijamos un salario máximo que no exceda los límites de la decencia humana, eliminamos el ejército, los coches oficiales, las dietas y un montón de gastos realmente innecesarios y aun así NO hay dinero, me lo creeré.” Hasta entonces, en mi opinión hay dinero, muy malgastado y en manos de quien no debería tenerlo. Pero lo hay.

Para cambiar la educación hay que cambiar el sistema laboral al completo. No necesitamos trabajar 40 horas a la semana: podríamos trabajar 20, cobrar el mismo dinero, y usar el resto de horas en educar a nuestros niños. Porque sí, cada niño de este mundo es nuestro, nuestra responsabilidad. Nuestro futuro. Les debemos nuestro tiempo y nuestra disponibilidad. Y no, me niego a la solución alemana de “reconocemos el trabajo del progenitor y te pagamos por quedarte en casa”, porque todos sabemos cómo acaba la cosa: madres que podrían ser útiles a la sociedad también en el ámbito laboral pero que deben renunciar a su éxito profesional por los niños. Y no, no me estoy contradiciendo: en mi opinión es totalmente realizable. Trabajemos menos horas, las dos partes. Pasemos más tiempo con los niños, las dos partes. Si por mí fuera, daría baja maternal los tres primeros años y paternal los tres siguientes, por dos razones: porque los hombres se merecen estar con sus hijos al mismo nivel que las madres y porque las mujeres se merecen que sus maridos sepan lo que es llevar todo el trabajo de la casa y los niños. (Me lo estoy oliendo venir: en parejas homosexuales, que cada cual elija cuándo prefiere pillarse la baja; aunque en el caso de las lesbianas y si una es la madre biológica, para favorecer la lactancia materna debería ser ésta la primera en disfrutar de la baja). Por si a alguien le ha dado por calcular, la reducción de las jornadas laborales se traduciría en una mayor oferta laboral: ahora necesitamos a dos personas para el mismo trabajo. Dos personas menos en el paro, pagando impuestos y consumiendo y devolviendo el dinero a la economía global.

El otro motivo por el que exijo la reducción de las jornadas laborales es para que los padres puedan participar en las clases del colegio. Pero esa es otra historia.

Aunque quiero hablar de la educación a todos los niveles, tenemos que empezar con los niños. Los niños han sido tratados como una molestia durante siglos y por mucha Play Station para Reyes y muy poca disciplina que haya hoy día, esos críos están sufriendo una educación negligente dentro y fuera de las aulas. Padres que se sienten culpables por no poder pasar tiempo con los niños, abuelos y cuidadores cansados que no están preparados para el trabajo que supone educar a un niño rebosante de energía, maestros y profesores desmotivados: todos los adultos de este mundo deseosos de disfrutar de los niños como si fuesen muñequitos. Que estén guapos, que estén quietos, que estén sentados, que estén callados, pero que escuchen. Que escuchen y que lo aprendan todo y sin chistar, que para eso aún son semipersonas y no tienen derecho a decidir sobre su vida. Y no confundáis estas palabras con dejar a los niños campar salvajemente a sus anchas, pero entre ambos escenarios existe una gama de grises muy atractiva que vale la pena explorar.

Y como los cimientos del Escorial ya van en bueno, proseguiré con el resto de la obra en próximos posts. Quiero dejar constado en acta, no obstante, que esto son simplemente mis opiniones, que no he reflexionado tanto sobre el tema para tener en cuenta todas las variables y que esto son solo bosquejos, ideas locas. Todo comentario y aportación, como siempre, son bienvenidos

miércoles, 15 de abril de 2015

De los pedacitos de alma I: Galeano, Magariños y yo. De la breve disculpa y de lo que nos espera

En primer lugar, debo a mis fieles lectores una disculpa por no haberme dignado a responder los comentarios en las últimas dos semanas y media: perdonadme y proceded a leer las respuestas a todos los comentarios que me habéis dejado. Dicen que más vale tarde que nunca, aunque yo no me lo acabo de creer. 

Obviamente, mi ausencia se ha debido a las vacaciones, a las que no quiero dedicar mucho espacio: he cocinado mucho, he pasado mucho tiempo (pero no el suficiente) con mi madre, he besuqueado a mi sobri lo bastante para los próximos dos meses y me he puesto hasta arriba de arroz y de guisos.

Ya de vuelta en Alemania, tengo pendiente escribir de muchas cosas. Prometí escribir sobre mis ideas acerca del sistema educativo; es decir, cómo creo yo que habría que hacer las cosas. Y pienso escribirla. El problema es que cuanto más pienso en ello, más ideas tengo. Y no las estoy apuntando, lo cual es un grave error. Pero escribiré sobre eso, de verdad. Es un tema que me interesa muchísimo y la verdad es que estoy sorprendida conmigo misma porque jamás pensé que me podría apasionar tanto imaginar cómo sería un buen sistema educativo. De momento quedaos con las palabras "integral", "global", "cercano" y "entre todos". 

Aprovecho para inaugurar nueva sección: pedacitos del alma. Iba a llamarla "piezas del puzzle", pero es una palabra muy poco romántica para hablar de Galeano. Y de Magariños. Y, en general, de las personas a las que quiero homenajear en esta sección. No todas están muertas; de algunas solamente lo está la relación que he tenido con ellas. Carlos es el gran protagonista de "pedacitos de alma", pero no es el único. 

A veces, hay conceptos (autores, libros, películas, momentos, colores, olores, recuerdos) que van intrínsecamente relacionados a una persona, de tal forma que resulta imposible no asociar uno con otra. Yo no puedo pensar en Eduardo Galeano sin acordarme instantáneamente de Mercedes Magariños, mi profesora de lengua y literatura en 4º de la ESO. Ah, por cierto: no he leído apenas nada de Galeano; esta entrada es sobre Magariños. 

Yo la llamaba Mercedes, pero era por su apellido por lo que era conocida y temida en el Complejo Educativo de Cheste. Y si no la incluí en mi entrada sobre los profesores que me marcaron es porque Magariños era la anti-profesora. Al menos tal y como yo concibo el término, en mi mundo de chucherías y arcoiris. Magariños era exigente, borde, favoritista y una amante de la literatura en un sistema educativo que la desprecia. Además, apestaba a alcohol y aunque a mí me salvó en cierto modo la vida, no la considero un ejemplo a seguir como docente. 

Magariños era la McGonagall de nuestro instituto. Era mayor y tenía malas pulgas, pero en cuanto rascabas un poco la superficie con un par de frases bien escritas, se ablandaba y mostraba lo mejor de sí. Era también nuestra Pérez-Reverte: mordaz, exagerada a veces, irreverente a menudo pero en todo caso, no dejaba indiferente a nadie. Ni siquiera a los alumnos que la odiaban. Magariños no habría de pasar a los anales de la historia como una profesora apacible y beatífica a la que todo el mundo quería, sino como una guerrera, con todo lo que eso implica. Los guerreros no gustan a todos.

Era mi primer año en Cheste y... bueno, había un par de chicos muy tontos. A lo que muchos me habían recomendado paciencia e ignorarlos, Magariños respondió con una breve pero muy eficaz amenaza. El chico se disculpó y me dejó en paz, al menos durante ese año. 

He dicho que amaba la literatura, pero en la Comunidad Valenciana y en mi época se estudiaba muy poco. No entraba para la temida selectividad, así que ¿para qué? Pero ella siempre nos ponía textos breves en el examen. Textos sencillos pero de gran belleza, sentimiento y dulzura. Textos que me quedaba releyendo una y otra vez cuando acababa el examen. Aprendí el significado de la prosa poética con esos fragmentos; nueve de cada diez veces venían del mismo libro: El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano. Fue la primera vez que oía hablar de él. 

En sus exámenes había otra pregunta que subía un punto si ya habías aprobado el examen, para subir nota: "Escríbeme lo que quieras". ¿Cómo no iba a amarla? ¿Cómo no iba a adorar a una mujer que se interesaba por lo que teníamos que decir? Hasta tenía ganas de hacer sus exámenes para poder escribirle algo. 

Por aquella época yo iba siempre con un libro bajo el brazo (qué tiempos aquellos) y cuando Magariños se enteró, empezó a traerme bolsas de libros. "Es que estoy de mudanza y no me caben todos en el piso nuevo. Si los quieres, para ti". Por diferentes razones no he tenido tiempo para leer muchos de los que me dio, pero gracias a ella leí "La flor púrpura", un libro que recomiendo si os topáis con él. 

Desgraciadamente no volví a tener clase con ella. En 1º de bachillerato ya no la tuve y se jubiló ese año. Murió en junio de 2008, no llega a un año después de jubilarse. Estaba divorciada y tenía un hijo; realmente había que ser mucho hombre para semejante mujer. Pero espero que no muriera sola. Y como cursi que soy, en el fondo pienso que la mató el no tener que trabajar, igual que a mi abuela la mató la muerte de mi abuelo y no tener que cuidar más de él. Necesitamos ser necesarios y sin sus alumnos para despotricarles sobre sus faltas de ortografía, sencillamente se apagó. Todavía pienso en ella a menudo (¿me recordará alguien así?).

Ayer murió Eduardo Galeano. A quien admiro sin haber leído un libro entero suyo. A quien me gustaría haber conocido, para preguntarle si existió el niño de "Decile a alguien que yo estoy aquí". Una de las huellas que dejó Magariños en este mundo ya no está. Con él ha muerto también un poquito de ella y yo me he quedado triste. Por ella y por él. Creo que se habrían caído bien. Pero también por mí. Al final, importa tan poco lo que hagamos. Moriremos y el mundo seguirá girando. Para algunas personas tardará un poco más en girar, pero lo hará. Quizá nos guarden en la memoria algunos, durante un tiempo, y viviremos un poco más. Todo en vano. Incluso la gran Magariños se está marchando. 

miércoles, 25 de marzo de 2015

De la entrada desesperada o consecuencias de dormir menos que la versión extendida de El Señor de los Anillos

Tanto propósito, tanto propósito y me olvidé del más importante: dormir un mínimo de seis horas, preferiblemente siete, todas las noches pase lo que pase salvo viernes y sábados. No lo hice. 

Ya escribí sobre lo de no querer dormir y negar el día siguiente: si no duermo, no existe. El problema es que por mucho que yo me empeñe, el tiempo pasa sin parar. Y las siete de la mañana siguen siendo en el mismo momento todos los días.

Para terminar de rematar mi estupidez, resulta que suelo elegir un día determinado para trasnochar de forma extrema: los martes. Lo cual no tendría más importancia de no ser porque los miércoles me levanto a las... 5:45 de la mañana. 

Vivo en Saarbrücken pero trabajo en Saarlouis y los miércoles tengo clase desde primera hora. Y aun llevándome una profe muy maja en coche, esa es la hora a la que me tengo que poner en pie. No sé cuántos años de vida he perdido ya en lo que llevo de año, pero es sonar la alarma y quererme morir. Precisamente porque los martes tengo la bendita idea de irme a la cama a eso de las dos, que a falta de paracaidismo, necesito otra forma de vivir al límite.

Como consecuencia, estoy medio zombi hasta las diez de la mañana más o menos dependiendo de la cantidad de café que tome esa mañana. Extrañamente me levanto casi con taquicardia, hecha polvo y como si me hubiese atropellado un autobús. Apenas desayuno y las ojeras me llegan hasta el cuello. Y sin disimular, porque por supuesto no hay quien se maquille a esas horas. 

Siguiendo con la regla del "más difícil todavía", hoy me enfrento a un desafío extremo: siete horas consecutivas de clase. Eso no lo hace casi ningún profesor. Al menos, no muy a menudo porque por preparado que estés, te quieres morir. No todas son en el instituto, claro. Desde hace unas semanas trabajo de profe de inglés en una academia y como mis alumnos son adultos, a menudo les viene mejor por la mañana. Así que a mis cinco horas habituales en el instituto, hoy me toca añadir otras dos clases en mis dos horas libres. Sin anestesia.

Así que si mi mensaje llega a algún noctámbulo extremo que se pasa las noches en vela usando internet y aún estoy a tiempo de ayudar a alguien, he aquí mi consejo: no lo hagas.

No sólo se ha demostrado que se engorda más y se incrementa el riesgo de padecer varias enfermedades por perder horas de sueño, sino que además no se recuperan. El falso mito de compensar horas el fin de semana es eso, un mito. Hora que pierdes, hora que no vuelve. 

Y aunque es un asco tener cuerpos tan débiles incapaces de resistir sin descansar como es debido, la alternativa no es mucho mejor. El Cronista ya pensó en la posibilidad de desarrollar tecnología o algún método para necesitar sólo veinte minutos de sueño reparador al día y al principio me convenció. Fetén, vaya. A procrastinar como si no hubiese mañana. Pero la cuestión es que cuando lo pensé un poco más, me di cuenta de que las cosas no serían tan sencillas. 

Si sólo necesitáramos dormir veinte minutos, nos pasaríamos dieciséis horas diarias trabajando. En una sociedad de consumo, ésa es la consecuencia lógica. Cada vez se alargarían más los horarios de apertura, la gente pluriempleada cobraría menos y necesitaría trabajar más (vamos, como siempre) y al final, no se podrían aprovechar esas ocho horas para jugar con los niños o divertirse. 

Así que francamente, para que El Corte Inglés abra un after hours, mejor seguimos durmiendo una tercera parte del día. O intentándolo, al menos.

Me voy a morirme un rato. Qué siesta me voy a pegar a las tres de la tarde.

lunes, 23 de marzo de 2015

Del sistema educativo (II)

Si acabas de llegar, deberías empezar por aquí. Seguimos.

ALEMANIA

La escolaridad también es obligatoria a partir de los seis años, pero antes de eso los niños van al Kindergarten, nuestro equivalente a la escuela infantil. 

A los seis años, empezamos la Grundschule o escuela primaria. La educación pública suele ser excelente y por eso es absurdo molestarse con el tema de los puntos: se te asigna automáticamente el centro que tienes más cerca de casa. Durante los primeros años tienen muy pocas horas distribuidas de tal manera que dificulta mucho la conciliación familiar: al menos en Baviera, hay días en que los niños salen de clase a las… ¡10:15! Con suerte a la una. 

Así, el niño avanza felizmente hacia la Klasse 4, donde se realiza la criba.

Cada estado federal tiene sus propias reglas, pero el resultado es el mismo: sólo una tercera parte de los alumnos podrán acceder a la universidad por la vía rápida. A partir de la Klasse 5 (los 11 años), a los niños se les divide en tres escuelas:

-El Gymnasium: la escuela de alto nivel, para los más inteligentes. Aquí estudias hasta la Klasse 12/13 dependiendo del estado, después haces el Abitur (la selectividad) y puedes ir a la Uni o a hacer un módulo superior.

-La Realschule: escuela más práctica, menos exigente que el Gymnasium, orientada a la formación profesional. Dura un par de años menos y si se sacan el diploma correspondiente después, se les permite continuar en el Gymnasium e ir a la universidad. 

-La Hauptschule: escuela donde se dan las mismas asignaturas que en la Realschule y el Gymnasium, pero más despacio. Está más dirigido a la vida profesional y quienes terminen la Hauptschule, también un par de años antes, pueden optar a hacer un módulo de formación profesional donde no se requieran grandes habilidades académicas. Por supuesto, si sacas muy buenas notas, puedes continuar tu educación en la Realschule, después en el Gymnasium, hacer el Abitur y entrar en la universidad… Pero te toca estudiar más años y no todo el mundo está dispuesto.

Recordemos: esta decisión se toma cuando los niños tienen diez añitos. A los diez años prácticamente se decide si son lo bastante buenos para la universidad o no, si se merecen la oportunidad o no. La deciden exámenes que te pueden salir mal o profesores que te pueden tener manía (y después de año y medio al otro lado de la sala de profesores, os lo garantizo: todos los profesores le tienen manía -y no poca- a muchos alumnos, con más o menos razón). 

¿Esta recomendación es definitiva? Pues depende. Hay estados en los que no, en los que el director o el profesor te recomienda para la Realschule o para la Hauptschule, pero si tus padres se empeñan en que vayas al Gymnasium pueden intentarlo. Otra cosa es que un Gymnasium te acepte: no suelen aceptar a gente recomendada para la Hauptschule. Y para la Realschule, dependiendo del caso. En Baviera no: se vanaglorian de tener el mejor sistema educativo de Alemania. Y si no has sacado buenas notas en los exámenes de la Klasse 4, estás condenado.

Como ejemplo práctico, os pondré a mi compañero de piso. Debido a un malentendido durante una trastada de su clase, el director de la escuela primaria le cogió una manía horrorosa y lo recomendó para la Realschule. Si mi compañero hubiese tenido otra madre más crédula e ignorante que no hubiera luchado por él, habría recibido una educación de segunda y tendría oportunidades de segunda. En Baviera no hubiera tenido opción. 

Es un sistema clasista. Y mucho. ¿Cuántos hijos de inmigrantes creéis que tengo en las clases? Que los dos padres sean inmigrantes, quiero decir. Una madre que tiene dos trabajos para mantener a sus hijos, ¿va a tener tiempo de ponerse a hacer los deberes con sus hijos y de esforzarse para controlar sus estudios tanto como los padres de formación académica alta que tienen trabajos mejores? ¿O esa niña que acaba de llegar de algún país del este, que no habla ni papa de alemán pero es buenísima en mates? 

Pero bueno, vamos a lo básico: TIENEN DIEZ AÑOS, ME CAGO EN LA LECHE QUE OS HAN DADO, MERKEL, BONITA. No puedes rendirte con un ser humano de diez años. Es inmoral rendirse con un niño. Es inmoral someter a los niños a semejante presión a una edad en la que todavía no entienden la importancia del colegio. Es vomitivo, cruel, cínico y detestable.

¿Y qué opinan los alemanes sobre esto? No tengo muchas opiniones al respecto, pero lo que no me esperaba era la reacción de muchos profesores: "Es mejor, porque así tenemos a los que se portan bien y es más fácil". 

¿Perdona? ¿Pero qué clase de vocación docente tienes tú? Estamos para algo más que para enseñarles matemáticas o historia: estamos para formar personas. Personas que te cederán el asiento en el autobús, personas con sueños y miedos, personas con toda la vida por delante. Sacos de hormonas que bajo los granos, las sonrisas de suficiencia y la malicia son sacos de carne vulnerable y blandita que sólo quieren una cosa: cariño. Que les quieras. No quieren nada más. Que les quieras tú, que les quiera su familia, que les enseñes a quererse con respeto y dignidad. 

Y desde que trabajo de auxiliar me he cansado de contar las veces que he escuchado la palabra "enttäuscht": decepcionado. La usan los profesores, la usan los alumnos para parafrasear a tus padres. ¿De qué va la gente en este país? Perdona, pero esa criatura no pidió nacer, no pidió estar en tu clase y definitivamente no te debe nada para que te permitas el lujo de decirle que te ha decepcionado. NO tienes ese derecho. Ni aunque seas su madre. No es tuyo. Lo has traído al mundo, pero su vida es suya. 

Otro apunte: aquí o lo haces bien, o te vas. Puedes repetir curso; de hecho, repetir año no está tan estigmatizado aquí como en España. Pero también tengo varios chavales que, tras suspender varias asignaturas, se han cambiado a la Realschule o han dejado los estudios. Lo he sentido por todos ellos, y eso que dos eran auténticos demonios. 

Luego, una vez que llegas a la Klasse 12, miel sobre hojuelas. Si la selectividad es casi un chiste de lo fácil que es, el Abitur es el timo más grande del mundo: lo corrigen tus profesores. Otro profesor lo corrige después, es verdad, pero no suele haber una gran diferencia y son los profesores que te conocen desde siempre. A los que caes bien o muy mal o les eres indiferente. 

La uni tiene un precio muy asequible que te incluye el bono de transporte público para todo el semestre en todo el estado federal (o en gran parte). Todas las universidades tienen comedores muy buenos, las instalaciones están bien, las clases no están tan llenas y las notas dependen más de los trabajos en casa que de los exámenes (y eso está bien). Los másteres y estudios de posgrado también tienen un precio accesible para todos y aunque las becas no son tan buenas como aquí (cuando las hay), existen. Además, puedes trabajar en la universidad para llegar a fin de mes y sacar créditos y es totalmente compatible con tus estudios. Como pega, te tienes que pagar el seguro médico, pero los estudiantes tienen descuento.

Y hasta aquí el sistema educativo alemán. De las Ausbildung (formación profesional) no puedo decir mucho, salvo que están bien vistas y te preparan bien para trabajar. 

A favor, que es gratuita y de gran calidad durante toda la etapa obligatoria y que la universidad se puede pagar sin vender un riñón. En contra, que no se puede condenar a una criatura que todavía se está comiendo los mocos a no poder optar a los mejores trabajos. 

Y que conste que todos somos necesarios. Es más, en el día a día se necesita más al basurero que al abogado. Yo propongo otro enfoque. Pero de eso hablaremos otro día. Hala, ya me he quedado a gusto.

Si a alguien le apetece leer un poco más al respecto,  recomiendo este enlace y este otro.

De un pequeño comentario y del sistema educativo (I)

Yo quería ser una bloguera responsable y seria. Una de las que escribe una vez a la semana, o cada dos semanas, pero con periodicidad impecable (e implacable; llueva, nieve, truene o sea Navidad, si toca post, toca). Es más, en cuanto a contenidos, me siento más que preparada para hacerlo. Ya he admitido sin tapujos mi nivel de egocentrismo innato, y a un egocéntrico nada le gusta más que hablar. Como a la gente que me rodea ya la tengo harta, ¿qué lugar mejor que Internet para contar todo lo que me pasa por la cabeza*? Mi idea era escribir todos los viernes, cada uno sobre un tema. De hecho, hablé bastante sobre todo esto con Cristo durante mi visita a Múnich (es verdad, que no lo he contado: me fui a Múnich un par de días a ver a mi Cuerpi y a tomar mucho vino. Y a ver Múnich también, pero de esto ya escribiré) y volví inspiradísima con mucha ilusión y proyectos… que se quedaron en el autobús, me temo.

Todo esto lo cuento simplemente para dejar constancia en acta de mi ya conocida pereza y de mi ineptitud, pero también con la pequeña esperanza de que algún día llegue a ser una bloguera responsable y seria, de las que escribe una vez a la semana o cada dos, de cosas chulas e interesantes. El tiempo dirá.

Por lo pronto, este es un tema del que quería hablar desde hace mucho: del sistema educativo.

Un año y medio de experiencia docente y muchos más como alumna no dejan indiferente a nadie. Me han enseñado muchas cosas buenas y otras que no tanto, pero sobre todo en este último año y medio he podido analizar más detenidamente la forma en la que educamos a nuestros chavales. Esos que tendrán que pagarnos la jubilación, sí. Si es que todavía queda plan de pensiones entonces… Pero ese es otro tema (del que NO pienso escribir). 

Así pues, esta entrada va a ser larga pero me interesa que lo sea. Principalmente porque esta parte me aburre mucho: voy a hablar de los sistemas educativos en España y en Alemania. La próxima vez que hable de este tema será para compartir mis ideas.  Corrijo: sólo sobre España, que esta entrada estaba haciéndose más larga que la obra del Escorial. Mañana pongo a parir a Alemania, que no se me preocupe nadie.

ESPAÑA

Escolaridad obligatoria desde los seis años. 6, no 3; aunque desde hace unos pocos años la escuela infantil (de los 3 a los 5) es pública y gratuita, pero opcional. Al final acaba por no serlo, porque el sistema de asignación de colegios en España no va por lógica geográfica, sino por puntos. Y si quieres que tu churumbel vaya al cole que prefieres, tendrá más posibilidades si lo apuntas desde los tres años. Eso y que la conciliación familiar en Europa es de risa. Sí, en Europa. Ahora luego vamos a eso. 

A los seis años, comienza la escuela primaria, que dura hasta los 12 años. Seis años de asignaturas genéricas, en las que dependiendo del colegio tienes un tutor cada dos años, y desde que nos hemos vuelto progres, con inglés desde primero de primaria. Que sólo les enseñen a decir Hello! mal pronunciado hasta 1º de la ESO es totalmente irrelevante: somos modernos, damos inglés. En estas dos etapas el número de alumnos no baja de 25. 

Luego pasamos a la secundaria: cuatro años más. Aquí se nos empiezan a acumular los chavales porque es más frecuente que alguno repita curso. No en vano los años de secundaria suelen coincidir con la pubertad. En el penúltimo año se cursan trece (13) asignaturas con padre y madre que hay que aprobar y en el último año se pueden elegir dos ramas: matemáticas avanzadas, física y química y biología, o música, dibujo y matemáticas más sencillas. Sin meterme a opinar aún, estoy bastante en contra de la polarización y división de ramas. Pero esa es otra historia.

Con el graduado escolar en la mano, tenemos tres opciones: trabajar (si puedes), hacer un módulo de formación profesional (aprendes un oficio de forma práctica) o haces el bachillerato (dos años). De los módulos no puedo hablar, así que pasemos al bachillerato. Se puede elegir entre el biosanitario, el tecnológico, el de ciencias sociales, el de humanidades y a veces hasta el artístico. Lamento decir que en los tres últimos se acaba juntando gente que hace el bachiller "por hacerlo", sin más propósito que calentar la silla.

Después, o trabajas (si puedes, con o sin selectividad), te pasas a un grado superior de formación profesional (después del grado medio, o justo ahora si quieres) o apruebas la selectividad y eliges una carrera universitaria. Actualmente cuatro años y master prácticamente obligatorio (salvo medicina, porque el sentido común nos dice que un médico necesita seis años para aprender su profesión. ¿Por qué un profesor no?). Sólo para describir los despropósitos sobre la universidad española necesitaría un post, así que dejémoslo en que ahora hay que pagarla mucho más cara (las consecuencias son obvias) y que podría ser mucho peor… y mucho mejor también. Y luego… Que la suerte te acompañe. 

Recordemos que en todo este proceso el número de alumnos no ha bajado de veinte en ningún paso, que sólo hay un profesor para los veinte, que el susodicho profe a menudo no está motivado (con razón) ni preparado para la que se le viene encima y que el alumno apenas ha tenido que ver en la toma de decisiones sobre su educación. Pero psicólogos con tests de (des)orientación y de cociente intelectual, que no te han visto ni una vez desde que empezaste el preescolar, que no te conocen de nada ni saben qué te interesa y apasiona, sí tienen el poder para, en el mejor de los casos, asesorarte sobre tu futuro. En el peor de los casos, condenarte con sus juicios. No es broma: la frase "Tú no vales para estudiar, haz un módulo" (implicando que hace más el que puede que el quiere, cuando NO es cierto, y que hacer un módulo es algo indigno y "fácil") se sigue escuchando en más de un despacho. 

A favor, que al menos no nos rendimos con los chavales en cuarto de primaria. En contra, muchísimas cosas.

Mañana, a darle caña al sistema teutón. No os engañéis: la verdad es que no sé cuál es peor de los dos. 

*la importancia de la revisión: en esta frase había escrito "sobre la cabeza". Cada vez hablo/escribo peor en español :(

jueves, 5 de marzo de 2015

De cuando no quiero cantar victoria

Este año tengo dieciocho clases distintas. Diez en un instituto y ocho en otro. Dieciocho. 18. Tengo una clase de sólo siete personas, pero también tengo varias clases de más de veinte. Si el año pasado eran 248, este año no los he querido ni contar. Los veo mucho menos, no he conectado ni con la mitad de grupos y en general no he podido brillar tanto porque donde no hay complicidad no puede arraigar nada a largo plazo. Claro que tengo mis clases y mis alumnos preferidos, criaturas adorables a las que me encantaría adoptar si sus padres me dejaran. 

Pero, la verdad, no es lo mismo. Tengo una clase horrible que es realmente horrible. En realidad llegué a tener tres: dos K8 (13 años) y una K10 (15-16 años). Por suerte, un par de rapapolvos y mucho sentido del humor y tranquilidad más tarde, a los pequeños los tengo controlados. Pero lo de la 10 me duele de verdad, no sólo porque esos grupos suelen ser mis preferidos y con los que más me divierto (tienen los conocimientos perfectos para jugar a todo, pero no tienen un temario tan estricto), sino porque dos chavales en concreto me lo estaban haciendo pasar muy mal. 

No paran de hablar. No se implican. Se ríen (y eso es lo peor que le puedes hacer a una acomplejada con manía persecutoria en rehabilitación) y en general son bastante odiosos. Al final pasé de entusiasmarme por preparar cosas a simplemente intentar no llorar delante de ellos. Y si bien admito que soy exagerada, he estado a punto de rezar para que les atropelle un autobús o que les pongan en cuarentena por tener el ébola. A los dos. 

Y la cosa fue a peor: no me saludan por los pasillos, y eso no me lo han hecho ni los de la 8. ¡Ni la 9 satánica de Neunkirchen, que al final eran unos benditos! Sea por simpatía o porque sigo siendo novedad, lo normal es que por todas partes me reciba un coro de "¡Hola, Kgistina! ¿Cómo estás?" Además, no saludar es simplemente ser maleducado. Ni las chicas, oye. Vale que no me he aprendido los nombres, jo, ¡pero son muchísimos! Y si encima me vienen en mal plan, se me quitan las ganas. 

Hace dos semanas, sin embargo, se empezó a obrar el milagro. El tema era el terrorismo y los atentados en París y oye... Ni canciones, ni juegos, ni ejercicios de conversación. Con este tema conseguí que N participara de forma voluntaria y en general, que enlazaran más de dos frases seguidas. Increíble. Como buena docente que aplica el refuerzo positivo incondicional, me mostré muy efusiva al final y les dije que por primera vez en meses no quería tirarme por la ventana después de tener clase con ellos. Creo que lo dije así tal cual. Desde entonces, N saluda pero los demás no. Aun así, N me sigue dando muuuuucho miedo. Esos ojos azules no esconden nada bueno. 

Esta semana han estado con ellos un grupo de españoles para practicar inglés. Sí: Alemania y España hacen un intercambio entre los institutos para practicar inglés. Porque sí. 

Si le añadimos a mi clase némesis un grupo de estudiantes patrios con toda la mala educación que podían traer directamente desde la península, hoy estaba aterrada no: lo siguiente. 37 chavales sin piedad dirigiendo su ira hacia mi persona. Mis últimas palabras serán...

Estooooo no exageremos tanto que el universo tiene cosas más importantes que hacer que lanzarme 37 egocéntricos sacos de hormonas a la yugular. Y sólo por tener esos pensamientos, ya se me puede incluir a mí como la egocéntrica número 38. Los españoles no sólo eran majos sino que se alegraron muchísimo de poder entenderse bien con alguien en el instituto y me preguntaron muchas cosas (lo típico, que qué hago aquí, desde cuándo... ). Huelga decir que eran de bachillerato. ¿Y los alemanes?

Angelitos. Habladores, porque ese mal no se lo quitaremos nunca, pero se han portado bien. Han chapurreado medio en español, medio en inglés, han participado y han sido dignos anfitriones de sus invitados españoles. No tengo ningún derecho, pero me siento orgullosa. Hay esperanza en nuestro país, hay esperanza en este país. Los niños están bien. Tienen sus cosas, pero lo harán bien. 

Al final me acabarán cayendo bien y todo. Hay un niño de esa clase que me encanta desde el primer día, muy calladito pero adorable. Otro, B, es adorable y muy guapo... y el muy bicho no saluda nunca en la estación de tren, pese a que los lunes cogemos hasta el mismo tranvía. Me quedan no llega a dos meses, pero con un poco de suerte me despediré de todas las clases con buen sabor de boca. Aunque sin postales. Este año me parecería muy hipócrita. Alguna tortilla caerá, eso sí.

Pero como nunca se sabe cómo va a acabar la cosa, de momento digamos que he dejado de odiarlos. Si la semana que viene me la vuelven a jugar, ya les declararé la guerra de nuevo, que siempre se está a tiempo.