martes, 25 de noviembre de 2014

De la historia de una sartén

Me apetece quitarle algo de drama al blog, así que voy a probar algo nuevo. A ver qué sale de aquí. 

Recuerdo la primera vez que me tocaron sus manos. Eran suaves, cálidas y humanas. Me las prometía felices cuando esas manos me sacaron con determinación del gancho que me unía a mis hermanas y me llevaron a casa. 

Siempre había sabido cuál era mi función en la vida: cocinar. Extrañamente, y pese a ser esta actividad el único sentido de mi existencia, nunca me había parado a pensar en cómo sería cocinar en la práctica. En suma, era consciente de mis habilidades pero no de cómo utilizarlas. 

Por suerte, ahí estaba Ella. 

Había otros tres humanos en la casa, pero ella era especial. Fue ella quien me presentó al resto, dejando bien claro que yo era una Very Important Sartén, que a mí no se me fregaba con cualquier cosa. Que pobre de aquél que osara echarme agua fría cuando aún estuviera caliente, con lo malo que era aquello, y que estaba prohibidísimo frotarme con la parte verde del estropajo, so pena de pagar las consecuencias con el nuevo cuchillo, que llegó a la casa el mismo día que yo.

Pensé que los humanos harían caso omiso de las indicaciones de mi joven ama. Yo la adoraba, pero en aquellos momentos todo eso me pareció una exageración. "¡Ni que estuviese hecha de porcelana!", grité indignada. Pero nadie me oyó. Qué poco sabía entonces de mis debilidades. Qué poco sabemos todas cuando acabamos de salir de la fábrica y esperamos a que nos compren, ilusionadas e inocentes. 

Y por supuesto, tampoco me esperaba ser el centro de atención de la cocina durante mis dos primeros meses. Todos se peleaban por trabajar conmigo. Me llamaban "la Buena", "La que No Se Pega Nunca", "la Nueva", "la Bonita". Y yo encantada les complacía haciendo lo que mejor se me daba: cocinar. Que si un huevo frito, que si unas verduras salteadas, que si un sofrito para los espaguetis, que si carne o pescado. No me asustaba ante ningún desafío. Ni siquiera cuando echaron un filete de pechuga congelado en aceite hirviendo. ¡Qué chisporroteo! ¡Qué saltos daban los humanos! Pero aun así, cuando me fregaron el Teflón seguía intacto y yo seguía siendo la sartén perfecta. 

Pronto desperté la envidia del resto de cacharros de la cocina. Especialmente la de las otras sartenes; no me podían ni ver. Ellas, antaño jóvenes y hermosas, mostraban las cicatrices de su trayectoria culinaria con una mezcla de vergüenza, dolor y rabia que no supe comprender. La Olla, que normalmente era la abeja reina de la cocina, me daba la tapa y no se dignaba a dirigirme la palabra. En cuanto a los utensilios de metal, me miraban con deseo. ¿Por qué? No lo sabía. Sólo los de madera eran mis colegas. Trabajábamos siempre mano a mano y solían recibir también los halagos de nuestros usuarios. Nos lo pasábamos bien. 

Sólo el Estropajo permanecía mudo. Aunque entonces pensé que simplemente estaba cansado; a fin de cuentas, tenía que tragarse la mierda de todos los demás. 

Entonces sucedió. Fue por culpa de los exámenes finales. O al menos en mi caso lo fue. Otras veces sucede porque alguien muy guarro se olvida de fregar los platos. Podría culpar a mis amigos, la paleta y la cuchara de madera, pero realmente no pudieron hacer nada. A todos nos llega el momento. A mí me ocurrió el martes, 13 de octubre. Para que luego digan que eso del martes y trece es una superstición. Ignorantes.

Fue el compañero de piso de mi ama, el manazas. Cantaba bien y era muy simpático; normalmente se hacía carne con patatas. Ese día iba con prisa y como mis colegas estaban en el fregadero, haciéndole compañía al Estropajo, le tocó usar otra cosa: la espumadera metálica.

El dolor del hierro sobre mi perfecto aislamiento fue indecible. "¡Ups!", dijo al acabar de cocinar. Pero ya era tarde. Tras soportar semejante tortura, un trozo pequeñito de mi aislamiento se desprendió y dejé de ser la sartén perfecta. Sólo me quedaba la esperanza de que no lo notaran. Y no lo notaron. Al menos aquel día. Me fregaron con cuidado y yo intenté en vano lamerme la herida. Me sentía sucia, rota, imperfecta e inútil. 

La siguiente vez me usó la compañera de piso del té. Siempre hacía té. De manitas delicadas. A la pobre se le pegó (¡se me pegó!) la tortilla de patata. Con insistencia intentó en vano despegar el huevo con la parte amarilla del Estropajo, pero no hubo manera. Con un suspiro que nos dolió a las dos, giró el Estropajo y probé la amarga textura de la parte verde por primera vez. No sería la última. 

Unos días después, por fin me tomó en sus manos Ella. Me miró con admiración y cariño hasta que descubrió mi herida y su mirada se ensombreció de golpe. Supe que entendía mi dolor y casi me pareció atisbar una lágrima a punto de escapársele de los ojos. Tragó saliva, me acarició con cuidado y echó un poco más de aceite para evitar lo inevitable. "Malditos sean…" gruñó entre dientes mientras me fregaba, todavía por el lado amarillo. Fue la última vez. Hasta con sus dedos frotó, pero todo fue en vano. 

Se acabaron los elogios. Y con el tiempo, los cuidados y los mimos. Automáticamente fui degradada de los utensilios de madera a los de plástico, y poco después a los de metal. Mis supuestos amigos, los de madera, me dieron la espalda. Ya no era perfecta. Ya no era uno de ellos. 

Las otras sartenes se burlaron de mí; la humillación fue indecible. Contaban los nuevos arañazos con un deleite indescriptible; cuanto más fea me volvía, más felices eran ellas. Sólo las sartenes antiguas, ésas que se utilizan cuando literalmente todas las demás estamos sucias porque en ellas se pega hasta el aceite, me miraron con condescendencia y tristeza. "Es nuestro destino. Es para lo que estamos hechas". "¿Y ahora qué?", pregunté. "¿Ahora? A seguir cocinando mientras el mango aguante. ¿Qué más podemos hacer". Nada. Y era verdad. 

Ayer coincidí en el fregadero con el Estropajo; el pobre estaba peor que yo. No suele hablar, pero ayer se puso a conversar con todos nosotros. "Me marcho, Tefal". No podía creerlo. Los cacharros de la cocina podíamos estar viejos o gastados, pero nadie había desaparecido. "¿Por qué? ¿Cómo lo sabes?"

"Mira en la encimera. ¿Ves esas esponjas amarillas y brillantes? Son Estropajos nuevos." Claro. Si yo  había sido una sartén nueva, también existían los estropajos nuevos. Sólo que las sartenes nos vamos acumulando y apretujando en el armario. Pero yo sólo conocía un Estropajo. "¿Tú lo sabías?" Asintió.

"Por eso no decías nada. Ay… ¿qué va a ser de ti?" "Bueno, cuando uno se pasa la vida limpiando grasa, el cubo de la basura no resulta un cambio demasiado grande. Me las apañaré. Pero tú da guerra, Tefal, ¿me oyes? Las otras sartenes no te lo van a decir, pero mientras no haya una nueva sartén, tú seguirás siendo la sartén nueva. Seguirás siendo la predilecta y la más utilizada. Resiste. Y no seas dura con la nueva cuando llegué."

"Lo haré", prometí, sabiendo al instante que no podía mantener esa promesa. 

Por la noche tiraron al Estropajo y yo me quedé muy triste; sobre todo porque su sustituto, el nuevo, tiene la parte verde intacta y pica más. Pero al menos nos limpia antes. Ahora sólo me queda seguir dando guerra… mientras que el mango aguante.


(Dedicado a todas mis compañeras de piso y a Cristo, que han tenido que aguantarme cada vez que he comprado una sartén nueva)

4 comentarios:

  1. Me parece que, más que quitarle drama al blog, se lo has traspasado a la sartén, porque vaya vida más exigida que lleva en tu casa. O, al menos, es la que has narrado. Aunque, eso sí, he de reconocer que de forma muy simpática. Pero lo que más me ha sorprendido es la fluidez de tu prosa y la estructura del relato. Según mi opinión, y avisando de antemano que posee un valor más que dudoso, es prácticamente de escritora profesional. ¿Seguro que no has escrito ya algún libro y, por esas cosas de la vida, no eres consciente? Porque recursos tienes para dar y vender. Y no es broma.

    Por otro lado, me ha encantado la historia de la sartén. Este mediodía, casualmente, me he visto con un destornillador de estrella en la mano para fijar el leve movimiento del mango de la sartén que me disponía a utilizar. Creo que a partir de ahora, cada vez que entre en la cocina, me la miraré con otros ojos. Igual hasta me ha pedido auxilio telepáticamente y no me he dado ni cuenta.

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    1. Anoche dormí tres horas y he necesitado dos cafés para despertarme. Tu comentario ha conseguido sustituir al tercer café y alegrarme el día. Enterito. Que lo sepas.

      Muchísimas gracias, de verdad. Llevaba rumiando este relato un par de días. Y no, no he escrito ningún libro por vaga, porque ideas tengo. Algunas me gustan más que otras y para unas pocas me parece que se me ha pasado el momento. Pero escribir y publicar una novela es una de mis ambiciones no tan secretas, lo reconozco.

      ¡Hombre cruel! ¡Perpetuar la tortura de tu pobre sartén! ¡Ya decía yo que por alguna razón escribí el relato ayer! Pero tranquilo: estás a tiempo de enmendarla. Dile lo guapa que está y lo bien que cocina. Las sartenes no piden mucho más. Bueno, sí… que mantengas los utensilios de acero lejos de su alcance :).

      De nuevo, muchísimas gracias. ¡Un abrazo enorme y estrangulador!

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  2. ¡Pobre sartén! Es una historia muy bonita, pero muy triste. Y pobre estropajo.

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    1. Sí, la verdad es que el pobre se llevó la peor parte ^^'. Me alegro de que te haya gustado. ¡¡Un abrazo!!

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Citando a la gran Carmen Pacheco: no seas un lurker, ¡comenta!